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Un naufragio personal

2013-11-10

Manifesto: 0€ en monedas de cobre

En aquel tiempo la gente coleccionaba discos porque eran piezas únicas. Era muy difícil conseguir algo que no estuviese de moda en el momento y no había ningún canal sencillo para encontrar cosas viejas como no fuera bucear en las tiendas de compra-venta confiando en tu suerte o viajar a Londres para ir a comprarlas a HMV o a Virgin, que pocos nos podíamos permitir.

Por razones irrelevantes me había juntado con dos copias del disco Manifesto de Roxy Music. Una me la había regalado mi hermana; la otra, ni idea. No era un disco especialmente interesante (al menos para mí, que del grupo me gustaban los trabajos posteriores).

Una noche me presentaron al amigo de una amiga de un amigo en el Libertad 8 durante unas veladas de lectura de poesía. Se llamaba Joaquín, era bastante mayor que yo y era un apasionado del arte pop de los 70. Según él tenía una de las colecciones más increíbles de discos de vinilo de todo Madrid (lo de «discos de vinilo» es algo que se dice ahora, entonces eran simplemente discos o cassettes), especialmente de un grupo que yo no conocía que se llamaba Mannheim Steamroller. Me estuvo dando la tabarra sobre las maravillas de la banda durante toda la noche, copa tras copa, hasta que el resto de amigos se fueron yendo y yo me quedé con él. Cerramos el Libertad y fuimos a otro sitio cercano donde la conversación fue parecida hasta que mencioné a Roxy Music.

Él andaba buscando como loco el disco que yo tenía repetido.

Se lo comenté y le dije que le regalaría una de mis copias; él, completamente apasionado, me dijo que de ninguna manera, que era un objeto muy valioso y que esa transacción merecía ser pagada con justicia. Yo insistí pero fue inútil; convinimos en que me pagaría diez mil pesetas por él.

Nos despedimos y nos retiramos tras intercambiar nuestros teléfonos. Al día siguiente me llamó por la mañana a primera hora, cuando yo aún andaba con la cabeza como un bombo y la boca con sabor a extintor de incendios como diría Larry. Me costó reconocerle y recordar de qué iba todo aquello; según él teníamos que vernos como fuera y hacer efectivo el intercambio.

Yo le estuve dando largas durante varios días, entre otras cosas porque tenía planes más interesantes. Me llamó todos los días durante una semana hasta que dejó de hacerlo.

Unas semanas después, otro sábado por la mañana buscando algo que escuchar me encontré con los gemelos Manifesto en mi escasa colección de música. Me acordé de Joaquín y de su interés en comprarme uno de ellos y decidí llamarle; lo intenté varias veces, pero no conseguí hablar con él porque su número no me daba tono. También me había dejado su dirección, así que decidí que qué mejor forma de joder un sábado poco prometedor que darme un paseo hasta el barrio de Aluche con el disco en una de esas bolsas de plástico cuadradas que ya no existen a ver si daba con él.

Así lo hice; me presenté en su casa, llamé al portero automático y me presenté. La voz al otro lado titubeó, pero acabó abriéndome la puerta. Subí y me estaba esperando en el rellano de la escalera.

Estaba demacrado como si estuviera enfermo, con ojeras hasta los pies, barba de varios días y un botellín de Mahou en la mano. Me dio la sensación de que estaba incluso más calvo de lo que recordaba. No obstante, con notable esfuerzo, se mostró efusivo y me invitó a pasar.

Tenía toda la casa revuelta, ropa de cama en el sofá del salón, cortezas de queso y migas de pan por el suelo y un comedero de perro embarrado de galletitas en una esquina. Todos los signos indicaban que era un mal momento; pregunté si debía volver otro día pero él me insistió en que todo estaba bien.

Había discos por todas partes. En el salón todas las paredes menos la del sofá estaban cubiertas por estanterías baratas a reventar; discos en la cocina, discos en el baño, discos por los pasillos apilados en el suelo. No entré en el dormitorio, pero seguro que estaba igual.

Me ofreció una cerveza y se disculpó por no tener algo con qué acompañarla. Me estuvo enseñando su colección horas y horas. El ambiente estaba tan cargado que le pregunté dos veces si abríamos la ventana para ventilar un poco aquello; él no pareció oírme de lo entusiasmado que estaba.

Tenía palmos y palmos de discos de Mannheim Steamroller. Muchos de ellos conservaban aún el envoltorio de plástico sin abrir. Me dijo que eran joyas y que yo debía escuchar al grupo en alguna ocasión, pero que no iba a ponerme ninguno de los suyos para no degradar el vinilo.

Como se me hacía largo le interrumpí y le entregué el disco de Roxy Music. Él lo cogió con mucho cuidado, lo sacó de la funda, le quitó el polvo con la manga. Después de contemplarlo un tiempo me dijo que lo sentía en el alma pero que no tenía las diez mil pesetas que me había prometido; yo le contesté que daba igual, que desde el primer momento había pensado en regalárselo y que eso iba a hacer. De nuevo se negó, usando exactamente las mismas frases que aquella noche, una y otra vez. Finalmente, me dijo que esperara; entró en el dormitorio y volvió al rato con una bolsa de plástico.

No tenía dinero, me repitió, pero a cambio del disco me daría un puñado de monedas de Alfonso XII de 1877 que había heredado de su abuelo. Yo me negué. Él insistió. Así estuvimos un buen rato hasta que claudiqué y las acepté.

El disco tuvimos que escucharlo entero. Como ya he dicho, a mí me parecía aburrido, pero él disfrutó un montón. Decidí irme; a la salida volví a fijarme en el comedero con el emplasto de galletas de pienso y me di cuenta de que no había visto ningún perro en toda la mañana, pero creí mejor no preguntar. Finalmente nos despedimos. No volví a verle.

Unos años más tarde, en una tienda de coleccionistas, vi un disco completamente negro de Mannheim Steamroller y, recordando a Joaquín, me lo compré, movido por la curiosidad. No me gustó nada. Sólo lo he escuchado una vez. Si lo quieres, es tuyo.

Y finalmente el otro día cogí las monedas de Joaquín que he ido arrastrando conmigo de casa en casa y de vida en vida y me acerqué a las tiendas de numismática de la Plaza Mayor para ver si las podía vender. Allí me dijeron que aquellas monedas no valían nada. Para jugar al mus, si acaso. Que si estuviesen en mejor estado, o si fuesen de las que hubo en la misma época pero hechas de plata, quizá. Las mías son de cobre. Podría fundirlas y hacerme un cable.

La vida es cambiar cosas que no valen nada por otras que tampoco valen nada.

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2013-11-02

Existir (1986)

Este comic lo dibujé en mis ratos libres en 1986. Las 8 primeras páginas aparecieron por entregas en el fanzine «El Horla» que se publicó en Moratalaz (Madrid) en 1988 hasta que se canceló por falta de fondos.

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2013-10-28

Lunar Landings

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía un niño que se llamaba Jaime. Bueno, quizá debería empezar de otra forma.

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía una chica, tres o cuatro años mayor que yo. Tenía esa piel que parece de nácar de las pelirrojas, unos ojos grandes y expresivos y una pequeña cicatriz en la mejilla derecha en forma de media luna. Su pelo no era exactamente rojo, pero a veces lo parecía. En verano llevaba unos pantalones vaqueros con las perneras cortadas. Es lo que mejor recuerdo: yo jugaba con mis amigos y a veces contemplaba cómo se le marcaban los tendones de sus gemelos según se alejaba y perdía la noción del tiempo. Entonces sabía su nombre pero ya se me ha olvidado. Esta chica tenía un hermano pequeño que se llamaba Jaime. Ahora sí.

Era un chaval bajito, con gafas, al que siempre recuerdo con pantalones cortos y unos zapatos marrones descoloridos. Siempre parecía que tenía el pelo apelmazado, sorbía por la nariz sin parar como si fuera un tic nervioso y el aliento le olía a café con leche. Nunca le hice mucho caso, pero los matones del barrio sí; era el objetivo típico de las burlas y de esas pequeñas palizas infantiles que conllevan poca sangre pero mucha humillación. Un hijoputa al que llamaban Chispita (más tarde, cuando todo se volvió mucho más chungo, pasaron a llamarle El Chino) y que vivía en el primer piso de mi edificio le tenía especial manía y unas cuantas veces le vi quitarle las gafas o la cartera y torearle hasta hacerle llorar para luego empujarle al barro o a los arbustos.

No crucé ni una palabra con Jaime hasta que él me encontró un día en la exposición de un concurso de dibujo que se celebró en el colegio que había enfrente de mi portal. Yo me había presentado y como siempre había hecho el ridículo con una de mis bobadas llenas de monstruos, naves espaciales y robots. Pero el tal Jaime se quedó embobado conmigo; le gustó tanto mi dibujo que se me pegó toda la tarde. Que yo era genial, que le tenía que hacer uno igual, que por qué no le enseñaba a hacer cosas como aquellas. Yo le soporté estoicamente porque desde el primer momento le vi como una forma de estar más cerca de su hermana. Así empiezan estas cosas.

Me lo encontraba todos los días a la vuelta del colegio porque me estaba esperando. A veces realmente me fastidiaba porque me estropeaba los planes de quedar con mis verdaderos amigos; otras le aguantaba porque mi insaciable ego me hacía quedarme pegado a sus adulaciones.

Una tarde que llovía mucho, sentados en mi portal mientras mis amigos charlaban, él no dejaba de interrumpirme con cosas que yo ni escuchaba. Ellos le ignoraban como si se tratara de mi amigo imaginario y yo me lo perdía casi todo aturdido por su palabreo interminable y su eterno aliento de café con leche. Y cuando decidí hacerle caso me dijo que él tenía una cosa interesantísima que a mí me iba a encantar.

La tenía en el armario de su habitación. Mentiría si aquello no captó mi interés, pero en lo que realmente pensaba era en entrar en su casa y quizá cruzarme con su hermana. Le dije que por qué no me lo enseñaba ahora mismo; él se puso en pie de un salto y echó a andar, tirándome de la manga. Yo le seguí y mis amigos siguieron a lo suyo, como si en realidad el amigo imaginario hubiera sido yo.

Echamos a correr bajo la lluvia y fuimos a su casa. Nos abrió la puerta su madre y me presentó como su mejor amigo; yo me había conmovido alguna vez cuando los cabrones del barrio le zurraban, pero esa vez sentí verdadera lástima. Ella fue muy cortés, nos sentó en la mesa de la cocina y nos puso casi inmediatamente un plato de galletas. A mí me sirvió, sin preguntarme, un vaso de leche, y a su hijo un tazón enorme de algo marrón. Mi madre no me dejaba tomar café (yo tenía ocho años) y Jaime debía ser algo más pequeño que yo, pero en esa casa las reglas eran diferentes. Jaime tampoco mencionó nunca que le gustara especialmente el café con leche aunque lo tomara para merendar.

La madre de Jaime me estuvo bombardeando con preguntas sobre el cole, sobre mis padres, sobre mi hermana. Yo respondí con educación, empezando a aburrirme y a pensar que quizá no había sido una buena idea.

Finalmente, Jaime me llevó a su habitación para mostrarme aquello tan interesante que iba a cambiar mi vida. Cruzamos el pasillo y dejamos atrás una puerta cerrada: de ella salía una voz femenina cantando a voz en grito «Mamá dame cien pesetas, porque a América me voy». Era su hermana, por supuesto; oírla cantar aquello fue decepcionante, pero al recordar su imagen decidí ser indulgente y perdonárselo. Jaime me metió a empujones en su habitación y cerró la puerta.

A la vida real no le gusta mucho el melodrama y la puerta del armario, que debería haber estado cerrada para incrementar el suspense, estaba abierta de par en par, mostrando el misterio en toda su crudeza. Qué te parece, me preguntó. Busqué con la mirada algún hallazgo excepcional.

En lugar de eso, vi que en la parte interior de la puerta había un póster pegado con cinta adhesiva. En la parte de arriba ponía, en letras mayúsculas enormes y blancas, «LUNAR LANDINGS». Más abajo había dibujos de módulos lunares, cohetes y astronautas con escafandras opacas, formando varios grupos. Un diagrama de líneas curvas y flechas unían unas figuras con otras, rematadas por párrafos en inglés.

Yo me quedé mirándolo sin mucho interés, mientras él hablaba a toda prisa sobre el póster, que alguien le había traído de una visita a una base de la mismísima NASA. Balbuceó párrafos y párrafos sobre las misiones lunares, sobre el Apolo este y el Saturn aquel. Recordé entonces que aquello de los alunizajes era algo de lo que a veces hablaba, en aquellas conversaciones que eran soliloquios cuando me acompañaba desde el autocar hasta casi la puerta de casa y que yo estoicamente ignoraba. Repitió una y otra vez los nombres de las naves y de los astronautas que habían pisado la luna (yo hasta aquel momento pensaba que sólo se había pisado la luna una vez, la de Armstrong, Aldrin y el otro, pero no, había más), las fechas, las bases de lanzamiento. Una y otra vez.

Después de hacerme partícipe de su más preciado tesoro, me contó que lo único que le faltaba para ser completamente feliz era que yo le hiciera un dibujo del módulo lunar. Usó esas mismas palabras: completamente feliz. Yo sentí lástima de nuevo y casi me olvidé del fastidio que suponía tirar la tarde de aquella manera.

Me llevó a su escritorio y, casi obligándome, me acercó todos los utensilios necesarios. Yo me senté, dispuesto a que aquello acabara lo antes posible, y le dibujé el módulo lunar, copiándolo directamente del póster del armario, pero haciendo que ocupara el folio entero. Mientras, él se sorbía los mocos y me echaba su desagradable aliento por encima de mi hombro, y más de una vez le clavé el codo para alejarlo.

Cuando pensé que aquello no podía ser peor, casi con el dibujo terminado, entró su hermana en la habitación. No llevaba sus pantalones vaqueros cortados, sino unos pantalones de deporte, pero igualmente cortos. Nos miró y nos llamó niñatos; yo no supe qué decir, pero Jaime ignoró el insulto y le enseñó la maravilla que estaba yo dibujando. Ella se inclinó sobre el papel para mirarlo; me puso el cuello a la altura de los ojos y me tocó involuntariamente la mano con el muslo. Me quedé hipnotizado contemplando su cuello lleno de casi imperceptibles pecas, maravillado de su olor a jabón y del calor de su pierna sobre mis dedos. Entonces se incorporó, se puso en jarras y soltó una parrafada que me resultó profundamente hiriente: que menuda tontería, que éramos unos niños de teta y sólo nos faltaba el chupete y que a ver si madurábamos de una vez.

Como vino se marchó; cerró la puerta de su cuarto de un portazo y yo me quedé herido de muerte. Jaime me tiraba de la manga para que terminara el dibujo. Él estaba acostumbrado a las humillaciones, pero yo no. Terminé las cuatro líneas que faltaban a regañadientes y me fui, diciendo que tenía deberes.

En aquellos días las heridas del alma curaban pronto y pasé página; de pronto ella ya no me parecía tan interesante, sólo una impertinente estúpida que no se merecía mi atención y desapareció para siempre de mi vida. Mientras, el otoño dio paso al invierno y los días se hicieron más odiosos, pero Jaime no dejó de esperarme en la calle ni una sola vez.

En la víspera de las vacaciones de navidad el colegio de enfrente convocó una fiesta que Jaime dijo trataba sobre «cosas maravillosas». La gente podía ir allí, llevar algo que para ellos fuera importante y hablar de ello y al final habría un premio y tarta y alguna otra celebración más. Me estuvo dando el latazo durante días para que yo hiciera un dibujo, el más increíble que fuera capaz, y lo llevara; él llevaría su póster de alunizajes. Para que me dejara en paz, accedí.

Me presenté aquel día en la fiesta con un dibujo que tenía hecho hacía meses con la única intención de pasar el rato y comer tarta. Nadie me hizo ningún caso, como era de esperar, pero bajé dignamente del estrado con un pequeño aplauso. Jaime subió y aburrió al personal con su póster y su verborrea y hasta algunos chicos mayores se burlaron de él. La fiesta siguió y el premio lo ganó un tal Guillermo, que era primo de un compañero mío de clase y que llevó a su mascota, un conejo blanco con las orejas caídas y una mancha negra en el lomo en forma de cruz. Guillermo era divertido y el conejo era una pasada porque se dejaba coger y comía granos de maíz de tu mano. Jaime me dijo que se tenía que ir y que si me iba con él, pero yo no le hice caso porque me lo estaba pasando genial.

A la salida casi era de noche y llovía muchísimo; dos viejas estaban hablando a gritos con una señora a la que había visto antes repartiendo cocacolas en el colegio. Ella se me acercó y me dijo que al niño que había estado conmigo le habían pegado unos macarras. Yo le dije que no sabía nada, y como la señora se volvió a seguir hablando con alguien más, eché a correr porque me estaba empapando.

Un poco más adelante vi, enganchado a uno de los matorrales, un trozo empapado y rasgado del póster de Jaime. La primera y las tres últimas letras del título faltaban, mientras que las demás reflejaban la luz con fiereza como si fueran la luna misma. Los goterones de la lluvia repiqueteaban en la cartulina, tan debilitada por la humedad que casi se desmoronaba. Otros trozos estaban esparcidos por el suelo. El centro del diagrama, con el módulo y los astronautas, no estaba por ninguna parte. Con el corazón encogido corrí a casa.

A la mañana siguiente, último día de clase, vi según pasaba camino del colegio que el trozo del póster seguía allí. Se había quedado reseco y envolvía el arbusto tenso como la piel de un tambor. El día siguió con el ambiente anómalo de las navidades inminentes, con clases cortas y descontroladas, villancicos hasta la náusea y obras de teatro en el salón de actos. De vez en cuando la imagen del póster destrozado me volvía a la mente y el estómago me daba pinchazos. A la vuelta del colegio Jaime no me estaba esperando y nunca más volvió a hacerlo.

Las vacaciones de navidad llegaron con esa intensidad que tenían aquellos días. El regalo de reyes lo acaparó todo, me di un empacho de familia, vi a mis amigos demasiado poco. Llegó el año nuevo.

El siete de enero volví al cole y en el arbusto aún quedaban restos de cartulina, pegados como una telaraña o como la costra de baba de algún alienígena. La momia del póster de Jaime estuvo allí muchos meses, cada vez más consumida, hasta que desapareció o dejé de mirar.

Un día me dijeron que Jaime y su familia se habían mudado de casa.

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2013-10-20

Saltar de un incendio

David Foster Wallace:

"The so-called ‘psychotically depressed’ person who tries to kill herself doesn’t do so out of quote ‘hopelessness’ or any abstract conviction that life’s assets and debits do not square. And surely not because death seems suddenly appealing. The person in whom Its invisible agony reaches a certain unendurable level will kill herself the same way a trapped person will eventually jump from the window of a burning high-rise. Make no mistake about people who leap from burning windows. Their terror of falling from a great height is still just as great as it would be for you or me standing speculatively at the same window just checking out the view; i.e. the fear of falling remains a constant. The variable here is the other terror, the fire’s flames: when the flames get close enough, falling to death becomes the slightly less terrible of two terrors. It’s not desiring the fall; it’s terror of the flames. And yet nobody down on the sidewalk, looking up and yelling ‘Don’t!’ and ‘Hang on!’, can understand the jump. Not really. You’d have to have personally been trapped and felt flames to really understand a terror way beyond falling."

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2013-09-08

Mediocridad

A veces imagino que se pudiera trazar una gráfica que uniera la mediocridad de todas las personas del mundo, como una enorme tela de araña. En el centro de esa red de líneas, como punto máximo de la mediocridad del mundo, estaría yo.

Pero solo es una mentira que me cuento a mí mismo, para consolar mi mente lacerada. Ese centro de la mediocridad sería extraordinario, sería notable. Pero ese no soy yo. Ni siquiera soy espectacularmente mediocre. Solo soy mediocremente mediocre.

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2013-09-04

Using the UDF filesystem in USB sticks

The best way of using USB sticks for sharing information between Linux and MS Windows systems is to have them formatted with the UDF filesystem. On MS Windows it's fully supported (read-only on XP, though) while on Linux is much better that FAT monstrosities because permissions and owners are preserved.

To format an USB stick, use the mkudffs program:

 mkudffs -b 512 --media-type=hd /dev/{full disk device}

You also probably want to delete all partitions in the stick to avoid it being wrongly detected.

Someone said these UDF-formatted sticks also work correctly on MacOS (didn't try).

2013-08-28

Doorway - interesante efecto óptico

Esto lo vi hace muchos años y por fin he vuelto a encontrarlo.

La siguiente imagen logra un efecto sorprendente. No es inmediato, necesitas fijar la vista en la puerta que aparece al fondo durante un rato. No tengo ni idea de cómo lo han conseguido: no parece ser un estereograma ni nada parecido. Desenfocar un poco la vista parece que favorece el efecto.

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2013-08-04

Filtración 0-day: los números PIN más comunes

Recientemente se ha filtrado la lista de los números PIN más usados. Estos números son cadenas de cuatro dígitos que sirven como contraseña para teléfonos móviles, tarjetas de crédito y otros dispositivos que potencialmente contienen información sensible. Si tu número está en esta lista, se considera vulnerable y deberías cambiarlo inmediatamente.

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