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Un naufragio personal

Adaptación al medio

Sé que la naturaleza del descubrimiento que este texto analiza hará prever a más de uno la grave amenaza a la que estamos sometidos sin saberlo; yo mismo me he visto tentado a creer que algo terrible nos espera, y que poco o nada podemos hacer por evitarlo. Pero mi intención no es teorizar o hacer filosofía sobre las consecuencias sino describir de forma objetiva qué son estos seres y cómo utilizan sus sorprendentes facultades.

El descubrimiento del primero de ellos (como se ha discutido en sucesivos debates, urge asignarles un nombre como a toda nueva especie mediante la nomenclatura de Linneo, y abandonar para siempre los sobrenombres populares asignados sin rigor científico alguno que se han utilizado hasta ahora) fue hace ahora exactamente veintiseis meses; desde entonces, se han desarrollado siete generaciones.

La primera de las características a subrayar de esta nueva especie es que no es clasificable en orden, suborden o familia alguna; este primer punto, que fue en el que se centraron los primeros estudiosos a cargo, no es sino consecuencia del segundo, a mi parecer más importante: su increíble poder de adaptación al medio.

Tras el descubrimiento del primero de ellos en las cloacas de una gran ciudad (cuyo nombre siempre he deseado omitir para evitar la alarma que inevitablemente se sucedería), un rastreo intensivo de la zona permitió la localización de otros dos individuos. Sus rasgos no eran semejantes y en un principio se creyó tratarse de especies distintas: un examen más pormenorizado demostró que eran primos lejanos (no en el espacio o en el tiempo, sin embargo; podrían haber sido hermanos).

El estudio no invasivo fue sencillo, dada su aparente docilidad y su facilidad para la vida en cautividad. Los análisis químico-genéticos no dieron luz alguna al asunto, pues sus estructuras moleculares son disímiles y adaptadas al medio concreto en que fueron encontrados, pero los experimentos empíricos a los que se vieron sometidos no les afectaban seriamente, incluso parecía patente un espíritu de cooperación en todos ellos para con nosotros.

El primero de ellos, que fue bautizado como Alfa, fue hallado adherido a una pared de la citada alcantarilla. Su cuerpo era un disco casi perfecto, cubierto de rugosidades, con patas dispuestas radialmente, de aspecto que recuerda a un arácnido o cangrejo, pero más carnoso. El tamaño del disco era de unos 45 cms. de diámetro, al que había que añadir la longitud asimétrica de las patas, que medían de 30 a 50 cms. cada una. Las patas no servían aparentemente para el movimiento, pero sí para la sujeción, y su hábitat eran las paredes calizas, de las que se alimentaba mediante unos pequeños apéndices que tenía distribuidos por toda la superficie interior del cuerpo.

El segundo de ellos, Beta, fue hallado en el agua, y su forma era tubular, semejante a un gusano, pero de una longitud de tres metros y medio y un diámetro de 25 cms. A diferencia de los gusanos, su interior era visible, y no parecía disponer de anillos o músculos de ningún tipo, por lo que su forma de desplazamiento era, si la hubiere, desconocida.

El tercero, Gamma, era más pequeño, y tenía una estructura más habitual, con dos patas delanteras, dos traseras, una pequeña cola retráctil y retorcida sobre el lomo y una cabeza provista de dos mandíbulas, una inferior y otra en la parte superior de la cabeza. Los dientes, muy numerosos y afilados, estaban cubiertos de una aleación metálica, formada a partes iguales de hierro y cobre. Su tamaño era variable y tenía un rango de 35 a 50 cms., y parecía relacionado con el estado de ánimo.

De los tres, sólo Gamma parecía tener una conducta calificable como agresiva, por denominarse de alguna forma frente a la docilidad de sus otros dos congéneres. Debe remarcarse este hecho y hacerse públicamente notorio para aquellos que temen por nuestra seguridad.

Sometidos a las diversas pruebas que relato a continuación, parece que estos organismos sólo sienten la necesidad de reproducirse cuando el medio se vuelve demasiado hostil, caso en que parecen aletargarse y concentrarse en la reproducción, que de forma asexual producen, cada uno a su manera.

Aunque los tres provenían de ambientes diferentes y se podía esperar de ellos comportamientos distintos, se les sometió a las mismas pruebas en el mismo orden por la premura en la obtención de unos resultados. Encerrados los tres en el mismo receptáculo, parecían ignorarse mutuamente, permaneciendo inmóviles Alfa y Beta y limitándose Gamma a roer las planchas de metal, probablemente más por hábito alimenticio que por deseos de huir.

La celda de estudio, acondicionada para generar temperaturas extremas, se utilizó primeramente para exponerlos a grandes temperaturas. Alfa, pegado a la pared, pareció no ser sensible a temperaturas hasta los 200 grados; Beta, más grande y carnoso y por tanto más propenso a la pérdida de líquido, se enroscó sobre sí mismo y redujo su tamaño a casi una quinta parte; Gamma pareció excitarse y corría velozmente de un lado a otro, como buscando refugio o escape. A los 517 grados centígrados Beta cambió de color y por una abertura de la parte superior expelió un nuevo individuo, con el aspecto de una pequeña piedra renal, poroso y sin forma aparente. Alfa, a los 842 grados, expulsó sus patas y se desprendió de la pared, dejando adherido a ella una especie de líquido marrón muy denso. Gamma parecía ganar actividad según la temperatura aumentaba, y a los 1024 grados se quedó quieto mientras su vientre se abría y daba paso a una criatura casi de la mitad de tamaño que él, de forma semejante (aunque la diferente proporción de sus patas parecía atribuirse a una característica de infancia, se demostró posteriormente que era su forma definitiva) y cubierto todo él (no sólo los dientes) de una capa metálica de color más dorado.

Estos nuevos seres (bautizados como Alfa2, Beta2 y Gamma2) estaban adaptados para soportar el calor. Extraídos sus progenitores (sólo Beta, que había sido el que primero se había reproducido, pareció permanecer con vida hasta varios días después) soportaron los 5500 grados centígrados, límite que no pudo traspasar la cámara de estudio.

El experimento posterior fue someterlos a temperaturas muy bajas y a un ambiente líquido. Se llenó la cámara de un líquido que no se solidifica hasta 50 grados bajo cero y la temperatura fue gradualmente haciéndose inferior hasta alcanzar esos 50 grados.

Beta2, que tenía el aspecto más inmutable por parecer una piedra, no mostró ningún signo externo hasta que a los 25 grados bajo cero se partió en dos como un huevo y parió una larva de unos cinco centímetros, semejante a un renacuajo, que fue creciendo paulatinamente hasta adoptar un tamaño de metro y medio. Este nuevo ser, bautizado como Beta3, tenía una cabeza fusiforme, con una apariencia de ojos, una boca pequeña situada en la parte inferior como la de los tiburones y tres pares de pequeñas patas en forma de aletas.

Gamma2 perdió a los 27 grados bajo cero su cáscara metálica y permaneció inmóvil hasta que con el líquido a punto de solidificar parió (por la boca) un ser semejante a una medusa o una bolsa, flexible y hueco, pero que en su parte superior parecía aún mantener algún apéndice metálico en forma de punta.

Alfa2, de consistencia líquida, pareció disolverse hasta casi desaparecer, para reaparecer después con la congelación del líquido como una especie de enredadera o sistema circulatorio, aprovechando las grietas del hielo.

Con la solidificación total el nuevo Beta3 cambió de color y murió tras parir a un ser semejante a Alfa2, pero de ramas más gruesas y cortas.

Se fueron sucediendo pruebas con diversos ambientes hostiles, y cada uno de ellos respondía al cambio de forma diferente generando un nuevo ser más capacitado. Esta capacitación, lejos de ser una adaptación para el medio actual, incluye cierta memoria de la capacitación del padre, de forma que el hijo incluye adaptación parcial al medio paterno, creando cada generación un ser más adaptado en concepto genérico.

Existen ahora mismo en nuestro laboratorio trece especímenes que no perecen ya a ninguna de las pruebas a las que se les somete, incluyendo ácidos fuertes, exposiciones a llamas e impactos y falta de alimentación. La exposición a estas adversidades ha creado individuos resistentes y casi inmutables.

Al publicarse las primeras noticias sobre los nuevos organismos, no faltó quien los vio como una seria amenaza; no sin razón, pues son tan resistentes que ante un ataque frontal nuestra especie no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. Pero en esa adaptabilidad que parece amenaza creo ver lo contrario; nuestro nicho ecológico no es más atractivo para ellos que vivir en el Sol, en el espacio vacío o en los parajes más helados. Su forma de vida parece no incluir la expansión innata que el resto de los seres vivos de la tierra poseemos y por tanto no cabe esperar una invasión para extender su territorio. Hay quien comenta que parecen buscar lugares ocultos o poco transitados para habitar, y que existen desde siempre, pero sólo ahora hemos reparado en ellos. Quién sabe si aquella roca, o aquel jarrón, o el aire que nos rodea, no es alguno de estos seres, satisfechos en su anonimato o esperando quizá el momento propicio para sustituirnos.

El origen de estas criaturas es un enigma; como ya comenté, hay quien sospecha que existen desde el principio de la vida, o al menos desde hace mucho tiempo; otros les atribuyen origen extraterrestre, experimental o incluso divino. No creo que en el fondo esto importe mucho, y dentro de poco dejarán de ser noticia como tantas otras cosas.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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