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Un naufragio personal

2015-01-15

La doctrina Calabucho

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Conocí a Joaquín Demóstenes Calabucho (Madrid, 1968) en mi primer año de colegio. Era un chico reservado, flaco y pálido, con enormes gafas de miope que escondían su completamente diferente interior. Hablaba poco; muchos de sus compañeros que también lo eran míos probablemente jamás escucharon ni una palabra de su boca.

Me siento afortunado al afirmar que la primera frase que le oí decir fue el embrión de lo que al cabo de los años se ha conocido como la doctrina Calabucho: fue una mañana de invierno días antes de las fiestas de navidad. Alguien había traído un ratón a clase y, durante algún despiste, se lo había metido a la profesora en el bolso. Todos los presentes lo sabíamos menos ella y cada minuto esperando el desenlace se había hecho eterno; ahora cogerá el bolso para buscar un pañuelo, ahora oirá un ruidito y mirará, ahora necesitará el reloj y meterá la mano. El hecho desencadenante no lo recuerdo; sí, sin embargo, la algarabía, los gritos y las risas. Y por supuesto el castigo posterior; nada de patio de recreo, copiar cien veces en nuestros cuadernos una frase aleccionadora, carta de notificación a nuestros padres. El jolgorio se tornó oscuridad y el ataque revancha. Y fue en ese momento, con la ominosa carga sobre nuestras cabezas, cuando Calabucho hizo sonar su voz firme y planteó el origen de toda la arquitectura filosófica que posteriormente lo hizo tan popular:

"Todo es una mierda."

A pesar de la falta de pureza estilística y la escasa madurez de la afirmación, ninguno de nosotros pudo añadir ni rebatir nada. De alguna forma, y sin saberlo aún, se había convertido en el portavoz de toda nuestra generación.

El entramado de la vida me separó de Calabucho durante unos años. Le cambiaron a la clase de estudiantes avanzados, «la de los listos» que se decía entonces, y apenas coincidía con él cuando nos alineábamos en formación en el patio y subíamos las escaleras. Su economía verbal se hizo legendaria; jamás sobraba una palabra ni faltaba una idea en sus afirmaciones. Las chicas lo adoraban, si bien en silencio; los chicos deportistas y poco brillantes le envidiaban y se trataban de burlar de él con poco éxito. Otros pocos, más sensibles a lo que estábamos contemplando, le admirábamos y tomábamos nota de lo que ocurría a nuestro alrededor.

Un verano en el que la adolescencia nos envenenaba y aturdía ocurrió de nuevo: una nueva legislación creada por algún ministro burócrata hizo que cambiara el método de evaluación de nuestros exámenes mediante la ocurrente adición de unas pruebas extraordinarias que hacían media aritmética con la nota final y que convirtió en agónico lo que antes solo había sido farragoso. La protesta estudiantil fue sonora, aunque como siempre caótica y carente de unidad; solo Calabucho, que se había convertido en un hombrecito alto, desgarbado y plagado de acné juvenil supo poner las palabras exactas al misterio ontológico de nuestras vidas. Se puso en pie, con gravedad, y dijo:

"Todo es una mierda."

El mensaje seminal que conocí de niño, entonces infantil y poco claro, ahora rebrotaba vigoroso, henchido de efervescencia hormonal adolescente, pero ya cargado de razón y sabiduría. Una vez más, todos callamos, y el mundo lo hizo un instante después.

A esto se sucedieron cadenas interminables de años similares y tediosos. La vida laboral nos sacudió, la familia nos ofendió y avergonzó en bodas, bautizos y comuniones, las reuniones de seguimiento nos hicieron desear el meteorito final que tanto sosiego trajo a los reptiles antiguos. Los políticos corruptos de un signo se turnaron con los políticos corruptos del otro. Y así, en silencio, mientras todos estábamos pendientes de otra cosa, Calabucho fue reformulando y refinando su doctrina durante noches en vela y mañanas de resaca, destilando ideas y quitando paja a su aseveración.

Fue entonces cuando saltó a la fama. De pronto todo el mundo repetía sus dictados; se convirtió en un gurú, en un guía, en la luz al final del túnel que todo el mundo necesitaba. Yo, y otros como yo, que le habíamos conocido en sus orígenes, sonreíamos hacia dentro, porque sabíamos que el universo finalmente había hecho justicia con tan brillante mente y tan infatigable adalid del significado último de las cosas y los hechos.

Por fin le vi en una tertulia de una cadena de televisión. Había cambiado; un poco de sobrepeso y una barbita rala y pelirroja servían de señales de la maduración, de cicatrices de la mutación de joven a hombre y de hombre a ciudadano comprometido. Le dieron la palabra; se puso en pie como solía hacer y el cacareo se convirtió en silencio. Se aclaró la garganta y sin titubear afirmó:

"Todo es una mierda."

Debo confesar que me quedé atónito. Ya no quedaba en su filosofía ni un rasgo de esa juventud que nos esclavizaba cuando emitió su dictamen tantos años antes; esperaba que la doctrina hubiera madurado como un buen vino, pero tanta lucidez me hizo sentir vértigos. La madurez del hombre sereno se había apoderado de todas las palabras, precisas y concretas; el concepto había cristalizado sin enranciarse. La verdad, la razón, la historia del universo y del hombre, no era posible expresarla con mayor claridad. Calabucho habló y la entropía coreó.

Poco más queda añadir por mi parte a lo que Calabucho nos ha enseñado a lo largo de los años. Sé que en un futuro él resurgirá, más calvo y ojeroso, con la última vuelta de tuerca a su incuestionable doctrina y nos volverá a dejar boquiabiertos con un mensaje de cuatro palabras que creeremos haber inventado nosotros mismos.

2014-10-03

La fragilidad de la memoria

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Uno de los mejores recuerdos de Claudia, y al que acudía cuando la vida se ponía impertinente, era el de una tarde en casa de sus abuelos. Fue durante la boda de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre; el jardín de la casa familiar estaba completamente lleno de gente ruidosa y medio borracha, un laberinto boscoso de piernas y cinturas saltando de un lado a otro amenazando pisarla o arrollarla. La música atronaba en todas partes de la casa y el césped estaba embarrado de trozos de tarta, vasos de plástico y cubitos de hielo medio derretidos. Aturdida y mareada, huyendo del caos, se refugió en el interior de la casa detrás del sofá y allí, compartiendo escondite, se tropezó con Lester, el gato de sus abuelos. Era un gato blanco con manchas negras asimétricas, con los ojos color verde y un bonito collar de charol brillante con una chapa dorada con su nombre grabado. Tenía las clásicas manías de los gatos propiedad de viejos, así que no se dejaba tocar, te bufaba cuando menos lo esperabas y no era raro salir de allí con algún arañazo. Al encontrárselo tan cerca, Claudia receló y alejó sus manos; el gato, no obstante, se le acercó y empezó a restregar su cabeza y a ronronear. Poco a poco le perdió el miedo y jugó con él como si nunca hubiera sido una amenaza; se persiguieron, cargó con él de un lado a otro como un bolso e incluso le acostó en la cama de la habitación de arriba como si fuera de juguete, dócil y blandito como un muñeco de trapo. Así pasaron las horas; a las tantas de la noche se quedó dormida completamente rendida y amaneció en su cama al día siguiente.

Ya de adulta, durante una cena familiar, Claudia mencionó el recuerdo y lo describió como uno de los grandes momentos de su vida. Su abuela y su padre se miraron con extrañeza; eso no era posible, dijo al final su padre, titubeando ligeramente. Lester, el gato de los abuelos, había muerto dos años antes de aquella boda, cuando el tío Juan aún estaba trabajando en Alemania y no había conocido todavía a la que después sería su mujer. No podía ser, insistió Claudia; ella lo recordaba perfectamente. Su abuela comentó, como intentando evitar que aquello se convirtiera en una discusión, que probablemente se trataría de otro gato del vecindario que se hubiera colado en la casa, pero Claudia sabía que no, mierda, en su memoria estaba tan claro como si lo hubiera vivido ayer mismo, era Lester, eran sus colores, su collar y su medalla dorada con el nombre en letras mayúsculas. Hubo más razonamientos lógicos por parte de ellos que poco a poco hicieron que se sintiera acorralada y molesta.

El tema se cerró a regañadientes y Claudia se quedó con el mal sabor de boca de una traición, pero no la de su familia, sino la de su propia memoria. Era como cuando se hablaba de su madre, aunque en este caso la hostilidad no venía de su padre, salía desde dentro de sí misma.

La última vez que mencionó a su madre fue más doloroso, apenas unos meses después del primer incidente; esta vez estaban solos ella y su padre. Él tenía la hosquedad propia del hombre abandonado; había atendido el hogar en solitario lo mejor que había sabido, trabajando como una bestia para que Claudia pudiese terminar sus estudios, pero sin las muestras de cariño que ella hubiera agradecido. Sus conversaciones habían sido monosílabos durante años, excepto cuando se aludía a la ausente, para la que él no escatimaba parrafadas agrias y acaloradas.

Ella les había abandonado cuando Claudia tenía menos de un año; el resquemor de su padre hacia su mujer era comprensible y muchas veces compartido. Pero, sin embargo, había un recuerdo de la infancia que no encajaba. En él andaba por pasillos oscuros y sucios, alumbrados con lámparas inconstantes, esquivando camillas, sillas de ruedas y personal taciturno envuelto en batas. Iba de la mano de alguien, pero no recordaba de quién; lo que sí sentía de forma inequívoca era una mezcla de angustia, llanto reprimido y miedo. Una mano abría una puerta; un resplandor cegador; una mujer en una cama, con el pelo revuelto y costras en la cara; cintas de cuero y hebillas oxidadas rodeando las muñecas, los tobillos y el torso. Gritos desgarradores y sus propias manos diminutas cubriendo la escena.

Claudia expuso a su padre aquello; siempre había tenido la duda de si aquella mujer era su madre. Él explotó de ira, negándolo todo y escupiendo barbaridades como hacía tantas veces, y una discusión larga e intensa envenenó el resto de la velada. Debía haberlo sabido, se dijo ella después; su padre aún sufría una herida emocional que no se curaría nunca y no había ninguna necesidad de hacerle pasar por aquello solo por confirmar un recuerdo estúpido que, seguramente, no era real. La memoria, una vez más, había vuelto a traicionarla.

Claudia se propuso desconfiar de esos retazos perdidos; la memoria es inconsistente, se dijo, y a veces incorporas como propias algunas historias que te cuentan o que ves. Por eso decidió enterrar la más incómoda de todas: la que le insistía, desde lo más remoto, que una vez había habido en su casa un bebé, frágil como un tallito, que sufría con lloros interminables. Recordaba a un hermano diminuto, a una mujer desesperada tratando de hacerle callar, carreras de un lado a otro y sollozos interminables enterrados en el estruendo ensordecedor que salía del cuerpecito pequeño como el de un muñeco, el bramido del agua saliendo a chorros por el grifo de la bañera, un chapoteo y finalmente, el silencio.

2014-09-18

Fachadas traseras

Cuando era niño vivía en el final del mundo. Quizá no exactamente, pero sí era el final de Madrid, en el extremo mismo de Moratalaz. Detrás de mi casa ya no había nada más que una escombrera, un barranco, y una extensión ilimitada de campos de hierbajos secos, hormigueros y cardos altos como personas adultas. Bajando el desmonte estaban los restos de las antiguas vías del tren de Arganda (el de la canción infantil, que pita más que anda) de las que apenas quedaban unas cuantas traviesas rotas. Yo solía jugar por allí con mis amigos, en tardes interminables de peleas a pedradas, de bajadas arrastraculo sentados sobre cartones viejos y, en los momentos más sesudos, incluso de cartografiar el campo conocido hasta las instalaciones del Canal de Isabel II que había mucho más allá de donde nos dejaban ir. En esos campos creí morir por primera vez, pero eso es algo que contaré otro día.

Los edificios en los que yo vivía eran grandes y altos. Estaban construidos con esa arquitectura de la expansión franquista de finales de los sesenta, feos como su puta madre, repetidos en bloques idénticos hasta la náusea por calles laberínticas en las que era fácil perderse si no eras un indígena. Por delante había jardincitos minúsculos pero por detrás no hacían concesión ninguna al horror urbano más despiadado y carente de alma.

Los bloques tenían patios traseros con una puerta de chapa oxidada bordeada de remaches, con un tirador hecho con un vástago de hierro soldado a puñetazos y una pequeña reja en la parte superior como una celda carcelaria. Agresivas. Desafiantes. Llenas de misterios para el niño que yo era. Cada una a su modo.

Habitualmente estaban plagadas de unos rectangulitos de papel adhesivo, cada uno de un color, no más grandes que mi dedo pulgar de entonces. Tardé en entender qué significaban; flechas azules, rayas naranjas, círculos rojos. Todo un lenguaje de signos incomprensible para mí. Imaginé mil cosas, pero ya no recuerdo cuáles. Las pegaban allí los vendedores puerta a puerta para comunicarse quién sabe qué, portero hostil, vieja que te abre sin preguntar, perro peligroso.

También estaban llenas de pintadas. Casi todas incomprensibles, pero sin ese rollo pseudo-artístico de los graffitti que aparecieron más tarde. Una celebraba la revolución turca, otra hablaba de las peras de Maribel, otras (muchas) eran bocetos de pollas no anatómicamente correctas. Algunas, menos de las esperadas, reclamaban libertades y muertes merecidas de dictadores hijos de puta. Una era especialmente críptica: ELVIS ES JULA. Así, en mayúsculas perfectamente tipografiadas. Creía entender la palabra del centro, pero el mensaje me resultaba completamente insondable.

Pero lo que resultaba más misterioso para mí de aquellas fachadas traseras era una ventana.

Medía menos de medio metro de alto. Estaba a la altura del suelo, en uno de los bloques del fondo, que por alguna razón no era exactamente igual a los demás. La ventana era como el lucernario de un sótano, algo extraño porque el resto de los bloques no tenían planta baja. Tenía unas rejas verticales roñosas y cubiertas de pegotes de pintura que protegían un cristal traslúcido rajado en las esquinas. El interior lo tapaban unas cortinillas mugrientas con dibujos geométricos que en algún momento quizá habían sido blancas pero que ahora eran amarillentas con lamparones marrones. Un amigo mío, propenso a lo teatral, decía que eran «más antiguas que el mundo».

Cada vez que la veía sentía una mezcla de miedo, inquietud y tristeza, como si fuese el acceso a un mundo de aflicción insoportable que te contaminase con solo acercarte. Repetidas veces soñé con ella: en mis sueños no era inmutable y cerrada, sino abierta y oscura, y yo me asomaba y veía un abismo enorme, con desniveles grises e incompletos, repleta de cañerías y tubos como raíces de árboles viejos, el mundo de desolación que imaginaba despierto pero materializado y amplificado.

Esa ventana y el horror asociado a ella formó parte de mi infancia durante mucho tiempo. Otras temporadas no ejercía sobre mí su influjo maligno: cuántas veces pusimos petardos de pela en las cacas de los perros allí mismo y jugamos a carreras de chapas en la arena que había un poco más allá y ni siquiera fui consciente de que la ventana seguía ahí. Ahora que lo pienso entiendo que el abismo me observaba separando apenas un poco la rancia tela, pero yo estaba ahí, ignorante, riendo a carcajadas o inventando tonterías.

Un día, inesperadamente, pasé al lado de la ventana y estaba abierta. No del todo, porque tenía las bisagras en la parte superior y solo oscilaba hacia dentro unos centímetros, pero para mí fue como si una barrera que había supuesto infranqueable se hubiera derrumbado. Me quedé helado. Iba solo, cosa rara, porque durante la infancia en los años setenta siempre estabas rodeado de amigos; ese día, sin embargo, no había nadie conmigo. Mis pesadillas me asaltaron y se sucedieron una tras otra como las viñetas de un tebeo. El terror me paralizaba, pero también me llamaba. Las cortinillas parecían algo diferentes y se mecían levemente por el viento. Sonaba algo.

Por supuesto, acudí, y me arrodillé. Casi me sorprendí al descubrir que el abismo de cloacas y el laberinto de tuberías no estaba allí; el interior, en penumbra, dejaba entrever una caja de cartón deformada, unas botellas sin etiqueta, algo grande al fondo como un camastro o una mesa baja. Olía a bodega, ese olor húmedo y pegajoso que también seduce un poco. Ya más cerca, comprendí que lo que se escuchaba era música. Totalmente diferente a lo que yo había oído nunca. Lenta, siniestra, amenazadora, que me encogía el corazón y me impedía salir corriendo. Si aquello hubiera sido el canto de sirena de un depredador aún seguiría allí.

Pero unos ruidos más mundanos al fondo de la estancia, voces y ruido de cubertería, me recordaron que debía alejarme disparado de allí y eso hice.

Mi relación con la ventana acabó ahí. Quizá haber visto lo que había detrás de los visillos rompió el hechizo, o me hice mayor, o una mezcla de ambas cosas. Lo cierto es que volví a pasar por allí delante un millón de veces y, como tantos otros componentes del paisaje, se convirtió en decorado de la escena y desapareció de mi vista para siempre.

A veces pienso en la música que escuché aquel día y casi la recuerdo.

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2014-07-24

La carta del prisionero

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Amor mío:

Han pasado largos meses desde mi cautiverio y no he hecho otra cosa que anhelarte. Los días y las noches se han sucedido sin diferencia. Aún estoy vivo pero tu falta es para mí la verdadera y más terrible agonía. Hoy mis carceleros, movidos quizá por la piedad que siempre habita en los corazones de los hombres, han cambiado de actitud y al salir el sol me han sacado al exterior por primera vez. Los olores de la mañana me han embriagado. Me han dejado junto a un árbol, solo, empapado de lágrimas recordando tus ojos y el suave tacto de tus manos. Sí, he llorado como un niño, frágil como un tallo tierno arrancado de su raíz. Mientras escuchaba voces tras el muro hablar en su extraña lengua me he acordado de aquel juego de nuestra infancia, Las Nueve Palabras, que se jugaba con esta canción:

 Después del sol ve y coge tres,
 salta cinco y toma una más,
 ve hasta el árbol, salta seis
 y coge dos;
 Encuentra el tallo, salta una y toma otra más,
 pon un «la», trepa el muro,
 salta cuatro, coge una y listo está.

Es ahora cuando esos versos tan ingenuos cobran para mí un significado especial, como me imagino que lo harán también para ti. No sé si volveré a estar a tu lado en este mundo, pero sin duda lo estaré en el siguiente. Te amaré siempre.

Siempre tuyo, tu humilde compañero.

Esta es la carta que el prisionero Pekka escribió a su novia desde su celda. Sus captores nunca supieron que contenía un mensaje cifrado. Su novia, sin embargo, pudo sentir el terror y la desesperación trepar por su espalda cuando averiguó lo que en verdad habían hecho con él tras descubrir que la canción era la clave de descifrado del mensaje.

2014-05-07

Disk partitions and UDF formatting on MS Windows

Partition manager

Open cmd.exe and run

 diskmgmt.msc

Formatting a disk as UDF

 format x: /fs:UDF

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2014-03-31

La culpa del superviviente

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Acababan de cumplirse tres meses desde el accidente cuando me dieron de alta. Listo para volver, decía el doctor, y casi curado del todo, decía el fisioterapeuta. Salvo por mi oído derecho inservible y el tener que usar un bastón para andar (lo que me daba cierto aire de dandy victoriano, solía bromear entonces) se me podía considerar un elemento recuperado. Ignorando el dolor, claro, pero eso también tenía solución, porque de nuevo las sustancias químicas volvían a ayudarme a hacerlo todo más llevadero. Así que era el momento de cerrar un asunto pendiente respecto a mi amigo Martín.

Mi amigo Martín ya no estaba, igual que su novia Valerie y el descerebrado de Jesús. Todos ellos murieron en el accidente, el mismo que ahora me hace arrastrarme como un viejo y estar hasta las cejas de calmantes. Hay varias cosas que se dijeron de aquello que no son ciertas y hay un puñado de sentimientos que voces en mi cabeza que tengo que silenciar. Jodido Martín.

Como sabes, porque salió en los periódicos, cuatro amigos, tres chicos y una chica, se habían estrellado con el coche yendo borrachos como cubas. El vehículo había invadido el carril contrario atravesando la mediana, arrastrando a un motorista (que se libró con solo heridas leves) y golpeándose contra un árbol para acabar hundiéndose en el Jarama, que aquel día iba cargado de agua (cosa rara).

Los testigos oculares (qué gracia me hace esa expresión) dicen que uno de los chicos, ensangrentado, había conseguido sacar a dos de sus compañeros del agua mientras se esperaba la llegada de ayuda. Lamentablemente ninguno de los dos, ni por supuesto el que se había quedado sumergido, había sobrevivido al accidente. Cuando salí a flote ya estaban allí las ambulancias y me desmayé a sus pies, aturdido por el ruido y las luces, no sin antes darme cuenta de que ya me recibían como a un héroe.

Más tarde conté que había sido Jesús el que conducía, y que pese a que le habíamos insistido en que no debía coger el coche tan borracho como iba, nos habíamos montado con él, irracionales y estúpidos. Después del brutal choque me había despertado mientras el habitáculo se llenaba rápidamente de agua y había sacado a los que podía hasta que me abandonaron las fuerzas. Pero eso no era verdad. Y eso solo lo puede saber quien hubiera conocido a Martín.

Martín era un triunfador. Habíamos crecido juntos desde niños y era extremadamente eficiente en todo lo que emprendía. Ambos compartíamos aficiones y estudios, pero mientras que para mí cualquier nueva actividad suponía un esfuerzo de dedicación y aprendizaje para conseguir un rendimiento diminuto, para él todo era fácil y me superaba ampliamente en todo lo que hacíamos. Yo le odiaba. Me comparaba con él a todas horas y sentía que todo el mundo hacía lo mismo. Hijo de la gran puta. Me sobrepasaba en todo sin ningún esfuerzo. Y por supuesto, como no podía ser de otra manera, ocurrió lo mismo cuando Valerie entró en nuestras vidas.

Ella vino de Francia a estudiar unos meses y desde el momento en que apareció en mi clase por primera vez me enamoré de ella. Nos hicimos amigos, y por un tiempo creí que ella iba a acabar sintiendo lo mismo por mí hasta que le presenté a Martín. Qué mala idea. En menos de una semana ellos estaban saliendo. Cada vez que íbamos por ahí a emborracharnos juntos para mí era una tortura. Qué fácil le resultaba la vida al muy hijo de puta.

Siendo como era Martín, cuando tuvimos el accidente no fui yo quien fue sacando uno a uno a los ocupantes del coche, sino él. Cuando desperté al volante (sí, al volante, el tarado de Jesús estaba durmiendo la mona en el asiento del acompañante y creo que nunca se despertó) estábamos completamente sumergidos. La borrachera se me pasó al instante y vi que Martín ya había sacado a Valerie y que volvía a por nosotros. Noté cómo agarraba a Jesús por las axilas y le sacaba por la ventanilla. Yo me quedé allí, bloqueado, aún sujetando el volante con ambas manos, notando en los ojos el roce del agua embarrada. Deseando morir, sinceramente. Poner fin a una vida de esfuerzos vanos y dejar que otros, los más aptos, sobrevivieran.

Pero Martín tenía que arreglarlo todo y volvió para sacarme. Cuando abrió la puerta sentí que tiraba de mí y le golpeé con todas mis fuerzas en la cara. Se quedó inmóvil de inmediato. Salí como pude y le dejé allí, flotando como un trapo. El resto, las ambulancias, los vítores, el desmayo, ya está contado y no hay nada más que añadir.

Así que mi primera visita a la salida del hospital fue a los padres de Martín. Me acogieron calurosos, triunfadores también ellos, en su enorme casa repleta de recuerdos del hijo perdido, el heredero del éxito, la vida truncada por la desgracia. Recordé la pocilga en la que había crecido yo, huérfano de madre y carente de padre, y la comparé con aquella mansión espaciosa y resplandeciente. Hijos de la gran puta.

-Necesito sincerarme -dije, aclarándome la garganta mientras jugueteaba con mi bastón de puto lisiado-. Ya no puedo callarme, hay una mentira que no puedo soportar ni un minuto más. Tengo que contarles algo sobre el accidente y sobre su hijo Martín.

Ellos, sentados frente a mí en un sofá, cogidos de la mano, me miraban con los ojos enrojecidos. Querían oír una última alabanza, un bálsamo para hacer más llevadera la pérdida, así que se acercaron levemente hacia mí, y tras respirar hondo, dije:

-Conducía él.

2014-03-18

La mitad de la verdad

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Hay días como estos en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo. El vacío quiere arrastrarme pero no encuentro la forma de acudir a su llamada y nada me reconforta salvo quizá contar mi historia tal y como la cuento ahora. Esa historia que empezó cuando mi hija Isabel y yo nos fuimos a vivir a la casa de campo junto al río.

Yo era un escritor de éxito que necesitaba concentración en un nuevo trabajo y a la vez poderle dedicar tiempo a mi hija. Tenía que solucionar ambas cosas y decidí que lo mejor era apartarnos del resto del mundo. La situación era completamente diferente a lo que las personas de mi alrededor pensaba: yo no era un hombre interiormente destruido sino alguien que remontaba desde lo profundo y que retomaba las riendas de su vida. Mi decisión había sido meditada y el campo era el entorno perfecto.

La sensación que tuvimos Isabel y yo al entrar por primera vez en la casa fue completamente opuesta. Ella descubrió de un vistazo todas las posibilidades que le brindaba para sus juegos infantiles: el antiguo establo con la escalera de madera que subía al pajar, el montón de enseres de cocina abandonados en el porche trasero, el baúl lleno de trapos viejos del ático y la suave pendiente de arena fina y barro que bajaba hasta la orilla. Yo, por el contrario, sentí la opresión de mi vacío interno aumentada por los rincones húmedos y faltos de iluminación, el olor a cieno, el aislamiento y mi propia bancarrota, tanto literal como metafórica.

Pero yo estaba armado de valor y tenía la firme convicción de salir adelante: la debilidad no me volvería a atrapar. Escribí a todos mis amigos y familiares explicando mi decisión y enumerando los pasos que me conducirían a mi curación total y entre ellos hice especial hincapié en mi nuevo papel como padre responsable. Creo que fui persuasivo y todo el mundo quedó satisfecho. Dediqué grandes esfuerzos en acondicionar la casa y abastecerla de todo lo necesario para una vida digna.

Vivíamos en los dos cuartos del piso de arriba. Yo me sentaba a intentar escribir en la sucia mesa de madera embreada día tras día, obligándome a sacar algo adelante, pero mientras mi mirada se perdía en el horizonte (con la sierra al fondo, uniforme y suave a la izquierda, escarpada y blanca como un hueso calcinado a la derecha), mi cabeza se atascaba en el fango que me invadía y el tiempo pasaba despacio como riéndose de mí. El silencio rural me atenazaba como una prisión, roto solo por el sonido de algún pájaro, el rumor del río y los canturreos y juegos de Isabel, que correteaba por el patio cargando con su peluche de Totoro o hacía pasteles de barro junto a la turbia corriente. A veces me pedía con su vocecita aguda que bajase a jugar con ella, pero yo no respondía, haciendo como si no lo hubiese oído.

Otras veces, sin embargo, paseábamos por el campo y los senderos de tierra, cuando el sol calentaba, y dedicábamos el día entero a estar juntos. Ella corría adelante y atrás, rodeándome y entreteniéndose para recoger alguna flor o a mirar algún bicho, hasta que elegíamos un sitio llano para extender el mantel de cuadros negros y rojos y desplegábamos la merienda, bollitos de leche y sándwiches de miel, que ella recibía con una alegría propia de la primera vez. Luego jugábamos a perseguirnos o al escondite y yo sentía que mi tristeza disminuía como deslumbrada por la grandeza del sol radiante y la risa de Isabel.

Un día desperté con una sensación de apremio. Mi cabeza aún giraba envenenada por una pesadilla, pero una sombra ominosa que no podía determinar hacía la vuelta a la realidad aún más difícil. Poco a poco ordené mis recuerdos y comprobé que no me había levantado de la cama durante todo el día anterior; no había tenido fuerzas, me había abandonado una vez más a mi propia miseria, embarrado en mi propia autocompasión, sumergido en agua cenagosa como la del río que a escasos metros de mí no dejaba de murmurar y de provocarme. Isabel, me decía.

Me reconfortó recordar de que, si bien había estado todo el día encerrado, sí había bajado un rato a darle los buenos días, a hacerle una tortilla con patatas fritas como a ella le gustaba (casi podía oler el aceite mientras crepitaba y sentir el calor de la sartén) y a prepararle un baño, que al principio había rechazado pero que finalmente había disfrutado como ella hacía siempre.

La inquietud me hizo bajar los escalones de dos en dos. Busqué por todas partes: el establo, el pajar, el porche, la parcela de campo de labor alfombrada de surcos que había más allá del camino. Dejé para el final el río, quizá intencionadamente. Chapoteé en sus aguas sucias y mis pies de hundieron un poco en el cieno del fondo. Grité, grité con todas mis fuerzas. Sólo podía oír los remolinos fangosos a su paso por las piedras y por las retorcidas raíces de los árboles.

Estaba seguro de haber escuchado sus juegos hacía apenas unos minutos. Isabel no podía estar muy lejos.

Corrí por la orilla del río, sorteando arbustos y zarzas. Donde se volvía más profundo y revuelto encontré el muñeco de peluche de Totoro, embarrado y sucio, clavado en las espinas de unas ramas secas como la zarpa de un ser malvado. Grité su nombre una y otra vez mientras el remolino de dolor giraba y giraba dentro de mi pecho. Aquel torrente de aguas oscuras se había llevado a mi niña.

Entonces oí su voz. Isabel estaba en el centro del río, soportando sin esfuerzo el empuje de la corriente. Me miró y sonrió, los hoyuelos de sus mejillas se marcaron y alzó los brazos, agitándolos de un lado a otro. Sentí cómo mis lágrimas se desbordaban y me lancé a por ella, arrastrándome trabajosamente mientras el lodo intentaba reclamarme, hasta que llegué a su lado y la abracé con todas mis fuerzas. Nunca te abandonaré, le dije, sintiendo su olor, esa mezcla de pan recién horneado y de humedad que desprenden los niños, sintiendo su calor, mientras le juraba una y otra vez que no volvería a dejarla sola, que nunca me separaría de ella, que nunca más sentiría lástima por mí y que me comportaría como un hombre, que cambiaría para siempre. Ella me miraba sin comprender lo que yo balbuceaba, con expresión de calma, como si nada hubiera pasado y como si todo tuviese arreglo.

Hay días como hoy en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo y nada me reconforta salvo contar mi historia tal y como la he contado, como si hubiese alguna redención para mí. Como si todo fuese verdad, no solo los párrafos impares.

2014-03-06

Una espina en la garganta

Abby Norman:

[...]

"Yet there is this new voice in your head, and even though it says horrible and scary things to you, it is the calmest and sweetest voice you’ve ever heard. Somehow, this voice you know you should be afraid of gives you comfort. “It can all be over right now”, it offers you, “it’ll only hurt for a second”. You argue with this voice because you know you should."

"But my family needs me. My friends will miss me, right? “No, no. They won’t. You are a burden to them. They are frustrated with you because you’re not getting any better. You drag everyone down, you see. They will miss you a little bit, but mostly they will be relieved. You should absolutely leave this world, it will be the best way for you to help them, to help the whole of humanity in fact.”"

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