triptico.com

Un naufragio personal

2015-01-15

La doctrina Calabucho

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Conocí a Joaquín Demóstenes Calabucho (Madrid, 1968) en mi primer año de colegio. Era un chico reservado, flaco y pálido, con enormes gafas de miope que escondían su completamente diferente interior. Hablaba poco; muchos de sus compañeros que también lo eran míos probablemente jamás escucharon ni una palabra de su boca.

Me siento afortunado al afirmar que la primera frase que le oí decir fue el embrión de lo que al cabo de los años se ha conocido como la doctrina Calabucho: fue una mañana de invierno días antes de las fiestas de navidad. Alguien había traído un ratón a clase y, durante algún despiste, se lo había metido a la profesora en el bolso. Todos los presentes lo sabíamos menos ella y cada minuto esperando el desenlace se había hecho eterno; ahora cogerá el bolso para buscar un pañuelo, ahora oirá un ruidito y mirará, ahora necesitará el reloj y meterá la mano. El hecho desencadenante no lo recuerdo; sí, sin embargo, la algarabía, los gritos y las risas. Y por supuesto el castigo posterior; nada de patio de recreo, copiar cien veces en nuestros cuadernos una frase aleccionadora, carta de notificación a nuestros padres. El jolgorio se tornó oscuridad y el ataque revancha. Y fue en ese momento, con la ominosa carga sobre nuestras cabezas, cuando Calabucho hizo sonar su voz firme y planteó el origen de toda la arquitectura filosófica que posteriormente lo hizo tan popular:

"Todo es una mierda."

A pesar de la falta de pureza estilística y la escasa madurez de la afirmación, ninguno de nosotros pudo añadir ni rebatir nada. De alguna forma, y sin saberlo aún, se había convertido en el portavoz de toda nuestra generación.

El entramado de la vida me separó de Calabucho durante unos años. Le cambiaron a la clase de estudiantes avanzados, «la de los listos» que se decía entonces, y apenas coincidía con él cuando nos alineábamos en formación en el patio y subíamos las escaleras. Su economía verbal se hizo legendaria; jamás sobraba una palabra ni faltaba una idea en sus afirmaciones. Las chicas lo adoraban, si bien en silencio; los chicos deportistas y poco brillantes le envidiaban y se trataban de burlar de él con poco éxito. Otros pocos, más sensibles a lo que estábamos contemplando, le admirábamos y tomábamos nota de lo que ocurría a nuestro alrededor.

Un verano en el que la adolescencia nos envenenaba y aturdía ocurrió de nuevo: una nueva legislación creada por algún ministro burócrata hizo que cambiara el método de evaluación de nuestros exámenes mediante la ocurrente adición de unas pruebas extraordinarias que hacían media aritmética con la nota final y que convirtió en agónico lo que antes solo había sido farragoso. La protesta estudiantil fue sonora, aunque como siempre caótica y carente de unidad; solo Calabucho, que se había convertido en un hombrecito alto, desgarbado y plagado de acné juvenil supo poner las palabras exactas al misterio ontológico de nuestras vidas. Se puso en pie, con gravedad, y dijo:

"Todo es una mierda."

El mensaje seminal que conocí de niño, entonces infantil y poco claro, ahora rebrotaba vigoroso, henchido de efervescencia hormonal adolescente, pero ya cargado de razón y sabiduría. Una vez más, todos callamos, y el mundo lo hizo un instante después.

A esto se sucedieron cadenas interminables de años similares y tediosos. La vida laboral nos sacudió, la familia nos ofendió y avergonzó en bodas, bautizos y comuniones, las reuniones de seguimiento nos hicieron desear el meteorito final que tanto sosiego trajo a los reptiles antiguos. Los políticos corruptos de un signo se turnaron con los políticos corruptos del otro. Y así, en silencio, mientras todos estábamos pendientes de otra cosa, Calabucho fue reformulando y refinando su doctrina durante noches en vela y mañanas de resaca, destilando ideas y quitando paja a su aseveración.

Fue entonces cuando saltó a la fama. De pronto todo el mundo repetía sus dictados; se convirtió en un gurú, en un guía, en la luz al final del túnel que todo el mundo necesitaba. Yo, y otros como yo, que le habíamos conocido en sus orígenes, sonreíamos hacia dentro, porque sabíamos que el universo finalmente había hecho justicia con tan brillante mente y tan infatigable adalid del significado último de las cosas y los hechos.

Por fin le vi en una tertulia de una cadena de televisión. Había cambiado; un poco de sobrepeso y una barbita rala y pelirroja servían de señales de la maduración, de cicatrices de la mutación de joven a hombre y de hombre a ciudadano comprometido. Le dieron la palabra; se puso en pie como solía hacer y el cacareo se convirtió en silencio. Se aclaró la garganta y sin titubear afirmó:

"Todo es una mierda."

Debo confesar que me quedé atónito. Ya no quedaba en su filosofía ni un rasgo de esa juventud que nos esclavizaba cuando emitió su dictamen tantos años antes; esperaba que la doctrina hubiera madurado como un buen vino, pero tanta lucidez me hizo sentir vértigos. La madurez del hombre sereno se había apoderado de todas las palabras, precisas y concretas; el concepto había cristalizado sin enranciarse. La verdad, la razón, la historia del universo y del hombre, no era posible expresarla con mayor claridad. Calabucho habló y la entropía coreó.

Poco más queda añadir por mi parte a lo que Calabucho nos ha enseñado a lo largo de los años. Sé que en un futuro él resurgirá, más calvo y ojeroso, con la última vuelta de tuerca a su incuestionable doctrina y nos volverá a dejar boquiabiertos con un mensaje de cuatro palabras que creeremos haber inventado nosotros mismos.

2014-10-03

La fragilidad de la memoria

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Uno de los mejores recuerdos de Claudia, y al que acudía cuando la vida se ponía impertinente, era el de una tarde en casa de sus abuelos. Fue durante la boda de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre; el jardín de la casa familiar estaba completamente lleno de gente ruidosa y medio borracha, un laberinto boscoso de piernas y cinturas saltando de un lado a otro amenazando pisarla o arrollarla. La música atronaba en todas partes de la casa y el césped estaba embarrado de trozos de tarta, vasos de plástico y cubitos de hielo medio derretidos. Aturdida y mareada, huyendo del caos, se refugió en el interior de la casa detrás del sofá y allí, compartiendo escondite, se tropezó con Lester, el gato de sus abuelos. Era un gato blanco con manchas negras asimétricas, con los ojos color verde y un bonito collar de charol brillante con una chapa dorada con su nombre grabado. Tenía las clásicas manías de los gatos propiedad de viejos, así que no se dejaba tocar, te bufaba cuando menos lo esperabas y no era raro salir de allí con algún arañazo. Al encontrárselo tan cerca, Claudia receló y alejó sus manos; el gato, no obstante, se le acercó y empezó a restregar su cabeza y a ronronear. Poco a poco le perdió el miedo y jugó con él como si nunca hubiera sido una amenaza; se persiguieron, cargó con él de un lado a otro como un bolso e incluso le acostó en la cama de la habitación de arriba como si fuera de juguete, dócil y blandito como un muñeco de trapo. Así pasaron las horas; a las tantas de la noche se quedó dormida completamente rendida y amaneció en su cama al día siguiente.

Ya de adulta, durante una cena familiar, Claudia mencionó el recuerdo y lo describió como uno de los grandes momentos de su vida. Su abuela y su padre se miraron con extrañeza; eso no era posible, dijo al final su padre, titubeando ligeramente. Lester, el gato de los abuelos, había muerto dos años antes de aquella boda, cuando el tío Juan aún estaba trabajando en Alemania y no había conocido todavía a la que después sería su mujer. No podía ser, insistió Claudia; ella lo recordaba perfectamente. Su abuela comentó, como intentando evitar que aquello se convirtiera en una discusión, que probablemente se trataría de otro gato del vecindario que se hubiera colado en la casa, pero Claudia sabía que no, mierda, en su memoria estaba tan claro como si lo hubiera vivido ayer mismo, era Lester, eran sus colores, su collar y su medalla dorada con el nombre en letras mayúsculas. Hubo más razonamientos lógicos por parte de ellos que poco a poco hicieron que se sintiera acorralada y molesta.

El tema se cerró a regañadientes y Claudia se quedó con el mal sabor de boca de una traición, pero no la de su familia, sino la de su propia memoria. Era como cuando se hablaba de su madre, aunque en este caso la hostilidad no venía de su padre, salía desde dentro de sí misma.

La última vez que mencionó a su madre fue más doloroso, apenas unos meses después del primer incidente; esta vez estaban solos ella y su padre. Él tenía la hosquedad propia del hombre abandonado; había atendido el hogar en solitario lo mejor que había sabido, trabajando como una bestia para que Claudia pudiese terminar sus estudios, pero sin las muestras de cariño que ella hubiera agradecido. Sus conversaciones habían sido monosílabos durante años, excepto cuando se aludía a la ausente, para la que él no escatimaba parrafadas agrias y acaloradas.

Ella les había abandonado cuando Claudia tenía menos de un año; el resquemor de su padre hacia su mujer era comprensible y muchas veces compartido. Pero, sin embargo, había un recuerdo de la infancia que no encajaba. En él andaba por pasillos oscuros y sucios, alumbrados con lámparas inconstantes, esquivando camillas, sillas de ruedas y personal taciturno envuelto en batas. Iba de la mano de alguien, pero no recordaba de quién; lo que sí sentía de forma inequívoca era una mezcla de angustia, llanto reprimido y miedo. Una mano abría una puerta; un resplandor cegador; una mujer en una cama, con el pelo revuelto y costras en la cara; cintas de cuero y hebillas oxidadas rodeando las muñecas, los tobillos y el torso. Gritos desgarradores y sus propias manos diminutas cubriendo la escena.

Claudia expuso a su padre aquello; siempre había tenido la duda de si aquella mujer era su madre. Él explotó de ira, negándolo todo y escupiendo barbaridades como hacía tantas veces, y una discusión larga e intensa envenenó el resto de la velada. Debía haberlo sabido, se dijo ella después; su padre aún sufría una herida emocional que no se curaría nunca y no había ninguna necesidad de hacerle pasar por aquello solo por confirmar un recuerdo estúpido que, seguramente, no era real. La memoria, una vez más, había vuelto a traicionarla.

Claudia se propuso desconfiar de esos retazos perdidos; la memoria es inconsistente, se dijo, y a veces incorporas como propias algunas historias que te cuentan o que ves. Por eso decidió enterrar la más incómoda de todas: la que le insistía, desde lo más remoto, que una vez había habido en su casa un bebé, frágil como un tallito, que sufría con lloros interminables. Recordaba a un hermano diminuto, a una mujer desesperada tratando de hacerle callar, carreras de un lado a otro y sollozos interminables enterrados en el estruendo ensordecedor que salía del cuerpecito pequeño como el de un muñeco, el bramido del agua saliendo a chorros por el grifo de la bañera, un chapoteo y finalmente, el silencio.

2014-09-18

Fachadas traseras

Cuando era niño vivía en el final del mundo. Quizá no exactamente, pero sí era el final de Madrid, en el extremo mismo de Moratalaz. Detrás de mi casa ya no había nada más que una escombrera, un barranco, y una extensión ilimitada de campos de hierbajos secos, hormigueros y cardos altos como personas adultas. Bajando el desmonte estaban los restos de las antiguas vías del tren de Arganda (el de la canción infantil, que pita más que anda) de las que apenas quedaban unas cuantas traviesas rotas. Yo solía jugar por allí con mis amigos, en tardes interminables de peleas a pedradas, de bajadas arrastraculo sentados sobre cartones viejos y, en los momentos más sesudos, incluso de cartografiar el campo conocido hasta las instalaciones del Canal de Isabel II que había mucho más allá de donde nos dejaban ir. En esos campos creí morir por primera vez, pero eso es algo que contaré otro día.

Los edificios en los que yo vivía eran grandes y altos. Estaban construidos con esa arquitectura de la expansión franquista de finales de los sesenta, feos como su puta madre, repetidos en bloques idénticos hasta la náusea por calles laberínticas en las que era fácil perderse si no eras un indígena. Por delante había jardincitos minúsculos pero por detrás no hacían concesión ninguna al horror urbano más despiadado y carente de alma.

Los bloques tenían patios traseros con una puerta de chapa oxidada bordeada de remaches, con un tirador hecho con un vástago de hierro soldado a puñetazos y una pequeña reja en la parte superior como una celda carcelaria. Agresivas. Desafiantes. Llenas de misterios para el niño que yo era. Cada una a su modo.

Habitualmente estaban plagadas de unos rectangulitos de papel adhesivo, cada uno de un color, no más grandes que mi dedo pulgar de entonces. Tardé en entender qué significaban; flechas azules, rayas naranjas, círculos rojos. Todo un lenguaje de signos incomprensible para mí. Imaginé mil cosas, pero ya no recuerdo cuáles. Las pegaban allí los vendedores puerta a puerta para comunicarse quién sabe qué, portero hostil, vieja que te abre sin preguntar, perro peligroso.

También estaban llenas de pintadas. Casi todas incomprensibles, pero sin ese rollo pseudo-artístico de los graffitti que aparecieron más tarde. Una celebraba la revolución turca, otra hablaba de las peras de Maribel, otras (muchas) eran bocetos de pollas no anatómicamente correctas. Algunas, menos de las esperadas, reclamaban libertades y muertes merecidas de dictadores hijos de puta. Una era especialmente críptica: ELVIS ES JULA. Así, en mayúsculas perfectamente tipografiadas. Creía entender la palabra del centro, pero el mensaje me resultaba completamente insondable.

Pero lo que resultaba más misterioso para mí de aquellas fachadas traseras era una ventana.

Medía menos de medio metro de alto. Estaba a la altura del suelo, en uno de los bloques del fondo, que por alguna razón no era exactamente igual a los demás. La ventana era como el lucernario de un sótano, algo extraño porque el resto de los bloques no tenían planta baja. Tenía unas rejas verticales roñosas y cubiertas de pegotes de pintura que protegían un cristal traslúcido rajado en las esquinas. El interior lo tapaban unas cortinillas mugrientas con dibujos geométricos que en algún momento quizá habían sido blancas pero que ahora eran amarillentas con lamparones marrones. Un amigo mío, propenso a lo teatral, decía que eran «más antiguas que el mundo».

Cada vez que la veía sentía una mezcla de miedo, inquietud y tristeza, como si fuese el acceso a un mundo de aflicción insoportable que te contaminase con solo acercarte. Repetidas veces soñé con ella: en mis sueños no era inmutable y cerrada, sino abierta y oscura, y yo me asomaba y veía un abismo enorme, con desniveles grises e incompletos, repleta de cañerías y tubos como raíces de árboles viejos, el mundo de desolación que imaginaba despierto pero materializado y amplificado.

Esa ventana y el horror asociado a ella formó parte de mi infancia durante mucho tiempo. Otras temporadas no ejercía sobre mí su influjo maligno: cuántas veces pusimos petardos de pela en las cacas de los perros allí mismo y jugamos a carreras de chapas en la arena que había un poco más allá y ni siquiera fui consciente de que la ventana seguía ahí. Ahora que lo pienso entiendo que el abismo me observaba separando apenas un poco la rancia tela, pero yo estaba ahí, ignorante, riendo a carcajadas o inventando tonterías.

Un día, inesperadamente, pasé al lado de la ventana y estaba abierta. No del todo, porque tenía las bisagras en la parte superior y solo oscilaba hacia dentro unos centímetros, pero para mí fue como si una barrera que había supuesto infranqueable se hubiera derrumbado. Me quedé helado. Iba solo, cosa rara, porque durante la infancia en los años setenta siempre estabas rodeado de amigos; ese día, sin embargo, no había nadie conmigo. Mis pesadillas me asaltaron y se sucedieron una tras otra como las viñetas de un tebeo. El terror me paralizaba, pero también me llamaba. Las cortinillas parecían algo diferentes y se mecían levemente por el viento. Sonaba algo.

Por supuesto, acudí, y me arrodillé. Casi me sorprendí al descubrir que el abismo de cloacas y el laberinto de tuberías no estaba allí; el interior, en penumbra, dejaba entrever una caja de cartón deformada, unas botellas sin etiqueta, algo grande al fondo como un camastro o una mesa baja. Olía a bodega, ese olor húmedo y pegajoso que también seduce un poco. Ya más cerca, comprendí que lo que se escuchaba era música. Totalmente diferente a lo que yo había oído nunca. Lenta, siniestra, amenazadora, que me encogía el corazón y me impedía salir corriendo. Si aquello hubiera sido el canto de sirena de un depredador aún seguiría allí.

Pero unos ruidos más mundanos al fondo de la estancia, voces y ruido de cubertería, me recordaron que debía alejarme disparado de allí y eso hice.

Mi relación con la ventana acabó ahí. Quizá haber visto lo que había detrás de los visillos rompió el hechizo, o me hice mayor, o una mezcla de ambas cosas. Lo cierto es que volví a pasar por allí delante un millón de veces y, como tantos otros componentes del paisaje, se convirtió en decorado de la escena y desapareció de mi vista para siempre.

A veces pienso en la música que escuché aquel día y casi la recuerdo.

Related

2014-07-24

La carta del prisionero

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Amor mío:

Han pasado largos meses desde mi cautiverio y no he hecho otra cosa que anhelarte. Los días y las noches se han sucedido sin diferencia. Aún estoy vivo pero tu falta es para mí la verdadera y más terrible agonía. Hoy mis carceleros, movidos quizá por la piedad que siempre habita en los corazones de los hombres, han cambiado de actitud y al salir el sol me han sacado al exterior por primera vez. Los olores de la mañana me han embriagado. Me han dejado junto a un árbol, solo, empapado de lágrimas recordando tus ojos y el suave tacto de tus manos. Sí, he llorado como un niño, frágil como un tallo tierno arrancado de su raíz. Mientras escuchaba voces tras el muro hablar en su extraña lengua me he acordado de aquel juego de nuestra infancia, Las Nueve Palabras, que se jugaba con esta canción:

 Después del sol ve y coge tres,
 salta cinco y toma una más,
 ve hasta el árbol, salta seis
 y coge dos;
 Encuentra el tallo, salta una y toma otra más,
 pon un «la», trepa el muro,
 salta cuatro, coge una y listo está.

Es ahora cuando esos versos tan ingenuos cobran para mí un significado especial, como me imagino que lo harán también para ti. No sé si volveré a estar a tu lado en este mundo, pero sin duda lo estaré en el siguiente. Te amaré siempre.

Siempre tuyo, tu humilde compañero.

Esta es la carta que el prisionero Pekka escribió a su novia desde su celda. Sus captores nunca supieron que contenía un mensaje cifrado. Su novia, sin embargo, pudo sentir el terror y la desesperación trepar por su espalda cuando averiguó lo que en verdad habían hecho con él tras descubrir que la canción era la clave de descifrado del mensaje.