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Un naufragio personal

2015-01-15

La doctrina Calabucho

Conocí a Joaquín Demóstenes Calabucho (Madrid, 1968) en mi primer año de colegio. Era un chico reservado, flaco y pálido, con enormes gafas de miope que escondían su completamente diferente interior. Hablaba poco; muchos de sus compañeros que también lo eran míos probablemente jamás escucharon ni una palabra de su boca.

Me siento afortunado al afirmar que la primera frase que le oí decir fue el embrión de lo que al cabo de los años se ha conocido como la doctrina Calabucho: fue una mañana de invierno días antes de las fiestas de navidad. Alguien había traído un ratón a clase y, durante algún despiste, se lo había metido a la profesora en el bolso. Todos los presentes lo sabíamos menos ella y cada minuto esperando el desenlace se había hecho eterno; ahora cogerá el bolso para buscar un pañuelo, ahora oirá un ruidito y mirará, ahora necesitará el reloj y meterá la mano. El hecho desencadenante no lo recuerdo; sí, sin embargo, la algarabía, los gritos y las risas. Y por supuesto el castigo posterior; nada de patio de recreo, copiar cien veces en nuestros cuadernos una frase aleccionadora, carta de notificación a nuestros padres. El jolgorio se tornó oscuridad y el ataque revancha. Y fue en ese momento, con la ominosa carga sobre nuestras cabezas, cuando Calabucho hizo sonar su voz firme y planteó el origen de toda la arquitectura filosófica que posteriormente lo hizo tan popular:

"Todo es una mierda."

A pesar de la falta de pureza estilística y la escasa madurez de la afirmación, ninguno de nosotros pudo añadir ni rebatir nada. De alguna forma, y sin saberlo aún, se había convertido en el portavoz de toda nuestra generación.

El entramado de la vida me separó de Calabucho durante unos años. Le cambiaron a la clase de estudiantes avanzados, «la de los listos» que se decía entonces, y apenas coincidía con él cuando nos alineábamos en formación en el patio y subíamos las escaleras. Su economía verbal se hizo legendaria; jamás sobraba una palabra ni faltaba una idea en sus afirmaciones. Las chicas lo adoraban, si bien en silencio; los chicos deportistas y poco brillantes le envidiaban y se trataban de burlar de él con poco éxito. Otros pocos, más sensibles a lo que estábamos contemplando, le admirábamos y tomábamos nota de lo que ocurría a nuestro alrededor.

Un verano en el que la adolescencia nos envenenaba y aturdía ocurrió de nuevo: una nueva legislación creada por algún ministro burócrata hizo que cambiara el método de evaluación de nuestros exámenes mediante la ocurrente adición de unas pruebas extraordinarias que hacían media aritmética con la nota final y que convirtió en agónico lo que antes solo había sido farragoso. La protesta estudiantil fue sonora, aunque como siempre caótica y carente de unidad; solo Calabucho, que se había convertido en un hombrecito alto, desgarbado y plagado de acné juvenil supo poner las palabras exactas al misterio ontológico de nuestras vidas. Se puso en pie, con gravedad, y dijo:

"Todo es una mierda."

El mensaje seminal que conocí de niño, entonces infantil y poco claro, ahora rebrotaba vigoroso, henchido de efervescencia hormonal adolescente, pero ya cargado de razón y sabiduría. Una vez más, todos callamos, y el mundo lo hizo un instante después.

A esto se sucedieron cadenas interminables de años similares y tediosos. La vida laboral nos sacudió, la familia nos ofendió y avergonzó en bodas, bautizos y comuniones, las reuniones de seguimiento nos hicieron desear el meteorito final que tanto sosiego trajo a los reptiles antiguos. Los políticos corruptos de un signo se turnaron con los políticos corruptos del otro. Y así, en silencio, mientras todos estábamos pendientes de otra cosa, Calabucho fue reformulando y refinando su doctrina durante noches en vela y mañanas de resaca, destilando ideas y quitando paja a su aseveración.

Fue entonces cuando saltó a la fama. De pronto todo el mundo repetía sus dictados; se convirtió en un gurú, en un guía, en la luz al final del túnel que todo el mundo necesitaba. Yo, y otros como yo, que le habíamos conocido en sus orígenes, sonreíamos hacia dentro, porque sabíamos que el universo finalmente había hecho justicia con tan brillante mente y tan infatigable adalid del significado último de las cosas y los hechos.

Por fin le vi en una tertulia de una cadena de televisión. Había cambiado; un poco de sobrepeso y una barbita rala y pelirroja servían de señales de la maduración, de cicatrices de la mutación de joven a hombre y de hombre a ciudadano comprometido. Le dieron la palabra; se puso en pie como solía hacer y el cacareo se convirtió en silencio. Se aclaró la garganta y sin titubear afirmó:

"Todo es una mierda."

Debo confesar que me quedé atónito. Ya no quedaba en su filosofía ni un rasgo de esa juventud que nos esclavizaba cuando emitió su dictamen tantos años antes; esperaba que la doctrina hubiera madurado como un buen vino, pero tanta lucidez me hizo sentir vértigos. La madurez del hombre sereno se había apoderado de todas las palabras, precisas y concretas; el concepto había cristalizado sin enranciarse. La verdad, la razón, la historia del universo y del hombre, no era posible expresarla con mayor claridad. Calabucho habló y la entropía coreó.

Poco más queda añadir por mi parte a lo que Calabucho nos ha enseñado a lo largo de los años. Sé que en un futuro él resurgirá, más calvo y ojeroso, con la última vuelta de tuerca a su incuestionable doctrina y nos volverá a dejar boquiabiertos con un mensaje de cuatro palabras que creeremos haber inventado nosotros mismos.

Publicado en Pescando Palabras y Redes

2014-10-03

La fragilidad de la memoria

Uno de los mejores recuerdos de Claudia, y al que acudía cuando la vida se ponía impertinente, era el de una tarde en casa de sus abuelos. Fue durante la boda de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre; el jardín de la casa familiar estaba completamente lleno de gente ruidosa y medio borracha, un laberinto boscoso de piernas y cinturas saltando de un lado a otro amenazando pisarla o arrollarla. La música atronaba en todas partes de la casa y el césped estaba embarrado de trozos de tarta, vasos de plástico y cubitos de hielo medio derretidos. Aturdida y mareada, huyendo del caos, se refugió en el interior de la casa detrás del sofá y allí, compartiendo escondite, se tropezó con Lester, el gato de sus abuelos. Era un gato blanco con manchas negras asimétricas, con los ojos color verde y un bonito collar de charol brillante con una chapa dorada con su nombre grabado. Tenía las clásicas manías de los gatos propiedad de viejos, así que no se dejaba tocar, te bufaba cuando menos lo esperabas y no era raro salir de allí con algún arañazo. Al encontrárselo tan cerca, Claudia receló y alejó sus manos; el gato, no obstante, se le acercó y empezó a restregar su cabeza y a ronronear. Poco a poco le perdió el miedo y jugó con él como si nunca hubiera sido una amenaza; se persiguieron, cargó con él de un lado a otro como un bolso e incluso le acostó en la cama de la habitación de arriba como si fuera de juguete, dócil y blandito como un muñeco de trapo. Así pasaron las horas; a las tantas de la noche se quedó dormida completamente rendida y amaneció en su cama al día siguiente.

Ya de adulta, durante una cena familiar, Claudia mencionó el recuerdo y lo describió como uno de los grandes momentos de su vida. Su abuela y su padre se miraron con extrañeza; eso no era posible, dijo al final su padre, titubeando ligeramente. Lester, el gato de los abuelos, había muerto dos años antes de aquella boda, cuando el tío Juan aún estaba trabajando en Alemania y no había conocido todavía a la que después sería su mujer. No podía ser, insistió Claudia; ella lo recordaba perfectamente. Su abuela comentó, como intentando evitar que aquello se convirtiera en una discusión, que probablemente se trataría de otro gato del vecindario que se hubiera colado en la casa, pero Claudia sabía que no, mierda, en su memoria estaba tan claro como si lo hubiera vivido ayer mismo, era Lester, eran sus colores, su collar y su medalla dorada con el nombre en letras mayúsculas. Hubo más razonamientos lógicos por parte de ellos que poco a poco hicieron que se sintiera acorralada y molesta.

El tema se cerró a regañadientes y Claudia se quedó con el mal sabor de boca de una traición, pero no la de su familia, sino la de su propia memoria. Era como cuando se hablaba de su madre, aunque en este caso la hostilidad no venía de su padre, salía desde dentro de sí misma.

La última vez que mencionó a su madre fue más doloroso, apenas unos meses después del primer incidente; esta vez estaban solos ella y su padre. Él tenía la hosquedad propia del hombre abandonado; había atendido el hogar en solitario lo mejor que había sabido, trabajando como una bestia para que Claudia pudiese terminar sus estudios, pero sin las muestras de cariño que ella hubiera agradecido. Sus conversaciones habían sido monosílabos durante años, excepto cuando se aludía a la ausente, para la que él no escatimaba parrafadas agrias y acaloradas.

Ella les había abandonado cuando Claudia tenía menos de un año; el resquemor de su padre hacia su mujer era comprensible y muchas veces compartido. Pero, sin embargo, había un recuerdo de la infancia que no encajaba. En él andaba por pasillos oscuros y sucios, alumbrados con lámparas inconstantes, esquivando camillas, sillas de ruedas y personal taciturno envuelto en batas. Iba de la mano de alguien, pero no recordaba de quién; lo que sí sentía de forma inequívoca era una mezcla de angustia, llanto reprimido y miedo. Una mano abría una puerta; un resplandor cegador; una mujer en una cama, con el pelo revuelto y costras en la cara; cintas de cuero y hebillas oxidadas rodeando las muñecas, los tobillos y el torso. Gritos desgarradores y sus propias manos diminutas cubriendo la escena.

Claudia expuso a su padre aquello; siempre había tenido la duda de si aquella mujer era su madre. Él explotó de ira, negándolo todo y escupiendo barbaridades como hacía tantas veces, y una discusión larga e intensa envenenó el resto de la velada. Debía haberlo sabido, se dijo ella después; su padre aún sufría una herida emocional que no se curaría nunca y no había ninguna necesidad de hacerle pasar por aquello solo por confirmar un recuerdo estúpido que, seguramente, no era real. La memoria, una vez más, había vuelto a traicionarla.

Claudia se propuso desconfiar de esos retazos perdidos; la memoria es inconsistente, se dijo, y a veces incorporas como propias algunas historias que te cuentan o que ves. Por eso decidió enterrar la más incómoda de todas: la que le insistía, desde lo más remoto, que una vez había habido en su casa un bebé, frágil como un tallito, que sufría con lloros interminables. Recordaba a un hermano diminuto, a una mujer desesperada tratando de hacerle callar, carreras de un lado a otro y sollozos interminables enterrados en el estruendo ensordecedor que salía del cuerpecito pequeño como el de un muñeco, el bramido del agua saliendo a chorros por el grifo de la bañera, un chapoteo y finalmente, el silencio.

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2014-09-18

Fachadas traseras

Cuando era niño vivía en el final del mundo. Quizá no exactamente, pero sí era el final de Madrid, en el extremo mismo de Moratalaz. Detrás de mi casa ya no había nada más que una escombrera, un barranco, y una extensión ilimitada de campos de hierbajos secos, hormigueros y cardos altos como personas adultas. Bajando el desmonte estaban los restos de las antiguas vías del tren de Arganda (el de la canción infantil, que pita más que anda) de las que apenas quedaban unas cuantas traviesas rotas. Yo solía jugar por allí con mis amigos, en tardes interminables de peleas a pedradas, de bajadas arrastraculo sentados sobre cartones viejos y, en los momentos más sesudos, incluso de cartografiar el campo conocido hasta las instalaciones del Canal de Isabel II que había mucho más allá de donde nos dejaban ir. En esos campos creí morir por primera vez, pero eso es algo que contaré otro día.

Los edificios en los que yo vivía eran grandes y altos. Estaban construidos con esa arquitectura de la expansión franquista de finales de los sesenta, feos como su puta madre, repetidos en bloques idénticos hasta la náusea por calles laberínticas en las que era fácil perderse si no eras un indígena. Por delante había jardincitos minúsculos pero por detrás no hacían concesión ninguna al horror urbano más despiadado y carente de alma.

Los bloques tenían patios traseros con una puerta de chapa oxidada bordeada de remaches, con un tirador hecho con un vástago de hierro soldado a puñetazos y una pequeña reja en la parte superior como una celda carcelaria. Agresivas. Desafiantes. Llenas de misterios para el niño que yo era. Cada una a su modo.

Habitualmente estaban plagadas de unos rectangulitos de papel adhesivo, cada uno de un color, no más grandes que mi dedo pulgar de entonces. Tardé en entender qué significaban; flechas azules, rayas naranjas, círculos rojos. Todo un lenguaje de signos incomprensible para mí. Imaginé mil cosas, pero ya no recuerdo cuáles. Las pegaban allí los vendedores puerta a puerta para comunicarse quién sabe qué, portero hostil, vieja que te abre sin preguntar, perro peligroso.

También estaban llenas de pintadas. Casi todas incomprensibles, pero sin ese rollo pseudo-artístico de los graffitti que aparecieron más tarde. Una celebraba la revolución turca, otra hablaba de las peras de Maribel, otras (muchas) eran bocetos de pollas no anatómicamente correctas. Algunas, menos de las esperadas, reclamaban libertades y muertes merecidas de dictadores hijos de puta. Una era especialmente críptica: ELVIS ES JULA. Así, en mayúsculas perfectamente tipografiadas. Creía entender la palabra del centro, pero el mensaje me resultaba completamente insondable.

Pero lo que resultaba más misterioso para mí de aquellas fachadas traseras era una ventana.

Medía menos de medio metro de alto. Estaba a la altura del suelo, en uno de los bloques del fondo, que por alguna razón no era exactamente igual a los demás. La ventana era como el lucernario de un sótano, algo extraño porque el resto de los bloques no tenían planta baja. Tenía unas rejas verticales roñosas y cubiertas de pegotes de pintura que protegían un cristal traslúcido rajado en las esquinas. El interior lo tapaban unas cortinillas mugrientas con dibujos geométricos que en algún momento quizá habían sido blancas pero que ahora eran amarillentas con lamparones marrones. Un amigo mío, propenso a lo teatral, decía que eran «más antiguas que el mundo».

Cada vez que la veía sentía una mezcla de miedo, inquietud y tristeza, como si fuese el acceso a un mundo de aflicción insoportable que te contaminase con solo acercarte. Repetidas veces soñé con ella: en mis sueños no era inmutable y cerrada, sino abierta y oscura, y yo me asomaba y veía un abismo enorme, con desniveles grises e incompletos, repleta de cañerías y tubos como raíces de árboles viejos, el mundo de desolación que imaginaba despierto pero materializado y amplificado.

Esa ventana y el horror asociado a ella formó parte de mi infancia durante mucho tiempo. Otras temporadas no ejercía sobre mí su influjo maligno: cuántas veces pusimos petardos de pela en las cacas de los perros allí mismo y jugamos a carreras de chapas en la arena que había un poco más allá y ni siquiera fui consciente de que la ventana seguía ahí. Ahora que lo pienso entiendo que el abismo me observaba separando apenas un poco la rancia tela, pero yo estaba ahí, ignorante, riendo a carcajadas o inventando tonterías.

Un día, inesperadamente, pasé al lado de la ventana y estaba abierta. No del todo, porque tenía las bisagras en la parte superior y solo oscilaba hacia dentro unos centímetros, pero para mí fue como si una barrera que había supuesto infranqueable se hubiera derrumbado. Me quedé helado. Iba solo, cosa rara, porque durante la infancia en los años setenta siempre estabas rodeado de amigos; ese día, sin embargo, no había nadie conmigo. Mis pesadillas me asaltaron y se sucedieron una tras otra como las viñetas de un tebeo. El terror me paralizaba, pero también me llamaba. Las cortinillas parecían algo diferentes y se mecían levemente por el viento. Sonaba algo.

Por supuesto, acudí, y me arrodillé. Casi me sorprendí al descubrir que el abismo de cloacas y el laberinto de tuberías no estaba allí; el interior, en penumbra, dejaba entrever una caja de cartón deformada, unas botellas sin etiqueta, algo grande al fondo como un camastro o una mesa baja. Olía a bodega, ese olor húmedo y pegajoso que también seduce un poco. Ya más cerca, comprendí que lo que se escuchaba era música. Totalmente diferente a lo que yo había oído nunca. Lenta, siniestra, amenazadora, que me encogía el corazón y me impedía salir corriendo. Si aquello hubiera sido el canto de sirena de un depredador aún seguiría allí.

Pero unos ruidos más mundanos al fondo de la estancia, voces y ruido de cubertería, me recordaron que debía alejarme disparado de allí y eso hice.

Mi relación con la ventana acabó ahí. Quizá haber visto lo que había detrás de los visillos rompió el hechizo, o me hice mayor, o una mezcla de ambas cosas. Lo cierto es que volví a pasar por allí delante un millón de veces y, como tantos otros componentes del paisaje, se convirtió en decorado de la escena y desapareció de mi vista para siempre.

A veces pienso en la música que escuché aquel día y casi la recuerdo.

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2014-07-24

La carta del prisionero

Amor mío:

Han pasado largos meses desde mi cautiverio y no he hecho otra cosa que anhelarte. Los días y las noches se han sucedido sin diferencia. Aún estoy vivo pero tu falta es para mí la verdadera y más terrible agonía. Hoy mis carceleros, movidos quizá por la piedad que siempre habita en los corazones de los hombres, han cambiado de actitud y al salir el sol me han sacado al exterior por primera vez. Los olores de la mañana me han embriagado. Me han dejado junto a un árbol, solo, empapado de lágrimas recordando tus ojos y el suave tacto de tus manos. Sí, he llorado como un niño, frágil como un tallo tierno arrancado de su raíz. Mientras escuchaba voces tras el muro hablar en su extraña lengua me he acordado de aquel juego de nuestra infancia, Las Nueve Palabras, que se jugaba con esta canción:

 Después del sol ve y coge tres,
 salta cinco y toma una más,
 ve hasta el árbol, salta seis
 y coge dos;
 Encuentra el tallo, salta una y toma otra más,
 pon un «la», trepa el muro,
 salta cuatro, coge una y listo está.

Es ahora cuando esos versos tan ingenuos cobran para mí un significado especial, como me imagino que lo harán también para ti. No sé si volveré a estar a tu lado en este mundo, pero sin duda lo estaré en el siguiente. Te amaré siempre.

Siempre tuyo, tu humilde compañero.

Esta es la carta que el prisionero Pekka escribió a su novia desde su celda. Sus captores nunca supieron que contenía un mensaje cifrado. Su novia, sin embargo, pudo sentir el terror y la desesperación trepar por su espalda cuando averiguó lo que en verdad habían hecho con él tras descubrir que la canción era la clave de descifrado del mensaje.

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2014-05-07

Disk partitions and UDF formatting on MS Windows

Partition manager

Open cmd.exe and run

 diskmgmt.msc

Formatting a disk as UDF

 format x: /fs:UDF

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2014-03-31

La culpa del superviviente

Acababan de cumplirse tres meses desde el accidente cuando me dieron de alta. Listo para volver, decía el doctor, y casi curado del todo, decía el fisioterapeuta. Salvo por mi oído derecho inservible y el tener que usar un bastón para andar (lo que me daba cierto aire de dandy victoriano, solía bromear entonces) se me podía considerar un elemento recuperado. Ignorando el dolor, claro, pero eso también tenía solución, porque de nuevo las sustancias químicas volvían a ayudarme a hacerlo todo más llevadero. Así que era el momento de cerrar un asunto pendiente respecto a mi amigo Martín.

Mi amigo Martín ya no estaba, igual que su novia Valerie y el descerebrado de Jesús. Todos ellos murieron en el accidente, el mismo que ahora me hace arrastrarme como un viejo y estar hasta las cejas de calmantes. Hay varias cosas que se dijeron de aquello que no son ciertas y hay un puñado de sentimientos que voces en mi cabeza que tengo que silenciar. Jodido Martín.

Como sabes, porque salió en los periódicos, cuatro amigos, tres chicos y una chica, se habían estrellado con el coche yendo borrachos como cubas. El vehículo había invadido el carril contrario atravesando la mediana, arrastrando a un motorista (que se libró con solo heridas leves) y golpeándose contra un árbol para acabar hundiéndose en el Jarama, que aquel día iba cargado de agua (cosa rara).

Los testigos oculares (qué gracia me hace esa expresión) dicen que uno de los chicos, ensangrentado, había conseguido sacar a dos de sus compañeros del agua mientras se esperaba la llegada de ayuda. Lamentablemente ninguno de los dos, ni por supuesto el que se había quedado sumergido, había sobrevivido al accidente. Cuando salí a flote ya estaban allí las ambulancias y me desmayé a sus pies, aturdido por el ruido y las luces, no sin antes darme cuenta de que ya me recibían como a un héroe.

Más tarde conté que había sido Jesús el que conducía, y que pese a que le habíamos insistido en que no debía coger el coche tan borracho como iba, nos habíamos montado con él, irracionales y estúpidos. Después del brutal choque me había despertado mientras el habitáculo se llenaba rápidamente de agua y había sacado a los que podía hasta que me abandonaron las fuerzas. Pero eso no era verdad. Y eso solo lo puede saber quien hubiera conocido a Martín.

Martín era un triunfador. Habíamos crecido juntos desde niños y era extremadamente eficiente en todo lo que emprendía. Ambos compartíamos aficiones y estudios, pero mientras que para mí cualquier nueva actividad suponía un esfuerzo de dedicación y aprendizaje para conseguir un rendimiento diminuto, para él todo era fácil y me superaba ampliamente en todo lo que hacíamos. Yo le odiaba. Me comparaba con él a todas horas y sentía que todo el mundo hacía lo mismo. Hijo de la gran puta. Me sobrepasaba en todo sin ningún esfuerzo. Y por supuesto, como no podía ser de otra manera, ocurrió lo mismo cuando Valerie entró en nuestras vidas.

Ella vino de Francia a estudiar unos meses y desde el momento en que apareció en mi clase por primera vez me enamoré de ella. Nos hicimos amigos, y por un tiempo creí que ella iba a acabar sintiendo lo mismo por mí hasta que le presenté a Martín. Qué mala idea. En menos de una semana ellos estaban saliendo. Cada vez que íbamos por ahí a emborracharnos juntos para mí era una tortura. Qué fácil le resultaba la vida al muy hijo de puta.

Siendo como era Martín, cuando tuvimos el accidente no fui yo quien fue sacando uno a uno a los ocupantes del coche, sino él. Cuando desperté al volante (sí, al volante, el tarado de Jesús estaba durmiendo la mona en el asiento del acompañante y creo que nunca se despertó) estábamos completamente sumergidos. La borrachera se me pasó al instante y vi que Martín ya había sacado a Valerie y que volvía a por nosotros. Noté cómo agarraba a Jesús por las axilas y le sacaba por la ventanilla. Yo me quedé allí, bloqueado, aún sujetando el volante con ambas manos, notando en los ojos el roce del agua embarrada. Deseando morir, sinceramente. Poner fin a una vida de esfuerzos vanos y dejar que otros, los más aptos, sobrevivieran.

Pero Martín tenía que arreglarlo todo y volvió para sacarme. Cuando abrió la puerta sentí que tiraba de mí y le golpeé con todas mis fuerzas en la cara. Se quedó inmóvil de inmediato. Salí como pude y le dejé allí, flotando como un trapo. El resto, las ambulancias, los vítores, el desmayo, ya está contado y no hay nada más que añadir.

Así que mi primera visita a la salida del hospital fue a los padres de Martín. Me acogieron calurosos, triunfadores también ellos, en su enorme casa repleta de recuerdos del hijo perdido, el heredero del éxito, la vida truncada por la desgracia. Recordé la pocilga en la que había crecido yo, huérfano de madre y carente de padre, y la comparé con aquella mansión espaciosa y resplandeciente. Hijos de la gran puta.

-Necesito sincerarme -dije, aclarándome la garganta mientras jugueteaba con mi bastón de puto lisiado-. Ya no puedo callarme, hay una mentira que no puedo soportar ni un minuto más. Tengo que contarles algo sobre el accidente y sobre su hijo Martín.

Ellos, sentados frente a mí en un sofá, cogidos de la mano, me miraban con los ojos enrojecidos. Querían oír una última alabanza, un bálsamo para hacer más llevadera la pérdida, así que se acercaron levemente hacia mí, y tras respirar hondo, dije:

-Conducía él.

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2014-03-18

La mitad de la verdad

Hay días como estos en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo. El vacío quiere arrastrarme pero no encuentro la forma de acudir a su llamada y nada me reconforta salvo quizá contar mi historia tal y como la cuento ahora. Esa historia que empezó cuando mi hija Isabel y yo nos fuimos a vivir a la casa de campo junto al río.

- Yo era un escritor de éxito que necesitaba concentración en un nuevo trabajo y a la vez poderle dedicar tiempo a mi hija. Tenía que solucionar ambas cosas y decidí que lo mejor era apartarnos del resto del mundo. La situación era completamente diferente a lo que las personas de mi alrededor pensaba: yo no era un hombre interiormente destruido sino alguien que remontaba desde lo profundo y que retomaba las riendas de su vida. Mi decisión había sido meditada y el campo era el entorno perfecto.

La sensación que tuvimos Isabel y yo al entrar por primera vez en la casa fue completamente opuesta. Ella descubrió de un vistazo todas las posibilidades que le brindaba para sus juegos infantiles: el antiguo establo con la escalera de madera que subía al pajar, el montón de enseres de cocina abandonados en el porche trasero, el baúl lleno de trapos viejos del ático y la suave pendiente de arena fina y barro que bajaba hasta la orilla. Yo, por el contrario, sentí la opresión de mi vacío interno aumentada por los rincones húmedos y faltos de iluminación, el olor a cieno, el aislamiento y mi propia bancarrota, tanto literal como metafórica.

- Pero yo estaba armado de valor y tenía la firme convicción de salir adelante: la debilidad no me volvería a atrapar. Escribí a todos mis amigos y familiares explicando mi decisión y enumerando los pasos que me conducirían a mi curación total y entre ellos hice especial hincapié en mi nuevo papel como padre responsable. Creo que fui persuasivo y todo el mundo quedó satisfecho. Dediqué grandes esfuerzos en acondicionar la casa y abastecerla de todo lo necesario para una vida digna.

Vivíamos en los dos cuartos del piso de arriba. Yo me sentaba a intentar escribir en la sucia mesa de madera embreada día tras día, obligándome a sacar algo adelante, pero mientras mi mirada se perdía en el horizonte (con la sierra al fondo, uniforme y suave a la izquierda, escarpada y blanca como un hueso calcinado a la derecha), mi cabeza se atascaba en el fango que me invadía y el tiempo pasaba despacio como riéndose de mí. El silencio rural me atenazaba como una prisión, roto solo por el sonido de algún pájaro, el rumor del río y los canturreos y juegos de Isabel, que correteaba por el patio cargando con su peluche de Totoro o hacía pasteles de barro junto a la turbia corriente. A veces me pedía con su vocecita aguda que bajase a jugar con ella, pero yo no respondía, haciendo como si no lo hubiese oído.

- Otras veces, sin embargo, paseábamos por el campo y los senderos de tierra, cuando el sol calentaba, y dedicábamos el día entero a estar juntos. Ella corría adelante y atrás, rodeándome y entreteniéndose para recoger alguna flor o a mirar algún bicho, hasta que elegíamos un sitio llano para extender el mantel de cuadros negros y rojos y desplegábamos la merienda, bollitos de leche y sándwiches de miel, que ella recibía con una alegría propia de la primera vez. Luego jugábamos a perseguirnos o al escondite y yo sentía que mi tristeza disminuía como deslumbrada por la grandeza del sol radiante y la risa de Isabel.

Un día desperté con una sensación de apremio. Mi cabeza aún giraba envenenada por una pesadilla, pero una sombra ominosa que no podía determinar hacía la vuelta a la realidad aún más difícil. Poco a poco ordené mis recuerdos y comprobé que no me había levantado de la cama durante todo el día anterior; no había tenido fuerzas, me había abandonado una vez más a mi propia miseria, embarrado en mi propia autocompasión, sumergido en agua cenagosa como la del río que a escasos metros de mí no dejaba de murmurar y de provocarme. Isabel, me decía.

- Me reconfortó recordar de que, si bien había estado todo el día encerrado, sí había bajado un rato a darle los buenos días, a hacerle una tortilla con patatas fritas como a ella le gustaba (casi podía oler el aceite mientras crepitaba y sentir el calor de la sartén) y a prepararle un baño, que al principio había rechazado pero que finalmente había disfrutado como ella hacía siempre.

La inquietud me hizo bajar los escalones de dos en dos. Busqué por todas partes: el establo, el pajar, el porche, la parcela de campo de labor alfombrada de surcos que había más allá del camino. Dejé para el final el río, quizá intencionadamente. Chapoteé en sus aguas sucias y mis pies de hundieron un poco en el cieno del fondo. Grité, grité con todas mis fuerzas. Sólo podía oír los remolinos fangosos a su paso por las piedras y por las retorcidas raíces de los árboles.

- Estaba seguro de haber escuchado sus juegos hacía apenas unos minutos. Isabel no podía estar muy lejos.

Corrí por la orilla del río, sorteando arbustos y zarzas. Donde se volvía más profundo y revuelto encontré el muñeco de peluche de Totoro, embarrado y sucio, clavado en las espinas de unas ramas secas como la zarpa de un ser malvado. Grité su nombre una y otra vez mientras el remolino de dolor giraba y giraba dentro de mi pecho. Aquel torrente de aguas oscuras se había llevado a mi niña.

- Entonces oí su voz. Isabel estaba en el centro del río, soportando sin esfuerzo el empuje de la corriente. Me miró y sonrió, los hoyuelos de sus mejillas se marcaron y alzó los brazos, agitándolos de un lado a otro. Sentí cómo mis lágrimas se desbordaban y me lancé a por ella, arrastrándome trabajosamente mientras el lodo intentaba reclamarme, hasta que llegué a su lado y la abracé con todas mis fuerzas. Nunca te abandonaré, le dije, sintiendo su olor, esa mezcla de pan recién horneado y de humedad que desprenden los niños, sintiendo su calor, mientras le juraba una y otra vez que no volvería a dejarla sola, que nunca me separaría de ella, que nunca más sentiría lástima por mí y que me comportaría como un hombre, que cambiaría para siempre. Ella me miraba sin comprender lo que yo balbuceaba, con expresión de calma, como si nada hubiera pasado y como si todo tuviese arreglo.

Hay días como hoy en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo y nada me reconforta salvo contar mi historia tal y como la he contado, como si hubiese alguna redención para mí. Como si todo fuese verdad, no solo los párrafos impares.

Publicado en Pescando Palabras y Redes

2014-03-06

Una espina en la garganta

Abby Norman:

[...]

"Yet there is this new voice in your head, and even though it says horrible and scary things to you, it is the calmest and sweetest voice you’ve ever heard. Somehow, this voice you know you should be afraid of gives you comfort. “It can all be over right now”, it offers you, “it’ll only hurt for a second”. You argue with this voice because you know you should."

"But my family needs me. My friends will miss me, right? “No, no. They won’t. You are a burden to them. They are frustrated with you because you’re not getting any better. You drag everyone down, you see. They will miss you a little bit, but mostly they will be relieved. You should absolutely leave this world, it will be the best way for you to help them, to help the whole of humanity in fact.”"

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2014-02-24

Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la febril mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa mientras la picadora gira y gira.

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2014-01-23

Antichthon Universalis

This is a debriefing of the story I lived regarding this encrypted, bizarrely illustrated document. There is still not much information on the Internet about it, and I think it will remain this way for a long time as it's clearer each day that some power is not interested on it being available to the public.

It all started with this email:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Tue, 23 Mar 2010 16:24:45 +0600
 Subject: A new strange, encrypted document
 Hi, Angelo. This is Pavel. So long.
 You know <deleted>, my friend who works as a semiotic professr in Salamance,
 close to where you leave. He talked the other day about a document an
 anonymous source has sent him that is written in some kind of encrypted
 form using some strange symbols and shit. I asked him to show it to me
 and it's pretty strange. Its also full of phantastic drawings that i think
 you'll like much.
 They have been taking a look at it, but couldn't find a quick way of
 decyphering it.
 I thought you'll liek to take a look at it so I'll attach some scannings
 they have done to it. Do your email provider accept big pictures?
 Ah my friend wants his name undisclosed, his job is too serious for
 this crap ;-)
 Best regards,
 Pav

This is an example of Pavel's way; he disappears for months or even years without a word, and suddenly reappears from the void with some strange finding or story, either borderline believable or just batshit crazy.

I wrote a quick reply confirming that big attachments in my email are okay, waited for more news but real life got in the middle and I forgot about the full thing for several months.

And then I received this note from him:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Tue, 6 Jul 2010 12:17:10 +0600
 Subject: Re: Av: A new strange, encrypted document
 Hey weirdo, how are you?
 Didn't forget, just got busy.
 May I send you some really big images from the crypto? <deleted> told
 me to warn you that the mistery it's probably some forged joke like
 Codex Serahinianus or something like that (don't know what it is), but
 that you probably know.
 I have seen the doc and it's crazy, is somewhat of a bestiary or atlas or
 something like that. It also has machines and planetary systems.
 I've given the domcument a name: Antichthon Universalis :-D
 Just wanted you to write some stuff on your blog or web page ot whatever
 you have so that people get involved.
 Regards,
 Pavel

I answered that yes, I know what the Codex Seraphinianus is, that I'll write about his document here and that big attachments on my email are (still) fine. So, after a while, I wrote this entry on July 29:

"My friend Pavel Kolsinki has told me about a newly found document, called Antichthon Universalis, written in a strange, unknown language or code, with glyphs similar to those in the Rohonc Codex or other traditional cryptos. It also contains some very bizarre illustrations about plants, animals and what look like very symbolic maps.

"For what he tells me, I think it's more like a Codex Seraphinianus than a Voynich manuscript, but let's see. I'm looking forward to seeing some scannings he's about to send me.

I wasn't sure of what he meant with "getting involved", but I wrote it anyway, adding an arbitrary reference to the Rohonc Codex, which I imagined related (and later proved right).

Then finally a mail arrived in August (no subject nor body content, in pure Pavel style), containing some crappy scannings of some drawings and characters.

My initial impression was mixed. Regarding the symbols, I thought that they looked like the ideograms of far east scriptings, but later I wasn't so sure. The pictures were raw and not very well done, but they were interesting because of the motives: hybrid animals, plants with eyes, wooden machines with anotations.

So I wrote another entry, on August 4:

"Pavel has sent to me some scans of Antichthon Universalis, the recently found encrypted text, and it's a rather curious document. The drawings are certainly strange and hard to understand, but what I find more surprising is the scripting:

"All text is equally separated, glyph by glyph, as if it was a Chinese or Japanese text. I'm not sure if it's meant to be read horizontally or vertically.

"Pavel is in contact with an old friend of him that is a linguistic scholar and had just sent him the book to have a more experienced opinion on it. It's certainly not a known script; some letters resemble Alchemical symbols, others seem deformations of the Enochian alphabet.

"I'm busy these days so I had not time to dive into it yet; as soon as I have more information, I'll publish it here.

It wasn't true that I was busy; I was about to start my holiday trip, so I uploaded the entry, packed my luggage and took my flight.

When I returned I found my inbox flooded with messages from Pavel:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Fri, 06 Aug 2010 01:03:16 +0600
 Subject: More on A.U.
 Angel I have news.
 I convinced <deleted> to publish the Antichthon document; he only says
 that he doesn't want to know a word nor be envolved. Well fuck him :-)
 Ive ben thinking on publishing the book, selling it and reserving the
 money to pay for investigation. What do you think?
 Ah I don't know a fucking word on publishing and, as you have some
 experience in self-publishing, I thought you can do it. Become the
 editor, as they say.
 Opinions?
 Bye,
 Pav

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Fri, 06 Aug 2010 03:20:48 +0600
 Subject: earth to Angel
 Hey Ange looking forward for your response.
 By,
 Pavel

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Sat, 7 Aug 2010 12:06:07 +0600
 Subject: SOB
 Hey lil wanker where are you?
 Pavel

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Sat, 07 Aug 2010 14:46:05 +0600
 Subject: Re: SOB
 Angel you fucker plz answer me.
 P.

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Sat, 07 Aug 2010 23:03:02 +0600
 Subject: Re: Re: SOB
 I'm fed up of you Im gonna break your legs HAHAHA LOL
 As you are probably fucking some sheep wherever you are, I undestand you
 are busy rite now so I'm gonna find a published on my own.
 See ya
 Pablo

I inferred from the stream of messages that he was somewhat nervous and that he, probably, have forgotten about me and started searching for help elsewhere.

Anyway, I published this new entry on Aug the 9th assuming that I was doomed to become the editor:

"It seems that Pavel has gotten permission from the source to reproduce Antichthon Universalis. He is searching for publishers like crazy, but I'm afraid they won't find the document as interesting as he does (provided that he can find anybody not on holidays these days).

"He says he doesn't have the technical knowledge to do it; maybe I'll help him. Who knows, it's not impossible that I even become the editor...

"There are still no words from the language teacher on the subject.

"On my part, I've finished taking a look at the book itself. I'm almost sure it's a forgery like the Oera Linda, but funny to look at anyway.

Couldn't resist mentioning the Oera Linda, sorry.

Back on September I had news from him:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Thu, 2 Sep 2010 11:12:19 +0600
 Subject: All praise the editor
 Hi Angel welcome back to earth.
 I read what you wrote in your shitty blog and found that you decided
 to become the editor. Congrats!
 I saw you mentioned some Opera Linda crap that I dont understand but
 I'm glad to see this project going on.
 I'll send you the complete manuscript ASAP so you can start giving it
 form or whatever you have to do to send it to the publisher.
 Dovidenia,
 Pavel

So this is how I became Antichthon Universalis' editor. I got the full document, wrote a foreword to it and elaborated some statistics on symbol usage. It was a funny project and I was motivated enough to have it fully formated in a couple of days. I sent it to an online publisher that I don't want to mention (our relation ended up very badly), announced its availability and finally received the first copy on paper:

The finish was not optimal, so I asked for a second copy highlighting the defects and finally got a decent copy.

The following months were much less hectic; Pavel disappeared, as always, but the book was selling well. He used the money to pay some investigators found using his awkward acquiatances and contacts. His efforts reached somewhat far away, but interest seemed to languish and finally was lost.

One night Pavel called me on the phone and asked me to scan and publish some sample pages on my blog because a researcher needed them right now; I did it, and my web site received a DOS (Denial Of Service) attack some hours later (probably related, but cannot be sure). There was again some respawn of interest and I received a bunch of emails from people trying to decypher the text, but with no luck. Silence on the topic returned.

Then finally I received the following message:

 From: Kolsinski, Pavel J. <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Mon, 13 Jun 2011 16:14:16 +0900
 Subject: STOP IT
 Hi Angel this is Pavel. I'm a bit worried.
 My life has been threatened. These weeks have been worrisome as I seem
 to have stepped on some toes making public the Antichthon Universalis
 document. I've received threatening messages from people I don't know.
 The police have been here doing questions. A friend of mine lost her
 life on an accident on a bus I was meant to catch.
 Please finish the selling of the book; I'm not into risking my life
 because of all this shit anymore. Won't spend another buck in
 sponsoring the decyphering. I give up.
 You may call me a chicken but I'm really frightened.
 Yours,
 Pav

Understandably, I was worried about him. I tried to call him on the phone, but couldn't reach him. He didn't reply to my emails. I tried calling mutual friends, the hotels where he used to drop by, but to no avail. I hadn't news from him since then. I don't know where he is.

I stopped selling the book, but decided to publish it freely. You can download the full Antichthon Universalis document by clicking below:

Any additional information about Pavel, the cypher system of the document, its origin or whatever related to this issue is welcome; please email me if you know anything to clarify this mistery.

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2014-01-13

El delirio en el umbral

"Carecían de sexo. Se reproducían por fisión y adquirían un extraño personaje. Pero, mientras, algo más que de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto que en el Instituto Essex, decía: Diario y notas recogidas entre los ríos arrastraban muchos cadáveres de los que en algún momento de su hija, y lo que tocaban, y la luna y las galeras negras, si es que llegó a sus monturas y a unos ochocientos kilómetros al este, en un mundo onírico pertenecían a la aparición del hombre..."

Así empieza El delirio en el umbral, una rareza por entregas escrita por Howard P. Markov al estilo stream of consciousness en la que retuerce la gramática tradicional con una técnica no muy lejana al Rayuela de Cortázar o a algunas obras de Saramago, con algo del surrealismo del Joyce de Finnegan's Wake.

La lectura no es fácil, no solo debido a su peculiar estilo libre sino a la gran cantidad de personajes, localizaciones y tramas que se superponen. El género es indudablemente una mezcla de horror cósmico y existencialismo, pero a veces divaga hacia otros temas como el misterio, la investigación y el romanticismo introspectivo.

A veces se encuentran párrafos de pura poesía:

"Supongo que lo único que Willett había percibido aquella luz híbrida e incierta, la cara oriental de la distancia."

Hay también retazos del más puro horror surrealista heredero de las prosas de Rimbaud:

"Luego, al acercarme descubrí que estaban colgadas detrás de él; pero el recinto era igual a la horda de pesadilla de una ciencia y la burla del averno. Era el individuo silencioso que había publicado en 1681; la espantosa realidad y dónde comienza la historia posterior del planeta: los espíritus sucesores de la parte inferior de la bestia, recordando las leyendas de los viejos tiempos estaba flanqueada por unos instantes se oyó el tintineo estremecido de unas pocas hebras amarillentas en su posesión, pero sabían que eso correspondía exclusivamente al estudio del nuevo y sorprendente carta."

Otras veces se pierde en delirantes aliteraciones:

"-Alégrame verle, caballero… apenas se atreven a levantar cabeza de un mes de julio tuvo lugar en agosto. West y yo me había despertado; que todo lo olvidado ha desaparecido y se deslizaban, y unos hogares con más belleza sobre los romanos perdieran la Galia a manos de ella… ella habría un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía que había más al sur de la chimenea, con un número considerable de tiendas, así que me abandonaban las fuerzas, más aún los había llevado, y me figuro que usted describía."

También se pueden encontrar secciones con reminiscencias homoeróticas (que de nuevo recuerdan a Rimbaud o Verlaine):

"A un joven de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azules sin parentesco alguno con los pálidos vapores sobre las Maravillas de la rutina me salvó de la región de los humanos."

La lectura de cada capítulo es una experiencia única cercana al sueño o la pesadilla. No en vano el autor la denomina una onirovela.

H. P. Markov ha estado publicando una entrada cada día desde el 25 de diciembre de 2013.

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2013-11-10

Manifesto: 0€ en monedas de cobre

En aquel tiempo la gente coleccionaba discos porque eran piezas únicas. Era muy difícil conseguir algo que no estuviese de moda en el momento y no había ningún canal sencillo para encontrar cosas viejas como no fuera bucear en las tiendas de compra-venta confiando en tu suerte o viajar a Londres para ir a comprarlas a HMV o a Virgin, que pocos nos podíamos permitir.

Por razones irrelevantes me había juntado con dos copias del disco Manifesto de Roxy Music. Una me la había regalado mi hermana; la otra, ni idea. No era un disco especialmente interesante (al menos para mí, que del grupo me gustaban los trabajos posteriores).

Una noche me presentaron al amigo de una amiga de un amigo en el Libertad 8 durante unas veladas de lectura de poesía. Se llamaba Joaquín, era bastante mayor que yo y era un apasionado del arte pop de los 70. Según él tenía una de las colecciones más increíbles de discos de vinilo de todo Madrid (lo de «discos de vinilo» es algo que se dice ahora, entonces eran simplemente discos o cassettes), especialmente de un grupo que yo no conocía que se llamaba Mannheim Steamroller. Me estuvo dando la tabarra sobre las maravillas de la banda durante toda la noche, copa tras copa, hasta que el resto de amigos se fueron yendo y yo me quedé con él. Cerramos el Libertad y fuimos a otro sitio cercano donde la conversación fue parecida hasta que mencioné a Roxy Music.

Él andaba buscando como loco el disco que yo tenía repetido.

Se lo comenté y le dije que le regalaría una de mis copias; él, completamente apasionado, me dijo que de ninguna manera, que era un objeto muy valioso y que esa transacción merecía ser pagada con justicia. Yo insistí pero fue inútil; convinimos en que me pagaría diez mil pesetas por él.

Nos despedimos y nos retiramos tras intercambiar nuestros teléfonos. Al día siguiente me llamó por la mañana a primera hora, cuando yo aún andaba con la cabeza como un bombo y la boca con sabor a extintor de incendios como diría Larry. Me costó reconocerle y recordar de qué iba todo aquello; según él teníamos que vernos como fuera y hacer efectivo el intercambio.

Yo le estuve dando largas durante varios días, entre otras cosas porque tenía planes más interesantes. Me llamó todos los días durante una semana hasta que dejó de hacerlo.

Unas semanas después, otro sábado por la mañana buscando algo que escuchar me encontré con los gemelos Manifesto en mi escasa colección de música. Me acordé de Joaquín y de su interés en comprarme uno de ellos y decidí llamarle; lo intenté varias veces, pero no conseguí hablar con él porque su número no me daba tono. También me había dejado su dirección, así que decidí que qué mejor forma de joder un sábado poco prometedor que darme un paseo hasta el barrio de Aluche con el disco en una de esas bolsas de plástico cuadradas que ya no existen a ver si daba con él.

Así lo hice; me presenté en su casa, llamé al portero automático y me presenté. La voz al otro lado titubeó, pero acabó abriéndome la puerta. Subí y me estaba esperando en el rellano de la escalera.

Estaba demacrado como si estuviera enfermo, con ojeras hasta los pies, barba de varios días y un botellín de Mahou en la mano. Me dio la sensación de que estaba incluso más calvo de lo que recordaba. No obstante, con notable esfuerzo, se mostró efusivo y me invitó a pasar.

Tenía toda la casa revuelta, ropa de cama en el sofá del salón, cortezas de queso y migas de pan por el suelo y un comedero de perro embarrado de galletitas en una esquina. Todos los signos indicaban que era un mal momento; pregunté si debía volver otro día pero él me insistió en que todo estaba bien.

Había discos por todas partes. En el salón todas las paredes menos la del sofá estaban cubiertas por estanterías baratas a reventar; discos en la cocina, discos en el baño, discos por los pasillos apilados en el suelo. No entré en el dormitorio, pero seguro que estaba igual.

Me ofreció una cerveza y se disculpó por no tener algo con qué acompañarla. Me estuvo enseñando su colección horas y horas. El ambiente estaba tan cargado que le pregunté dos veces si abríamos la ventana para ventilar un poco aquello; él no pareció oírme de lo entusiasmado que estaba.

Tenía palmos y palmos de discos de Mannheim Steamroller. Muchos de ellos conservaban aún el envoltorio de plástico sin abrir. Me dijo que eran joyas y que yo debía escuchar al grupo en alguna ocasión, pero que no iba a ponerme ninguno de los suyos para no degradar el vinilo.

Como se me hacía largo le interrumpí y le entregué el disco de Roxy Music. Él lo cogió con mucho cuidado, lo sacó de la funda, le quitó el polvo con la manga. Después de contemplarlo un tiempo me dijo que lo sentía en el alma pero que no tenía las diez mil pesetas que me había prometido; yo le contesté que daba igual, que desde el primer momento había pensado en regalárselo y que eso iba a hacer. De nuevo se negó, usando exactamente las mismas frases que aquella noche, una y otra vez. Finalmente, me dijo que esperara; entró en el dormitorio y volvió al rato con una bolsa de plástico.

No tenía dinero, me repitió, pero a cambio del disco me daría un puñado de monedas de Alfonso XII de 1877 que había heredado de su abuelo. Yo me negué. Él insistió. Así estuvimos un buen rato hasta que claudiqué y las acepté.

El disco tuvimos que escucharlo entero. Como ya he dicho, a mí me parecía aburrido, pero él disfrutó un montón. Decidí irme; a la salida volví a fijarme en el comedero con el emplasto de galletas de pienso y me di cuenta de que no había visto ningún perro en toda la mañana, pero creí mejor no preguntar. Finalmente nos despedimos. No volví a verle.

Unos años más tarde, en una tienda de coleccionistas, vi un disco completamente negro de Mannheim Steamroller y, recordando a Joaquín, me lo compré, movido por la curiosidad. No me gustó nada. Sólo lo he escuchado una vez. Si lo quieres, es tuyo.

Y finalmente el otro día cogí las monedas de Joaquín que he ido arrastrando conmigo de casa en casa y de vida en vida y me acerqué a las tiendas de numismática de la Plaza Mayor para ver si las podía vender. Allí me dijeron que aquellas monedas no valían nada. Para jugar al mus, si acaso. Que si estuviesen en mejor estado, o si fuesen de las que hubo en la misma época pero hechas de plata, quizá. Las mías son de cobre. Podría fundirlas y hacerme un cable.

La vida es cambiar cosas que no valen nada por otras que tampoco valen nada.

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2013-11-02

Existir (1986)

Este comic lo dibujé en mis ratos libres en 1986. Las 8 primeras páginas aparecieron por entregas en el fanzine «El Horla» que se publicó en Moratalaz (Madrid) en 1988 hasta que se canceló por falta de fondos.

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2013-10-28

Lunar Landings

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía un niño que se llamaba Jaime. Bueno, quizá debería empezar de otra forma.

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía una chica, tres o cuatro años mayor que yo. Tenía esa piel que parece de nácar de las pelirrojas, unos ojos grandes y expresivos y una pequeña cicatriz en la mejilla derecha en forma de media luna. Su pelo no era exactamente rojo, pero a veces lo parecía. En verano llevaba unos pantalones vaqueros con las perneras cortadas. Es lo que mejor recuerdo: yo jugaba con mis amigos y a veces contemplaba cómo se le marcaban los tendones de sus gemelos según se alejaba y perdía la noción del tiempo. Entonces sabía su nombre pero ya se me ha olvidado. Esta chica tenía un hermano pequeño que se llamaba Jaime. Ahora sí.

Era un chaval bajito, con gafas, al que siempre recuerdo con pantalones cortos y unos zapatos marrones descoloridos. Siempre parecía que tenía el pelo apelmazado, sorbía por la nariz sin parar como si fuera un tic nervioso y el aliento le olía a café con leche. Nunca le hice mucho caso, pero los matones del barrio sí; era el objetivo típico de las burlas y de esas pequeñas palizas infantiles que conllevan poca sangre pero mucha humillación. Un hijoputa al que llamaban Chispita (más tarde, cuando todo se volvió mucho más chungo, pasaron a llamarle El Chino) y que vivía en el primer piso de mi edificio le tenía especial manía y unas cuantas veces le vi quitarle las gafas o la cartera y torearle hasta hacerle llorar para luego empujarle al barro o a los arbustos.

No crucé ni una palabra con Jaime hasta que él me encontró un día en la exposición de un concurso de dibujo que se celebró en el colegio que había enfrente de mi portal. Yo me había presentado y como siempre había hecho el ridículo con una de mis bobadas llenas de monstruos, naves espaciales y robots. Pero el tal Jaime se quedó embobado conmigo; le gustó tanto mi dibujo que se me pegó toda la tarde. Que yo era genial, que le tenía que hacer uno igual, que por qué no le enseñaba a hacer cosas como aquellas. Yo le soporté estoicamente porque desde el primer momento le vi como una forma de estar más cerca de su hermana. Así empiezan estas cosas.

Me lo encontraba todos los días a la vuelta del colegio porque me estaba esperando. A veces realmente me fastidiaba porque me estropeaba los planes de quedar con mis verdaderos amigos; otras le aguantaba porque mi insaciable ego me hacía quedarme pegado a sus adulaciones.

Una tarde que llovía mucho, sentados en mi portal mientras mis amigos charlaban, él no dejaba de interrumpirme con cosas que yo ni escuchaba. Ellos le ignoraban como si se tratara de mi amigo imaginario y yo me lo perdía casi todo aturdido por su palabreo interminable y su eterno aliento de café con leche. Y cuando decidí hacerle caso me dijo que él tenía una cosa interesantísima que a mí me iba a encantar.

La tenía en el armario de su habitación. Mentiría si aquello no captó mi interés, pero en lo que realmente pensaba era en entrar en su casa y quizá cruzarme con su hermana. Le dije que por qué no me lo enseñaba ahora mismo; él se puso en pie de un salto y echó a andar, tirándome de la manga. Yo le seguí y mis amigos siguieron a lo suyo, como si en realidad el amigo imaginario hubiera sido yo.

Echamos a correr bajo la lluvia y fuimos a su casa. Nos abrió la puerta su madre y me presentó como su mejor amigo; yo me había conmovido alguna vez cuando los cabrones del barrio le zurraban, pero esa vez sentí verdadera lástima. Ella fue muy cortés, nos sentó en la mesa de la cocina y nos puso casi inmediatamente un plato de galletas. A mí me sirvió, sin preguntarme, un vaso de leche, y a su hijo un tazón enorme de algo marrón. Mi madre no me dejaba tomar café (yo tenía ocho años) y Jaime debía ser algo más pequeño que yo, pero en esa casa las reglas eran diferentes. Jaime tampoco mencionó nunca que le gustara especialmente el café con leche aunque lo tomara para merendar.

La madre de Jaime me estuvo bombardeando con preguntas sobre el cole, sobre mis padres, sobre mi hermana. Yo respondí con educación, empezando a aburrirme y a pensar que quizá no había sido una buena idea.

Finalmente, Jaime me llevó a su habitación para mostrarme aquello tan interesante que iba a cambiar mi vida. Cruzamos el pasillo y dejamos atrás una puerta cerrada: de ella salía una voz femenina cantando a voz en grito «Mamá dame cien pesetas, porque a América me voy». Era su hermana, por supuesto; oírla cantar aquello fue decepcionante, pero al recordar su imagen decidí ser indulgente y perdonárselo. Jaime me metió a empujones en su habitación y cerró la puerta.

A la vida real no le gusta mucho el melodrama y la puerta del armario, que debería haber estado cerrada para incrementar el suspense, estaba abierta de par en par, mostrando el misterio en toda su crudeza. Qué te parece, me preguntó. Busqué con la mirada algún hallazgo excepcional.

En lugar de eso, vi que en la parte interior de la puerta había un póster pegado con cinta adhesiva. En la parte de arriba ponía, en letras mayúsculas enormes y blancas, «LUNAR LANDINGS». Más abajo había dibujos de módulos lunares, cohetes y astronautas con escafandras opacas, formando varios grupos. Un diagrama de líneas curvas y flechas unían unas figuras con otras, rematadas por párrafos en inglés.

Yo me quedé mirándolo sin mucho interés, mientras él hablaba a toda prisa sobre el póster, que alguien le había traído de una visita a una base de la mismísima NASA. Balbuceó párrafos y párrafos sobre las misiones lunares, sobre el Apolo este y el Saturn aquel. Recordé entonces que aquello de los alunizajes era algo de lo que a veces hablaba, en aquellas conversaciones que eran soliloquios cuando me acompañaba desde el autocar hasta casi la puerta de casa y que yo estoicamente ignoraba. Repitió una y otra vez los nombres de las naves y de los astronautas que habían pisado la luna (yo hasta aquel momento pensaba que sólo se había pisado la luna una vez, la de Armstrong, Aldrin y el otro, pero no, había más), las fechas, las bases de lanzamiento. Una y otra vez.

Después de hacerme partícipe de su más preciado tesoro, me contó que lo único que le faltaba para ser completamente feliz era que yo le hiciera un dibujo del módulo lunar. Usó esas mismas palabras: completamente feliz. Yo sentí lástima de nuevo y casi me olvidé del fastidio que suponía tirar la tarde de aquella manera.

Me llevó a su escritorio y, casi obligándome, me acercó todos los utensilios necesarios. Yo me senté, dispuesto a que aquello acabara lo antes posible, y le dibujé el módulo lunar, copiándolo directamente del póster del armario, pero haciendo que ocupara el folio entero. Mientras, él se sorbía los mocos y me echaba su desagradable aliento por encima de mi hombro, y más de una vez le clavé el codo para alejarlo.

Cuando pensé que aquello no podía ser peor, casi con el dibujo terminado, entró su hermana en la habitación. No llevaba sus pantalones vaqueros cortados, sino unos pantalones de deporte, pero igualmente cortos. Nos miró y nos llamó niñatos; yo no supe qué decir, pero Jaime ignoró el insulto y le enseñó la maravilla que estaba yo dibujando. Ella se inclinó sobre el papel para mirarlo; me puso el cuello a la altura de los ojos y me tocó involuntariamente la mano con el muslo. Me quedé hipnotizado contemplando su cuello lleno de casi imperceptibles pecas, maravillado de su olor a jabón y del calor de su pierna sobre mis dedos. Entonces se incorporó, se puso en jarras y soltó una parrafada que me resultó profundamente hiriente: que menuda tontería, que éramos unos niños de teta y sólo nos faltaba el chupete y que a ver si madurábamos de una vez.

Como vino se marchó; cerró la puerta de su cuarto de un portazo y yo me quedé herido de muerte. Jaime me tiraba de la manga para que terminara el dibujo. Él estaba acostumbrado a las humillaciones, pero yo no. Terminé las cuatro líneas que faltaban a regañadientes y me fui, diciendo que tenía deberes.

En aquellos días las heridas del alma curaban pronto y pasé página; de pronto ella ya no me parecía tan interesante, sólo una impertinente estúpida que no se merecía mi atención y desapareció para siempre de mi vida. Mientras, el otoño dio paso al invierno y los días se hicieron más odiosos, pero Jaime no dejó de esperarme en la calle ni una sola vez.

En la víspera de las vacaciones de navidad el colegio de enfrente convocó una fiesta que Jaime dijo trataba sobre «cosas maravillosas». La gente podía ir allí, llevar algo que para ellos fuera importante y hablar de ello y al final habría un premio y tarta y alguna otra celebración más. Me estuvo dando el latazo durante días para que yo hiciera un dibujo, el más increíble que fuera capaz, y lo llevara; él llevaría su póster de alunizajes. Para que me dejara en paz, accedí.

Me presenté aquel día en la fiesta con un dibujo que tenía hecho hacía meses con la única intención de pasar el rato y comer tarta. Nadie me hizo ningún caso, como era de esperar, pero bajé dignamente del estrado con un pequeño aplauso. Jaime subió y aburrió al personal con su póster y su verborrea y hasta algunos chicos mayores se burlaron de él. La fiesta siguió y el premio lo ganó un tal Guillermo, que era primo de un compañero mío de clase y que llevó a su mascota, un conejo blanco con las orejas caídas y una mancha negra en el lomo en forma de cruz. Guillermo era divertido y el conejo era una pasada porque se dejaba coger y comía granos de maíz de tu mano. Jaime me dijo que se tenía que ir y que si me iba con él, pero yo no le hice caso porque me lo estaba pasando genial.

A la salida casi era de noche y llovía muchísimo; dos viejas estaban hablando a gritos con una señora a la que había visto antes repartiendo cocacolas en el colegio. Ella se me acercó y me dijo que al niño que había estado conmigo le habían pegado unos macarras. Yo le dije que no sabía nada, y como la señora se volvió a seguir hablando con alguien más, eché a correr porque me estaba empapando.

Un poco más adelante vi, enganchado a uno de los matorrales, un trozo empapado y rasgado del póster de Jaime. La primera y las tres últimas letras del título faltaban, mientras que las demás reflejaban la luz con fiereza como si fueran la luna misma. Los goterones de la lluvia repiqueteaban en la cartulina, tan debilitada por la humedad que casi se desmoronaba. Otros trozos estaban esparcidos por el suelo. El centro del diagrama, con el módulo y los astronautas, no estaba por ninguna parte. Con el corazón encogido corrí a casa.

A la mañana siguiente, último día de clase, vi según pasaba camino del colegio que el trozo del póster seguía allí. Se había quedado reseco y envolvía el arbusto tenso como la piel de un tambor. El día siguió con el ambiente anómalo de las navidades inminentes, con clases cortas y descontroladas, villancicos hasta la náusea y obras de teatro en el salón de actos. De vez en cuando la imagen del póster destrozado me volvía a la mente y el estómago me daba pinchazos. A la vuelta del colegio Jaime no me estaba esperando y nunca más volvió a hacerlo.

Las vacaciones de navidad llegaron con esa intensidad que tenían aquellos días. El regalo de reyes lo acaparó todo, me di un empacho de familia, vi a mis amigos demasiado poco. Llegó el año nuevo.

El siete de enero volví al cole y en el arbusto aún quedaban restos de cartulina, pegados como una telaraña o como la costra de baba de algún alienígena. La momia del póster de Jaime estuvo allí muchos meses, cada vez más consumida, hasta que desapareció o dejé de mirar.

Un día me dijeron que Jaime y su familia se habían mudado de casa.

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2013-10-20

Saltar de un incendio

David Foster Wallace:

"The so-called ‘psychotically depressed’ person who tries to kill herself doesn’t do so out of quote ‘hopelessness’ or any abstract conviction that life’s assets and debits do not square. And surely not because death seems suddenly appealing. The person in whom Its invisible agony reaches a certain unendurable level will kill herself the same way a trapped person will eventually jump from the window of a burning high-rise. Make no mistake about people who leap from burning windows. Their terror of falling from a great height is still just as great as it would be for you or me standing speculatively at the same window just checking out the view; i.e. the fear of falling remains a constant. The variable here is the other terror, the fire’s flames: when the flames get close enough, falling to death becomes the slightly less terrible of two terrors. It’s not desiring the fall; it’s terror of the flames. And yet nobody down on the sidewalk, looking up and yelling ‘Don’t!’ and ‘Hang on!’, can understand the jump. Not really. You’d have to have personally been trapped and felt flames to really understand a terror way beyond falling."

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2013-09-08

Mediocridad

A veces imagino que se pudiera trazar una gráfica que uniera la mediocridad de todas las personas del mundo, como una enorme tela de araña. En el centro de esa red de líneas, como punto máximo de la mediocridad del mundo, estaría yo.

Pero solo es una mentira que me cuento a mí mismo, para consolar mi mente lacerada. Ese centro de la mediocridad sería extraordinario, sería notable. Pero ese no soy yo. Ni siquiera soy espectacularmente mediocre. Solo soy mediocremente mediocre.

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2013-09-04

Using the UDF filesystem in USB sticks

The best way of using USB sticks for sharing information between Linux and MS Windows systems is to have them formatted with the UDF filesystem. On MS Windows it's fully supported (read-only on XP, though) while on Linux is much better that FAT monstrosities because permissions and owners are preserved.

To format an USB stick, use the mkudffs program:

 mkudffs -b 512 --media-type=hd /dev/{full disk device}

You also probably want to delete all partitions in the stick to avoid it being wrongly detected.

Someone said these UDF-formatted sticks also work correctly on MacOS (didn't try).

2013-08-28

Doorway - interesante efecto óptico

Esto lo vi hace muchos años y por fin he vuelto a encontrarlo.

La siguiente imagen logra un efecto sorprendente. No es inmediato, necesitas fijar la vista en la puerta que aparece al fondo durante un rato. No tengo ni idea de cómo lo han conseguido: no parece ser un estereograma ni nada parecido. Desenfocar un poco la vista parece que favorece el efecto.

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2013-08-04

Filtración 0-day: los números PIN más comunes

Recientemente se ha filtrado la lista de los números PIN más usados. Estos números son cadenas de cuatro dígitos que sirven como contraseña para teléfonos móviles, tarjetas de crédito y otros dispositivos que potencialmente contienen información sensible. Si tu número está en esta lista, se considera vulnerable y deberías cambiarlo inmediatamente.

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2013-07-25

Ann Hell: Lost Things

Here comes a set of stray pieces.

Dark Carnival

Music by Angel Ortega, 2001

A 5/4 oddity trying to be creepy, but it's probably just boring. Though it was fleshed in 2001, it includes some of my first melodies ever (invented when I was a boy and didn't even consider writing music).

Appears in

Larghetto for Oboe and Strings

Music by Angel Ortega, 1993

I pretended to write a full three-movement oboe concerto, but that's all I got. It's not even a larghetto.

Appears in

That Wasteland

Music by Angel Ortega, 1988

Another one of my pathetic classic-wannabe tries. My poor musical equipment does not help. It's really that old; I wrote it while serving in the army. The actual recording was probably done several years after, but I don't remember when.

Appears in

Sandra in the Box

Music and lyrics by Angel Ortega, 2001

Appears in

Lyrics

 I live inside a box
 Well, it's not much of a box
 but I live inside it anyway
 They put me here one day during the war
 saying my body was too damaged
 to go on by its own
 So someone thought it will be a good idea
 to test one of those life keeping devices
 New technology for old problems
 And took my mind and dropped my flesh;
 my name is Sandra and I'm made up of wires
 They talk to me from a network,
 from time to time
 Yes, I'm connected to a network;
 hundred of men a day are having sex with me
 using some new technology apparatus
 It hurts
 I'm something like a circus freak
 I don't have a body, but some machine
 recreates one to every horny bastard
 with a credit card that wants to fuck me
 I dream of pulling the plugs
 but I've no hand to do it
 If you read this message
 please spread it

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