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Un naufragio personal

Fachadas traseras

Cuando era niño vivía en el final del mundo. Quizá no exactamente, pero sí era el final de Madrid, en el extremo mismo de Moratalaz. Detrás de mi casa ya no había nada más que una escombrera, un barranco, y una extensión ilimitada de campos de hierbajos secos, hormigueros y cardos altos como personas adultas. Bajando el desmonte estaban los restos de las antiguas vías del tren de Arganda (el de la canción infantil, que pita más que anda) de las que apenas quedaban unas cuantas traviesas rotas. Yo solía jugar por allí con mis amigos, en tardes interminables de peleas a pedradas, de bajadas arrastraculo sentados sobre cartones viejos y, en los momentos más sesudos, incluso de cartografiar el campo conocido hasta las instalaciones del Canal de Isabel II que había mucho más allá de donde nos dejaban ir. En esos campos creí morir por primera vez, pero eso es algo que contaré otro día.

Los edificios en los que yo vivía eran grandes y altos. Estaban construidos con esa arquitectura de la expansión franquista de finales de los sesenta, feos como su puta madre, repetidos en bloques idénticos hasta la náusea por calles laberínticas en las que era fácil perderse si no eras un indígena. Por delante había jardincitos minúsculos pero por detrás no hacían concesión ninguna al horror urbano más despiadado y carente de alma.

Los bloques tenían patios traseros con una puerta de chapa oxidada bordeada de remaches, con un tirador hecho con un vástago de hierro soldado a puñetazos y una pequeña reja en la parte superior como una celda carcelaria. Agresivas. Desafiantes. Llenas de misterios para el niño que yo era. Cada una a su modo.

Habitualmente estaban plagadas de unos rectangulitos de papel adhesivo, cada uno de un color, no más grandes que mi dedo pulgar de entonces. Tardé en entender qué significaban; flechas azules, rayas naranjas, círculos rojos. Todo un lenguaje de signos incomprensible para mí. Imaginé mil cosas, pero ya no recuerdo cuáles. Las pegaban allí los vendedores puerta a puerta para comunicarse quién sabe qué, portero hostil, vieja que te abre sin preguntar, perro peligroso.

También estaban llenas de pintadas. Casi todas incomprensibles, pero sin ese rollo pseudo-artístico de los graffitti que aparecieron más tarde. Una celebraba la revolución turca, otra hablaba de las peras de Maribel, otras (muchas) eran bocetos de pollas no anatómicamente correctas. Algunas, menos de las esperadas, reclamaban libertades y muertes merecidas de dictadores hijos de puta. Una era especialmente críptica: ELVIS ES JULA. Así, en mayúsculas perfectamente tipografiadas. Creía entender la palabra del centro, pero el mensaje me resultaba completamente insondable.

Pero lo que resultaba más misterioso para mí de aquellas fachadas traseras era una ventana.

Medía menos de medio metro de alto. Estaba a la altura del suelo, en uno de los bloques del fondo, que por alguna razón no era exactamente igual a los demás. La ventana era como el lucernario de un sótano, algo extraño porque el resto de los bloques no tenían planta baja. Tenía unas rejas verticales roñosas y cubiertas de pegotes de pintura que protegían un cristal traslúcido rajado en las esquinas. El interior lo tapaban unas cortinillas mugrientas con dibujos geométricos que en algún momento quizá habían sido blancas pero que ahora eran amarillentas con lamparones marrones. Un amigo mío, propenso a lo teatral, decía que eran «más antiguas que el mundo».

Cada vez que la veía sentía una mezcla de miedo, inquietud y tristeza, como si fuese el acceso a un mundo de aflicción insoportable que te contaminase con solo acercarte. Repetidas veces soñé con ella: en mis sueños no era inmutable y cerrada, sino abierta y oscura, y yo me asomaba y veía un abismo enorme, con desniveles grises e incompletos, repleta de cañerías y tubos como raíces de árboles viejos, el mundo de desolación que imaginaba despierto pero materializado y amplificado.

Esa ventana y el horror asociado a ella formó parte de mi infancia durante mucho tiempo. Otras temporadas no ejercía sobre mí su influjo maligno: cuántas veces pusimos petardos de pela en las cacas de los perros allí mismo y jugamos a carreras de chapas en la arena que había un poco más allá y ni siquiera fui consciente de que la ventana seguía ahí. Ahora que lo pienso entiendo que el abismo me observaba separando apenas un poco la rancia tela, pero yo estaba ahí, ignorante, riendo a carcajadas o inventando tonterías.

Un día, inesperadamente, pasé al lado de la ventana y estaba abierta. No del todo, porque tenía las bisagras en la parte superior y solo oscilaba hacia dentro unos centímetros, pero para mí fue como si una barrera que había supuesto infranqueable se hubiera derrumbado. Me quedé helado. Iba solo, cosa rara, porque durante la infancia en los años setenta siempre estabas rodeado de amigos; ese día, sin embargo, no había nadie conmigo. Mis pesadillas me asaltaron y se sucedieron una tras otra como las viñetas de un tebeo. El terror me paralizaba, pero también me llamaba. Las cortinillas parecían algo diferentes y se mecían levemente por el viento. Sonaba algo.

Por supuesto, acudí, y me arrodillé. Casi me sorprendí al descubrir que el abismo de cloacas y el laberinto de tuberías no estaba allí; el interior, en penumbra, dejaba entrever una caja de cartón deformada, unas botellas sin etiqueta, algo grande al fondo como un camastro o una mesa baja. Olía a bodega, ese olor húmedo y pegajoso que también seduce un poco. Ya más cerca, comprendí que lo que se escuchaba era música. Totalmente diferente a lo que yo había oído nunca. Lenta, siniestra, amenazadora, que me encogía el corazón y me impedía salir corriendo. Si aquello hubiera sido el canto de sirena de un depredador aún seguiría allí.

Pero unos ruidos más mundanos al fondo de la estancia, voces y ruido de cubertería, me recordaron que debía alejarme disparado de allí y eso hice.

Mi relación con la ventana acabó ahí. Quizá haber visto lo que había detrás de los visillos rompió el hechizo, o me hice mayor, o una mezcla de ambas cosas. Lo cierto es que volví a pasar por allí delante un millón de veces y, como tantos otros componentes del paisaje, se convirtió en decorado de la escena y desapareció de mi vista para siempre.

A veces pienso en la música que escuché aquel día y casi la recuerdo.

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Una espina en la garganta

Abby Norman:

[...]

"Yet there is this new voice in your head, and even though it says horrible and scary things to you, it is the calmest and sweetest voice you’ve ever heard. Somehow, this voice you know you should be afraid of gives you comfort. “It can all be over right now”, it offers you, “it’ll only hurt for a second”. You argue with this voice because you know you should."

"But my family needs me. My friends will miss me, right? “No, no. They won’t. You are a burden to them. They are frustrated with you because you’re not getting any better. You drag everyone down, you see. They will miss you a little bit, but mostly they will be relieved. You should absolutely leave this world, it will be the best way for you to help them, to help the whole of humanity in fact.”"

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Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la febril mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa mientras la picadora gira y gira.

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Manifesto: 0€ en monedas de cobre

En aquel tiempo la gente coleccionaba discos porque eran piezas únicas. Era muy difícil conseguir algo que no estuviese de moda en el momento y no había ningún canal sencillo para encontrar cosas viejas como no fuera bucear en las tiendas de compra-venta confiando en tu suerte o viajar a Londres para ir a comprarlas a HMV o a Virgin, que pocos nos podíamos permitir.

Por razones irrelevantes me había juntado con dos copias del disco Manifesto de Roxy Music. Una me la había regalado mi hermana; la otra, ni idea. No era un disco especialmente interesante (al menos para mí, que del grupo me gustaban los trabajos posteriores).

Una noche me presentaron al amigo de una amiga de un amigo en el Libertad 8 durante unas veladas de lectura de poesía. Se llamaba Joaquín, era bastante mayor que yo y era un apasionado del arte pop de los 70. Según él tenía una de las colecciones más increíbles de discos de vinilo de todo Madrid (lo de «discos de vinilo» es algo que se dice ahora, entonces eran simplemente discos o cassettes), especialmente de un grupo que yo no conocía que se llamaba Mannheim Steamroller. Me estuvo dando la tabarra sobre las maravillas de la banda durante toda la noche, copa tras copa, hasta que el resto de amigos se fueron yendo y yo me quedé con él. Cerramos el Libertad y fuimos a otro sitio cercano donde la conversación fue parecida hasta que mencioné a Roxy Music.

Él andaba buscando como loco el disco que yo tenía repetido.

Se lo comenté y le dije que le regalaría una de mis copias; él, completamente apasionado, me dijo que de ninguna manera, que era un objeto muy valioso y que esa transacción merecía ser pagada con justicia. Yo insistí pero fue inútil; convinimos en que me pagaría diez mil pesetas por él.

Nos despedimos y nos retiramos tras intercambiar nuestros teléfonos. Al día siguiente me llamó por la mañana a primera hora, cuando yo aún andaba con la cabeza como un bombo y la boca con sabor a extintor de incendios como diría Larry. Me costó reconocerle y recordar de qué iba todo aquello; según él teníamos que vernos como fuera y hacer efectivo el intercambio.

Yo le estuve dando largas durante varios días, entre otras cosas porque tenía planes más interesantes. Me llamó todos los días durante una semana hasta que dejó de hacerlo.

Unas semanas después, otro sábado por la mañana buscando algo que escuchar me encontré con los gemelos Manifesto en mi escasa colección de música. Me acordé de Joaquín y de su interés en comprarme uno de ellos y decidí llamarle; lo intenté varias veces, pero no conseguí hablar con él porque su número no me daba tono. También me había dejado su dirección, así que decidí que qué mejor forma de joder un sábado poco prometedor que darme un paseo hasta el barrio de Aluche con el disco en una de esas bolsas de plástico cuadradas que ya no existen a ver si daba con él.

Así lo hice; me presenté en su casa, llamé al portero automático y me presenté. La voz al otro lado titubeó, pero acabó abriéndome la puerta. Subí y me estaba esperando en el rellano de la escalera.

Estaba demacrado como si estuviera enfermo, con ojeras hasta los pies, barba de varios días y un botellín de Mahou en la mano. Me dio la sensación de que estaba incluso más calvo de lo que recordaba. No obstante, con notable esfuerzo, se mostró efusivo y me invitó a pasar.

Tenía toda la casa revuelta, ropa de cama en el sofá del salón, cortezas de queso y migas de pan por el suelo y un comedero de perro embarrado de galletitas en una esquina. Todos los signos indicaban que era un mal momento; pregunté si debía volver otro día pero él me insistió en que todo estaba bien.

Había discos por todas partes. En el salón todas las paredes menos la del sofá estaban cubiertas por estanterías baratas a reventar; discos en la cocina, discos en el baño, discos por los pasillos apilados en el suelo. No entré en el dormitorio, pero seguro que estaba igual.

Me ofreció una cerveza y se disculpó por no tener algo con qué acompañarla. Me estuvo enseñando su colección horas y horas. El ambiente estaba tan cargado que le pregunté dos veces si abríamos la ventana para ventilar un poco aquello; él no pareció oírme de lo entusiasmado que estaba.

Tenía palmos y palmos de discos de Mannheim Steamroller. Muchos de ellos conservaban aún el envoltorio de plástico sin abrir. Me dijo que eran joyas y que yo debía escuchar al grupo en alguna ocasión, pero que no iba a ponerme ninguno de los suyos para no degradar el vinilo.

Como se me hacía largo le interrumpí y le entregué el disco de Roxy Music. Él lo cogió con mucho cuidado, lo sacó de la funda, le quitó el polvo con la manga. Después de contemplarlo un tiempo me dijo que lo sentía en el alma pero que no tenía las diez mil pesetas que me había prometido; yo le contesté que daba igual, que desde el primer momento había pensado en regalárselo y que eso iba a hacer. De nuevo se negó, usando exactamente las mismas frases que aquella noche, una y otra vez. Finalmente, me dijo que esperara; entró en el dormitorio y volvió al rato con una bolsa de plástico.

No tenía dinero, me repitió, pero a cambio del disco me daría un puñado de monedas de Alfonso XII de 1877 que había heredado de su abuelo. Yo me negué. Él insistió. Así estuvimos un buen rato hasta que claudiqué y las acepté.

El disco tuvimos que escucharlo entero. Como ya he dicho, a mí me parecía aburrido, pero él disfrutó un montón. Decidí irme; a la salida volví a fijarme en el comedero con el emplasto de galletas de pienso y me di cuenta de que no había visto ningún perro en toda la mañana, pero creí mejor no preguntar. Finalmente nos despedimos. No volví a verle.

Unos años más tarde, en una tienda de coleccionistas, vi un disco completamente negro de Mannheim Steamroller y, recordando a Joaquín, me lo compré, movido por la curiosidad. No me gustó nada. Sólo lo he escuchado una vez. Si lo quieres, es tuyo.

Y finalmente el otro día cogí las monedas de Joaquín que he ido arrastrando conmigo de casa en casa y de vida en vida y me acerqué a las tiendas de numismática de la Plaza Mayor para ver si las podía vender. Allí me dijeron que aquellas monedas no valían nada. Para jugar al mus, si acaso. Que si estuviesen en mejor estado, o si fuesen de las que hubo en la misma época pero hechas de plata, quizá. Las mías son de cobre. Podría fundirlas y hacerme un cable.

La vida es cambiar cosas que no valen nada por otras que tampoco valen nada.

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Lunar Landings

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía un niño que se llamaba Jaime. Bueno, quizá debería empezar de otra forma.

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía una chica, tres o cuatro años mayor que yo. Tenía esa piel que parece de nácar de las pelirrojas, unos ojos grandes y expresivos y una pequeña cicatriz en la mejilla derecha en forma de media luna. Su pelo no era exactamente rojo, pero a veces lo parecía. En verano llevaba unos pantalones vaqueros con las perneras cortadas. Es lo que mejor recuerdo: yo jugaba con mis amigos y a veces contemplaba cómo se le marcaban los tendones de sus gemelos según se alejaba y perdía la noción del tiempo. Entonces sabía su nombre pero ya se me ha olvidado. Esta chica tenía un hermano pequeño que se llamaba Jaime. Ahora sí.

Era un chaval bajito, con gafas, al que siempre recuerdo con pantalones cortos y unos zapatos marrones descoloridos. Siempre parecía que tenía el pelo apelmazado, sorbía por la nariz sin parar como si fuera un tic nervioso y el aliento le olía a café con leche. Nunca le hice mucho caso, pero los matones del barrio sí; era el objetivo típico de las burlas y de esas pequeñas palizas infantiles que conllevan poca sangre pero mucha humillación. Un hijoputa al que llamaban Chispita (más tarde, cuando todo se volvió mucho más chungo, pasaron a llamarle El Chino) y que vivía en el primer piso de mi edificio le tenía especial manía y unas cuantas veces le vi quitarle las gafas o la cartera y torearle hasta hacerle llorar para luego empujarle al barro o a los arbustos.

No crucé ni una palabra con Jaime hasta que él me encontró un día en la exposición de un concurso de dibujo que se celebró en el colegio que había enfrente de mi portal. Yo me había presentado y como siempre había hecho el ridículo con una de mis bobadas llenas de monstruos, naves espaciales y robots. Pero el tal Jaime se quedó embobado conmigo; le gustó tanto mi dibujo que se me pegó toda la tarde. Que yo era genial, que le tenía que hacer uno igual, que por qué no le enseñaba a hacer cosas como aquellas. Yo le soporté estoicamente porque desde el primer momento le vi como una forma de estar más cerca de su hermana. Así empiezan estas cosas.

Me lo encontraba todos los días a la vuelta del colegio porque me estaba esperando. A veces realmente me fastidiaba porque me estropeaba los planes de quedar con mis verdaderos amigos; otras le aguantaba porque mi insaciable ego me hacía quedarme pegado a sus adulaciones.

Una tarde que llovía mucho, sentados en mi portal mientras mis amigos charlaban, él no dejaba de interrumpirme con cosas que yo ni escuchaba. Ellos le ignoraban como si se tratara de mi amigo imaginario y yo me lo perdía casi todo aturdido por su palabreo interminable y su eterno aliento de café con leche. Y cuando decidí hacerle caso me dijo que él tenía una cosa interesantísima que a mí me iba a encantar.

La tenía en el armario de su habitación. Mentiría si aquello no captó mi interés, pero en lo que realmente pensaba era en entrar en su casa y quizá cruzarme con su hermana. Le dije que por qué no me lo enseñaba ahora mismo; él se puso en pie de un salto y echó a andar, tirándome de la manga. Yo le seguí y mis amigos siguieron a lo suyo, como si en realidad el amigo imaginario hubiera sido yo.

Echamos a correr bajo la lluvia y fuimos a su casa. Nos abrió la puerta su madre y me presentó como su mejor amigo; yo me había conmovido alguna vez cuando los cabrones del barrio le zurraban, pero esa vez sentí verdadera lástima. Ella fue muy cortés, nos sentó en la mesa de la cocina y nos puso casi inmediatamente un plato de galletas. A mí me sirvió, sin preguntarme, un vaso de leche, y a su hijo un tazón enorme de algo marrón. Mi madre no me dejaba tomar café (yo tenía ocho años) y Jaime debía ser algo más pequeño que yo, pero en esa casa las reglas eran diferentes. Jaime tampoco mencionó nunca que le gustara especialmente el café con leche aunque lo tomara para merendar.

La madre de Jaime me estuvo bombardeando con preguntas sobre el cole, sobre mis padres, sobre mi hermana. Yo respondí con educación, empezando a aburrirme y a pensar que quizá no había sido una buena idea.

Finalmente, Jaime me llevó a su habitación para mostrarme aquello tan interesante que iba a cambiar mi vida. Cruzamos el pasillo y dejamos atrás una puerta cerrada: de ella salía una voz femenina cantando a voz en grito «Mamá dame cien pesetas, porque a América me voy». Era su hermana, por supuesto; oírla cantar aquello fue decepcionante, pero al recordar su imagen decidí ser indulgente y perdonárselo. Jaime me metió a empujones en su habitación y cerró la puerta.

A la vida real no le gusta mucho el melodrama y la puerta del armario, que debería haber estado cerrada para incrementar el suspense, estaba abierta de par en par, mostrando el misterio en toda su crudeza. Qué te parece, me preguntó. Busqué con la mirada algún hallazgo excepcional.

En lugar de eso, vi que en la parte interior de la puerta había un póster pegado con cinta adhesiva. En la parte de arriba ponía, en letras mayúsculas enormes y blancas, «LUNAR LANDINGS». Más abajo había dibujos de módulos lunares, cohetes y astronautas con escafandras opacas, formando varios grupos. Un diagrama de líneas curvas y flechas unían unas figuras con otras, rematadas por párrafos en inglés.

Yo me quedé mirándolo sin mucho interés, mientras él hablaba a toda prisa sobre el póster, que alguien le había traído de una visita a una base de la mismísima NASA. Balbuceó párrafos y párrafos sobre las misiones lunares, sobre el Apolo este y el Saturn aquel. Recordé entonces que aquello de los alunizajes era algo de lo que a veces hablaba, en aquellas conversaciones que eran soliloquios cuando me acompañaba desde el autocar hasta casi la puerta de casa y que yo estoicamente ignoraba. Repitió una y otra vez los nombres de las naves y de los astronautas que habían pisado la luna (yo hasta aquel momento pensaba que sólo se había pisado la luna una vez, la de Armstrong, Aldrin y el otro, pero no, había más), las fechas, las bases de lanzamiento. Una y otra vez.

Después de hacerme partícipe de su más preciado tesoro, me contó que lo único que le faltaba para ser completamente feliz era que yo le hiciera un dibujo del módulo lunar. Usó esas mismas palabras: completamente feliz. Yo sentí lástima de nuevo y casi me olvidé del fastidio que suponía tirar la tarde de aquella manera.

Me llevó a su escritorio y, casi obligándome, me acercó todos los utensilios necesarios. Yo me senté, dispuesto a que aquello acabara lo antes posible, y le dibujé el módulo lunar, copiándolo directamente del póster del armario, pero haciendo que ocupara el folio entero. Mientras, él se sorbía los mocos y me echaba su desagradable aliento por encima de mi hombro, y más de una vez le clavé el codo para alejarlo.

Cuando pensé que aquello no podía ser peor, casi con el dibujo terminado, entró su hermana en la habitación. No llevaba sus pantalones vaqueros cortados, sino unos pantalones de deporte, pero igualmente cortos. Nos miró y nos llamó niñatos; yo no supe qué decir, pero Jaime ignoró el insulto y le enseñó la maravilla que estaba yo dibujando. Ella se inclinó sobre el papel para mirarlo; me puso el cuello a la altura de los ojos y me tocó involuntariamente la mano con el muslo. Me quedé hipnotizado contemplando su cuello lleno de casi imperceptibles pecas, maravillado de su olor a jabón y del calor de su pierna sobre mis dedos. Entonces se incorporó, se puso en jarras y soltó una parrafada que me resultó profundamente hiriente: que menuda tontería, que éramos unos niños de teta y sólo nos faltaba el chupete y que a ver si madurábamos de una vez.

Como vino se marchó; cerró la puerta de su cuarto de un portazo y yo me quedé herido de muerte. Jaime me tiraba de la manga para que terminara el dibujo. Él estaba acostumbrado a las humillaciones, pero yo no. Terminé las cuatro líneas que faltaban a regañadientes y me fui, diciendo que tenía deberes.

En aquellos días las heridas del alma curaban pronto y pasé página; de pronto ella ya no me parecía tan interesante, sólo una impertinente estúpida que no se merecía mi atención y desapareció para siempre de mi vida. Mientras, el otoño dio paso al invierno y los días se hicieron más odiosos, pero Jaime no dejó de esperarme en la calle ni una sola vez.

En la víspera de las vacaciones de navidad el colegio de enfrente convocó una fiesta que Jaime dijo trataba sobre «cosas maravillosas». La gente podía ir allí, llevar algo que para ellos fuera importante y hablar de ello y al final habría un premio y tarta y alguna otra celebración más. Me estuvo dando el latazo durante días para que yo hiciera un dibujo, el más increíble que fuera capaz, y lo llevara; él llevaría su póster de alunizajes. Para que me dejara en paz, accedí.

Me presenté aquel día en la fiesta con un dibujo que tenía hecho hacía meses con la única intención de pasar el rato y comer tarta. Nadie me hizo ningún caso, como era de esperar, pero bajé dignamente del estrado con un pequeño aplauso. Jaime subió y aburrió al personal con su póster y su verborrea y hasta algunos chicos mayores se burlaron de él. La fiesta siguió y el premio lo ganó un tal Guillermo, que era primo de un compañero mío de clase y que llevó a su mascota, un conejo blanco con las orejas caídas y una mancha negra en el lomo en forma de cruz. Guillermo era divertido y el conejo era una pasada porque se dejaba coger y comía granos de maíz de tu mano. Jaime me dijo que se tenía que ir y que si me iba con él, pero yo no le hice caso porque me lo estaba pasando genial.

A la salida casi era de noche y llovía muchísimo; dos viejas estaban hablando a gritos con una señora a la que había visto antes repartiendo cocacolas en el colegio. Ella se me acercó y me dijo que al niño que había estado conmigo le habían pegado unos macarras. Yo le dije que no sabía nada, y como la señora se volvió a seguir hablando con alguien más, eché a correr porque me estaba empapando.

Un poco más adelante vi, enganchado a uno de los matorrales, un trozo empapado y rasgado del póster de Jaime. La primera y las tres últimas letras del título faltaban, mientras que las demás reflejaban la luz con fiereza como si fueran la luna misma. Los goterones de la lluvia repiqueteaban en la cartulina, tan debilitada por la humedad que casi se desmoronaba. Otros trozos estaban esparcidos por el suelo. El centro del diagrama, con el módulo y los astronautas, no estaba por ninguna parte. Con el corazón encogido corrí a casa.

A la mañana siguiente, último día de clase, vi según pasaba camino del colegio que el trozo del póster seguía allí. Se había quedado reseco y envolvía el arbusto tenso como la piel de un tambor. El día siguió con el ambiente anómalo de las navidades inminentes, con clases cortas y descontroladas, villancicos hasta la náusea y obras de teatro en el salón de actos. De vez en cuando la imagen del póster destrozado me volvía a la mente y el estómago me daba pinchazos. A la vuelta del colegio Jaime no me estaba esperando y nunca más volvió a hacerlo.

Las vacaciones de navidad llegaron con esa intensidad que tenían aquellos días. El regalo de reyes lo acaparó todo, me di un empacho de familia, vi a mis amigos demasiado poco. Llegó el año nuevo.

El siete de enero volví al cole y en el arbusto aún quedaban restos de cartulina, pegados como una telaraña o como la costra de baba de algún alienígena. La momia del póster de Jaime estuvo allí muchos meses, cada vez más consumida, hasta que desapareció o dejé de mirar.

Un día me dijeron que Jaime y su familia se habían mudado de casa.

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Saltar de un incendio

David Foster Wallace:

"The so-called ‘psychotically depressed’ person who tries to kill herself doesn’t do so out of quote ‘hopelessness’ or any abstract conviction that life’s assets and debits do not square. And surely not because death seems suddenly appealing. The person in whom Its invisible agony reaches a certain unendurable level will kill herself the same way a trapped person will eventually jump from the window of a burning high-rise. Make no mistake about people who leap from burning windows. Their terror of falling from a great height is still just as great as it would be for you or me standing speculatively at the same window just checking out the view; i.e. the fear of falling remains a constant. The variable here is the other terror, the fire’s flames: when the flames get close enough, falling to death becomes the slightly less terrible of two terrors. It’s not desiring the fall; it’s terror of the flames. And yet nobody down on the sidewalk, looking up and yelling ‘Don’t!’ and ‘Hang on!’, can understand the jump. Not really. You’d have to have personally been trapped and felt flames to really understand a terror way beyond falling."

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Mediocridad

A veces imagino que se pudiera trazar una gráfica que uniera la mediocridad de todas las personas del mundo, como una enorme tela de araña. En el centro de esa red de líneas, como punto máximo de la mediocridad del mundo, estaría yo.

Pero solo es una mentira que me cuento a mí mismo, para consolar mi mente lacerada. Ese centro de la mediocridad sería extraordinario, sería notable. Pero ese no soy yo. Ni siquiera soy espectacularmente mediocre. Solo soy mediocremente mediocre.

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Promesas, promesas

Todo el mundo sabe que Yahoo ha comprado Tumblr por una cantidad increíble de pasta. La jefa, Marissa Meyer, ha dicho:

"Me complace anunciar que hemos llegado a un acuerdo para comprar Tumblr. Prometemos no cagarla. Tumblr es increíblemente especial y tiene algo muy grande entre manos".

¿No cagarla? Los usuarios de Tumblr lo tienen muy claro: nadie quiere que Yahoo meta sus grasientas manos en el asunto, porque tienen claro que la vais a cagar. De hecho, juran preferir abandonarlo todo y jugarse los ahorros en algún sitio como partypoker.es/ o aprender cocina o cualquier otra cosa.

Es normal: uno de los secretos del éxito de Tumblr es que no importa que seas un pelao o un magnate tejano del petróleo, todos los frikis son bienvenidos. Para tranquilizar a su gente, David Karp ha dicho:

"No nos vamos a convertir en «púrpura». Nuestra sede no se muda. El equipo no cambia. Y nuestra misión (facilitar a los creadores que lo hagan lo mejor que puedan y alcanzar la audiencia que merecen), ciertamente no va a cambiar."

Promesas, promesas.

Otros dicen que los números no cuadran. Yahoo ha pagado 1100 millones de dólares por un sitio que recauda 13. ¿Por qué? Y además, ¿es que no han mirado el contenido de Tumblr? Hay toneladas de «material adulto» (es decir, porno). ¿De verdad no van a interferir?

Mentira.

David Winer también tiene un comentario relacionado el tema: en este artículo menciona cómo el comprador de su empresa le prometió un puesto con un nombre espectacular. Cuando descubrió que a su primera presentación no acudió, la respuesta fue:

"Solo fue algo que te dijimos para alcanzar el acuerdo".

Es como cuando en un cambio de trabajo te dicen que te subirán el sueldo después de un año. Promesas. Lo que no saques en el momento de la negociación no existe.

Noticias del mundo de las sombras: Guarradas que encontramos en los alimentos

Este artículo, 10 gross ingredients you didn't know were in your food, muestra una lista bastante divertida de cosas asquerosas de las que se extraen componentes que se usan en alimentación. Los más interesantes son:

pelo humano
De aquí se saca una cosa llamada L-Cisteína (aditivo E-920, según la tabla de aditivos de Nutriguía, en la sección sustancias para el tratamiento de la harina). Cualquier harina industrial tendrá de esto. Extraída de las mejores fuentes, entre ellas el suelo de las peluquerías chinas.
glándulas anales de castor
De ellas se extrae el Castóreo, que se usa para dar sabor vainilla y fresa en los helados. Estos castores deben cagar cosas riquísimas.
Caparazones de escarabajo hervidos
Este es más conocido; es el ácido carmínico o cochinilla (aditivos E-120 y E-124, según la tabla de Nutriguía). Las cochinillas son unos bichos chiquitines que permiten darle color rojo a esos alimentos que deberían ser rojos pero no lo son. Ñam.
Pelo de ratas y ratones
Estos pelos no son algo que se añada a propósito a un producto para hacer que sepa más rico ni para darle una textura o un sabor irresistible. Entonces, ¿por qué aparecen mencionados en el artículo? Porque las autoridades estadounidenses establecen un umbral máximo permitido de estos pelos en la alimentación. Si el porcentaje está por debajo de este umbral (aunque no sea necesariamente cero), el alimento es apto para el consumo humano.

El método de preparación de los nuggets de pollo, relatado en este otro artículo, merece una mención especial. Lo resumo aquí, por si queréis prepararlos en casa:

  • Una prensa gigante tritura los pollos y los deja hechos una pasta. Enteros; con patas, ojos, uñas, pico. Enteros.
  • Como esta masa es un hervidero de bacterias, se sumerge en amoniaco.
  • Al salir de la cubeta de amoniaco, la pasta sabe a mierda, por lo que se le añaden saborizantes para que sepa a pollo.
  • Y como todo este proceso hace que tenga un espeluznante color rosa, se añade colorante, con color de pollo.
  • Cortar en cachitos, rebozar, freír y servir.

Otras marranadas que no aparecen en el artículo pero que también suenan deliciosas son el cuajo animal, que se obtiene de la mucosa del cuarto estómago de los rumiantes y se usa para hacer quesos, o el almizcle, que es una glándula apestosa que tienen algunas especies de ciervos, bueyes y ratas y que se usa para la elaboración de perfumes.

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Cosas que la gente busca y que Google dice que las tengo yo (II)

Ya publiqué una vez las cosas raras que la gente busca en Google. Aquí va otra tanda:

 aun recuerdo el olor de su culo

Como para olvidarse.

 zapatos dedos fuera
 artista con los dedos de fuera de los zapatos
 bultos en los dedos delos pies
 correccion dedos del pie subidos
 tengo una grasita en unos de mis dedos de pie
 deditos curiosos con carita

Esto de los dedos es algo enfermizo. Google: basta. Aquí no hay nada de esto.

 me quede esperando tu llamada

Lo siento. Estaba ocupado dibujándome caritas en los dedos.

 el triptico del oido

¿Y no será el tríptico del odio?

 me quede dormida esperando

Eso es que no te atienden como mereces. Conmigo no te pasaría, pero no estoy interesado, gracias.

 fraces como q me borres de las redes sociales no significa q me borres de tu mente

Aquí no encontrarás «fraces» como esa, calamar.

 me quede dormido en el trabajo

Y cuando desperté, me puse a buscar chorradas.

 follar en medina del campo

Estoy seguro de que no es tan difícil, si se pone empeño.

 bebe de burro y ser humano

Sigue buscando; seguro que no estás solo.

 parece mentira que esto se acabara asi

Quién lo hubiera dicho, ¿verdad?

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Yo inventé el Twitter ese

Hace un porrón de años, siendo yo adolescente, andaba borracho perdido por ahí cuando perdí a mis amigotes. No di con ellos, pero encontré a un grupo de tres chicas que me contaron que se iban a la Verbena de San Isidro y me pegué a ellas. Eran simpáticas y andaban celebrando algo que no recuerdo pero con lo que me sentí terriblemente identificado. Creo que eran algo menores que yo y con tendencia a pegar gritos como locas por cualquier cosa, pero eran chicas y tenían dos litros de cerveza, así que cumplían todos los requisitos que entonces tenía para mí un grupo perfecto.

Cuando llegamos a la verbena allí había una feria, con caballitos, tómbolas y noria, lleno hasta los topes de familias, de música machacona y de ese olor asqueroso a gallinejas y entresijos que me ponía malo. También había un Tren de la Bruja.

El Tren de la Bruja era una atracción que creo que ya ha desaparecido, porque hace muchos años que no la he vuelto a ver. Era muy simple: sólo un trenecito para niños con una trayectoria circular que atravesaba el mismo túnel una y otra vez. Alrededor de éste solía haber un personaje vestido de bruja estrafalaria que gritaba a los niños, les asustaba y les daba con una escoba. Y eso era todo. Había una cola enorme de niños esperando recibir lo suyo.

Entonces yo solté una de mis boutades:

-El trabajo perfecto es ser La Bruja en el Tren de la Bruja: te pasas el día pegando escobazos a niños y encima te pagan.

Una de las chicas, que se llamaba Mercedes (la única de la que recuerdo el nombre), me rió la gracia con estruendo. El resto de las chicas le hicieron coro un instante después y ya me convertí en el macho alfa del grupo, si es que no lo había sido hasta entonces.

Con mi ego henchido como un pavo, se me ocurrió que era una pena que gracias como esas se perdieran en el infinito. Así que, con la lucidez que dan algunas borracheras, mi cerebro empezó a maquinar un sistema para perpetuar frases cortas, que la gente las leyera y las puntuara. Yo ya había tenido contacto con los ordenadores entonces, pero los que yo conocía no tenían ningún método de almacenamiento permanente que no fueran cassettes y aquello era engorroso e impracticable, con lo cual mi invención se desarrolló en un ámbito puramente analógico.

Imaginé un tablón de anuncios de esos de corcho, colgado en el pasillo en algún lugar concurrido como el instituto, el club del barrio o el bareto, en el que se podían colgar un máximo de 10 trozos de papel de un tamaño dado (pequeño, como para que cupiese una frase o un párrafo corto). Cualquiera que leyera aquellas frases podía cambiar dos de ellas de orden si una le parecía más divertida que la otra, de forma que lo que más gustaba se iba moviendo hacia arriba y lo que menos hacia abajo. Si querías contribuir algo al panel, lo escribías en un papel de tamaño apropiado, movías todos los mensajes que ya estuvieran clavados al corcho una posición para abajo y tirabas el último.

Estaba pensando en qué era más justo, si intercambiar cualquier par de papeles o sólo los adyacentes cuando Mercedes me cogió de la mano y me pidió que subiera a la noria con ella (las cestas eran solo para dos personas; por eso me acuerdo de su nombre y no de los de las demás chicas). El mundo real me reclamó y no volví a pensar en ello. La noche duró mucho y no acabó bien, pero eso es otra historia.

Ahora que lo pienso con detenimiento, más que a Twitter, mi corcho de los chistes malos se parece más a sistemas como Reddit o Hacker News. Pero qué más da.

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Saturnalia

En estos días de jolgorio y exceso seguro que escucharás a algún carca decir algo como esto:

"Cómo se ha desvirtuado la Navidad, antes era una fiesta religiosa y ahora todo son comilonas y gastos"

Pues no, todo lo contrario. Durante la dominación romana, el 25 de diciembre se celebraban las Saturnales, unos días después del solsticio de invierno, para regocijarse del retorno del «Sol Invictus», el Sol que sale de su letargo y empieza a hacer que los días sean más largos. Era costumbre hacer grandes comilonas, fiestas y orgías, regalos a los niños e incluso se daba tiempo libre extra a los esclavos. Por lo visto, el origen es aún más antiguo, ya que incluso en el antiguo Egipto se celebraba el 25 una fiesta a Osiris (también relacionado con el Sol). No fue hasta el siglo III que el papa de turno cambió la fecha de nacimiento de Jesús (que nunca había sido motivo de celebración) desde la primavera en la que parece que nació hasta el 25 de diciembre para tratar de absorber una fiesta pagana que se resistía a desaparecer.

Así que en estos días bebe, folla, come, grita y ríe, que el verdadero y único hacedor de vida, el Sol, renace. Que estos advenedizos cristianos no te roben lo que te pertenece, hijo de la Tierra.

Las fases del proceso creativo

El proceso creativo es un ciclo. Cuando no estás dentro de él, eres libre. Cuando estás atrapado, es un descenso en barrena.

Estas son sus fases:

  1. Miras a tu alrededor y ves que todo lo que hay es una mierda y que tú eres capaz de hacerlo mejor. Como ya has sufrido otras veces, decides que es mejor no meterte. Tu mente no ha dejado de funcionar y sigue fabricando ideas, que tú rechazas desarrollar para no volver a sufrir decepciones.
  2. Alguien cercano a ti te anima a que lo vuelvas a intentar, quizá incluso de buena fe. Tus ideas siguen fluyendo. Vuelves a mirar a tu alrededor, y vuelves a comprobar que tú lo harías mucho mejor.
  3. Te decides a volverlo a intentar. Aquí es cuando la has cagado.
  4. Las ideas que has acumulado acuden en tropel y se forma un embrión creativo. Las palabras o las notas fluyen de ti. Empiezas a sentirte orgulloso de lo que sale, será algo que merece la pena.
  5. Llegas a un punto crítico (puede ser el primer tercio, quizá el final del primer acto de un libro), en el que ya no hay vuelta atrás: ya ha dejado de ser un mero divertimento, ya crees en lo que haces lo suficiente como para no abandonarlo: es demasiado tarde.
  6. Llegado el segundo acto, el proceso creativo se ha convertido en algo parecido a un trabajo; ya no es divertido, ya es tu obligación terminarlo (aún así, sigues borracho de tu propia creatividad y estás convencido de que tu obra es buena). Ya no se trata de un torrente de ideas, hay que darle forma y estructura, y eso implica trabajo de organización, que es antipático, pero te sientes obligado ante el mundo.
  7. Terminado el segundo acto, llega una nueva sensación: la ansiedad. Estás deseando terminar para contemplar tu obra cumbre, y te asaltan nuevos miedos, ya que alguien podría triunfar con una idea peligrosamente parecida a la tuya. Empieza a inquietarte la sensación de que pronto comenzará la fatigosa empresa de promocionar tu trabajo, pero todavía crees en ello lo suficiente como para imaginar que alguien lo verá, se enamorará y llegará tu momento.
  8. Con un esfuerzo titánico, terminas tu obra. La química que fluye por tus venas empieza a jugarte una mala pasada: la adrenalina que te inundaba ha empezado a ser sustituida por el cortisol debido a la larga duración del estado de alerta y tu respuesta anímica empieza a flaquear. Pero aún estás convenido de su calidad y la lanzas a la gente que te rodea. El principio del fin está cerca.
  9. Los primeros receptores de tu obra, que son gente cercana y probablemente hasta te quiere, te devuelven las primeras opiniones. Casi todo es positivo; sientes que esta vez, de verdad de la buena, has acertado. Alguna voz disonante (siempre cortés, nunca hiriente) te comenta detalles que no están acertados. Tú, como eres consciente de que esos primeros lectores u oyentes no son «expertos» ni son «realmente aficionados al género», ignoras la parte que no te gusta y sigues convencido de la buena calidad de tu trabajo.
  10. Comienza la expansión de tu obra: escribes a editoriales, mandas maquetas, preparas proyectos editoriales. Tu servidor SMTP hierve de correos electrónicos enviados a todas partes. Te gastas un dinero importante en tinta de impresora, papel y correo para hacer llegar tu obra maestra a aquellas editoriales o concursos que se empeñan en quererlo todo en un soporte tangible. Recoges el email cada diez minutos, esperando la respuesta de ese editor que se ha quedado prendado de tu estilo y que hará llegar tu mensaje a millones de personas que se convertirán en tus seguidores incondicionales.
  11. Mientras le das al botón de recoger email una y otra vez (y borras el SPAM), miras de nuevo a tu alrededor; el resto de los autores no publican más que mierda, te dices por enésima vez, y sólo han llegado a donde están porque están enchufados o se la han chupado a alguien. Tu mente sigue polarizada hacia tu propio producto y desdeña todo lo demás. Como siempre has sospechado, tú siempre has sido una bomba literaria a punto de estallar y de inundar el mundo artístico de chispas resplandecientes. Pero el cortisol en tu organismo empieza a no funcionar: se acumula y ya no sientes euforia. En algunos momentos sientes pánico y vértigo. El momento llegará, te dices, mientras el aliento te empieza a faltar.
  12. Sin embargo, el aluvión de alabanzas se retrasa (el SPAM, sin embargo, no deja de aparecer). Algunas editoriales rápidas te empiezan a decir que lo que les has mandado no «encaja en su línea editorial». Qué memos, piensan, no son capaces de ver un genio ni aunque lo tengan delante de sus narices.
  13. Poco a poco la realidad, con su tozudez habitual, vuelve a aflorar en forma de respuestas corteses de editores que nunca te dicen por qué lo que tú haces no encaja. También empiezan a llegar opiniones de terceros que están metidos en el mundo artístico y a los que tu obra ha llegado de mano de conocidos y que, finalmente, han tenido a bien dedicarte una migaja de su escaso tiempo libre. Esas críticas no son buenas, pero aunque los rechazos empiezan a hacer mella en ti, las desdeñas porque seguramente están motivadas porque en realidad solo se han leído las primeras diez páginas, no tienen ni idea o, lo que es peor, es pura envidia de tu talento.
  14. Alguien de tu entorno escribe un cuento por primera vez, lo manda a un concurso y gana, mientras tú jamás has ganado nada, pese a haberte presentado a mil y uno. O lees el ganador de un concurso al que te has presentado y crees que las venas de tus sienes están a punto de estallar viendo lo malo que es.
  15. Los rechazos se acumulan. Tú sigues creyendo en que lo que has hecho es bueno, pero alguna crítica llega a resultar hiriente y dolorosa. No puedes evitar compararte con lo que te rodea, que te parece aún peor que antes. Encuentras libros publicados con faltas de ortografía y estupideces que venden millones.
  16. Empiezas a perder la cuenta de los rechazos. Algunas editoriales, por desidia o maldad, te envían la carta de rechazo dos veces (¿no tenían suficiente con una?). Tu ánimo se resquebraja. Si la química de tu cuerpo aún aguanta, te permites unos ataques de ira: ¿Cómo es posible que todo el mundo esté tan equivocado? ¿Cómo pueden estar tan ciegos?
  17. Finalmente cruzas el umbral: todo ha sido una ilusión. Lo que se publica te sigue pareciendo una mierda, pero empiezas a sospechar que tú eres aún peor. Abres tu libro por una página aleatoria y encuentras una palabra repetida o que falta, pese a que has repasado tu manuscrito dos mil veces. No puede ser. Eso no estaba ahí antes.
  18. El círculo se empieza a cerrar. Empiezas a recibir una nueva modalidad de SPAM: el de las editoriales a las que has enviado tu trabajo, que no contentas con rechazarte te han metido en sus bases de datos para promocionar sus mierdas. Te das cuenta de que te has engañado a ti mismo. Todo lo que se publica no puede ser malo: el malo eres tú. Por algo juraste no volver a intentarlo la vez anterior.
  19. Tu mente se colapsa cuando algunas editoriales te ofrecen una nueva modalidad muy interesante (para ellas) que consiste en que pagues tú por editar tu libro. El cortisol de tu torrente sanguíneo ya no hace ningún efecto y eres incapaz siquiera de moverte; probablemente necesites medicación para corregir tu desequilibrio químico. Ya no sirves para otra cosa que para hacerles la vida un poco más difícil a la gente con la que convives. Te invade la desesperación y la autocompadecencia y tiras la toalla. Decides publicar en Internet tu trabajo, donde languidecerá en el olvido para siempre. De vez en cuando miras los logs del servidor web y decides no entrar en muchos detalles sobre lo que ahí ves.
  20. Decides escribir un artículo como este, no tanto para desahogarte como para recordarte en el futuro que, por nada del mundo, empieces otra vez un nuevo ciclo.

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Memorias encontradas en una bañera

Hoy, hablando en una lista de correo electrónico sobre Stanisław Lem, me he acordado de esta historia.

Cuando estaba haciendo el servicio militar en Valladolid yo tenía una novieta que se llamaba Rosa. En realidad no era ni siquiera eso: sólo estuve con ella tres veces. La primera me entró en un bar y nos enrollamos sin apenas mediar palabra; la segunda nos volvimos a encontrar en el mismo bar, insistí e insistí para repetir el besuqueo y magreo del encuentro anterior hasta que al final, no sé si convencida o hastiada, accedió (yo era inasequible al desaliento entonces). Esa vez hablamos algo más porque la acompañé a casa. Me enteré de su nombre, de sus gustos musicales y de que tenía un hermano haciendo la mili en Madrid (hurra por esa organización del ejército español). Hablando de libros le comenté que me gustaban Borges y Kafka, y ella me dijo que, siendo así, me iba a regalar un libro que no se había terminado pero que a mí me iba a gustar. Así que quedamos al día siguiente.

El libro era «Memorias encontradas en una bañera», de Stanisław Lem. Yo ya había leído las historias de Ijon Tichy y otros libros como «Congreso de futurología» y «La investigación», y era un autor que me gustaba. Aquel libro, sin embargo, era nuevo para mí. Ella me lo dio y se fue porque tenía prisa, guardándose sin apego un papel en el que yo le había escrito mi nombre y dirección por si me quería escribir y volvernos a ver.

Al día siguiente tuve que trasladarme con todas mis cosas al cuartel de artillería de Medina del Campo con el comandante Villanueva, para el que estaba haciendo un programa para mantener los inventarios de las maniobras. Allí estuve tres días trabajando de sol a sol, retocando mi programa porque a veces cascaba y metiendo datos sobre tanques, materiales y lanzacohetes Teruel. Aparte de lo coñazo del trabajo, cada vez que me tenía que ir a dormir a la batería (siempre más tarde del toque de retreta), tenía que pelearme con el imaginaria para que me dejase pasar, y eso a pesar de tener una autorización expresa del comandante para poder llegar más tarde de la hora.

Aquellos días fueron intensos y no recuerdo mucho de ellos; en parte fueron fructíferos porque allí confirmé que el ejército español no solo arrestaba a soldados, sino también a animales o cosas, como Jeeps o burros. Yo ya había oído algo de eso (sin creérmelo demasiado) cuando era recluta y me dijeron que las duchas de mi compañía estaban arrestadas porque se había suicidado un tío en ellas; esa era la explicación a por qué había que cruzar en calzoncillos quinientos metros entre la nieve de diciembre en El Ferral de Bernesga (León) para ir a ducharnos a la compañía de al lado.

El último día que estuve en Medina del Campo el comandante Villanueva se despidió de mí a primera hora y se volvió en coche; yo tenía que terminar mi trabajo y volverme por mi cuenta a Valladolid. Acabé antes de lo esperado, pero cuando me fui a hacer el petate descubrí que algún hijo de puta me había abierto la taquilla y me había robado el libro (que ni siquiera había empezado), mil quinientas pelas que tenía para volver, un par de calcetines sin estrenar y una copia que me había agenciado de la llave del bar de mi cuartel.

Cuántas veces le he deseado a aquel cabrón que le aprovechasen mi libro y mi pasta (que la llave del bar no le serviría de nada, a tantos kilómetros de distancia). Aquello me complicó la vida enormemente, y tardé casi otro día en conseguir volver a mi cuartel, después de andar rogando, rellenando papeles y hablando con mil y un burócratas de uniforme para conseguir los medios para salir de allí.

A Rosa no la volví a ver (aunque me escribió; por eso sé sus dos apellidos). El libro lo he visto varias veces en las librerías, pero nunca me lo he comprado. He preferido dejarlo así.

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Spotify, los músicos anónimos y el mundo al revés

Lo que voy a contar aquí no es nuevo, pero es un ejemplo más de cómo funcionan las cosas.

A la gente le encanta una cosa llamada Spotify. Parece ser un servicio que sirve streaming de música a móviles y ordenadores, en el que el oyente paga una cuota y los músicos reciben un royalty infinitesimal (de 0,00029 dólares) por cada vez que uno de sus temas es escuchado por alguien. Yo era músico, mi grupo era Ann Hell y tengo por ahí un montón de música muriéndose de asco, alguna en http://archive.org y el resto recopilada en el torrent Ann Hell - Ad Nauseam (1991-2001) (que no sé si sigue funcionando). No pretendo sacar dinero de este material, sólo quizá que alguien más lo escuche y me diga que le ha gustado, y como no conozco en detalle el servicio que Spotify proporciona (no estaba dispuesto a instalarme su software para comprobarlo), entré en su página web para ver si tienen alguna sección de música gratuita a la que mandarles toda mi basura. Entre su documentación encontré alguna orientada a los artistas, pero siempre se aludía a artistas «en activo», es decir, con casa discográfica, y dispuestos a recibir las jugosas regalías que ellos conceden, nada acerca de música libre o gratis.

Dado que hay un email de contacto, me lanzo a escribirles:

 Date: Wed, 30 Nov 2011 23:19:04 +0100
 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: content@spotify.com
 Subject: Questions from an artist
 
 Hi. My name is Angel Ortega and have the rights for the songs of the band
 Ann Hell (I was the only composer and main interpreter), that operated
 between 1991 to 2001. The band had a distributor in Spain (where I live)
 that no longer exists, so I haven't any obligation with anybody. Being the
 author, I released years ago under a Creative Commons license all Ann Hell
 music. A large set of these tunes can be downloaded from archive.org for
 free.
 
 I'm interested in knowing if these set of albums can be distributed via
 Spotify. I don't want any money. I've read your help pages, but wasn't
 able to discern if you distribute free music in Spotify or not.
 
 I also don't care if you distribute my songs with a charge to your users,
 that is your prerrogative and I would sign an authorisation to you to do it
 if you need something like that. As I say, I don't care about money, just
 want to give some use to that work and get my music heard by more people.
 
 I guess that, given that I won't perceive a buck, I don't need what you
 call an "aggregator" nor a contract, but please correct me if I'm wrong.
 
 I'll appreciate an answer from you, either positive or negative.
 
 Thanks for your time,
 Angel Ortega

En ella les cuento quién soy, que tengo una pila de música convirtiéndose en compost y les pregunto si ellos distribuyen música de forma gratuita. Además, añado que yo no quiero cobrar ni un duro, que si ellos quieren cobrar a sus usuarios cada vez que alguien oye algo mío a mí no me parece mal, y que incluso les firmaría una autorización para hacerlo oficial. Según su documentación ellos no hacen tratos directamente con los músicos, sino que lo hacen a través de «agregadores», que son el equivalente a una firma discográfica tradicional; ya que yo no quiero gestionar dinero, les pregunto si de verdad necesito un intermediario. En definitiva: «tomad mi música, ponedla en vuestros servidores y si sacáis algo, para vosotros».

Un día después me escribe un tipo muy majo diciéndome lo siguiente:

 Date: Thu, 1 Dec 2011 15:55:34 +0100
 From: Jacob Deshayes <jacob@spotify.com>
 To: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 
 Hi Angel,
 
 Thanks for your mail. We are really glad to hear that you are interested
 in getting your music onto Spotify. Getting independent artists music onto
 Spotify is important to us so we work on various solutions to assist
 artists, however we have no way of uploading content without handing out
 revenues - content gets uploaded by our partners (labels and aggregators)
 through automatic feeds and there are no way for us to manually upload
 music ourselves.
 
 The current solution we offer indie artists is to make their deliveries
 through [deleted miscellaneous distributor names]. They are
 artist-aggregators, and we highly recommend you to use them to get your
 music onto Spotify. With them you can create a standard agreement and
 upload your music onto Spotify as well as deliver your music to other
 digital services such as 7digital, iTunes and Amazon.
 
 So if you want to join Spotify as soon as possible please go to one of the
 following sites:
 
 [deleted URLs]
 
 Best regards,
 Jacob
 Spotify Content Team

Amablemente me aclara que ellos no tienen forma de distribuir música sin gestionar beneficios y que todo lo hacen a través de estos intermediarios, sugiriéndome algunos con sus correspondientes URLs.

Así que sigo los enlaces uno a uno. En ellos descubro que no son sitios a los que les mandas tu mierda y ellos evalúan si te aceptan o no (al modo de las discográficas tradicionales o las editoriales de libros), sino que aceptan todo: eso sí, cobrando pasta al músico. Los precios varían, pero oscilan entre 20 dólares por cada tema independiente que subas y 50 por álbumes completos. Por supuesto, no te aseguran ningún tipo de promoción, sino simplemente que «tu música aparecerá en Spotify», seguramente enterrada entre otro millón y medio de autores y piezas.

El círculo solo se completa con una simple operación matemática: calcula cuántas veces se tiene que oír tu canción (recuerda, con una recompensa de 0,00029 dólares por escucha) para cubrir el gasto de 20 dólares por subirla a tu «agregador». Porque a partir de esa cifra, el resto es lo que el artista gana por su trabajo. Ya no investigué más; este tipo de sitios no te suelen pagar hasta que no has llegado a un umbral que suele ser de 100 dólares. Calcula, como otro ejercicio mental, cuántas veces se tienen que oír tus canciones para acumular 100 dólares y recibir algo de dinero.

Así que cortésmente le respondo:

 Date: Thu, 1 Dec 2011 16:36:03 +0100
 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Jacob Deshayes <jacob@spotify.com>
 
 Thank you very much for your quick response.
 
 I've taken a look at those aggregators you suggested and all of them ask
 me for money. I want to distribute my music for free, but *paying* for it
 is far beyond what I planned.
 
 Thanks for your time and good luck.
 
 Best regards,
 Angel Ortega

Y cierro el tema. No tengo claro si he aprendido algo de esto o no.

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Víctor

Este tío aterrador es Víctor. Hace algo más de veinte años no era tan aterrador porque pesaba dos kilos doscientos gramos y era el ejemplar de ser humano más pequeño que yo había visto hasta entonces.

A veces recuerdo cuando él era niño y se le abrían los ojos como platos al ver su sopa, y recuerdo su olor tan dulce al salir del baño que siempre me sorprendía. Recuerdo su risa descontrolada cuando yo le perseguía y le hacía cosquillas en la piscina, y luego salíamos y nos tomábamos un helado. También recuerdo la relación entre su abuelo y él, que era un amor recíproco tan profundo que es inútil expresarlo con palabras.

Es una de las personas más honradas que conozco. Cuando su madre y yo nos divorciamos la directora del colegio nos convocó a los tres para que hablásemos de por qué sus notas habían bajado tanto. Él, pese a poderse aprovechar de la situación más fácil del mundo para escurrir el bulto y echarle la culpa a los demás, nos dijo a todos que sus notas no habían bajado debido al divorcio, sino porque él mismo se había confiado y había estudiado menos. Esto no lo hace cualquiera.

A veces se me encoge el corazón viendo a este tío enorme. Y me acuerdo de cuando era tan pequeño que casi cabía en una mano. Ese niño ya no está, y de algún modo le echo de menos, pero le ha sustituido un hombre íntegro. Y sé que no es obra mía, porque yo no le llego a la suela de los zapatos, sino que él ha forjado su propia personalidad.

Me siento agradecido de que él sea mi hijo.

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Lo que tienes que hacer

Hace muchos años, cuando todavía vivía en Madrid, me pasó una cosa curiosa. Llegué una tarde a casa hecho polvo después de un día horrible, con los pies y la cabeza como si me fuesen a estallar. Era otra de esas veces en las que todo parece una encrucijada, en las que el esfuerzo no recompensa, en las que no hay guión ni planificación sino solo una huida hacia adelante. No había nadie más en casa. En el salón me quité los zapatos y me tumbé en el sofá. Y así, mirándome los dedos desnudos de los pies, me quedé dormido.

Nada de esto sería curioso si no fuera porque soñé que estaba tumbado en el sofá, mirándome los dedos de los pies, exactamente en la misma posición en la que estaba en el mundo real. Vi que por el pasillo entraba mi gata Vodka sin dejar de mirarme con esa cara de perdonarte la vida que ponen a veces los gatos. Se me acercó y saltó al brazo del sofá donde tenía apoyados los pies y se sentó allí, mirándome, como si estuviera en un púlpito. Entonces comenzó a hablar. En un tono sereno, con una voz firme y femenina de contralto, me regañaba; su discurso fue breve pero bien articulado y me di cuenta de que tenía razón en todo lo que me decía y me sentí culpable.

De repente, me desperté. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que había estado soñando. Aún sobresaltado por la regañina me fijé en que Vodka, como acaba de experimentar un instante antes, llegaba por el pasillo mirándome, se me acercaba y se paraba delante del brazo del sofá. Empecé a inquietarme, aún bajo el influjo del sueño y sintiéndome como un niño al que han pillado después de hacer algo malo. Vodka saltó sobre el brazo del sillón y me miró. Pero en lugar de empezar a hablar, me mordió el dedo gordo del pie derecho, que era su forma de decir que estaba ocupando un espacio que era suyo. Retiré el pie y ella se tumbó y me ignoró.

Entonces me percaté de que hasta ese momento había recordado las palabras exactas que Vodka me había dicho en el sueño, pero ya no; estaban borradas. Hice un esfuerzo por recuperarlas, pero fue inútil.

Y así, con la sensación de haber perdido un mensaje importantísimo, pasaron los años y me olvidé del asunto hasta que una vez, en una conversación banal con mi jefe sobre política o las ventas o algún cliente moroso él dijo:

-Haz lo que tienes que hacer. Solo tú puedes hacerlo.

El corazón me dio un vuelco porque recordé como en un fogonazo que esa era exactamente la misma frase que Vodka me dijo en sueños unos años antes.

Me evadí con la fugaz sensación de haber recuperado un tesoro perdido; pero no tardé en darme cuenta de que aquello era una gilipollez, el clásico mensaje vacío de algún gurú cutre o de algún haiku zen que no es más que una obviedad disfrazada de pensamiento profundo.

Así que me quedé decepcionado y perdido una vez más. Han pasado otros tantos años desde aquello. De cuando en cuando, ya que solo yo puedo hacerlo, intento hacer lo que tengo que hacer.

Pero nunca parece ser suficiente.

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La flexibilidad del idioma

Hace un tiempo mi chica y yo fuimos después de cenar al pub irlandés del barrio, en el que ponían cervezas de barril muy ricas. Aunque aquel sitio estaba normalmente lleno de gente (sobre todo a aquella hora), ese día había solo un par de parejas y un grupo al fondo. Detrás de nosotros se asomó por la puerta una pareja joven, la chica miró a su alrededor y dijo:

-Paso, hay mazo de poca peña.

Si escuchas una frase tan retorcida y surrealista y la entiendes es que el idioma es realmente flexible.

Obituarios

Unos mueren y parece que han revolucionado el mundo de la informática, cuando han hecho poco más que vender cosas relucientes; otros, sin embargo, mueren habiendo revolucionado el mundo de la informática y ni siquiera salen en las noticias.

Es un mundo extraño.

He borrado mi página más popular

Hoy me he cargado definitivamente mi página más visitada, Las Eras Geológicas. Probablemente se llevaba el 25% de todo el tráfico que me llegaba desde Google y desde algunas granjas de links para adolescentes vagos. Mi «público» estaba formado por analfabetos funcionales que la usaban para copiarla en exámenes y trabajos escolares. Y viendo el tipo de faltas de ortografía que cometían, parece que se trataba de palurdos de Argentina y el sur de América (sin olvidar a los tarugos de mi propio país, por supuesto, que también habrá alguno).

Será divertido ver qué bajón pegan las estadísticas del servidor web. También será divertido ver cómo de bien siguen los estándares los lugares que me enlazan, ya que estoy devolviendo un error HTTP 410 Gone, que significa «esto ya no está aquí, lo he borrado aposta y no volverá a estar; bórrame de tus enlaces». Seguro que sigo recibiendo visitas hasta después de morirme.

Otra página relacionada, Reptilia, también ha sido purgada. No era tan popular, pero seguro que también estará copiada y pegada en los de trabajos del colegio de unos cuantos cientos de tuercebotas de todo el mundo.

Así que: a cascarla, nenes.

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