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Un naufragio personal

Blog

Una espina en la garganta

Abby Norman:

[...]

"Yet there is this new voice in your head, and even though it says horrible and scary things to you, it is the calmest and sweetest voice you’ve ever heard. Somehow, this voice you know you should be afraid of gives you comfort. “It can all be over right now”, it offers you, “it’ll only hurt for a second”. You argue with this voice because you know you should."

"But my family needs me. My friends will miss me, right? “No, no. They won’t. You are a burden to them. They are frustrated with you because you’re not getting any better. You drag everyone down, you see. They will miss you a little bit, but mostly they will be relieved. You should absolutely leave this world, it will be the best way for you to help them, to help the whole of humanity in fact.”"

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Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte: por qué jamás has conseguido publicar un libro cuando la gente que te rodea lo consigue sin esfuerzo, por qué tu música no llega a nadie, por qué el software que publicas de forma gratuita no es apenas descargado, por qué ni siquiera los comentarios que aportas en algunos blogs pasan la aprobación de los moderadores. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la enfebrecida mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa.

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Manifesto: 0€ en monedas de cobre

En aquel tiempo la gente coleccionaba discos porque eran piezas únicas. Era muy difícil conseguir algo que no estuviese de moda en el momento y no había ningún canal sencillo para encontrar cosas viejas como no fuera bucear en las tiendas de compra-venta confiando en tu suerte o viajar a Londres para ir a comprarlas a HMV o a Virgin, que pocos nos podíamos permitir.

Por razones irrelevantes me había juntado con dos copias del disco Manifesto de Roxy Music. Una me la había regalado mi hermana; la otra, ni idea. No era un disco especialmente interesante (al menos para mí, que del grupo me gustaban los trabajos posteriores).

Una noche me presentaron al amigo de una amiga de un amigo en el Libertad 8 durante unas veladas de lectura de poesía. Se llamaba Joaquín, era bastante mayor que yo y era un apasionado del arte pop de los 70. Según él tenía una de las colecciones más increíbles de discos de vinilo de todo Madrid (lo de «discos de vinilo» es algo que se dice ahora, entonces eran simplemente discos o cassettes), especialmente de un grupo que yo no conocía que se llamaba Mannheim Steamroller. Me estuvo dando la tabarra sobre las maravillas de la banda durante toda la noche, copa tras copa, hasta que el resto de amigos se fueron yendo y yo me quedé con él. Cerramos el Libertad y fuimos a otro sitio cercano donde la conversación fue parecida hasta que mencioné a Roxy Music.

Él andaba buscando como loco el disco que yo tenía repetido.

Se lo comenté y le dije que le regalaría una de mis copias; él, completamente apasionado, me dijo que de ninguna manera, que era un objeto muy valioso y que esa transacción merecía ser pagada con justicia. Yo insistí pero fue inútil; convinimos en que me pagaría diez mil pesetas por él.

Nos despedimos y nos retiramos tras intercambiar nuestros teléfonos. Al día siguiente me llamó por la mañana a primera hora, cuando yo aún andaba con la cabeza como un bombo y la boca con sabor a extintor de incendios como diría Larry. Me costó reconocerle y recordar de qué iba todo aquello; según él teníamos que vernos como fuera y hacer efectivo el intercambio.

Yo le estuve dando largas durante varios días, entre otras cosas porque tenía planes más interesantes. Me llamó todos los días durante una semana hasta que dejó de hacerlo.

Unas semanas después, otro sábado por la mañana buscando algo que escuchar me encontré con los gemelos Manifesto en mi escasa colección de música. Me acordé de Joaquín y de su interés en comprarme uno de ellos y decidí llamarle; lo intenté varias veces, pero no conseguí hablar con él porque su número no me daba tono. También me había dejado su dirección, así que decidí que qué mejor forma de joder un sábado poco prometedor que darme un paseo hasta el barrio de Aluche con el disco en una de esas bolsas de plástico cuadradas que ya no existen a ver si daba con él.

Así lo hice; me presenté en su casa, llamé al portero automático y me presenté. La voz al otro lado titubeó, pero acabó abriéndome la puerta. Subí y me estaba esperando en el rellano de la escalera.

Estaba demacrado como si estuviera enfermo, con ojeras hasta los pies, barba de varios días y un botellín de Mahou en la mano. Me dio la sensación de que estaba incluso más calvo de lo que recordaba. No obstante, con notable esfuerzo, se mostró efusivo y me invitó a pasar.

Tenía toda la casa revuelta, ropa de cama en el sofá del salón, cortezas de queso y migas de pan por el suelo y un comedero de perro embarrado de galletitas en una esquina. Todos los signos indicaban que era un mal momento; pregunté si debía volver otro día pero él me insistió en que todo estaba bien.

Había discos por todas partes. En el salón todas las paredes menos la del sofá estaban cubiertas por estanterías baratas a reventar; discos en la cocina, discos en el baño, discos por los pasillos apilados en el suelo. No entré en el dormitorio, pero seguro que estaba igual.

Me ofreció una cerveza y se disculpó por no tener algo con qué acompañarla. Me estuvo enseñando su colección horas y horas. El ambiente estaba tan cargado que le pregunté dos veces si abríamos la ventana para ventilar un poco aquello; él no pareció oírme de lo entusiasmado que estaba.

Tenía palmos y palmos de discos de Mannheim Steamroller. Muchos de ellos conservaban aún el envoltorio de plástico sin abrir. Me dijo que eran joyas y que yo debía escuchar al grupo en alguna ocasión, pero que no iba a ponerme ninguno de los suyos para no degradar el vinilo.

Como se me hacía largo le interrumpí y le entregué el disco de Roxy Music. Él lo cogió con mucho cuidado, lo sacó de la funda, le quitó el polvo con la manga. Después de contemplarlo un tiempo me dijo que lo sentía en el alma pero que no tenía las diez mil pesetas que me había prometido; yo le contesté que daba igual, que desde el primer momento había pensado en regalárselo y que eso iba a hacer. De nuevo se negó, usando exactamente las mismas frases que aquella noche, una y otra vez. Finalmente, me dijo que esperara; entró en el dormitorio y volvió al rato con una bolsa de plástico.

No tenía dinero, me repitió, pero a cambio del disco me daría un puñado de monedas de Alfonso XII de 1877 que había heredado de su abuelo. Yo me negué. Él insistió. Así estuvimos un buen rato hasta que claudiqué y las acepté.

El disco tuvimos que escucharlo entero. Como ya he dicho, a mí me parecía aburrido, pero él disfrutó un montón. Decidí irme; a la salida volví a fijarme en el comedero con el emplasto de galletas de pienso y me di cuenta de que no había visto ningún perro en toda la mañana, pero creí mejor no preguntar. Finalmente nos despedimos. No volví a verle.

Unos años más tarde, en una tienda de coleccionistas, vi un disco completamente negro de Mannheim Steamroller y, recordando a Joaquín, me lo compré, movido por la curiosidad. No me gustó nada. Sólo lo he escuchado una vez. Si lo quieres, es tuyo.

Y finalmente el otro día cogí las monedas de Joaquín que he ido arrastrando conmigo de casa en casa y de vida en vida y me acerqué a las tiendas de numismática de la Plaza Mayor para ver si las podía vender. Allí me dijeron que aquellas monedas no valían nada. Para jugar al mus, si acaso. Que si estuviesen en mejor estado, o si fuesen de las que hubo en la misma época pero hechas de plata, quizá. Las mías son de cobre. Podría fundirlas y hacerme un cable.

La vida es cambiar cosas que no valen nada por otras que tampoco valen nada.

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Lunar Landings

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía un niño que se llamaba Jaime. Bueno, quizá debería empezar de otra forma.

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía una chica, tres o cuatro años mayor que yo. Tenía esa piel que parece de nácar de las pelirrojas, unos ojos grandes y expresivos y una pequeña cicatriz en la mejilla derecha en forma de media luna. Su pelo no era exactamente rojo, pero a veces lo parecía. En verano llevaba unos pantalones vaqueros con las perneras cortadas. Es lo que mejor recuerdo: yo jugaba con mis amigos y a veces contemplaba cómo se le marcaban los tendones de sus gemelos según se alejaba y perdía la noción del tiempo. Entonces sabía su nombre pero ya se me ha olvidado. Esta chica tenía un hermano pequeño que se llamaba Jaime. Ahora sí.

Era un chaval bajito, con gafas, al que siempre recuerdo con pantalones cortos y unos zapatos marrones descoloridos. Siempre parecía que tenía el pelo apelmazado, sorbía por la nariz sin parar como si fuera un tic nervioso y el aliento le olía a café con leche. Nunca le hice mucho caso, pero los matones del barrio sí; era el objetivo típico de las burlas y de esas pequeñas palizas infantiles que conllevan poca sangre pero mucha humillación. Un hijoputa al que llamaban Chispita (más tarde, cuando todo se volvió mucho más chungo, pasaron a llamarle El Chino) y que vivía en el primer piso de mi edificio le tenía especial manía y unas cuantas veces le vi quitarle las gafas o la cartera y torearle hasta hacerle llorar para luego empujarle al barro o a los arbustos.

No crucé ni una palabra con Jaime hasta que él me encontró un día en la exposición de un concurso de dibujo que se celebró en el colegio que había enfrente de mi portal. Yo me había presentado y como siempre había hecho el ridículo con una de mis bobadas llenas de monstruos, naves espaciales y robots. Pero el tal Jaime se quedó embobado conmigo; le gustó tanto mi dibujo que se me pegó toda la tarde. Que yo era genial, que le tenía que hacer uno igual, que por qué no le enseñaba a hacer cosas como aquellas. Yo le soporté estoicamente porque desde el primer momento le vi como una forma de estar más cerca de su hermana. Así empiezan estas cosas.

Me lo encontraba todos los días a la vuelta del colegio porque me estaba esperando. A veces realmente me fastidiaba porque me estropeaba los planes de quedar con mis verdaderos amigos; otras le aguantaba porque mi insaciable ego me hacía quedarme pegado a sus adulaciones.

Una tarde que llovía mucho, sentados en mi portal mientras mis amigos charlaban, él no dejaba de interrumpirme con cosas que yo ni escuchaba. Ellos le ignoraban como si se tratara de mi amigo imaginario y yo me lo perdía casi todo aturdido por su palabreo interminable y su eterno aliento de café con leche. Y cuando decidí hacerle caso me dijo que él tenía una cosa interesantísima que a mí me iba a encantar.

La tenía en el armario de su habitación. Mentiría si aquello no captó mi interés, pero en lo que realmente pensaba era en entrar en su casa y quizá cruzarme con su hermana. Le dije que por qué no me lo enseñaba ahora mismo; él se puso en pie de un salto y echó a andar, tirándome de la manga. Yo le seguí y mis amigos siguieron a lo suyo, como si en realidad el amigo imaginario hubiera sido yo.

Echamos a correr bajo la lluvia y fuimos a su casa. Nos abrió la puerta su madre y me presentó como su mejor amigo; yo me había conmovido alguna vez cuando los cabrones del barrio le zurraban, pero esa vez sentí verdadera lástima. Ella fue muy cortés, nos sentó en la mesa de la cocina y nos puso casi inmediatamente un plato de galletas. A mí me sirvió, sin preguntarme, un vaso de leche, y a su hijo un tazón enorme de algo marrón. Mi madre no me dejaba tomar café (yo tenía ocho años) y Jaime debía ser algo más pequeño que yo, pero en esa casa las reglas eran diferentes. Jaime tampoco mencionó nunca que le gustara especialmente el café con leche aunque lo tomara para merendar.

La madre de Jaime me estuvo bombardeando con preguntas sobre el cole, sobre mis padres, sobre mi hermana. Yo respondí con educación, empezando a aburrirme y a pensar que quizá no había sido una buena idea.

Finalmente, Jaime me llevó a su habitación para mostrarme aquello tan interesante que iba a cambiar mi vida. Cruzamos el pasillo y dejamos atrás una puerta cerrada: de ella salía una voz femenina cantando a voz en grito «Mamá dame cien pesetas, porque a América me voy». Era su hermana, por supuesto; oírla cantar aquello fue decepcionante, pero al recordar su imagen decidí ser indulgente y perdonárselo. Jaime me metió a empujones en su habitación y cerró la puerta.

A la vida real no le gusta mucho el melodrama y la puerta del armario, que debería haber estado cerrada para incrementar el suspense, estaba abierta de par en par, mostrando el misterio en toda su crudeza. Qué te parece, me preguntó. Busqué con la mirada algún hallazgo excepcional.

En lugar de eso, vi que en la parte interior de la puerta había un póster pegado con cinta adhesiva. En la parte de arriba ponía, en letras mayúsculas enormes y blancas, «LUNAR LANDINGS». Más abajo había dibujos de módulos lunares, cohetes y astronautas con escafandras opacas, formando varios grupos. Un diagrama de líneas curvas y flechas unían unas figuras con otras, rematadas por párrafos en inglés.

Yo me quedé mirándolo sin mucho interés, mientras él hablaba a toda prisa sobre el póster, que alguien le había traído de una visita a una base de la mismísima NASA. Balbuceó párrafos y párrafos sobre las misiones lunares, sobre el Apolo este y el Saturn aquel. Recordé entonces que aquello de los alunizajes era algo de lo que a veces hablaba, en aquellas conversaciones que eran soliloquios cuando me acompañaba desde el autocar hasta casi la puerta de casa y que yo estoicamente ignoraba. Repitió una y otra vez los nombres de las naves y de los astronautas que habían pisado la luna (yo hasta aquel momento pensaba que sólo se había pisado la luna una vez, la de Armstrong, Aldrin y el otro, pero no, había más), las fechas, las bases de lanzamiento. Una y otra vez.

Después de hacerme partícipe de su más preciado tesoro, me contó que lo único que le faltaba para ser completamente feliz era que yo le hiciera un dibujo del módulo lunar. Usó esas mismas palabras: completamente feliz. Yo sentí lástima de nuevo y casi me olvidé del fastidio que suponía tirar la tarde de aquella manera.

Me llevó a su escritorio y, casi obligándome, me acercó todos los utensilios necesarios. Yo me senté, dispuesto a que aquello acabara lo antes posible, y le dibujé el módulo lunar, copiándolo directamente del póster del armario, pero haciendo que ocupara el folio entero. Mientras, él se sorbía los mocos y me echaba su desagradable aliento por encima de mi hombro, y más de una vez le clavé el codo para alejarlo.

Cuando pensé que aquello no podía ser peor, casi con el dibujo terminado, entró su hermana en la habitación. No llevaba sus pantalones vaqueros cortados, sino unos pantalones de deporte, pero igualmente cortos. Nos miró y nos llamó niñatos; yo no supe qué decir, pero Jaime ignoró el insulto y le enseñó la maravilla que estaba yo dibujando. Ella se inclinó sobre el papel para mirarlo; me puso el cuello a la altura de los ojos y me tocó involuntariamente la mano con el muslo. Me quedé hipnotizado contemplando su cuello lleno de casi imperceptibles pecas, maravillado de su olor a jabón y del calor de su pierna sobre mis dedos. Entonces se incorporó, se puso en jarras y soltó una parrafada que me resultó profundamente hiriente: que menuda tontería, que éramos unos niños de teta y sólo nos faltaba el chupete y que a ver si madurábamos de una vez.

Como vino se marchó; cerró la puerta de su cuarto de un portazo y yo me quedé herido de muerte. Jaime me tiraba de la manga para que terminara el dibujo. Él estaba acostumbrado a las humillaciones, pero yo no. Terminé las cuatro líneas que faltaban a regañadientes y me fui, diciendo que tenía deberes.

En aquellos días las heridas del alma curaban pronto y pasé página; de pronto ella ya no me parecía tan interesante, sólo una impertinente estúpida que no se merecía mi atención y desapareció para siempre de mi vida. Mientras, el otoño dio paso al invierno y los días se hicieron más odiosos, pero Jaime no dejó de esperarme en la calle ni una sola vez.

En la víspera de las vacaciones de navidad el colegio de enfrente convocó una fiesta que Jaime dijo trataba sobre «cosas maravillosas». La gente podía ir allí, llevar algo que para ellos fuera importante y hablar de ello y al final habría un premio y tarta y alguna otra celebración más. Me estuvo dando el latazo durante días para que yo hiciera un dibujo, el más increíble que fuera capaz, y lo llevara; él llevaría su póster de alunizajes. Para que me dejara en paz, accedí.

Me presenté aquel día en la fiesta con un dibujo que tenía hecho hacía meses con la única intención de pasar el rato y comer tarta. Nadie me hizo ningún caso, como era de esperar, pero bajé dignamente del estrado con un pequeño aplauso. Jaime subió y aburrió al personal con su póster y su verborrea y hasta algunos chicos mayores se burlaron de él. La fiesta siguió y el premio lo ganó un tal Guillermo, que era primo de un compañero mío de clase y que llevó a su mascota, un conejo blanco con las orejas caídas y una mancha negra en el lomo en forma de cruz. Guillermo era divertido y el conejo era una pasada porque se dejaba coger y comía granos de maíz de tu mano. Jaime me dijo que se tenía que ir y que si me iba con él, pero yo no le hice caso porque me lo estaba pasando genial.

A la salida casi era de noche y llovía muchísimo; dos viejas estaban hablando a gritos con una señora a la que había visto antes repartiendo cocacolas en el colegio. Ella se me acercó y me dijo que al niño que había estado conmigo le habían pegado unos macarras. Yo le dije que no sabía nada, y como la señora se volvió a seguir hablando con alguien más, eché a correr porque me estaba empapando.

Un poco más adelante vi, enganchado a uno de los matorrales, un trozo empapado y rasgado del póster de Jaime. La primera y las tres últimas letras del título faltaban, mientras que las demás reflejaban la luz con fiereza como si fueran la luna misma. Los goterones de la lluvia repiqueteaban en la cartulina, tan debilitada por la humedad que casi se desmoronaba. Otros trozos estaban esparcidos por el suelo. El centro del diagrama, con el módulo y los astronautas, no estaba por ninguna parte. Con el corazón encogido corrí a casa.

A la mañana siguiente, último día de clase, vi según pasaba camino del colegio que el trozo del póster seguía allí. Se había quedado reseco y envolvía el arbusto tenso como la piel de un tambor. El día siguió con el ambiente anómalo de las navidades inminentes, con clases cortas y descontroladas, villancicos hasta la náusea y obras de teatro en el salón de actos. De vez en cuando la imagen del póster destrozado me volvía a la mente y el estómago me daba pinchazos. A la vuelta del colegio Jaime no me estaba esperando y nunca más volvió a hacerlo.

Las vacaciones de navidad llegaron con esa intensidad que tenían aquellos días. El regalo de reyes lo acaparó todo, me di un empacho de familia, vi a mis amigos demasiado poco. Llegó el año nuevo.

El siete de enero volví al cole y en el arbusto aún quedaban restos de cartulina, pegados como una telaraña o como la costra de baba de algún alienígena. La momia del póster de Jaime estuvo allí muchos meses, cada vez más consumida, hasta que desapareció o dejé de mirar.

Un día me dijeron que Jaime y su familia se habían mudado de casa.

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Saltar de un incendio

David Foster Wallace:

"The so-called ‘psychotically depressed’ person who tries to kill herself doesn’t do so out of quote ‘hopelessness’ or any abstract conviction that life’s assets and debits do not square. And surely not because death seems suddenly appealing. The person in whom Its invisible agony reaches a certain unendurable level will kill herself the same way a trapped person will eventually jump from the window of a burning high-rise. Make no mistake about people who leap from burning windows. Their terror of falling from a great height is still just as great as it would be for you or me standing speculatively at the same window just checking out the view; i.e. the fear of falling remains a constant. The variable here is the other terror, the fire’s flames: when the flames get close enough, falling to death becomes the slightly less terrible of two terrors. It’s not desiring the fall; it’s terror of the flames. And yet nobody down on the sidewalk, looking up and yelling ‘Don’t!’ and ‘Hang on!’, can understand the jump. Not really. You’d have to have personally been trapped and felt flames to really understand a terror way beyond falling."

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Mediocridad

A veces imagino que se pudiera trazar una gráfica que uniera la mediocridad de todas las personas del mundo, como una enorme tela de araña. En el centro de esa red de líneas, como punto máximo de la mediocridad del mundo, estaría yo.

Pero solo es una mentira que me cuento a mí mismo, para consolar mi mente lacerada. Ese centro de la mediocridad sería extraordinario, sería notable. Pero ese no soy yo. Ni siquiera soy espectacularmente mediocre. Solo soy mediocremente mediocre.

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Promesas, promesas

Todo el mundo sabe que Yahoo ha comprado Tumblr por una cantidad increíble de pasta. La jefa, Marissa Meyer, ha dicho:

"Me complace anunciar que hemos llegado a un acuerdo para comprar Tumblr. Prometemos no cagarla. Tumblr es increíblemente especial y tiene algo muy grande entre manos".

¿No cagarla? Los usuarios de Tumblr lo tienen muy claro: nadie quiere que Yahoo meta sus grasientas manos en el asunto, porque tienen claro que la vais a cagar. De hecho, juran preferir abandonarlo todo y jugarse los ahorros en algún sitio como partypoker.es/ o aprender cocina o cualquier otra cosa.

Es normal: uno de los secretos del éxito de Tumblr es que no importa que seas un pelao o un magnate tejano del petróleo, todos los frikis son bienvenidos. Para tranquilizar a su gente, David Karp ha dicho:

"No nos vamos a convertir en «púrpura». Nuestra sede no se muda. El equipo no cambia. Y nuestra misión (facilitar a los creadores que lo hagan lo mejor que puedan y alcanzar la audiencia que merecen), ciertamente no va a cambiar."

Promesas, promesas.

Otros dicen que los números no cuadran. Yahoo ha pagado 1100 millones de dólares por un sitio que recauda 13. ¿Por qué? Y además, ¿es que no han mirado el contenido de Tumblr? Hay toneladas de «material adulto» (es decir, porno). ¿De verdad no van a interferir?

Mentira.

David Winer también tiene un comentario relacionado el tema: en este artículo menciona cómo el comprador de su empresa le prometió un puesto con un nombre espectacular. Cuando descubrió que a su primera presentación no acudió, la respuesta fue:

"Solo fue algo que te dijimos para alcanzar el acuerdo".

Es como cuando en un cambio de trabajo te dicen que te subirán el sueldo después de un año. Promesas. Lo que no saques en el momento de la negociación no existe.

Noticias del mundo de las sombras: Guarradas que encontramos en los alimentos

Este artículo, 10 gross ingredients you didn't know were in your food, muestra una lista bastante divertida de cosas asquerosas de las que se extraen componentes que se usan en alimentación. Los más interesantes son:

pelo humano
De aquí se saca una cosa llamada L-Cisteína (aditivo E-920, según la tabla de aditivos de Nutriguía, en la sección sustancias para el tratamiento de la harina). Cualquier harina industrial tendrá de esto. Extraída de las mejores fuentes, entre ellas el suelo de las peluquerías chinas.
glándulas anales de castor
De ellas se extrae el Castóreo, que se usa para dar sabor vainilla y fresa en los helados. Estos castores deben cagar cosas riquísimas.
Caparazones de escarabajo hervidos
Este es más conocido; es el ácido carmínico o cochinilla (aditivos E-120 y E-124, según la tabla de Nutriguía). Las cochinillas son unos bichos chiquitines que permiten darle color rojo a esos alimentos que deberían ser rojos pero no lo son. Ñam.
Pelo de ratas y ratones
Estos pelos no son algo que se añada a propósito a un producto para hacer que sepa más rico ni para darle una textura o un sabor irresistible. Entonces, ¿por qué aparecen mencionados en el artículo? Porque las autoridades estadounidenses establecen un umbral máximo permitido de estos pelos en la alimentación. Si el porcentaje está por debajo de este umbral (aunque no sea necesariamente cero), el alimento es apto para el consumo humano.

El método de preparación de los nuggets de pollo, relatado en este otro artículo, merece una mención especial. Lo resumo aquí, por si queréis prepararlos en casa:

  • Una prensa gigante tritura los pollos y los deja hechos una pasta. Enteros; con patas, ojos, uñas, pico. Enteros.
  • Como esta masa es un hervidero de bacterias, se sumerge en amoniaco.
  • Al salir de la cubeta de amoniaco, la pasta sabe a mierda, por lo que se le añaden saborizantes para que sepa a pollo.
  • Y como todo este proceso hace que tenga un espeluznante color rosa, se añade colorante, con color de pollo.
  • Cortar en cachitos, rebozar, freír y servir.

Otras marranadas que no aparecen en el artículo pero que también suenan deliciosas son el cuajo animal, que se obtiene de la mucosa del cuarto estómago de los rumiantes y se usa para hacer quesos, o el almizcle, que es una glándula apestosa que tienen algunas especies de ciervos, bueyes y ratas y que se usa para la elaboración de perfumes.

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Cosas que la gente busca y que Google dice que las tengo yo (II)

Ya publiqué una vez las cosas raras que la gente busca en Google. Aquí va otra tanda:

 aun recuerdo el olor de su culo

Como para olvidarse.

 zapatos dedos fuera
 artista con los dedos de fuera de los zapatos
 bultos en los dedos delos pies
 correccion dedos del pie subidos
 tengo una grasita en unos de mis dedos de pie
 deditos curiosos con carita

Esto de los dedos es algo enfermizo. Google: basta. Aquí no hay nada de esto.

 me quede esperando tu llamada

Lo siento. Estaba ocupado dibujándome caritas en los dedos.

 el triptico del oido

¿Y no será el tríptico del odio?

 me quede dormida esperando

Eso es que no te atienden como mereces. Conmigo no te pasaría, pero no estoy interesado, gracias.

 fraces como q me borres de las redes sociales no significa q me borres de tu mente

Aquí no encontrarás «fraces» como esa, calamar.

 me quede dormido en el trabajo

Y cuando desperté, me puse a buscar chorradas.

 follar en medina del campo

Estoy seguro de que no es tan difícil, si se pone empeño.

 bebe de burro y ser humano

Sigue buscando; seguro que no estás solo.

 parece mentira que esto se acabara asi

Quién lo hubiera dicho, ¿verdad?

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Yo inventé el Twitter ese

Hace un porrón de años, siendo yo adolescente, andaba borracho perdido por ahí cuando perdí a mis amigotes. No di con ellos, pero encontré a un grupo de tres chicas que me contaron que se iban a la Verbena de San Isidro y me pegué a ellas. Eran simpáticas y andaban celebrando algo que no recuerdo pero con lo que me sentí terriblemente identificado. Creo que eran algo menores que yo y con tendencia a pegar gritos como locas por cualquier cosa, pero eran chicas y tenían dos litros de cerveza, así que cumplían todos los requisitos que entonces tenía para mí un grupo perfecto.

Cuando llegamos a la verbena allí había una feria, con caballitos, tómbolas y noria, lleno hasta los topes de familias, de música machacona y de ese olor asqueroso a gallinejas y entresijos que me ponía malo. También había un Tren de la Bruja.

El Tren de la Bruja era una atracción que creo que ya ha desaparecido, porque hace muchos años que no la he vuelto a ver. Era muy simple: sólo un trenecito para niños con una trayectoria circular que atravesaba el mismo túnel una y otra vez. Alrededor de éste solía haber un personaje vestido de bruja estrafalaria que gritaba a los niños, les asustaba y les daba con una escoba. Y eso era todo. Había una cola enorme de niños esperando recibir lo suyo.

Entonces yo solté una de mis boutades:

-El trabajo perfecto es ser La Bruja en el Tren de la Bruja: te pasas el día pegando escobazos a niños y encima te pagan.

Una de las chicas, que se llamaba Mercedes (la única de la que recuerdo el nombre), me rió la gracia con estruendo. El resto de las chicas le hicieron coro un instante después y ya me convertí en el macho alfa del grupo, si es que no lo había sido hasta entonces.

Con mi ego henchido como un pavo, se me ocurrió que era una pena que gracias como esas se perdieran en el infinito. Así que, con la lucidez que dan algunas borracheras, mi cerebro empezó a maquinar un sistema para perpetuar frases cortas, que la gente las leyera y las puntuara. Yo ya había tenido contacto con los ordenadores entonces, pero los que yo conocía no tenían ningún método de almacenamiento permanente que no fueran cassettes y aquello era engorroso e impracticable, con lo cual mi invención se desarrolló en un ámbito puramente analógico.

Imaginé un tablón de anuncios de esos de corcho, colgado en el pasillo en algún lugar concurrido como el instituto, el club del barrio o el bareto, en el que se podían colgar un máximo de 10 trozos de papel de un tamaño dado (pequeño, como para que cupiese una frase o un párrafo corto). Cualquiera que leyera aquellas frases podía cambiar dos de ellas de orden si una le parecía más divertida que la otra, de forma que lo que más gustaba se iba moviendo hacia arriba y lo que menos hacia abajo. Si querías contribuir algo al panel, lo escribías en un papel de tamaño apropiado, movías todos los mensajes que ya estuvieran clavados al corcho una posición para abajo y tirabas el último.

Estaba pensando en qué era más justo, si intercambiar cualquier par de papeles o sólo los adyacentes cuando Mercedes me cogió de la mano y me pidió que subiera a la noria con ella (las cestas eran solo para dos personas; por eso me acuerdo de su nombre y no de los de las demás chicas). El mundo real me reclamó y no volví a pensar en ello. La noche duró mucho y no acabó bien, pero eso es otra historia.

Ahora que lo pienso con detenimiento, más que a Twitter, mi corcho de los chistes malos se parece más a sistemas como Reddit o Hacker News. Pero qué más da.

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Saturnalia

En estos días de jolgorio y exceso seguro que escucharás a algún carca decir algo como esto:

"Cómo se ha desvirtuado la Navidad, antes era una fiesta religiosa y ahora todo son comilonas y gastos"

Pues no, todo lo contrario. Durante la dominación romana, el 25 de diciembre se celebraban las Saturnales, unos días después del solsticio de invierno, para regocijarse del retorno del «Sol Invictus», el Sol que sale de su letargo y empieza a hacer que los días sean más largos. Era costumbre hacer grandes comilonas, fiestas y orgías, regalos a los niños e incluso se daba tiempo libre extra a los esclavos. Por lo visto, el origen es aún más antiguo, ya que incluso en el antiguo Egipto se celebraba el 25 una fiesta a Osiris (también relacionado con el Sol). No fue hasta el siglo III que el papa de turno cambió la fecha de nacimiento de Jesús (que nunca había sido motivo de celebración) desde la primavera en la que parece que nació hasta el 25 de diciembre para tratar de absorber una fiesta pagana que se resistía a desaparecer.

Así que en estos días bebe, folla, come, grita y ríe, que el verdadero y único hacedor de vida, el Sol, renace. Que estos advenedizos cristianos no te roben lo que te pertenece, hijo de la Tierra.

Las fases del proceso creativo

El proceso creativo es un ciclo. Cuando no estás dentro de él, eres libre. Cuando estás atrapado, es un descenso en barrena.

Estas son sus fases:

  1. Miras a tu alrededor y ves que todo lo que hay es una mierda y que tú eres capaz de hacerlo mejor. Como ya has sufrido otras veces, decides que es mejor no meterte. Tu mente no ha dejado de funcionar y sigue fabricando ideas, que tú rechazas desarrollar para no volver a sufrir decepciones.
  2. Alguien cercano a ti te anima a que lo vuelvas a intentar, quizá incluso de buena fe. Tus ideas siguen fluyendo. Vuelves a mirar a tu alrededor, y vuelves a comprobar que tú lo harías mucho mejor.
  3. Te decides a volverlo a intentar. Aquí es cuando la has cagado.
  4. Las ideas que has acumulado acuden en tropel y se forma un embrión creativo. Las palabras o las notas fluyen de ti. Empiezas a sentirte orgulloso de lo que sale, será algo que merece la pena.
  5. Llegas a un punto crítico (puede ser el primer tercio, quizá el final del primer acto de un libro), en el que ya no hay vuelta atrás: ya ha dejado de ser un mero divertimento, ya crees en lo que haces lo suficiente como para no abandonarlo: es demasiado tarde.
  6. Llegado el segundo acto, el proceso creativo se ha convertido en algo parecido a un trabajo; ya no es divertido, ya es tu obligación terminarlo (aún así, sigues borracho de tu propia creatividad y estás convencido de que tu obra es buena). Ya no se trata de un torrente de ideas, hay que darle forma y estructura, y eso implica trabajo de organización, que es antipático, pero te sientes obligado ante el mundo.
  7. Terminado el segundo acto, llega una nueva sensación: la ansiedad. Estás deseando terminar para contemplar tu obra cumbre, y te asaltan nuevos miedos, ya que alguien podría triunfar con una idea peligrosamente parecida a la tuya. Empieza a inquietarte la sensación de que pronto comenzará la fatigosa empresa de promocionar tu trabajo, pero todavía crees en ello lo suficiente como para imaginar que alguien lo verá, se enamorará y llegará tu momento.
  8. Con un esfuerzo titánico, terminas tu obra. La química que fluye por tus venas empieza a jugarte una mala pasada: la adrenalina que te inundaba ha empezado a ser sustituida por el cortisol debido a la larga duración del estado de alerta y tu respuesta anímica empieza a flaquear. Pero aún estás convenido de su calidad y la lanzas a la gente que te rodea. El principio del fin está cerca.
  9. Los primeros receptores de tu obra, que son gente cercana y probablemente hasta te quiere, te devuelven las primeras opiniones. Casi todo es positivo; sientes que esta vez, de verdad de la buena, has acertado. Alguna voz disonante (siempre cortés, nunca hiriente) te comenta detalles que no están acertados. Tú, como eres consciente de que esos primeros lectores u oyentes no son «expertos» ni son «realmente aficionados al género», ignoras la parte que no te gusta y sigues convencido de la buena calidad de tu trabajo.
  10. Comienza la expansión de tu obra: escribes a editoriales, mandas maquetas, preparas proyectos editoriales. Tu servidor SMTP hierve de correos electrónicos enviados a todas partes. Te gastas un dinero importante en tinta de impresora, papel y correo para hacer llegar tu obra maestra a aquellas editoriales o concursos que se empeñan en quererlo todo en un soporte tangible. Recoges el email cada diez minutos, esperando la respuesta de ese editor que se ha quedado prendado de tu estilo y que hará llegar tu mensaje a millones de personas que se convertirán en tus seguidores incondicionales.
  11. Mientras le das al botón de recoger email una y otra vez (y borras el SPAM), miras de nuevo a tu alrededor; el resto de los autores no publican más que mierda, te dices por enésima vez, y sólo han llegado a donde están porque están enchufados o se la han chupado a alguien. Tu mente sigue polarizada hacia tu propio producto y desdeña todo lo demás. Como siempre has sospechado, tú siempre has sido una bomba literaria a punto de estallar y de inundar el mundo artístico de chispas resplandecientes. Pero el cortisol en tu organismo empieza a no funcionar: se acumula y ya no sientes euforia. En algunos momentos sientes pánico y vértigo. El momento llegará, te dices, mientras el aliento te empieza a faltar.
  12. Sin embargo, el aluvión de alabanzas se retrasa (el SPAM, sin embargo, no deja de aparecer). Algunas editoriales rápidas te empiezan a decir que lo que les has mandado no «encaja en su línea editorial». Qué memos, piensan, no son capaces de ver un genio ni aunque lo tengan delante de sus narices.
  13. Poco a poco la realidad, con su tozudez habitual, vuelve a aflorar en forma de respuestas corteses de editores que nunca te dicen por qué lo que tú haces no encaja. También empiezan a llegar opiniones de terceros que están metidos en el mundo artístico y a los que tu obra ha llegado de mano de conocidos y que, finalmente, han tenido a bien dedicarte una migaja de su escaso tiempo libre. Esas críticas no son buenas, pero aunque los rechazos empiezan a hacer mella en ti, las desdeñas porque seguramente están motivadas porque en realidad solo se han leído las primeras diez páginas, no tienen ni idea o, lo que es peor, es pura envidia de tu talento.
  14. Alguien de tu entorno escribe un cuento por primera vez, lo manda a un concurso y gana, mientras tú jamás has ganado nada, pese a haberte presentado a mil y uno. O lees el ganador de un concurso al que te has presentado y crees que las venas de tus sienes están a punto de estallar viendo lo malo que es.
  15. Los rechazos se acumulan. Tú sigues creyendo en que lo que has hecho es bueno, pero alguna crítica llega a resultar hiriente y dolorosa. No puedes evitar compararte con lo que te rodea, que te parece aún peor que antes. Encuentras libros publicados con faltas de ortografía y estupideces que venden millones.
  16. Empiezas a perder la cuenta de los rechazos. Algunas editoriales, por desidia o maldad, te envían la carta de rechazo dos veces (¿no tenían suficiente con una?). Tu ánimo se resquebraja. Si la química de tu cuerpo aún aguanta, te permites unos ataques de ira: ¿Cómo es posible que todo el mundo esté tan equivocado? ¿Cómo pueden estar tan ciegos?
  17. Finalmente cruzas el umbral: todo ha sido una ilusión. Lo que se publica te sigue pareciendo una mierda, pero empiezas a sospechar que tú eres aún peor. Abres tu libro por una página aleatoria y encuentras una palabra repetida o que falta, pese a que has repasado tu manuscrito dos mil veces. No puede ser. Eso no estaba ahí antes.
  18. El círculo se empieza a cerrar. Empiezas a recibir una nueva modalidad de SPAM: el de las editoriales a las que has enviado tu trabajo, que no contentas con rechazarte te han metido en sus bases de datos para promocionar sus mierdas. Te das cuenta de que te has engañado a ti mismo. Todo lo que se publica no puede ser malo: el malo eres tú. Por algo juraste no volver a intentarlo la vez anterior.
  19. Tu mente se colapsa cuando algunas editoriales te ofrecen una nueva modalidad muy interesante (para ellas) que consiste en que pagues tú por editar tu libro. El cortisol de tu torrente sanguíneo ya no hace ningún efecto y eres incapaz siquiera de moverte; probablemente necesites medicación para corregir tu desequilibrio químico. Ya no sirves para otra cosa que para hacerles la vida un poco más difícil a la gente con la que convives. Te invade la desesperación y la autocompadecencia y tiras la toalla. Decides publicar en Internet tu trabajo, donde languidecerá en el olvido para siempre. De vez en cuando miras los logs del servidor web y decides no entrar en muchos detalles sobre lo que ahí ves.
  20. Decides escribir un artículo como este, no tanto para desahogarte como para recordarte en el futuro que, por nada del mundo, empieces otra vez un nuevo ciclo.

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Memorias encontradas en una bañera

Hoy, hablando en una lista de correo electrónico sobre Stanislaw Lem, me he acordado de esta historia.

Cuando estaba haciendo el servicio militar en Valladolid yo tenía una novieta que se llamaba Rosa. En realidad no era ni siquiera eso: sólo estuve con ella tres veces. La primera me entró en un bar y nos enrollamos sin apenas mediar palabra; la segunda nos volvimos a encontrar en el mismo bar, insistí e insistí para repetir el besuqueo y magreo del encuentro anterior hasta que al final, no sé si convencida o hastiada, accedió (yo era inasequible al desaliento entonces). Esa vez hablamos algo más porque la acompañé a casa. Me enteré de su nombre, de sus gustos musicales y de que tenía un hermano haciendo la mili en Madrid (hurra por esa organización del ejército español). Hablando de libros le comenté que me gustaban Borges y Kafka, y ella me dijo que, siendo así, me iba a regalar un libro que no se había terminado pero que a mí me iba a gustar. Así que quedamos al día siguiente.

El libro era «Memorias encontradas en una bañera», de Stanislaw Lem. Yo ya había leído las historias de Ijon Tichy y otros libros como «Congreso de futurología» y «La investigación», y era un autor que me gustaba. Aquel libro, sin embargo, era nuevo para mí. Ella me lo dio y se fue porque tenía prisa, guardándose sin apego un papel en el que yo le había escrito mi nombre y dirección por si me quería escribir y volvernos a ver.

Al día siguiente tuve que trasladarme con todas mis cosas al cuartel de artillería de Medina del Campo con el comandante Villanueva, para el que estaba haciendo un programa para mantener los inventarios de las maniobras. Allí estuve tres días trabajando de sol a sol, retocando mi programa porque a veces cascaba y metiendo datos sobre tanques, materiales y lanzacohetes Teruel. Aparte de lo coñazo del trabajo, cada vez que me tenía que ir a dormir a la batería (siempre más tarde del toque de retreta), tenía que pelearme con el imaginaria para que me dejase pasar, y eso a pesar de tener una autorización expresa del comandante para poder llegar más tarde de la hora.

Aquellos días fueron intensos y no recuerdo mucho de ellos; en parte fueron fructíferos porque allí confirmé que el ejército español no solo arrestaba a soldados, sino también a animales o cosas, como Jeeps o burros. Yo ya había oído algo de eso (sin creérmelo demasiado) cuando era recluta y me dijeron que las duchas de mi compañía estaban arrestadas porque se había suicidado un tío en ellas; esa era la explicación a por qué había que cruzar en calzoncillos quinientos metros entre la nieve de diciembre en El Ferral de Bernesga (León) para ir a ducharnos a la compañía de al lado.

El último día que estuve en Medina del Campo el comandante Villanueva se despidió de mí a primera hora y se volvió en coche; yo tenía que terminar mi trabajo y volverme por mi cuenta a Valladolid. Acabé antes de lo esperado, pero cuando me fui a hacer el petate descubrí que algún hijo de puta me había abierto la taquilla y me había robado el libro (que ni siquiera había empezado), mil quinientas pelas que tenía para volver, un par de calcetines sin estrenar y una copia que me había agenciado de la llave del bar de mi cuartel.

Cuántas veces le he deseado a aquel cabrón que le aprovechasen mi libro y mi pasta (que la llave del bar no le serviría de nada, a tantos kilómetros de distancia). Aquello me complicó la vida enormemente, y tardé casi otro día en conseguir volver a mi cuartel, después de andar rogando, rellenando papeles y hablando con mil y un burócratas de uniforme para conseguir los medios para salir de allí.

A Rosa no la volví a ver (aunque me escribió; por eso sé sus dos apellidos). El libro lo he visto varias veces en las librerías, pero nunca me lo he comprado. He preferido dejarlo así.

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Spotify, los músicos anónimos y el mundo al revés

Lo que voy a contar aquí no es nuevo, pero es un ejemplo más de cómo funcionan las cosas.

A la gente le encanta una cosa llamada Spotify. Parece ser un servicio que sirve streaming de música a móviles y ordenadores, en el que el oyente paga una cuota y los músicos reciben un royalty infinitesimal (de 0,00029 dólares) por cada vez que uno de sus temas es escuchado por alguien. Yo era músico, mi grupo era Ann Hell y tengo por ahí un montón de música muriéndose de asco, alguna en http://archive.org y el resto recopilada en el torrent Ann Hell - Ad Nauseam (1991-2001) (que no sé si sigue funcionando). No pretendo sacar dinero de este material, sólo quizá que alguien más lo escuche y me diga que le ha gustado, y como no conozco en detalle el servicio que Spotify proporciona (no estaba dispuesto a instalarme su software para comprobarlo), entré en su página web para ver si tienen alguna sección de música gratuita a la que mandarles toda mi basura. Entre su documentación encontré alguna orientada a los artistas, pero siempre se aludía a artistas «en activo», es decir, con casa discográfica, y dispuestos a recibir las jugosas regalías que ellos conceden, nada acerca de música libre o gratis.

Dado que hay un email de contacto, me lanzo a escribirles:

 Date: Wed, 30 Nov 2011 23:19:04 +0100
 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: content@spotify.com
 Subject: Questions from an artist
 
 Hi. My name is Angel Ortega and have the rights for the songs of the band
 Ann Hell (I was the only composer and main interpreter), that operated
 between 1991 to 2001. The band had a distributor in Spain (where I live)
 that no longer exists, so I haven't any obligation with anybody. Being the
 author, I released years ago under a Creative Commons license all Ann Hell
 music. A large set of these tunes can be downloaded from archive.org for
 free.
 
 I'm interested in knowing if these set of albums can be distributed via
 Spotify. I don't want any money. I've read your help pages, but wasn't
 able to discern if you distribute free music in Spotify or not.
 
 I also don't care if you distribute my songs with a charge to your users,
 that is your prerrogative and I would sign an authorisation to you to do it
 if you need something like that. As I say, I don't care about money, just
 want to give some use to that work and get my music heard by more people.
 
 I guess that, given that I won't perceive a buck, I don't need what you
 call an "aggregator" nor a contract, but please correct me if I'm wrong.
 
 I'll appreciate an answer from you, either positive or negative.
 
 Thanks for your time,
 Angel Ortega

En ella les cuento quién soy, que tengo una pila de música convirtiéndose en compost y les pregunto si ellos distribuyen música de forma gratuita. Además, añado que yo no quiero cobrar ni un duro, que si ellos quieren cobrar a sus usuarios cada vez que alguien oye algo mío a mí no me parece mal, y que incluso les firmaría una autorización para hacerlo oficial. Según su documentación ellos no hacen tratos directamente con los músicos, sino que lo hacen a través de «agregadores», que son el equivalente a una firma discográfica tradicional; ya que yo no quiero gestionar dinero, les pregunto si de verdad necesito un intermediario. En definitiva: «tomad mi música, ponedla en vuestros servidores y si sacáis algo, para vosotros».

Un día después me escribe un tipo muy majo diciéndome lo siguiente:

 Date: Thu, 1 Dec 2011 15:55:34 +0100
 From: Jacob Deshayes <jacob@spotify.com>
 To: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 
 Hi Angel,
 
 Thanks for your mail. We are really glad to hear that you are interested
 in getting your music onto Spotify. Getting independent artists music onto
 Spotify is important to us so we work on various solutions to assist
 artists, however we have no way of uploading content without handing out
 revenues - content gets uploaded by our partners (labels and aggregators)
 through automatic feeds and there are no way for us to manually upload
 music ourselves.
 
 The current solution we offer indie artists is to make their deliveries
 through [deleted miscellaneous distributor names]. They are
 artist-aggregators, and we highly recommend you to use them to get your
 music onto Spotify. With them you can create a standard agreement and
 upload your music onto Spotify as well as deliver your music to other
 digital services such as 7digital, iTunes and Amazon.
 
 So if you want to join Spotify as soon as possible please go to one of the
 following sites:
 
 [deleted URLs]
 
 Best regards,
 Jacob
 Spotify Content Team

Amablemente me aclara que ellos no tienen forma de distribuir música sin gestionar beneficios y que todo lo hacen a través de estos intermediarios, sugiriéndome algunos con sus correspondientes URLs.

Así que sigo los enlaces uno a uno. En ellos descubro que no son sitios a los que les mandas tu mierda y ellos evalúan si te aceptan o no (al modo de las discográficas tradicionales o las editoriales de libros), sino que aceptan todo: eso sí, cobrando pasta al músico. Los precios varían, pero oscilan entre 20 dólares por cada tema independiente que subas y 50 por álbumes completos. Por supuesto, no te aseguran ningún tipo de promoción, sino simplemente que «tu música aparecerá en Spotify», seguramente enterrada entre otro millón y medio de autores y piezas.

El círculo solo se completa con una simple operación matemática: calcula cuántas veces se tiene que oír tu canción (recuerda, con una recompensa de 0,00029 dólares por escucha) para cubrir el gasto de 20 dólares por subirla a tu «agregador». Porque a partir de esa cifra, el resto es lo que el artista gana por su trabajo. Ya no investigué más; este tipo de sitios no te suelen pagar hasta que no has llegado a un umbral que suele ser de 100 dólares. Calcula, como otro ejercicio mental, cuántas veces se tienen que oír tus canciones para acumular 100 dólares y recibir algo de dinero.

Así que cortésmente le respondo:

 Date: Thu, 1 Dec 2011 16:36:03 +0100
 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Jacob Deshayes <jacob@spotify.com>
 
 Thank you very much for your quick response.
 
 I've taken a look at those aggregators you suggested and all of them ask
 me for money. I want to distribute my music for free, but *paying* for it
 is far beyond what I planned.
 
 Thanks for your time and good luck.
 
 Best regards,
 Angel Ortega

Y cierro el tema. No tengo claro si he aprendido algo de esto o no.

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Víctor

Este tío aterrador es Víctor. Hace algo más de veinte años no era tan aterrador porque pesaba dos kilos doscientos gramos y era el ejemplar de ser humano más pequeño que yo había visto hasta entonces.

A veces recuerdo cuando él era niño y se le abrían los ojos como platos al ver su sopa, y recuerdo su olor tan dulce al salir del baño que siempre me sorprendía. Recuerdo su risa descontrolada cuando yo le perseguía y le hacía cosquillas en la piscina, y luego salíamos y nos tomábamos un helado. También recuerdo la relación entre su abuelo y él, que era un amor recíproco tan profundo que es inútil expresarlo con palabras.

Es una de las personas más honradas que conozco. Cuando su madre y yo nos divorciamos la directora del colegio nos convocó a los tres para que hablásemos de por qué sus notas habían bajado tanto. Él, pese a poderse aprovechar de la situación más fácil del mundo para escurrir el bulto y echarle la culpa a los demás, nos dijo a todos que sus notas no habían bajado debido al divorcio, sino porque él mismo se había confiado y había estudiado menos. Esto no lo hace cualquiera.

A veces se me encoge el corazón viendo a este tío enorme. Y me acuerdo de cuando era tan pequeño que casi cabía en una mano. Ese niño ya no está, y de algún modo le echo de menos, pero le ha sustituido un hombre íntegro. Y sé que no es obra mía, porque yo no le llego a la suela de los zapatos, sino que él ha forjado su propia personalidad.

Me siento agradecido de que él sea mi hijo.

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Lo que tienes que hacer

Hace muchos años, cuando todavía vivía en Madrid, me pasó una cosa curiosa. Llegué una tarde a casa hecho polvo después de un día horrible, con los pies y la cabeza como si me fuesen a estallar. Era otra de esas veces en las que todo parece una encrucijada, en las que el esfuerzo no recompensa, en las que no hay guión ni planificación sino solo una huida hacia adelante. No había nadie más en casa. En el salón me quité los zapatos y me tumbé en el sofá. Y así, mirándome los dedos desnudos de los pies, me quedé dormido.

Nada de esto sería curioso si no fuera porque soñé que estaba tumbado en el sofá, mirándome los dedos de los pies, exactamente en la misma posición en la que estaba en el mundo real. Vi que por el pasillo entraba mi gata Vodka sin dejar de mirarme con esa cara de perdonarte la vida que ponen a veces los gatos. Se me acercó y saltó al brazo del sofá donde tenía apoyados los pies y se sentó allí, mirándome, como si estuviera en un púlpito. Entonces comenzó a hablar. En un tono sereno, con una voz firme y femenina de contralto, me regañaba; su discurso fue breve pero bien articulado y me di cuenta de que tenía razón en todo lo que me decía y me sentí culpable.

De repente, me desperté. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que había estado soñando. Aún sobresaltado por la regañina me fijé en que Vodka, como acaba de experimentar un instante antes, llegaba por el pasillo mirándome, se me acercaba y se paraba delante del brazo del sofá. Empecé a inquietarme, aún bajo el influjo del sueño y sintiéndome como un niño al que han pillado después de hacer algo malo. Vodka saltó sobre el brazo del sillón y me miró. Pero en lugar de empezar a hablar, me mordió el dedo gordo del pie derecho, que era su forma de decir que estaba ocupando un espacio que era suyo. Retiré el pie y ella se tumbó y me ignoró.

Entonces me percaté de que hasta ese momento había recordado las palabras exactas que Vodka me había dicho en el sueño, pero ya no; estaban borradas. Hice un esfuerzo por recuperarlas, pero fue inútil.

Y así, con la sensación de haber perdido un mensaje importantísimo, pasaron los años y me olvidé del asunto hasta que una vez, en una conversación banal con mi jefe sobre política o las ventas o algún cliente moroso él dijo:

-Haz lo que tienes que hacer. Solo tú puedes hacerlo.

El corazón me dio un vuelco porque recordé como en un fogonazo que esa era exactamente la misma frase que Vodka me dijo en sueños unos años antes.

Me evadí con la fugaz sensación de haber recuperado un tesoro perdido; pero no tardé en darme cuenta de que aquello era una gilipollez, el clásico mensaje vacío de algún gurú cutre o de algún haiku zen que no es más que una obviedad disfrazada de pensamiento profundo.

Así que me quedé decepcionado y perdido una vez más. Han pasado otros tantos años desde aquello. De cuando en cuando, ya que solo yo puedo hacerlo, intento hacer lo que tengo que hacer.

Pero nunca parece ser suficiente.

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La flexibilidad del idioma

Hace un tiempo mi chica y yo fuimos después de cenar al pub irlandés del barrio, en el que ponían cervezas de barril muy ricas. Aunque aquel sitio estaba normalmente lleno de gente (sobre todo a aquella hora), ese día había solo un par de parejas y un grupo al fondo. Detrás de nosotros se asomó por la puerta una pareja joven, la chica miró a su alrededor y dijo:

-Paso, hay mazo de poca peña.

Si escuchas una frase tan retorcida y surrealista y la entiendes es que el idioma es realmente flexible.

Obituarios

Unos mueren y parece que han revolucionado el mundo de la informática, cuando han hecho poco más que vender cosas relucientes; otros, sin embargo, mueren habiendo revolucionado el mundo de la informática y ni siquiera salen en las noticias.

Es un mundo extraño.

He borrado mi página más popular

Hoy me he cargado definitivamente mi página más visitada, Las Eras Geológicas. Probablemente se llevaba el 25% de todo el tráfico que me llegaba desde Google y desde algunas granjas de links para adolescentes vagos. Mi «público» estaba formado por analfabetos funcionales que la usaban para copiarla en exámenes y trabajos escolares. Y viendo el tipo de faltas de ortografía que cometían, parece que se trataba de palurdos de Argentina y el sur de América (sin olvidar a los tarugos de mi propio país, por supuesto, que también habrá alguno).

Será divertido ver qué bajón pegan las estadísticas del servidor web. También será divertido ver cómo de bien siguen los estándares los lugares que me enlazan, ya que estoy devolviendo un error HTTP 410 Gone, que significa «esto ya no está aquí, lo he borrado aposta y no volverá a estar; bórrame de tus enlaces». Seguro que sigo recibiendo visitas hasta después de morirme.

Otra página relacionada, Reptilia, también ha sido purgada. No era tan popular, pero seguro que también estará copiada y pegada en los de trabajos del colegio de unos cuantos cientos de tuercebotas de todo el mundo.

Así que: a cascarla, nenes.

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No más Lulu.com

Autopublicar es un poco como darse de cabezazos contra la pared.

Desde hace más de dos años, he tenido a la venta mi libro Terra Incognita en Lulu.com. No he vendido apenas nada, pero la posibilidad de que alguien lo comprara era suficiente como mantener un poquito de ilusión. De vez en cuando daba problemas porque el enlace no funcionaba, y a veces el libro aparecía y desaparecía de los catálogos de Amazon y Ebay libros, pero no me costaba nada y merecía la pena.

El otro día, sin embargo, recibí un mensaje de un lector que me decía que iba a haber comprado mi libro, pero que como había visto que se podía descargar de forma gratuita, lo había hecho, y que muchas gracias, pringao.

Pensé que se lo habría descargado de algún sitio piratilla (quizá subido por alguien que lo hubiera comprado como ebook en Amazon), pero después de buscar en Google, me encuentro con que el libro en formato PDF (impecablemente maquetado por mi hermana) se puede descargar directamente desde... ¡los servidores de Lulu.com!.

En la certidumbre de que se trata de un error, me acerco a ver si he dejado activa sin querer alguna opción de «regalar como PDF» en el formulario de publicación del libro, y no. Así que les escribo lo siguiente:

 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Lulu support
 Date: Sun, 2 Oct 2011 16:01:09 +0000 (GMT)
 
 Hi. I have accidentally found that my book with the ID above can be
 downloaded (for free!) from the URL above. How can this be possible? I
 don't remember enabling it to be freely downloadable. Also, I don't see
 any option on the project entry to disable this. Being downloadable from
 your site, I don't see why would ever buy a copy of my book.
 
 Thanks,
 Angel Ortega

Al poco me responde un robot diciendo que gracias, y que entre 2 y 4 días laborables me responderán con algo.

El día siguiente (¡no está mal!, me digo), me llega un mensaje de Lulu. Lo miro y es esto:

 From: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 To: "angel@triptico.com" <angel@triptico.com>
 Date: Mon, 3 Oct 2011 17:29:33 +0000 (GMT)
 
 Lulu values your feedback on how our support agent serviced your
 question or issue. We are committed to the satisfaction of the Lulu
 Community and strive to continually improve our service.
 
 Please click on the link below (or copy/paste into your web browser) to
 fill out a short survey.
 
 We thank you for your participation.
 Lulu Support

Me dicen que les importa mucho mi opinión sobre cómo se ha llevado mi pregunta o asunto, y que por favor les rellene un formulario al efecto.

Doce horas después me llega este otro mensaje:

 From: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 To: "angel@triptico.com" <angel@triptico.com>
 Date: Mon, 3 Oct 2011 17:29:19 +0000 (GMT)
 
 Dear Angel,
 
 Thank you for contacting Lulu Support. I hope you are doing well today.
 
 I am glad you contacted us about your project. I reviewed your account and
 it does look like you were able to retire or delete the eBook you mentioned.
 However, I would like to provide you a bit of information regarding what
 occurred.
 
 Because of necessary infrastructure changes, we have removed the ability to
 create a Downloadable PDF version of your book in the Book Publishing Wizard.
 If you have a book that has an associated Downloadable PDF, we are moving it to
 a separate eBook project starting today.
 
 [...] bla bla bla

Quizá este mensaje se quedó enganchado en algún sitio y tardó casi medio día en salir. Vale. Pero, ¿qué me cuentan? Que han comprobado que ya he sido capaz de borrar el eBook que he mencionado (?). Por supuesto, yo no he hecho nada. Miro en Google por si lo han arreglado, pero ahí está, el cuarto enlace, por encima de esta mi humilde página web, como antes.

Así que vuelvo al ataque:

 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 Date: Tue, 4 Oct 2011 10:19:59 +0200
 
 Thanks for your quick reply.
 
 I think I didn't explain myself correctly. My project is not meant to be an
 eBook; I just want it to be a physical, printed one. Not downloadable,
 neither freely nor with a fee.
 
 Best regards,
 Angel Ortega

Educadamente les digo que quizá no me he explicado bien, y que el problema es que mi libro se puede descargar gratis y yo no quiero. La respuesta no tarda mucho:

 From: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 To: "angel@triptico.com" <angel@triptico.com>
 Date: Tue, 4 Oct 2011 15:44:43 +0000 (GMT)
 
 I reviewed your projects and it looks like you were able to remove the
 eBook project. I only see Terra Incognita available as a print book now.
 I hope I was able to answer all of your questions. Should anything else
 come up, or you have questions in the future, please don't hesitate to
 contact Lulu Support again at www.lulu.com/support/.
 
 Thanks!
 
Cuando consigo tiempo libre, vuelvo a mirar por si lo han solucionado, pero el enlace sigue ahí. Así que insisto:

 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 Date: Wed, 5 Oct 2011 07:35:32 +0200
 
 On Tue, Oct 04, 2011 at 03:44:43PM +0000, Lulu Support wrote:
 
 > Dear Angel,
 >
 > I reviewed your projects and it looks like you were able to remove the
 > eBook project. I only see Terra Incognita available as a print book now. I
 > hope I was able to answer all of your questions. Should anything else come
 > up, or you have questions in the future, please don't hesitate to contact
 > Lulu Support again at http://www.lulu.com/support/.
 
 I'm afraid the problem remains. My book is still freely downloadable from
 this URL:
 
 [URL]
 
 I found it just by searching "angel ortega" "terra incognita" on Google,
 so it's very easy for anyone to avoid buying my book just by downloading
 it for free (from your own servers!).
 
 Please, fix this as soon as possible.
 
 Best regards,
 Angel Ortega

La respuesta tarda un poco más esta vez:

 From: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 To: "angel@triptico.com" <angel@triptico.com>
 Date: Thu, 6 Oct 2011 13:59:12 +0000 (GMT)
 
 Thank you for your response. Your eBook is no longer available on our website
 for download. I tried searching in Google and did not yield any Lulu related
 results.
 
 The link which you gave me does generate a PDF, however that's just the volume
 storage of it. Nobody should have access to that link, and we do not advertise
 your product as a download on you the print product page.
 
 It does take between 24-48 hours for your product to be uncatalogued from the
 site after it is removed, so this may account for what you were able to find.
 
 I hope this clears things up. Please let me know if you have any other
 questions! I will be happy to help.
 
 Best,

Ahora dicen que ya no está disponible para descarga; aunque siguen empeñados en llamarlo «mi eBook». Han buscado en Google, y no sale. Punto pelota.

No le doy más vueltas durante unos días. El domingo vuelvo a hacer una búsqueda en Google, y ¡zas! No solo sigue ahí, sino que ahora es el primer enlace. Por encima de mi propia página web y del enlace de Lulu para comprar el libro (esto al menos no es por su culpa; son las cosas de Skynet).

Así que vuelta la burra al trigo:

 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 Date: Sun, 9 Oct 2011 20:52:31 +0200
 
 On Thu, Oct 06, 2011 at 01:59:12PM +0000, Lulu Support wrote:
 
 > Thank you for your response. Your eBook is no longer available on our
 > website for download. I tried searching in Google and did not yield any
 > Lulu related results.
 
 Please, try "angel ortega" "terra incognita" (with the quotes) and you'll
 find it. Now it's even worse than before: something has changed and now it
 is THE FIRST link that appears on Google.
 
 The link in question is:
 
 [URL]
 
 This is getting tedious and worrying. Please, delete that file, or change
 the redirection, or whatever the problem is. People is downloading my book
 freely from your own servers and I'm losing money.
 
 Angel Ortega

Y les digo que no, que el enlace sigue ahí, que esto empieza a ser tedioso y preocupante y que estoy palmando pasta (reconozco que lo de «palmar pasta» es un poco hiperbólico).

Su respuesta:

 From: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 To: "angel@triptico.com" <angel@triptico.com>
 Date: Mon, 10 Oct 2011 19:40:48 +0000 (GMT)
 
 Dear Angel,
 
 Thank you for your response. I apologize, but I do not see anything in Google
 Listings which has your book for free. Please see the attached screenshot.
 Those Amazon listings are still showing up in Google, but the links are all
 dead. Can you please take a screen shot and show me the Google page which you
 are seeing free listings on? The link you sent was a Lulu direct link to your
 project data on our server and should not be available for public use. As I
 mentioned earlier, once you retire or delete a project, it can take some time
 for it to be uncatalogued for directories, including Amazon and Google.
 
 How to make a screenshot:
 
 [...]

Así que a ellos, en su Google, no les aparece. Y me explican cómo hacer un pantallazo para mandárselo. Sin embargo, en mi Google, sí aparece, y el primero; pero ese no es el puto problema, es que mi libro se puede descargar desde su servidor sin pagar un duro.

La gente que me conoce dice que no tengo paciencia. Pero estoy hasta los cojones. Esta mañana he sacado un pantallazo y se lo he mandado con el siguiente mensaje:

 From: Angel Ortega <angel@triptico.com>
 To: Lulu Support <existing_ticket@lulu.com>
 Date: Tue, 11 Oct 2011 08:24:15 +0200
 
 10/10/2011 21:40, Lulu Support:
 
 > Thank you for your response. I apologize, but I do not see anything
 > in Google Listings which has your book for free. Please see the
 > attached screenshot. Those Amazon listings are still showing up in
 > Google, but the links are all dead. Can you please take a screen shot
 > and show me the Google page which you are seeing free listings on? The
 > link you sent was a Lulu direct link to your project data on our
 > server and should not be available for public use. As I mentioned
 > earlier, once you retire or delete a project, it can take some time
 > for it to be uncatalogued for directories, including Amazon and
 > Google.
 
 Please find attached a screenshot to this email. As you can see, it's
 the first link (as I live in Spain, typing google.com on the web
 browser redirects automatically to google.es, I don't know nor care
 why the results are different from yours). It even shows you a fragment
 of the body of the book (with Terra Incognita in bold). If you click on
 it, the full PDF is downloaded. The book is written in Spanish, so most
 people interested on it will surely end up searching on google.es
 instead of google.com.
 
 Anyway, Google is not the root of the problem: it's that the link that
 I provided to you has public access. This is what I'm trying to tell
 you all the time.
 
 I'm really getting tired of this. That book took me time to write and
 I inverted money announcing it on spanish media with the expectations
 of selling it (on paper) from you, but any reader interested on it
 that searched on google will probably already downloaded it as a PDF
 for free from your servers. I give up. I'll probably delete the damn
 book or make it private or whatever.
 
 Thanks for your time.
 
 Ángel Ortega

No sé si es que no me expreso bien, o es que he estado hablando con un robot todo el rato, o es que soy tipo con muy malas pulgas.

¿Me merece la pena pasar por todo esto? A TOMAR POR CULO.

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Juegos de azar

Al leer varias noticias sobre gente que se ha gastado todos sus ahorros en juegos de azar, me he acordado de un método que me contó un personaje hace muchos años.

Durante aquellos días colaboraba en un proyecto de la empresa Cibernos que consistía en implantar un sistema informático que, todas las noches de los viernes y los sábados, coordinara una partida simultánea de bingo para todas las salas de Madrid. El sistema era interesante: un bombo (de los de verdad, instalado en uno de los bingos) sacaba las bolas. El proceso se grababa con una cámara y se distribuía por un canal especial de televisión al resto de las salas; a la vez, un operario metía en un terminal el número que acaba de salir, que se enviaba mediante RDSI (el puntero de velocidad de comunicaciones de entonces) a un servidor central Unix, que tras archivar el dato lo reenviaba a los terminales (con Windows 3.x, y también mediante RDSI) instalados en cada una de las salas. Yo me encargaba de coordinar el desarrollo del sistema Unix y de echar una mano en el uso del TCP/IP en los terminales Windows, lo que me tenía en el laboratorio encerrado casi todo el tiempo, excepto algunas veces que me tenía que acercar a alguna de las instalaciones a repasar algún error raro.

El terminal instalado en el bingo de la plaza de Manuel Becerra (no me acuerdo cómo se llama el local, ni siquiera sé si sigue existiendo) daba problemas que ahora no recuerdo ni son relevantes para lo que quiero contar. Para investigarlos tuve que acercarme por allí varias veces durante las partidas en línea. La tercera vez que estaba inspeccionando el sistema se me acercó un tipo, al que había visto las otras veces. Era un auténtico estereotipo: cincuentón, con barriga prominente, camisa azul claro sin corbata que dejaba ver una enorme cadena de oro y chaqueta cruzada azul marino. Llevaba un puro en los labios y tenía la voz rota como un Joe Cocker de barrio.

El hombre se presentó como Juan Perucho. Le pregunté si era el escritor, y me dijo que no, que no sabía que hubiera un escritor que se llamara como él. Estaba interesado en el uso de la informática para calcular probabilidades en juegos como la ruleta y el black jack, un sistema que calculara qué números tenían más posibilidades de salir en el siguiente juego. Le dije que aquello no tenía base científica y le hablé de probabilidades no relacionadas, que su sistema no funcionaría y que se olvidara.

El hombre me cayó simpático y yo a él y me invitó a unos cubatas. Estuvimos charlando durante cuatro o cinco horas y me contó su vida de crápula, cómo había perdido su fortuna y la había vuelto a ganar dos veces, sus ligues y sus puteríos, cómo había destrozado un Cadillac Eldorado contra una farola y otras acrobacias de golfo de postal. También me dijo que era un jugador empedernido de ruleta, pero «con cabeza», como él decía. Y me contó su sistema de reglas. Son férreas y jamás debes saltarte ninguna.

  1. Reservas una cantidad de dinero concreta, no muy grande (él me dijo un millón de pesetas; yo hice como que no me faltaba el aire por un segundo). Esa cantidad la das por perdida, como si te fueras a ir a cenar, de copas y de putas.
  2. En la ruleta vas apostando al 50% (es decir, a negro o rojo, a par o pasa, etc.) una cantidad máxima de un tercio del dinero un máximo de tres veces y luego una a algo más arriesgado que se te ocurra (a un número único, o a lo que quieras).
  3. Así sucesivamente hasta que te gastas todo el dinero o recuperas el doble (o más) de lo que te habías pensado jugar (es decir, que en el mismo momento en que pierdes todo o tienes en la mano el doble o más, te retiras).
  4. El casino está ahí para ganar dinero, no para dártelo a ti.

Las cuatro reglas son inviolables. Sobre todo la tercera: puede ocurrir que tengas un golpe de suerte y jugando a un número superes el doble. Si esto pasa, deja de jugar y vete a celebrarlo, no te creas que estás en racha y sigas jugando, porque eso no existe. Tampoco te cabrees y salgas al cajero a por más dinero si lo pierdes todo. Cuando tengas dudas, recuerda la cuarta regla.

Al tipo vino vino a buscarle una mujer mulata, joven y altísima, vestida con traje de noche. Me la presentó y se despidió. No le he vuelto a ver.

Nunca he usado su sistema porque sólo juego a la Lotería Primitiva.

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Libros (2011-03)

Una vez más, puntuados de 0 (mierda) a 5 (muy bueno). Esta edición es más corta de lo que suele ser porque he estado ocupado haciendo lo contrario de leer y contiene los dos extremos de la escala.

Peter Adolphsen, «Brummstein / Machine»

Este libro contiene dos novelas cortas. La primera, «Brummstein», tiene una premisa que al principio parece interesante: un tipo se interesa por unas cuevas en las que podrían vivir hombres o seres subterráneos, la visita y encuentra una extraña piedra palpitante, pero luego la historia se embarra en un estúpido ir y venir de nombres de obras, autores y personajes que no aportan nada. Yo mismo experimenté con esta enumeración de artistas y trabajos ficticios en La persecución de un tal Johann y Refutación sobre el caso Johann que, lógicamente, no gustó a nadie por ser un ejercicio realmente ridículo. A este Adolphsen, sin embargo, probablemente alguien le debía un favor y consiguió que se lo publicaran. La segunda novela corta, «Machine», es una tontería en la que se narra cómo un bicho prehistórico se muere, fosiliza, convierte en petróleo, explota y algún rollo más que he olvidado, una especie de Mi Agüita Amarilla pretendiendo ser culto (al autor le encanta demostrarnos lo culto que es; como Borges, pero sin chispa). Ambas novelas son el onanismo hecho libro. Tiene una cosa buena: me lo regalaron, así que no me gasté un euro en esta mierda.

Puntuación: 0

Antonio Jiménez Barca, «Deudas pendientes»

Este libro cayó en mis manos por casualidad y lo cogí pensando en que iba a ser una novela negra, género que nunca me ha gustado pero al que por alguna razón pensaba dar otra oportunidad. Sin embargo ha resultado ser algo mucho más interesante. Es una historia con asesinato, sí, pero lo mejor son los flashbacks del protagonista y sus amigos hasta la adolescencia, que retrata con un cariño que te alcanza. Quizá en mi caso es porque transcurre en un barrio de las afueras de Madrid, con sus adolescentes perdidos, sus bares cutres y sus tipejos peligrosos que yo he conocido. Hay un triángulo amoroso juvenil bien contado y un episodio de superación personal en forma de maratón callejero que por estar escrito con sentimiento es sobrecogedor. También hay policías, una empresa herida de muerte por la crisis del 93, morosos cabrones y enternecedores, un poco de especulación urbanística y dos chicas, o más bien una sola. Está muy bien, cae en las manos y no se puede soltar. Tengo que saber algo más del autor.

Puntuación: 5

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Ángel Ortega, Tríptico, Gruta y Nutriguía.com en RTVE.es

Alvy me ha entrevistado junto a otros pioneros de las páginas web en España sobre el antiguo estilo de hacer páginas personales a pelo, cómo es desarrollar un Software de Gestión de Contenidos web (CMS) y qué ventajas tiene sobre el método tradicional de publicación.

También menciona el hecho de que mi CMS Gruta y el primer sitio web que lo usó, Nutriguía, son más antiguos (2001) que el ahora ubicuo Wordpress (2003).

http://www.rtve.es/noticias/20110405/yo-tuve-pagina-web-cuando-estaban-moda-sigo...

Noticias del mundo de las sombras: Nueva modalidad de SPAM lameculos

Desde hace un tiempo recibo aquí comentarios como éste:

"Actually like your web sites particulars! Undoubtedly an exquisite offer of knowledge that's extremely helpful. Keep it up to hold publishing and that i’m gonna proceed reading by the use of! Cheers. I have to admit that i generally get bored to learn the whole thing however i feel you possibly can add some value. Bravo ! My neighbor and I had been simply debating this specific subject, he is often seeking to prove me incorrect. Your view on this is great and exactly how I actually feel. I simply now mailed him this site to indicate him your own view. After looking over your website I e-book marked and will likely be coming back to learn your new posts! Thanks for taking the time to discuss this, I really feel strongly about it and love studying more on this topic. If potential, as you gain experience, would you mind updating your weblog with additional info? This can be very helpful for me. Simply killing some in between class time on Digg and I discovered your article . Not usually what I choose to read about, however it was absolutely worth my time. Thanks."

Es curioso porque, aparte de decirme lo maravilloso que soy, que quiere un hijo mío y que cómo molo, no dice nada concreto y en realidad se puede pegar en cualquier entrada. Lo extraño es que tampoco lleva URLs, ni promociona ningún producto, ni dice nada raro, ni está formateado de alguna forma extraña que pudiera hacer sospechar que fuera un mensaje esteganografiado ni nada de eso.

Lo único que se me ocurre es que sea un robot pelota, una especie de «Smithers-Bot» que compruebe si los comentarios se publican automáticamente, llevan captchas o son moderados (como es el caso). Uso un par de filtros de comment-SPAM (concretamente blogspam.net y Akismet) y estos mensajes pasan indemnes (lo cual es lógico, está bastante bien escrito).

No he investigado nada sobre el tema y quizá esto es algo sabido o común, pero no deja de sorprenderme.

Miento: sinceramente, lo único que me sorprendería es que este mensaje lo hubiese escrito una persona normal sin intenciones oscuras.

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Acerca de los titulares de las noticias

Nota del departamento de pistas inútiles: si encuentras una noticia en cuyo titular se han comido todos los artículos, viene de un periódico hispanoamericano.

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Más libros (2011-02)

Continuación del artículo del mes pasado de críticas de libros, en el que se confirma la tendencia a la publicación de mierdas por parte de las editoriales con algunas honrosas excepciones. De 0 a 5, 0 es malo.

Květa Legátová, «La transformación»

La historia de una doctora checa que, en Austria durante la ocupación nazi y perseguida por la Gestapo, tiene que ocultarse en el campo casándose con un mastuerzo de pueblo al que sólo conoce porque ha sido su paciente. Al principio ella odia su vida y le odia a él, pero poco a poco les va cogiendo el gusto a ambos (ésta debe ser la transformación que sale en el título). Es mucho mejor de lo que parece: Joza, el cateto de su marido, es un ser adorable, así como el resto de sus vecinos y las situaciones que les rodean. Es plácida y amable, lenta y tranquila, y no le pongo un 5 porque no me gusta el final. Recomendable.

Puntuación: 4

David Monteagudo, «Fin»

Esto es tan malo que no sé por dónde empezar. Lenguaje coloquial, chistes malos, personajes planos... comienza como una novela de reencuentros de personajes indistinguibles entre sí y termina como una especie de historia apocalíptica sin ritmo ni misterio ni, por supuesto, explicación. Lo compré porque lo recomendaron en el programa de televisión «Página 2», del que ya empezaba a sospechar cuando recomendaban como buenas algunas mierdas que ya conocía. Lo sorprendente en un libro tan horrible no es que haya llegado a publicarse, es que la tirada vaya (al menos) por la séptima reimpresión. Y como guinda un detalle curioso: el libro está escrito en presente (costumbre habitual en estos tiempos cuando se quiere parecer modernillo) excepto los dos primeros párrafos, que están en pasado. Igual es que ni el editor ni el corrector se lo han leído. No soy el único que piensa que la figura del editor/corrector está desapareciendo y que la calidad se está abandonando hasta el punto de la desidia: véase aquí otro ejemplo.

Puntuación: 0

Stephen King, «El ciclo del hombre lobo»

Ya nada es lo que era, y esto se aplica especialmente a Stephen King. Ahora escribe tochos gigantescos llenos de paja en los que apenas ocurre nada y en los que se nota mucho más su incapacidad para hacer finales interesantes. Por eso cuando vi en la tienda «El ciclo del hombre lobo», tan pequeño y cortito, supuse que no se trataba de algo nuevo, sino de alguna antigualla rescatada del pasado. Efectivamente: es de 1983 y trata sobre los sucesivos ataques de un hombre lobo en uno de los pueblos de Nueva Inglaterra en los que siempre pasan sus historias, con un capítulo por cada mes (coincidiendo, obviamente, con una noche de luna llena). Está acompañado de una ilustraciones algo anticuadas pero competentes que recuerdan a los comics de la línea «Creepshow» tan ochentones y tan evocadores para los que tuvimos nuestra adolescencia en aquellos años. La prosa de Stephen King, siempre ligera, contundente y fácil de leer, es agradable y el libro entero se lee en un par de horas. De esta historia se hizo una película bastante floja que en España se llamó «Miedo Azul»: esto no lo pone en la edición que he leído seguramente porque nadie la recuerda.

Puntuación: 3

Joseph Smith, «El lobo»

Esta tontada es una historia en primera persona de un lobo que va por los bosques cazando. Luego las cosas se le tuercen un poco y un zorro le habla telepáticamente (supongo, no queda muy claro) de una cueva donde hay un cisne encerrado o algo así y él se propone buscarlo para comérselo. Y ya está. Pagué 13,90 euros por esto. En la portada y contraportada la califican de «novela inolvidable», «historia universal y conmovedora», «novela elegante y hermosa» o «una hermosa fábula moral sobre los tiempos que corren». Mentira: es una mierda.

Puntuación: 0.

Y uno más de regalo:

Antonio Herrera Casado, «Historia de El Casar»

Es un libro de historia sobre El Casar, el pueblo donde vivo. No está muy bien escrito (a veces el autor usa un lenguaje arcaizante que no sé si será mimetismo por haber consultado tanto documento antiguo o un tic de profesor de universidad trasnochado pero que resulta molesto), pero está bien documentado y es interesante para alguien que viva aquí. Habla de la historia desde su fundación tras la reconquista, de cómo ha pasado de manos de reyes golfos a clérigos sinvergüenzas y nos recuerda una vez más que el pueblo llano siempre hemos sido poco más que material en venta. También hay secciones sobre monumentos, costumbres y toponimia. Incluye como anexos varios documentos históricos, entre ellos la «Relación de El Casar enviada a Felipe II en 1580» y las «Respuestas Generales al interrogatorio del Catastro del Marqués de la Ensenada de 1752», que sirven para hacerse una idea de cómo era el pueblo en esas fechas.

No lo puntúo porque sería injusto, ya que sólo tiene interés si vives en El Casar.

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Sobre «Necróparis»

No es fácil para mí decir algo sobre «Necróparis», una novela escrita por mi amigo Fernando M. Cámara y editada en septiembre de 2010 por NGC Ficción.

Cuando alguien que conoces de siempre y que ha compartido contigo los inicios de la pasión por contar historias publica un libro, no puedes evitar sentir una enorme alegría y una pizca de envidia, y quieres pensar que en ese libro habrá algo tuyo. No es el caso: «Necróparis» es hijo exclusivo de su creador y nace y crece de su peculiar forma de ver el lado oscuro y los miedos.

«Necróparis» no es una novela para todo el mundo. Ni siquiera es una novela para todo el mundo aficionado al terror. De hecho, para mí es difícil calificarla de novela de terror: el terror está, pero sólo es una excusa. Hay ternura. Hay imágenes del pasado. Hay prejuicios.

En la parte de atrás del libro pone esto:

"Una pareja en viaje romántico por París descubre que la ciudad se torna misteriosa e inhóspita por las noches. Se sienten asediados por las calles y en su propio hotel. Por la mañana dudan de lo ocurrido, pero pronto volverá a oscurecer y la situación se repetirá con mayor intensidad."

No es mentira, pero es como decir que «El Padrino» es una historia de mafiosos.

La pareja protagonista es real. Yo la conozco, formaron una parte muy importante de mi vida hace unos años y ahora son como ese cuento o esa sonata que cada vez que se revisita lo hace con todo el sabor. Son neuróticos, mucho. El principio del libro puede hacer a alguno abandonar; son demasiado débiles, y nadie quiere protagonistas débiles. Pero aguantar merece la pena.

Su viaje por ese París les confunde cada vez más. A veces creen estar hipnotizados. A veces creen que el mundo ha conspirado contra ellos. La confusión se contagia al lector. Quién es Mandrake. Dónde están sus maletas. De qué coño va esto de los maniquíes (yo lo sé). Si fuera cine, tendría algo de «Mulholland Drive» y de «La Escalera de Jacob», lo cual no es raro, viniendo de quien viene.

Cuando leí el primer borrador estaba casi perfecto; Fernando suele escribir como quien acuchilla a su madrastra, pero esta vez estuvo comedido y elegante. Mandó el libro a alguno de esos concursos literarios que sólo premian mierdas y perdió. Finalmente alguien vio lo que valía y se ha materializado.

Mi única aportación fue sugerir que le cambiara el título, que me parecía barato y obvio; hizo bien en ignorarme.

Suerte, amigo.

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Preguntas frecuentes sobre Dios

¿Existe Dios?

No.

Los cinco últimos libros (2011-01)

Esta es una corta reseña de los últimos cinco libros que he leído. Los he puntuado de 0 a 5, según haya sido la experiencia de deplorable a agradable. Como todos sabemos, los libros que se publican últimamente son una mierda, así que tienden más al cero que al cinco.

Guillermo del Toro, «Nocturna»

Un libro de vampiros, que esta vez se parecen más a zombies. Está escrito por Guillermo del Toro, que es un señor que ha hecho películas y que es la única razón por la que este libro se ha publicado. Es larguísimo, pesadísimo y sin el más mínimo interés. El primer incidente vampírico-zómbico ocurre en un avión que acaba de aterrizar y te pasas el primer cuarto del libro deseando que entren de una puta vez en el avión de los cojones. Los vampiros tienen una lengua de unos dos metros con un aguijón en la punta que lanzan para picar y cuando se mueren sueltan unas larvas que te persiguen a toda hostia (no me lo invento). Al parecer es el primero de una trilogía que no pienso leer. Tiene una cosa buena: el libro que yo compré venía con una camiseta bastante chula de una de esas lenguas con pincho.

Puntuación: 0

John Ajvide Lindqvist, «Descansa en paz»

Otro libro sobre zombies, esta vez por otro de esos escritores escandinavos de nombre impronunciable. Por lo visto también es autor de «Déjame entrar», del que hay película y todo y que no he visto. Pretende dar un nuevo enfoque al triturado tema del muerto viviente: esta vez son pacíficos y se quedan ahí mirando las cosas. Tiene un par de momentos entrañables, como el amor que siente uno de los protagonistas por su mujer (real y sin moñerías) o la relación de un niño con su madre no-muerta, pero después descarrila con un final aburrido e incomprensible (¿qué son esas larvas que empiezan a aparecer, las del libro de arriba?). Hay una también una trama con toque religioso sobre una abuela que cree ver a la virgen en la tele y por la que no pude sentir más indiferencia. Creo que ya lo he olvidado casi todo.

Puntuación: 1

Haruki Murakami, «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas»

El último coñazo de Murakami. Debo confesar que las dos primeras cosas que leí de él, «Tokio blues» y «Al sur de la frontera, al oeste del sol» me gustaron mucho, sobre todo porque esos personajes tan simplones (que deben ser él mismo) se parecen un poco a mí cuando era adolescente. En este nuevo libro se entremezclan dos historias, una de fantasía sobre un tipo que llega a un pueblo mágico que al principio es sugerente pero que después aburre y otra sobre una especie de agente secreto que usa su cabeza a modo de caja de cifrado. Hay una chica gorda vestida de rosa, unos seres que se llaman tinieblos y un pasaje subterráneo al que se accede desde un edificio (ya lo sé, suena interesante, pero no lo es). También hay un proceso bastante pesado en el que el protagonista cifra mentalmente los documentos que le pasan y que, de alguna forma espesa, está relacionada con la primera historia fantástica. Perdí el interés hacia la mitad del libro y no recuerdo el final. Aunque claro, siendo de Murakami, igual es que no tenía final, que es su estilo. Creo que no voy a leer nada más de él.

Puntuación: 0

León Brocard y Jake Brumby, «Tick my boxes»

Éste es un libro técnico sobre publicación web que me pasó mi amigo Víctor. Está estructurado como una lista de puntos a seguir, pretendiendo que compares tu trabajo con todos esos puntos. Está bien enfocado, pero probablemente tenga más paja que contenido y casi todo lo que cuenta es trivial. Creo que ya he olvidado todas sus recomendaciones. Veo que el precio en formato electrónico es de 10 euros, lo cual me parece un ultraje. Mejor no ver las fotos de los autores.

Puntuación: 1

Mary Ann Shaffer, «La sociedad literaria y del pastel de piel de patata de Guernsey»

He estado dejando atrás este libro que me prestaron porque, sinceramente, no me apetecía leerlo. ¿En formato epistolar, ambientado en la postguerra de la segunda guerra mundial, lleno de británicos...? Puaj. Sin embargo, es todo lo contrario: agradable, ligero y simpático. Tiene un par de cosas que chirrían pero se lee en dos tardes. Recomendable.

Puntuación: 5

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Noticias del mundo de las sombras: Mimic

En Brooklyn (Nueva York), a un lumbrera se le ha ocurrido introducir zarigüeyas para acabar con la plaga de ratas que llevan varios años sufriendo. Las zarigüeyas son unos bichos feos que en su hábitat natural se alimentan de ratones. La premisa era que, una vez éstas se hubieran comido a (todas) las ratas, se morirían por falta de alimento. Pero ellas han decidido que pasan de las ratas y que se van a dedicar a alimentarse de basura y desperdicios. Así que ahora hay dos plagas.

http://www.nypost.com/p/news/local/brooklyn/rat_bastards_f5onjzgcqxm0fu3RFz3ySL

Los más despiertos entre vosotros dirán que esa peli la han visto.

La zarigüeya tiene como bonus extra que además apesta.

Es un mundo extraño.

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