triptico.com

Un naufragio personal

A fuerza de golpes

El viejo almacén era un caos de cajas viejas, toneles oxidados, mugre y telarañas. En el suelo había aún restos de raíles, y sobre sus cabezas pendía una vieja grúa con la pluma de madera. Chris estaba agazapado al lado de una gran puerta apolillada, y escuchaba la conversación del grupo que estaba ante él sin pestañear.

Delante de él se hacía una entrega y un pago. Maioski, con dos de sus hombres detrás, tendía a un colombiano un paquete envuelto en papel marrón, y éste, receloso, le ofrecía a su vez un maletín negro que relucía a la leve luz que entraba por las rendijas del techo. Así iluminados a rayas parecían cebras o presos, pensó Chris para sí.

La conversación continuaba con giros y metáforas sobre el trato, como era habitual, sin aludir directamente a los objetos que se trocaban. Maioski estaba nervioso y cambiaba continuamente de posición con respecto a Chris, y éste esperaba que alguno de esos movimientos acercara a alguna fuente de luz a los dos secuaces, pues le parecía un factor importante saber con quién se tenía que enfrentar.

Como era habitual, su misión había sido dejada en un sobre cerrado en el buzón de una casa abandonada en la carretera del puerto. Maioski había intentado establecerse por su cuenta; pese a las advertencias de la esfera de poder, había insistido en mantenerse en sus trece. Chris cobraba por solucionar temas como aquél. Era un hombre joven, pero su carrera había sido vertiginosa y sus honorarios estaban por encima de la media.

Pero aquel asunto no le gustaba. El era bueno, claro que sí, pero sentía que podía haber negociado mejor las circunstancias, el lugar y la posibilidad de tener colaboradores. Estaba traído por los pelos. Un pequeño desliz y se acabó. Demasiados blancos; no obstante había que serenarse. De todas formas, Rocko esperaba a un minuto de allí en su coche una posible llamada desde su teléfono móvil. Chris siempre pagaba a Rocko para que le cubriera desde lejos en las misiones de las que dudaba. Aquél no era un buen día; quizá le faltaba sueño o estaba cansado, pero no conseguía centrarse.

El colombiano alzó el brazo a sus hombres, sin mirarlos, y se fueron retirando de uno en uno, hasta que él mismo cruzó el portón de espaldas, sonriendo, y tirando la colilla del cigarro a modo de despedida. Maioski y sus hombres se quedaron solos y se reunieron alrededor de una mesa bajo una luz de bombilla.

Pudo verles las caras; Maioski sudaba copiosamente, las gotas dibujaban sus rasgos enjutos. A su izquierda estaba O'Hara, un irlandés elegante colaborador de Maioski desde sus principios. No era especialmente hábil en un enfrentamiento, su especialidad era la negociación. Quizá era un tanto a favor de Chris; pero el otro era Grikos, un griego corpulento y ágil, buen tirador y auténtica pesadilla de la policía.

Chris se escuchó a sí mismo gruñir al reconocer a este último hombre. No podía permitirse deslices de ese tipo. Tranquilidad. Blandió su arma, sopesándola como siempre hacía. Era un pistola muy antigua, pero rápida como pocas. Un chino le había ofrecido una fortuna por ella. Pero ya nada sería lo mismo si la hubiera vendido.

Se incorporó. Varias tablas o cuerdas crujieron a ambos lados, pero nadie las oyó. Cargó su arma y O'Hara escuchó el chasquido. Con un golpe del revés de la mano advirtió a Maioski, que se volvió como accionado por un resorte. El gesto de su cara se tornó de la alegría por el triunfo obtenido al terror del que lo ve todo perdido.

- Chris, bastardo de mierda - dijo Grikos al reconocerle.

Chris apuntaba al centro de la cara cerúlea de Maioski. No le gustaba tenerlos a los tres así, mirándole, no era así como lo había esperado. ¿Cómo lo había esperado? Ni siquiera lo había planeado. Simplemente se había incorporado, sin prepararse ni concentrarse, como quien se lanza al agua. Qué gran error.

Maioski casi temblaba. Quizá pensó que era una buena idea intentar congraciarse, aunque Chris tenía fama de incorruptible. Fama infundada, porque no sería la primera vez que Chris abandonaba una orden por dinero.

- Tengo aquí mucho dinero si quieres algo - dijo titubeante - Vamos, Chris, te juro que...

- No me jures nada, Maioski - dijo Chris, sin mover ni un pelo, con el brazo extendido apuntándole - Estás acabado. Este es un mensaje de los jefes; se te advirtió y desoíste.

¿Desoíste? ¿Se dice desoíste? Qué demonios, estaba realmente desconcentrado. Aquellas palabras le sonaron ridículas a él mismo. Se repetía que el más peligroso era el griego; la tranquilidad de aquel rostro moreno casi le insultaba.

- Espera, espera, espera - Insistió Maioski, mostrándole las palmas de las manos - No me hagas esto. Te he visto crecer, chico. Acuérdate del aprieto en que te saqué.

Y era cierto: cuando Chris empezó, tuvo un problema gordo y todo el mundo le dejó tirado; Maioski, entonces uno de los asesinos al servicio del antiguo jefe, le echó una mano prestándole pasta. Era ingrato tener que matarle. Bueno, quizá no ingrato, pero sí paradójico.

- Sabes que te lo agradecí en su momento. Pero las cosas cambian. Adiós, Maioski.

Y de repente se escuchó un tiro, amplificado por el vacío del almacén. No había sido él quien había disparado: en cuanto lo comprendió se tiró al suelo con estrépito. Sus sienes palpitaban; pero no estaba herido. ¿Grikos? No, no podía haberle dado tiempo. Y obviamente ninguno de los otros dos. ¿Un cuarto? Tenía que ser eso. Escuchaba voces apremiantes de algunos y blasfemias de Maioski. La había cagado del todo.

Pistola en ristre se arrastró hacia su izquierda. Ante sí volaron astillas al unísono de un nuevo disparo; se revolvió como un gusano y rodó por el suelo buscando un parapeto. Pero no sabía de dónde le venían los tiros.

Los gritos se sucedían, y escuchaba voces desde varios flancos. No veía a nadie, sólo escuchaba el crujir de las cajas de madera cuando pies apresurados pasaban por encima de ellas. Otro disparo, y su respiración batía como un generador eléctrico. Echó la mano a su bolsillo y con dos teclazos marcó el número de teléfono de Rocko, arrojando el móvil en cuanto lo oyó comenzar a marcar. Era ridículo, no llegaría a tiempo.

Dos disparos más casi simultáneos y oyó silbar las balas, que se estrellaron en unos tablones a su derecha. ¿Cuántos hay? Están por todas partes. Pero no iba a morir como un ratón.

Se lanzó con fuerza hacia adelante, pero al tercer paso trastabilló y cayó al suelo. Desde su nueva postura pudo ver dos sombras recortadas contra la luz; uno debía ser O'Hara corriendo con la pistola cañón arriba; el otro le era desconocido. Quizá era bueno terminar primero con lo fácil, y disparó contra O'Hara. El primer disparo casi lo detuvo, y quedó ahí parado, como sorprendido. El segundo le dio en la cabeza y le tumbó de espaldas.

Uno. Hay al menos tres más.

Se rebulló ciegamente, para evitar al menos que alguien le apuntara. El almacén seguía siendo un pandemonium de crujidos y gritos por todas partes. Otro disparo, pero que aparentemente no dio cerca de él. Dos disparos de seis, repasó mentalmente. Se llevó la mano al bolsillo y tanteó el otro cargador que llevaba encima. Otras seis balas. Serían más que suficientes.

Quitó el silenciador de la pistola, que le hacía perder movilidad, y lo arrojó a su espalda. El clink del silenciador al caer se fundió con un nuevo estampido. Una bala se le clavó en el muslo.

Dio un fuerte grito de dolor, y salió disparado de allí como espoleado. La luz que entraba por el techo le dio en plena cara y le deslumbró: echó a correr a ciegas mientras escuchaba varios tiros cruzarse frente y tras él. Entre el estruendo podía escuchar un teléfono sonar; debía ser Rocko llamándole al móvil que acababa de arrojar. Qué imbécil. Si salía de ésta, no volvería a contar con él.

Se lanzó contra unas cajas y las sintió ceder bajo su peso. Había un olor insoportable allí dentro; seguro que se había muerto un perro o una rata. Por un instante deseó morirse, qué fácil y qué cómodo debe ser estar muerto, comparado con estar aquí corriendo desangrándose y oyendo martillear tu corazón como en un fragua.

El estruendo pareció sosegarse según se quedó él quieto. Le habían perdido; si no, no se habrían parado. Desde una de las grietas de la caja podía ver a dos de ellos. En primer plano estaba Maioski, con una Magnum de grueso calibre en una mano y su impecable abrigo largo cubierto de polvo, con los pelos sudorosos por la cara, en un rictus terrible. El era el objetivo, y por qué no continuar con esa idea: Chris introdujo el cañón por la grieta de la caja y disparó. El tiro alcanzó a Maioski en todo el pecho. Se miró el boquete y cayó lentamente de bruces.

Dos.

El disparo habría delatado su posición a cualquier pistolero avezado; y por ahí andaba Grikos. Tenía que salir de allí. De todas formas, aunque el asunto seguía feo, muy feo, había aguantado más de lo que se podía haber esperado al principio; igual aún daba tiempo a que Rocko apareciera y le echara una mano. Pero seguía sonando en la lejanía el maldito teléfono.

Con la pierna sana derribó una de las paredes de la caja y salió por la abertura, no con toda la facilidad que hubiera deseado. Volvía a escuchar disparos, algo ardiente le rozó la mano, algunas astillas volaron muy cerca de su cabeza. Vació las tres balas del cargador en abanico y se lanzó adelante. Alguien gimió de dolor. Se tiró al suelo de lado, de un golpe seco extrajo el cargador, que tintineó imprudentemente, e insertó el nuevo. Sintió la diferencia de peso en el arma como una especie de esperanza.

De nuevo se incorporó, jadeando de agotamiento y nervios. No se escuchaba nada más que sus pasos atolondrados sobre el suelo polvoriento. Se volvió y entre las sombras pudo ver dos siluetas, Grikos y el cuarto invitado, que aún rebuscaban entre la caja desde la que había alcanzado a Maioski.

Efectuó un disparo contra el desconocido, luego un segundo, luego un tercero. ¿Qué pasaba? Le fallaba el pulso y había errado los tres tiros. El ruido bastó para que un tipo experimentado como Grikos le localizara y le disparara. Dos tiros le alcanzaron en el mismo hombro y le catapultaron hacia atrás contra unos maderos.

Se cambió de mano la pistola mientras intentaba esconderse arrastrándose boca arriba. Los pasos se acercaban rápidamente, y aunque una pila de cajas impedía el contacto visual, le encontrarían en unos segundos.

No era la mano con la que habitualmente disparaba, pero intentó mantenerla firme apuntando sobre el borde de la caja que le servía de escudo. Se sorprendió al ver asomarse una cabeza justo delante de su mirilla. Hizo fuego y con un grito sordo alguien cayó detrás de las cajas, perdiéndose de nuevo de vista.

Tres. De chiripa, pero tres.

Se sucedieron varios disparos más y se hizo el silencio, hasta el insistente teléfono se había callado. Dos balas, ¿no? Ahora se maldecía de ser tan idiota y usar su vieja pistola de seis balas. La próxima vez trabajaría con un fusil de asalto, o con un cañón. De pronto escuchó la voz de Grikos en la lejanía.

- Te quedan dos balas, Chris - dijo jadeando, desde algún sitio donde no podía verle - A mí me queda una. No quiero líos: me piro. Ya nos veremos.

Y oyó ruidos de pasos alejándose. No conocía lo suficiente a Grikos como para saber si eso era una treta o era algo real; se quedó allí esperando varios minutos, con la pistola en alto. Cuando creyó convencerse, se incorporó trabajosamente. Era cierto, Grikos se había ido. Quizá era más listo de lo que aparentaba; en una situación difícil, con su jefe muerto y el mensaje claro de que los superiores le quieren fiambre, lo más listo es desaparecer del mapa, probablemente con el maletín del dinero.

Saliendo de su parapeto, se encontró de bruces con la cara del cuarto hombre de Maioski, aquél que había salido de la nada. Pese a que la frente estaba bastante desfigurada, se podía reconocer a Rocko. Y lo comprendió; por eso había sonado un teléfono. Era su propia llamada de ayuda en el teléfono de Rocko lo que estaba escuchando. Qué torpeza; torpeza la de Rocko, y la suya propia, por dejarse liar en semejante embrollo y traicionar por tipos como ése.

La policía no iría por allí en horas; salió del almacén al aire fresco, se sentó en una piedra al pie del camino y encendió un cigarro. Le dolían las heridas, y ahora llegaba el mal trago de ir a un hospital y explicar cómo habían llegado esas balas a sus carnes. Sonrió a duras penas, era un asco de trabajo, pero le gustaba.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

Relacionados

Comentarios de los visitantes