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Un naufragio personal

Adviento

La prostituta despertó en su lecho con una sensación de esperanza como no había sentido nunca. El hombre aún yacía a su lado, dormido. Se vistió y se asomó a la ventana, donde el paisaje enmarcado amanecía despacio, como queriendo esperar. Todo estaba teñido de una limpieza impensable, los árboles recortados sobre el horizonte, el frío húmedo de la mañana, el leve rumor de la vecindad despertando. Su pecho se llenó de un anhelo nuevo, presintiendo que algo iba a ocurrir, algo que iba a cambiarlo todo para siempre.

Ella siempre había creído que todo terminaba con la muerte; el último día de su vida sería como irse a dormir, esa existencia sorda donde hasta el tiempo desaparece. Y aunque había probado a creer en algo, su obstinada razón le había impedido llegar a más, buscando siempre argumentos indiscutibles para negarlo todo.

Pero hoy era distinto; en aquel amanecer, todo era luminoso, todo era esperanzador, el futuro no parecía un muro de sal hiriente. En cada motivo trivial pudo intuir el comienzo de una nueva vida. Sintió sus manos, sus pies, como herramientas llenas de oportunidad, como llaves a puertas siempre consideradas cerradas. El dolor genital de todas las mañanas era hoy diferente, se manifestaba como un mensaje de la carne, como el saludo de sus fibras, y el frío acariciaba su piel como el más tierno de los amantes.

Ella sabía que todo aquello era una ilusión que desaparecería pronto, pero la dejó colarse en su espíritu y que la ocupara toda, que fluyera por su cuerpo y su mente como ahora hacía la templada luz del sol, como si fuese el renacimiento de un dios.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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