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Un naufragio personal

Balsa de afligidos

Por qué ocupamos esta balsa, nadie lo sabe. O para ser exactos, nadie ha pronunciado palabra alguna desde que tengo memoria. En ella hay hombres y mujeres de todas las edades, con la vista perdida en el horizonte, no sé si mudos o sordos o ambas cosas. A menudo les pregunto por sus vidas, por sus familias, o por la razón de que estemos todos aquí, y siempre obtengo el silencio por respuesta. Algunos me miran, pero sólo sus ojos parecen tener vida, e intentan expresar algún hondo pesar que no sé interpretar. Mirando su aspecto creo determinar el tiempo que llevan aquí, pues mientras que algunos sólo parecen estar ausentes, otros están casi irreconocibles, y sus cuerpos se funden con la balsa como si fueran enredaderas. Hay uno al fondo que casi parece el tocón de un árbol milenario, ramificado muchas veces y enraizado a los troncos que le sirven de soporte. Es tal su cohesión que a veces he pensado que él mismo es la balsa y que reposamos sobre algunas de sus extremidades modificadas. O quizá nuestra misión es ir sirviendo de soporte a los nuevos invitados según los más veteranos se van descomponiendo, ocupando su lugar.

Antes desgastaba mis días preguntando y preguntando, pero ahora sé que es inútil y paso la mayor parte del tiempo quieto, observando el lento vaivén de las aguas y tarareando alguna canción que no sé dónde he aprendido, y cada vez con más fuerza intuyo que llegará un compañero nuevo, que nos agotará con preguntas vanas, a las que callaremos no sé si por incapacidad o por esa tristeza que todo lo corroe.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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