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Un naufragio personal

Berserk

Dos días y tres noches que combatían bajo una lluvia feroz. Una tormenta de olores fétidos brotaba del fango, donde maceraban cuerpos abiertos, troncos apolillados, armas enmohecidas. Entre el crepitar de las llamas hiriendo carros y chozas aún se escuchaban arengas apasionadas, gritos de dolor y odio, choques de espadas y lanzas. El caballero del Sur apenas podía con el peso de su armadura, la mezcla de sudor, sangre y herrumbre hacía arder los pliegues de su piel, y le vencía su propio hedor a orín y fatiga. En su mente, otrora superficiales y licenciosas, se mezclaban sus ideas, en un crisol de honores, patrias y lealtades al rey y la iglesia. Pero cada mandoble que demediaba una cabeza o astillaba un hueso parecía arrastrar consigo el último golpe de fuerza, hasta que el cielo se tornó sangre, el río alma y el viento furia animal.

Los caballeros del Norte habían oído hablar del Berserk desde sus cunas, y todos habían deseado haber sido señalados con el mágico estigma de la fuerza en la batalla. Su calculada formación en las artes de la guerra, su sobria educación y la calidad de su sangre, los había hecho durante siglos creerse acreedores de la transformación definitiva. Pero quién podía haberse atrevido a afirmar que aquel caballero cantor, experto en las lides de la palabra, el beso y el archilaúd, que había llegado de las tierras del Sur y que formaba parte de sus filas desde hacía tan poco, iba a tener el Berserk en las venas. Sus propios compañeros discreparon en sus sentimientos, y un heterogéneo manto de envidias, admiraciones y recelos cubrió sus cabezas cuando pudieron contemplar aquel bestial brillo en los ojos, cuando pudieron escuchar aquel rugido de dragón y de oso, cuando sintieron el calor de la madre tierra que exhalaba de aquel cuerpo.

Avanzó imparable por el flanco este, que había comenzado a flaquear. Con la fuerza de cien bueyes arrancó las empalizadas y las clavó en la vanguardia enemiga. Con un hacha en una mano y una afilada estaca en la otra, segó inexorablemente las vidas de cuanto caballero armado encontró a su paso, con la facilidad del cosechador de trigo, con la tenacidad de un reloj de arena. El pánico y el terror lucharon junto a él y cual chiquillos atemorizados huyeron desordenadamente más allá del hayedo. El Berserk fue tras ellos y nunca más fue visto, aunque un prisionero afirmó con horror que los persiguió durante tres jornadas más a través del río y las montañas, pisando los rostros de los que desfallecidos caían a sus pies y bebiendo su sangre, hasta que probablemente acabara con el último de los enemigos.

Los caballeros del Norte festejaron largo tiempo aquella victoria, intentando olvidar el amargo y contradictorio sentimiento de haberles sido arrebatada de algún modo por el extranjero.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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