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Un naufragio personal

Caprichos

"I am the voice of Mother Earth, from whence all horrors have their birth." -- H. P. Lovecraft, Mother Earth

Hace poco, por casualidad, volví a revivir esta historia. De algún modo es como un recuerdo o como releer un libro, pero con la diferencia de los pequeños detalles. Los corredores y puertas están ahí, y son casi iguales a los de entonces, el mismo patio precede al mismo templo y el jardín laberíntico de setos lleva de igual forma a la playa. Pero sus habitantes no tienen el mismo comportamiento que entonces, hay algo de decisión o incertidumbre o rebeldía en sus movimientos que los hace ser imprevisibles y, por qué no, alterar la historia en sí misma.

Por supuesto que no puedo describir cómo era yo entonces con orgullo, pero no se puede renegar de lo que uno ha sido sin insultarse. Yo era poderoso, mucho más poderoso que lo que un hombre como yo podía ser o siquiera imaginar. No poderoso por lo que poseía (que era mucho), sino por lo que era capaz de hacer. Y era envidiado, por todo esto y por el amor que Madre Tierra me profesaba. Para muchos era injusto que yo fuera el hijo predilecto, acaso por mis orígenes, o por los experimentos en que invertía mi tiempo.

Yo experimentaba con los cuerpos. Animales y humanos. Madre Tierra me había concedido, entre otros, el don de la generación de vida, y me era posible ensamblar miembros y órganos con mi magia para generar nuevos prototipos de seres vivos. Habilité todo el piso inferior de mi castillo para albergar montañas de deshechos de carne, traídos de la guerra, de las leproserías, de las morgues. Entre toda esta inmundicia encerraba a mis enemigos, para hacerlos enloquecer o enfermar y murieran automutilados y comidos por las bubas. Me gustaba crear posteriormente caricaturas vivas de ellos mismos, poner tal cabeza aquí o tal brazo tatuado allá, y liberarlos por mis tierras, para que encontrasen un lugar entre la monstruosidad y la perversión, se reprodujeran y formaran ejércitos de carroña pulsante, batallando por las colinas y los prados pujando por puñados de tierra yerma que en realidad era mía.

Ser el demiurgo de un mundo así no era fácil. Desde el principio un ser inmundo me servía de ayudante, se encargaba de recortar la materia sobrante de las vísceras y de los tendones y de administrar el herbolario. Le llamé Aprendiz, porque en un principio carecía de nombre e incluso de capacidad de habla. Yo le eduqué a lo largo de los años, y conmigo aprendió la lectura de los grimorios antiguos, la interpretación de los astros y la regeneración de cadáveres. La confianza depositada en él fue, como pude comprobar más tarde, excesiva.

Una noche húmeda en que me encontraba trabajando en una vieja idea hecha de patas y de sesos el Aprendiz vino a verme. Acostumbraba a vestir un hábito con capucha de color morado, de la que asomaban sus grandes ojos verdes como esmeraldas y alguna que otra arruga de su carne enjuta. Yo había empezado a despreciarlo; no me gustaba ese aspecto de mago ridículo que últimamente adoptaba, ni esas muecas de placer que desde hacía un tiempo ponía al manipular los restos humanos.

El Altar de Regeneración era una enorme mesa de madera, pero la sangre y fluidos vitales derramados durante tanto tiempo le había hecho perder su aspecto leñoso y parecía una gran masa esponjosa de colores verdosos. La capa de detritus esparcido por el suelo cubría toda la estancia, y se hacía notablemente más gruesa bajo y a los pies del altar. Toda esto era, en cambio, necesario; en esa capa, casi viva, de putrefacción en estado puro latía un odio y rencor que hacía el aire casi irrespirable y que permitía el ensamblaje de los trozos de forma mucho más permanente.

Cuando miré los ojos del Aprendiz, debí adivinar sus intenciones. Era codicioso, en parte por sus raíces despreciables y en parte por lo que yo le había enseñado. Alzó con brusquedad sus brazos nervudos y apenas tuve tiempo de apercibirme; una explosión con eco acuoso sacudió la estancia y mi cuerpo reventó como un globo. El Aprendiz me había destruido.

Pasaron quizá siglos cuando volví a recobrar una especie de consciencia sorda. O el tórrido limo de materia orgánica me infundió un hálito de vida, o fue la misma Madre Tierra, que con su infinita misericordia me daba la oportunidad de renacer pese a haberla ofendido con mi descuido. Así, en un limbo de vida latente, permanecí también un tiempo que no puedo medir, alimentándome de la materia de los cuerpos que desgarré. Poco a poco tomé apariencia incorpórea, y pude percibir colores y formas difusas. Veía el Altar de Regeneración en lo alto, como una planicie soportada por cuatro grandes árboles de carne pulposa, tan grande como un mundo, abandonado a su suerte. Tardé en reconocerlo, aunque siempre tuve una extraña sensación de familiaridad con esa madera envuelta en tejidos muertos.

Una vez pude recorrer la estancia. Era, ciertamente, como una especie de fantasma, capaz de desplazarme pero no de manipular nada. La puerta de hierro de la Cámara de Regeneración aparecía cerrada, el Altar seco por el desuso, y el suelo carnoso agrietado y consumido. El Aprendiz había utilizado la magia que le enseñé para destruirme y se había apoderado de mis tierras. Ahora quizá había constituido su atroz sala de trabajo en otra parte.

Cuando pude recolectar la energía suficiente, decidí que me vengaría. Pero para ello necesitaba un cuerpo, necesitaba un armazón biológico para albergar mi lacerado espíritu y así poder canalizar todo mi odio. No sabía lo que podía esperarme en los en otro tiempo mis reinos, pero seguro que había esparcidos restos suficientes como para recomponer un cuerpo, no necesariamente humano.

Atravesé con dificultad la puerta de hierro del Altar; descubrí con ello que cruzar objetos tan densos me debilitaba profundamente. Ante mí estaba el pasillo igual que siempre, su techo mugriento, su suelo embarrado y sus paredes de mampostería no parecían cambiados. Me volví para contemplar la puerta por última vez y la percibí algo más herrumbrosa que antes, con la huella de una mano ensangrentada en su áspera superficie.

Avancé cautelosamente por el pasillo hasta una bifurcación. Aunque todo me era remotamente familiar, no conseguía recordar mi castillo con el detalle suficiente como para poder orientarme. Giré a la derecha y hallé un corredor cegado, donde se pudrían los restos irreconocibles de un ser alado, de piel rojiza y sangre verde. Traté de recomponer con mi magia toscamente recordada aquel despojo y no pude hacer nada. Una sensación de impotencia y desasosiego me invadió.

Siguiendo el camino alternativo, y dejando a la izquierda un agujero en la pared que mostraba un grupo de ensangrentadas cadenas oscilantes, crucé una puerta agusanada y tras ellas encontré seres vivos; cabezas cercenadas que avanzaban por el aire, gárgolas de piel roja y sangre verdosa, cadáveres descarnados en túnicas mugrientas blandiendo al aire sus espadas. Algunos de estos seres eran modificaciones de los creados por mí y otros me eran absolutamente ajenos, pero tanto unos como otros me vieron inmediatamente como un enemigo y cada estancia cruzada era una horrible batalla devastadora.

Poco a poco fui encontrando materia útil, una pila de huesos, unos pies de carne macilenta, cerebros, intestinos pulsantes, ojos. Con retales asquerosos volví a formar mi soporte físico, y cada vez la lucha fue más encarnizada: las criaturas que encontraba me superaban en fuerza y tamaño, cíclopes, dragones bicéfalos, bestias prehistóricas, gorgonas, paquidermos cornudos, hormigas gigantes, todas se abalanzaban contra mí con furia ciega y sin titubeos. Recorrí mis antiguas posesiones, el castillo, los subterráneos inundados, el templo, el jardín, las cavernas, pero en ningún lugar hallé al Aprendiz. Crucé abismos de tiempo que me llevaron a laberintos de piedra y metal con seres mecánicos y llegué al pozo de las almas, donde vagan los espectros despreciados por todos y donde un ídolo de tres cabezas me sirvió para encontrar el último baluarte del Aprendiz en el palacio del sueño, un edificio orgánico de corredores y estancias de pesadilla.

Allí encontré al Aprendiz cara a cara. El no había cambiado: su misma vestimenta, su cara huesuda, sus ojos de insecto, aparecían ante mí como una viviente humillación a mi existencia. Con magia primero y con las manos después luchamos e hicimos temblar los cimientos del palacio hasta que al fin conseguí reducirle y deshacerle en los trozos más pequeños que pude conseguir. Esparcí su despojo por toda la tierra que me fue posible hollar y disolví su sangre con el agua de mil lluvias. Los seres creados por él se deshicieron como muñecos de barro.

Toda esta barbarie no sirvió para enmendar la ofensa a la Madre Tierra. Sólo se puede cometer un error. Su bondad me permitió continuar viviendo entre las monstruosidades que yo creé. Cada día y cada noche debo defender el recodo infecto donde habito de horrores que mi imaginación parió y que afortunadamente siguen sin reconocerme. Sólo en algún amanecer tranquilo puedo recordar a duras penas quién fui, y reconstruir con dificultad la plenitud inicial y el dolor ulterior. Es en ese momento en el que los detalles se pierden, y recuerdo una batalla que no luché y olvido heridas terribles que recibí.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero. Monstruos

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