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Un naufragio personal

Casa de dolor

El taxista que me dio aquel billete no debía saber nada. Me tendió con un gesto amable las cuatro monedas y los cuatro billetes y se despidió. Arrugué los billetes y junto a las monedas los metí en el bolsillo de la camisa, sujeté fuertemente mi maletín y salí del taxi para enfrentarme al aguacero.

Llovía endiabladamente y corrí hasta poder refugiarme bajo las terrazas del edificio más cercano. Allí debajo resoplé con fastidio, pues aunque la ropa se hacía necesaria por la lluvia, hacía demasiado calor y me estorbaba.

Fue reordenando mis bolsillos cuando me fijé en el billete. En su esquina superior izquierda había escrito a lápiz un número, con toda seguridad un teléfono. Bajo él, con la misma letra temblorosa, se leía «Casa de dolor». Podía y hasta quería perderme pensando qué podía significar aquello, pero ya llegaba tarde a la reunión, y no estaba la situación para hacer esperar a la junta directiva. Ordené con poco esmero los billetes en la cartera y reanudé mi corta carrera hasta el edificio donde me esperaban para despellejarme vivo por llevar el trabajo tan atrasado.

Varias semanas se sucedieron de trabajo febril y agotador, con interminables reuniones, palabras vanas y despilfarro de energías. Sentía que perdía mis fuerzas en defender un trabajo que no me gustaba, que sólo servía para enriquecer a un tipo y para aumentar mi vileza. - Gano mucho dinero - me decía, para justificar por qué no lo abandonaba todo.

Una noche, ya tarde, solté la gabardina y el maletín en el salón, aún a oscuras, y me tumbé en el sillón, lanzando los zapatos por encima de mi cabeza, esperando a que las cosas volvieran a su ser. Mi cartera se deslizó del bolsillo y cayó con estruendo, vomitando tarjetas, monedas y billetes. Así estuve un rato hasta que sentí hambre y decidí cenar, o como se llamase la comida que se hacía a aquellas horas. Me incorporé, y al recoger la cartera vi el billete que me había entregado el taxista la tarde de la última comisión de seguimiento. ¿Cómo después de tanto tiempo, seguía teniendo aquel billete? Habría jurado que varias veces había tenido que ir al cajero automático a sacar dinero porque me había quedado sin nada. Al menos, el día de la cena con los nuevos colaboradores, y el del viaje al concesionario norte. Era muy raro.

Mirando bien aquel billete, parecía manchado de herrumbre, como si hubiera estado mucho tiempo en el barro o algo así, porque además su tacto era áspero y desagradable. Sin embargo, el número y el texto escrito a lápiz se leía claramente, por lo que debía haber sido escrito con posterioridad.

Me asaltó de nuevo la idea de pensar sobre aquel número, pero ahora sí tenía tiempo para sumergirme en ello. «Casa de dolor». Qué tontería. Seguro que era una película o el nombre de un disco. Y sin embargo tenía un número de teléfono: en alguna parte tras la maraña de cobre, había algo llamado Casa de dolor. Pensé en lo inescrutable del universo del teléfono, pues existe un enlace con tantas otras vidas, detrás un puñado de cifras está esa mujer que me amaría hasta la muerte, el hombre que me matará, parejas que yacen, hombres que sufren tormento, esa mujer a la que yo amaría hasta la muerte. Leí un día que hay un teléfono con el que te puedes comunicar con los muertos. Que alguien lo niegue.

Descolgué el auricular y marqué. El tono de llamada llegó tras varios crujidos quejumbrosos, como los de las llamadas a larga distancia. Pero los pitidos sonaron en vano, nadie al otro lado de los desconocidos kilómetros de cable respondió. Me sentí un tanto imbécil. Seguramente es un teléfono de otra ciudad, pensé, intentando justificarme.

Cené y dormí, y me sumergí en otro par de semanas infernales. Reunión tras reunión, informe tras informe, mientras veía que todo se venía abajo. Problemas y más problemas, que no me llevaban a ninguna parte.

Y fue un viernes por la noche, después de irse mi invitada, cuando volví a recordar aquel número de teléfono. Había tenido tanto trabajo en las dos últimas semanas que apenas había ido a casa a dormir, y el teléfono estaría aún en la memoria del aparato. Ya no tenía el billete, lo había entregado en la cafetería de un restaurante hindú mientras charlaba con un comercial de la competencia al que intentaba sonsacar información sobre sus nuevos productos. Vi por última vez aquel número escrito a lápiz, de trazo tembloroso, rodeado de mugre. Aún podía hacer un último intento, y nada perdía con probarlo, descolgué y marqué la tecla de rellamada, que aún almacenaba el último número.

Otra vez los crujidos de las llamadas a larga distancia, y una sucesión de pitidos nasales. Pero a punto de colgar, escuché un ruido seco y una especie de sonido de fondo que no pude reconocer.

Se escuchaba una respiración y un cuchicheo al otro lado, como si mi interlocutor estuviera repasando qué decir. El solo hecho de haber sido respondido me sobresaltó como un chiquillo cuando hace una diablura. Al fin, una voz susurrante dijo:

"Ha llamado usted a la Casa de dolor. Seguramente ha encontrado este teléfono en un billete manchado. Esas manchas son de sangre, de la sangre de una mujer que he clavado a la pared desde hace ya casi año y medio. La mantengo viva inyectándole suero, porque hace siete meses que ya no puede comer porque le arranqué los dientes con mis propias manos. He segado cuidadosamente la piel de sus piernas y he hecho forros para mis libros con ella, y me he construido tenedor y cuchillo con los huesos de sus manos. Pende como un trofeo en mi pared, pero todavía está viva, y el mes pasado aún intentó decir algo a través de sus mandíbulas cosidas con alambre. Usted puede salvarla. Llame a la policía y deles este número, no voy a ofrecer resistencia porque lo que buscaba era esta llamada y ya la he conseguido."

La comunicación se cortó y dio paso a los pitidos intermitentes tan cotidianos, que me produjeron una sensación de angustia que no puedo describir. Era cierto. Nadie tiene un número de teléfono sólo para gastar una broma. Dios mío. Ese loco tiene a una mujer clavada a la pared desde hace año y medio.

Volví a descolgar el auricular y llamé a la policía. En seguida me atendió una dulce voz femenina, y a un tiempo el corazón me dio un vuelco. Yo ya no tenía aquel número, había estado en la memoria de mi teléfono, pero ahora ya tenía el número de la policía. Colgué con un golpe seco, y volví a pulsar la tecla de rellamada. Lo había hecho tan rápido que no había tenido tiempo de volver a obtener línea; intentando serenarme, colgué lo más lentamente que pude y volví a pulsar la tecla, que me trajo inexorablemente la elegante voz de mujer de la telefonista de la policía. Ya no podía hacer nada. Hablé con la policía y les conté el caso. Me insistieron en que podía ser una broma, pero no lo era, no lo era. Me invitaron a tranquilizarme y a que intentara recordar el número. Imposible. Les comenté dónde había entregado el billete. Me contaron que ellos se encargarían, que intentara dormir. Dormir, claro.

El día siguiente fui al restaurante hindú, donde obviamente me dijeron que no recordaban nada, y tras insistirles en que repasaran el contenido de la caja registradora, sentí como si una losa cayera sobre mi cabeza.

Aún lo recuerdo, y han pasado casi seis meses. Nadie aguanta dos años clavado a una pared. Aunque si se encargan de desinfectar tus heridas y de alimentarte, quizá puedas vivir mucho tiempo.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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