Crujen en la pira un ejército de llamas que crepitan como fieras reclamando su tributo de la carne del hereje que suplica a sus demonios que le libren del suplicio de sufrir como el Señor; Claman sus vecinos que se cumpla su destino de pagar por su pecado y que arda como tea mientras braman los tambores y chirrían las zampoñas anunciando con sus truenos el fatídico final. Sólo le podría liberar de su castigo un milagro desde el Cielo del que antaño ha renegado pero una vez que el ritmo de la muerte está en las manos de los hombres que le acusan nada se puede esperar. Suenan campanas de muerte en la aldea y la danza macabra de llamas y huesos se funde en el aire con humos y lluvia; Lenta y pesada se aleja la plebe volviendo a su mísera vida vacía que han olvidado por un sólo instante oliendo a inocente, a odio y a fuego.
-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero (1996)
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2011-05-08