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Un naufragio personal

Desde ayer

Lo leí el otro día en el periódico: «Fin de la amenaza del Torturador del Cutter».

El artículo era extenso, de unas seis o siete páginas, con fotos, dibujos y testimonios de gente involucrada en el asunto. Era sorprendente el despliegue de medios que había culminado en aquella investigación. Si la policía funcionase igual, otro gallo nos cantaría, pensé.

A la izquierda de la primera página había una tabla cronológica, donde se detallaban con fecha, hora y lugar todos los crímenes cometidos por el Torturador del Cutter, en letra a 9 puntos, relatados con la frialdad del forense de guardia. Uno, dos, tres... catorce, hasta el momento de su detención. Varias páginas más adelante había otras tablas, análisis estadísticos y hasta un retrato robot del asesino.

El cuerpo de la noticia lo integraban las declaraciones de dos especialistas criminólogos, que habían estudiado las técnicas del homicida, y de un médico psiquiatra, analizador de la personalidad del sujeto. Resultaba fascinante leer las conclusiones a las que habían llegado. Aún no le conocen, acaban de atraparle, y ya saben todo sobre su infancia, su vida y su historial delictivo. Y al pie de la segunda página salía el monstruo en el momento de su captura. Vaya expresión. Tenía la boca torcida y los ojos encendidos, con el gesto de rabia de Aquiles matando a Héctor, o de Leatherface desollando a su víctima. No obstante, había algo de humano o de animal racional o de niño grande en esa mirada exorbitada: se diría que no es culpable, que es todo un montaje. Pobre hombre. Quién sabe qué estaba pensando en el momento de la fotografía. En su envoltorio marginal parece gritarnos a todos que nos odia.

Pero donde se llegaba realmente a sentir horror era en la reconstrucción de sus catorce atrocidades. No consigo imaginar la preparación que requiere ser integrante de un equipo de investigación capaz de elaborar un informe tan pormenorizado. Junto a las descripciones (sin escatimar en detalles explícitos) se acompañaban dibujos a lápiz, de trazo difuso, donde se ilustraba al asesino con su herramienta y a las víctimas sufriendo, unas desnudas, otros vestidos, en las retorcidas posturas deseadas por su verdugo. Estaban todos: la chica del autostop, el ciclista, las dos ancianitas, los gemelos...

¿Cómo pueden llegar a saber todo esto?

Pero releído con cuidado se pueden intuir inexactitudes, no se sabe bien si motivadas por un simple error de cálculo o por la necesidad de dar una explicación, cualquiera que fuese. No son demasiado creíbles las razones por las que el asesino pudo ser encontrado tan lejos de la última de sus bestialidades, tan sólo unas veinte horas después de haberlo cometido. Suena un poco a camelo la insistencia en un móvil sexual en todos ellos, e incluso la quinceañera de la discoteca estaba más entrada en carnes que la que aparece boca abajo en el dibujo. Pero hay un fallo aún más importante, que me hace recapacitar: cómo han sido tan eficaces al calcular la hora de las muertes, la zurdez del asesino o su peso aproximado, y sin embargo no han sido capaces de diferenciar un cutter de un formón.

El titular dice «Fin de la amenaza del Torturador del Cutter». Si debe ser así, que así sea. Ayer mismo he tirado mi formón al río. Se hundió como una piedra inocua, como si fuera inocente.

Este relato fue perdedor del concurso FNAC Un día para narrar del 23/24 de Noviembre de 1996.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero. Monstruos

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