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Un naufragio personal

Destierro tan apartado (prólogo de un libro que se perdió)

Pese a estar ahora convencido y a haber ganado la lucha contra mí mismo que me ha impedido retomar esta actividad, se me hace muy difícil volver a presentarme sin tener la sensación que tanto he temido. La debilidad casi enmudece mi mano sobre el papel, no por enfermedad o hambre, no por indecisión o falta de algo que contar; es como se sentirá el ingeniero que ve hundirse el puente en cuya construcción ha gastado su vida, o el rey que en el exilio trata en vano de entender en qué falló. No he sido ninguno de estos hombres, y a menudo he reído con desprecio la desgracia del que pierde todo, cómodo en la creencia de estar libre de sufrir males de esa índole.

Comencé mi vida de marino a la edad de trece años en que me embarqué como grumete; tal ha sido mi dedicación al mar que no recuerdo nada de mi vida anterior, y he llegado a dudar que antes de pisar cubierta hubiese tenido conocimiento. A los veintidós ya era capitán de barco, y siendo mi codicia aún mayor que mi arrojo, fui pirata casi desde entonces. No ha habido mar o puerto donde mi nombre no hallase comentario ni corte donde mi mención no estremeciese, ni ha habido mujer que no amara ni botín del que no hiciese uso en tierras que pocos hayan osado hollar.

Son pocas líneas para la vida de un hombre; sin rasgos diferenciados, esa vida podía ser la de cualquiera. Los acontecimientos concretos son los que hacen a un hombre lo que es, y eso es lo que he perdido.

Aún quedan en la playa restos de velamen y de jarcias y vienen y van maderos carcomidos por el salitre. Hace algo más de un año que mi barco se partió frente a estas costas. En él perdí compañeros, perdí riquezas, perdí poder; pero perdí lo más valioso que un hombre posee. Es duro verse sólo y sin oro, pero en esta isla olvidada nada de eso me es necesario. Durante mis tantos años de viajes, luchas, correrías y pendencias he narrado todo en un diario de papel ya entonces amarillo por el tiempo y la intemperie.

Creo recordar que en la lucha que mi barco tuvo con el mar, deseé por encima de todo salvar mi vida. Recuerdo el chillido ensordecedor del palo mayor, el ulular del viento y los gritos de aguerridos marinos tratando de hacerse con el control del navío enloquecido, y sólo pensaba en escapar vivo. No soporté la tensión y até mi cuerpo a dos grandes toneles vacíos. Con aquello creí salvarme, pero sólo sobrevivió mi cuerpo, pues mi pasado, encuadernado en piel de vacuno, quedó allí, quizá rodando de un lado a otro de mi camarote, quizá empapado, quizá destrozado. Al amanecer, estaba en la playa y ya no era nadie.

Apenas recuerdo nada. Nunca fui bueno para recordar; por eso escribía los acontecimientos al papel, pues de alguna forma los perpetuaba y los expulsaba de mi cabeza. No me acuerdo de hechos concretos pero sé que fui malvado. Claro que lo era, aunque mejor debería decir que mi característica era que no temía a nadie o que era valiente, ambicioso e irresponsable. He pecado. Pero, ¿cómo ser castigado por unos crímenes que desconozco, cuyo único registro está en el fondo del mar? ¿Se libera un hombre de su carga cuando pierde su vida como la he perdido yo?

Algunas veces paseo por la orilla y espero que aparezca entre la espuma. El papel no es pesado como el metal, de alguna forma puede verse empujado por las corrientes marinas y llegar aquí, como he llegado yo o todo este escombro astillado que lacera la orilla. Paseo y a veces quiero que esté, pero otras no, porque igual me descubre cosas que no deseo. Quizá entienda que he sido un monstruo, que he sido un demonio de maldad; quizá vea relatados con truculencia mis crímenes y excesos y me espante de mí mismo. Pero eso no sería lo peor, puedo aparecer de otra forma, más humano o más débil, o puedo encontrar unas palabras vanas y unas frases mal construidas, como el diario de un estúpido o una labradora, que no correspondan al ideal de relato apasionante que, inevitablemente, he recreado en mi memoria.

Todos estos miedos pasan por mi cabeza cuando este sol que no quema está en el cénit. Pero hay un miedo aún más grande, y que me recluye en el interior de la isla durante varios días cada vez que me asalta. Sueño, o imagino, que encuentro el diario. Abro sus páginas y en ellas no hay nada, sólo salitre y restos de algas, porque su contenido se ha borrado, o porque realmente nunca hubo nada ahí; o abro sus páginas y en ellas leo glosadas, de forma fascinante o aburrida o indiferente, las aventuras de un marino que no soy yo. Quizá esta última posibilidad sea la peor. Leo esas páginas y descubro que he estado viviendo la vida de otro, que he usurpado los acontecimientos provocados por alguien a quien no conozco, del que oí hablar de niño o en mis últimos minutos a bordo.

Cuando descubrí mi desgracia juré no escribir jamás. Que mi vida se pierda, me dije, qué importa. Pero ahora ha pasado el tiempo y querría escribir los pocos restos que queden en mi mente de todo aquello. Es obvio que nunca será igual en extensión ni en detalle ni probablemente en veracidad; pero ya es ímprobo el esfuerzo que dedico a estas breves reseñas para empañarlo aún más con lamentaciones.

Quiero haber sido el pirata que llegó a un puerto de edificaciones blancas que trepaban por una suave ladera, con puentes de madera al fondo y ropas blancas y azules tendidas, con olor a preparados de cuero, camellos y camelleros taciturnos y cargamentos de frutas olorosas. Aquél pirata que hubiera hecho atracar su barco sigiloso como disimulando, con pabellón falso y el vientre ardiente de hombres con sed de riqueza y falta de escrúpulos, hombres que como uno sólo saltaran a tierra haciendo probar su acero a aquél que apareciese delante. Vino y carnes, sangre y especias, para los vencedores de la invasión a un puerto sin nombre.

El mismo capitán que afrontó un doloroso motín de sus compañeros más afines y que con dureza torturó hasta la muerte al cabecilla cuyos restos colgaron de estribor hasta que las bestias marinas hubieron dado cuenta de sus vísceras. Y una sucesión de imágenes de barriles, relojes, escalas de cuerda, timones, salpicaduras y olas, espadas, pescados en salazón, sacos de arroz y lino, lenguas extranjeras y mujeres exóticas, palabras de aliento, vómitos, risas, borracheras, astrolabios, pesadillas, todas formando parte de una galería de retratos caducos y embotellados, tan inciertos como la existencia de Dios o de las parcas trazadoras de vidas en un tapiz.

Qué importa lo que haya sido, aquí en mi aislamiento. Puedo ser lo que quiera siempre que tenga un final en esta isla. Puedo extender la vista al cielo y ser un hombre o todos ellos o el espíritu de un barco, que ha llegado a la playa junto a sus desmembrados jirones de madera. Tantos años de destierro... mirando al vacío y escuchando los sonidos de la jungla, parece como si la gente nunca hubiera existido.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero. Monstruos

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