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Un naufragio personal

El cuélebre

Una tarde extraordinariamente lluviosa nos arrastraba hacia temas misteriosos o macabros. Debía ser Febrero o Enero; no hacía frío, pero la oscuridad prematura que producía el aguacero hizo que los soldados nos refugiáramos al amparo de unas cervezas y tabaco negro. Antonio y yo estábamos sentados en una de las camas, Luis en una de las sillas, Fidel en el suelo, y Julio tumbado en la litera superior, sin prestarnos atención. Hablaba Fidel muy deprisa, como siempre, y nos contaba algo que había ocurrido en su pueblo, en la sierra de Segovia. No consigo recordar en qué consistía la historia, en parte por haber sido el último en llegar, en parte porque no me interesaba. Era una historia de fantasmas; Luis, siendo mayor que el resto y licenciado, siempre se apuntaba a aquellas tertulias como abogado del diablo, y discutía todo lo que se decía, estuviese de acuerdo o no. Antonio también solía hablar mucho, aunque era bastante más ameno en su relatar; no obstante ahora escuchaba silencioso la historia inverosímil de Fidel.

Terminó su historia y ninguno nos sorprendimos del final; alguien comentó la falta de imaginación de las historias castellanas frente al colorido de la mitología gallega o asturiana. Julio, silencioso como siempre era, se inmutó al oír hablar de su Asturias; arrastraba consigo siempre una amargura insondable, que se acentuaba cuando se nombraba Avilés o sus alrededores.

- Castilla es un desierto - dijo al fin - y en los desiertos no hay duendes.

Luis intentó burlarse, pero Julio no atendía a juegos verbales. Fidel pidió mi opinión de su historia, conocedor como lo eran todos de mi afición por el dibujo de seres monstruosos y coleccionista de historias macabras. El cuento no había sido sugerente, y emití un juicio sobrio, intentando no mostrarme desdeñoso. Julio se rió de mi opinión.

- No sabes nada - dijo, volviendo a tumbarse boca arriba, mirando al techo - La gente te pide opinión y no tienes ni idea. Dibujas monstruos, pero no conoces lo que hay en mi tierra.

- ¿Qué hay en tu tierra? - le respondí.

- Seguro que no sabes dibujar un cuélebre.

- ¿Qué es un cuélebre?

- ¿Ves? Ni idea.

- ¿Qué es un cuélebre?

- En Asturias viven los cuélebres. Viven bajo tierra, en las mismas cuevas que las hadas, y cuidan de sus tesoros.

Creyéndome experto en la materia, en seguida asocié al cuélebre con la palabra «culebra» y según su descripción, parecía la versión asturiana de los dragones nórdicos, que viven en cuevas y custodian tesoros.

- Seguro que no dibujas un cuélebre - insistió.

- Seguro que sí. Lo vas a ver.

Me retiré al fondo de la camareta y tomé papel y bolígrafo. Comencé a dibujar, rápidamente, una especie de dragón gótico, intentando darle algún matiz diferente u ocurrente. La conversación del resto derivó a otros derroteros; cuando hube terminado, sólo quedaba allí Julio, en la misma postura, saboreando un cigarro.

Le mostré mi dibujo, confiado de mí mismo.

- ¿Es algo así?

Se incorporó trabajosamente y miró. Su cara no mostró ningún cambio; un momento después, se volvió a tumbar.

- Eres idiota. Se ve que sólo conoces esto de oídas.

- Cuéntamelo entonces, tú que tanto sabes - tanta soberbia empezaba a molestarme - Seguro que yo he visto tantos cuélebres como tú.

- Se nota que eres de la meseta - Se sentó en la cama, intentando buscar su registro serio o culto y buscando palabras que encajaran - La magia que hay en todo esto hay que mamarla, no vale leerla en los libros. En mi pueblo hay fantasmas y duendes, y hay hadas y cuélebres, y no se les conoce mejor o peor por haberlos visto. Todo el mundo sabe que existen, como saben que hay otra costa al otro lado del mar, que no puedes ver, pero a la que puedes llegar, después de navegar mucho.

Se levantó de un salto de la litera y empezó a ponerse su guerrera, pues ya era casi hora de ir a cenar.

- Mi hermano y yo vimos un cuélebre en el bosque. No era como tú lo has pintado, ni siquiera como nos lo habían contado. De pequeño me hablaron del Nuberu, de las hadas y de un montón de cosas más, que permanecen contigo hasta que creces dejándolas dormidas. Y si luego tienes la oportunidad de conocerlas en la realidad, te das cuenta de lo distinto que son respecto a lo que habías imaginado. Eso pensaba yo cuando vi al cuélebre. Más que una especie de lagarto, parecía un hombre muy largo; caminaba como hombre, aunque arrastraba tras de sí como una enorme cola, y su cabeza colgaba sin fuerzas como sujeta por un tercer brazo que surgiera de su cuello. En sus andares parecía una vaca o un becerro por lo torpe y lento, y llevaba al hombro un saco. Mi hermano me dijo lo que estábamos viendo y que lo que cargaba era un tesoro de cuélebre.

Debí poner gesto de incredulidad, porque prosiguió:

- Veo que no te lo crees, pero me da lo mismo. El cuélebre pasó muy cerca de nosotros y nos miró, yo creía que me moría de miedo. Pero su cara no era algo horrible, era como la cara de una vieja muy vieja y muy triste. Yo me fui corriendo y dejé allí a mi hermano, que tuvo el valor de quedarse. Llegué a mi casa y me escondí en mi habitación hasta que llegó mi madre y me acostó.

- ¿Y qué más pasó?

- Mi hermano llegó muchas horas después, cuando yo ya me había dormido, y mi padre le pegó una paliza. Lloriqueando se acostó, y cuando le pregunté qué había pasado, me dijo que había ido con el cuélebre a su cueva y que le había regalado un tesoro pequeño. Cuando le pedí que me lo enseñara, me dijo que lo haría por la mañana. Me desperté muy pronto, pero mi hermano había ido al campo con mi padre; cuando volvieron de trabajar, ya era otra vez de noche. Mi hermano entonces me enseñó el tesoro y era una cosita hecha de ramas y piedras atadas con cuerdecitas, sin forma de nada. Le dije que me había engañado y que eso lo había hecho él. Se sintió muy ofendido, nos peleamos, y al vernos mi padre reñir, nos dio otra paliza. Se que él tiró el tesoro de cuélebre un día al pozo de unos vecinos porque sólo le traía mala suerte. Sólo una vez se volvió a hablar del tema, mucho después de la muerte de mi padre, en que mi madre nos reprochó haber robado un tesoro de cuélebre cuando niños y que eso le había traído la ruina. El día siguiente mi hermano se fue a América y no he sabido más de él.

Algo interrumpió la conversación y no vi a Julio hasta muchos días después. Su historia me había gustado, y aunque parecía que me había tomado el pelo, no tenía a Julio por alguien que fantaseara e inventara todo aquello para reírse de mí. Intenté que me contara algo más, pero parecía que aquello hubiera sido una especie de trance que le había dejado agotado y desde entonces rehusó volver al tema. Ahora han pasado ocho años que dejé el ejército, y por supuesto he perdido el contacto con toda aquella gente. A veces me da la impresión de que no me contó toda la verdad; pensando en su madre al echarles la culpa de su desgracia, pienso si quizá el hermano de Julio no robó aquel tesoro en lugar de recibirlo; o quizá es aún peor aceptar regalos de un cuélebre. Pero lo más sorprendente es que ahora sé algo más sobre cuélebres y demás mitología astur y no he leído nada parecido, los cuélebres sí son versiones locales de los dragones godos. ¿Qué vieron, entonces, Julio y su hermano? ¿Fue todo una burla, o hay ahora en un pozo, invadido de limo y musgo, un objeto hecho de cuerdas y piedras, que conoce la historia completa?

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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