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Un naufragio personal

El desertor y el lobo

El desertor permanecía agazapado entre las ruinas. Caía una lluvia leve y sorda, difuminando el paisaje de despojos de construcciones, cuerpos resecos y cráteres. Aún abrazaba su fusil, como un último recuerdo de su vida anterior, probablemente averiado del último choque, manchado de sangre ajena.

El fragor de la batalla apenas era audible, aunque los silbidos de algunos proyectiles parecían demasiado cercanos. Ya no había nadie allí. Un resplandor alumbraba repentinamente el paisaje, sea un relámpago, sea una explosión. Aquello tenía ese carácter conclusivo de las vacaciones de invierno, tan triste, tan inevitable, tan pobre.

Aún agachado, el desertor escuchó unos pasos ligeros. Entre la llovizna se movía un perro o un lobo, olisqueando las cenizas. Viendo a aquel animal, quiso recordar algo de su vida aunque fuera poco, pero fue imposible, sólo pudo sentir pesadumbre y sopor.

El lobo o perro le miró. ¿Le buscaba, le conocía? Sus ojos estaban hundidos y parecía acompañarle la misma sensación de humillación, de no entender nada, de desangrarse por dentro. No tenía dientes, sólo un desorden de carne y hueso que apenas se podía distinguir del resto de la magullada cabeza.

Al abrir su boca no salió un rugido, ni un ladrido, ni cualquiera que sea el maldito sonido que debería hacer un animal así. Era un ruido igual al sonido de la guerra, incesante, infinito, espiral. Y su forma no era tanto la de un lobo como la de otra cosa, más articulada, más híbrida, menos acostumbrada a aquel entorno, más ajena a todo. Cojeando husmeó de nuevo entre la basura arrastrando sus innumerables patas, hasta que desapareció detrás de algo, abandonando al desertor acuclillado en el barro, pensando en qué había visto, en qué cosas nacen y crecen en la inmundicia y el dolor, aprovechando que todo el mundo está ocupado en otras cosas.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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