triptico.com

Un naufragio personal

El esperado retorno

El espacio que ocupa ahora es suyo. Pavimentos perfectamente enlosetados hasta donde alcanza la vista, escaleras de escalones bajos, innumerables terrazas en múltiples planos, con jardineras donde pudo haber plantas exuberantes. Grandes torres negras, en forma de tronco de cono invertido, se alzan desafiantes hacia un cielo azul acero pintado de nubes grises. Esparcidas por el suelo, a gran distancia una de otra, están las trampillas de acceso al mundo inferior, durante tantos siglos selladas, ahora abiertas como bocas sedientas, exhalando su humedad caliente a la ciudad exterior que anhelaron.

Mientras pasea por las grandes avenidas, trepa por las terrazas (desde las que ve de lejos a algunos de sus congéneres en idéntica actitud), sube a los incomprensibles aposentos de las torres, con sus enseres, sus muebles, mientras contempla todo esto, siente que ya no es el monstruo. Porque el monstruo sólo lo es en comparación con el otro, y ya no hay otro con lo que ser comparado. No ha sido como hubieran deseado, pero ha sido, en definitiva.

Dentro de las torres es donde aprecian más las grandes diferencias que hubo entre ambos. Las habitaciones de proporciones alarmantes, los umbrales anómalos, los pasillos sin utilidad, las claraboyas opacas, todo le humilla, aunque no alcanza a saber por qué. Y un pensamiento se atisba, al que sería injusto calificar de nuevo (pues todos, alguna vez, han tenido antes). Nadie ha hablado de ello nunca, pero en algún rincón infecto o en algún lupanar, individuos taciturnos alguna vez han compartido su inquietud, que ha hecho que su deseo principal, el de abandonar los sótanos, no fuera tan reverencial. La ciudad exterior no les sirve para nada.

¿Qué utilidad podían obtener de aquellas plazas inconmensurables, de los gráciles acueductos, del geométrico pavimento que incansable traza la planta de una ciudad que nunca se acaba, rodeada de murallas que la separan de sí misma?

Según la memoria de los más viejos, su raza siempre había planeado y esperado el momento en que desatrancarían las trampillas y se lanzarían a la invasión de la ciudad exterior. El plan era un fin en sí mismo y en él se basaba la preparación de cada uno de los individuos. Nadie tenía recuerdo de los enemigos habitantes de la ciudad exterior, nadie los había visto ni oído nunca, pero el odio era tan inmenso que los había mantenido unidos en el gran proyecto de la salida.

Ahora que estaban fuera, allí no había nadie, sólo infinitas extensiones cíclicas de torres, terrazas, escaleras y murallas, cubiertas de polvo y mugre, abandonadas a su suerte. ¿Dónde estaban sus habitantes? Nadie lo sabe. Quizá desaparecieron hace tiempo, quizá su civilización se colapsó de alguna forma. Pero el cadáver de la ciudad no es una masa corrupta, es un esqueleto en perfecto estado de conservación, cada piedra, cada ladrillo, cada objeto, en su estricto orden. No ha habido ningún combate. En la ciudad exterior, un día hubo habitantes, y al otro no.

Y ninguna epidemia acabó con ellos, porque no hay ningún resto. A no ser que el tiempo haya deshecho tanto sus cuerpos.

Resulta tentador también pensar que abandonaron la ciudad, si no fuese por que no hay otro sitio donde ir. Igual en algún lugar remoto, en alguna torre aún no visitada, quede un último puñado de habitantes descastados.

Viendo la configuración de los edificios y de sus estancias, cuesta creer en la insistente idea, tantas veces repetida, de que entre ambas razas había grandes semejanzas.

Hay una teoría que dice que los habitantes de la ciudad exterior siguen ahí, pero que han llegado a ser tan diferentes que ya no se les puede ver, y que ya los enseres y las calles y las alcobas les sobran. Pero eso es como decir que ya no existen, o como decir que el trabajo inmenso de edificar la ciudad no ha servido de nada, y también de algún modo es aceptar que en algo se les parecen, que es en habitar un lugar absurdo. Otra dice que nunca hubo otros habitantes en el mundo que su propia raza, que la ciudad exterior era de su propia factura, y que por alguna idea o proyecto equivocado, ahora olvidado, se abandonó la superficie para habitar los húmedos y sucios sótanos, después de elaborar concienzudamente unas construcciones inútiles, también producto de otro proyecto erróneo.

Apoyado en una compleja balaustrada pensó que todo es un ciclo, que no es la primera vez que se sale al exterior, se percibe que éste no es lo que se esperaba, se vuelven a sellar las trampillas para no volver a caer en la tentación de salir, se olvida todo y se vuelve a proyectar una invasión al exterior opresor, y quizá estaba en lo cierto. Pero una suave y agradable brisa le acarició el rostro y se abandonó a la contemplación de la belleza de la geométrica silueta de las torres recortándose sobre la forma indescriptible de las nubes.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero. Monstruos

Related

Visitor comments