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Un naufragio personal

El hombre que se fugó con Paloma

Había tomado su decisión sin dudarlo un momento. Era cierto que su matrimonio no había sido ineficaz, y quería a sus hijos, por supuesto. Pero aquella mañana se había despedido para siempre de su mujer y sus hijos sin que ellos lo supiesen porque había tomado una solemne determinación.

Hoy, al final de la jornada laboral, se fugaría con Paloma. Paloma era la encargada del departamento de almacén; sus ojos eran negros, su cuerpo bien formado, pero nada en ella llamaba a la pasión o al deseo. Ni siquiera la amaba, y ella indudablemente no le amaba a él. Entre ellos compartían una especie de hastío incomprensible, un aburrimiento universal, que los hacía creerse cómplices de una escapada insensata.

El día fue terminándose como siempre, sin motivo aparente, como apresado por una inercia imposible de vencer, y la hora de la fuga fue llegando como tantas otras cosas. En el reloj de la pared dieron las siete. Todo el mundo fue recogiendo apresuradamente, excepto ellos, que guardaban sus papeles sin prisa, como esperando alguna gran razón, para cambiar los planes, o para no cambiarlos. En el pasillo se encontraron; él llevaba ya su chaqueta, y bajo el brazo su ajado portafolios. Ella aún no había terminado.

- ¿Vamos? - Dijo él.

- Espera, cierro con llave el armario, cojo mi abrigo y nos vamos.

El esperó bajo la mortecina luz del pasillo; podía escuchar los golpes que Paloma daba al armario de acero, que nunca se cerraba bien. También la escuchaba murmurar.

Cuando la vio aparecer ya llevaba el bolso y el abrigo. Nadie quedaba en la oficina, y les tocó cerrar y bajar los plomos.

Bajaron los 22 pisos en el ascensor sin mediar palabra, sin apenas mirarse. Todo parecía como siempre, como un día más, pero la trayectoria era diferente; bajaron al garaje, y subieron al coche de él.

- ¿Pongo música?

- Bueno...

Salieron de la ciudad casi sin hablar. Sin rumbo fijo tomaron la carretera de salida de la ciudad más cercana, mientras la música sonaba sin ganas, descorazonada, a punto de desmayarse. Ya era de noche; los faros iluminaban un asfalto solitario y sin destino.

El hombre tenía un nudo en la garganta. No se sentía culpable ni añoraba lo que estaba dejando atrás, pero esta fuga había sido durante mucho tiempo la única razón en su existencia, y ahora había descubierto que tampoco significaba nada. La mujer que a su lado miraba ausente por la ventanilla era una absoluta desconocida, de la que en realidad no quería saber nada.

En un paraje solitario, frenó lentamente y aparcó en el arcén. Paloma le miró interrogante; él trató de buscar unas buenas palabras que hablasen de sentido común y de amor, pero sólo sintió unos deseos irrefrenables de estrangularla. Tragó saliva mientras ella le miraba sin exteriorizar ningún sentimiento. El quería matarla, claro que sí, era eso lo que en verdad quería. Aquella frustración sólo podía hallar salida de su pecho de aquella forma.

Salió del coche y fue al maletero a por las cadenas para la nieve. A oscuras tanteó y las encontró, frías, tintineantes, anhelando el cuello de Paloma. Cuando las blandió con ambas manos notó tras de sí un movimiento, que se convirtió en un violento resplandor fugaz y después nada.

Paloma tiró la barra de metal ensangrentada tras unos arbustos. El hombre yacía en el suelo, con los ojos abiertos y la cadena aún en las manos, con la cara iluminada por algún coche que venía y se alejaba fugazmente. Apenas sabía por qué lo había hecho, pero no se arrepentía, porque nunca había sentido nada por aquel hombre, del que casi no podía recordar ni cómo se llamaba. La música aún se oía; era igual de melancólica e insoportable que siempre, un zumbido monótono sin rumbo.

Sin mirar atrás, echó a andar hacia algún sitio más allá del cambio de rasante.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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