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Un naufragio personal

Espiral

Espera. Los autobuses pasan ante él, cuatro, cinco. La gente ríe, la música se oye desde fuera. Llega un sexto autobús y ella se baja.

Se saludan. Entran en un local. Hablan de tonterías. A él le suena todo a cuento repetido tantas veces. Sus palabras salen de su boca en frases eternamente dichas, conoce dos o tres trucos que casi siempre funcionan, primero el uno, luego el otro. Todo tiene un sabor milenario, la mecánica de un rito escrito en algún libro necio por algún sabio vacío.

Yacen. Sus cuerpos desnudos son anónimos, y hay un punto máximo en que la realidad parece cambiar, pero es todo como una alucinación, como la aventura en aquel edificio abandonando en que fuera rey de algo olvidado. Se abrazan, y se dicen cosas en las que no creen, y se despiden sin ganas, hartos de interpretar de memoria papeles rancios de escritor imbécil, y no se vuelven a ver, o quizá sí, repitiendo la misma escena.

Años después él se sienta y escribe esto, y se cree que ha hecho algo distinto.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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