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Un naufragio personal

Inflexión

Apenas acababa de anochecer cuando fueron a por él. Unas manos férreas le cogieron y a empujones le encerraron en un gran cajón. No podía ver nada, sólo sentía el traqueteo del vehículo por alguna superficie pedregosa, y podía escuchar voces conocidas, pero muy lejanas y confusas. Por más que se hizo oír, no obtuvo respuesta, sólo aquel golpeteo incesante y el murmullo, apresurado y nervioso.

Con un brusco frenazo el coche paró, dando paso a un silencio pegajoso y breve. De la más absoluta oscuridad brotó una luz cegadora, de un foco o de un faro, pero que dada su condición pudo aprovechar para ver dónde estaba. Una altísima verja aparecía ante él, y un suelo húmedo cubierto de hierba. Intentó asirse a cualquier cosa, pero aquellas fuertes manos le zarandearon y le arrojaron por encima de aquella verja. Vió brillar las puntas de lanza rozándole el vientre y se dispuso para tocar el suelo. Afortunadamente, no hay altura que sea problema para un gato.

Con las patas ya sobre la hierba, y escuchando alejarse el coche, intentó comprender qué había pasado. Le habían abandonado. La añoranza de los juegos con los niños y del calor de su cesta intentó asaltarle, pero los gatos deben ser pragmáticos y no perder el tiempo con nimiedades, así que los borró para siempre de su memoria y decidió investigar aquel lugar para estudiar cómo iba a ser de difícil su nueva vida.

La verja era muy alta, y cubierta por una red metálica y alambre de espino. Obviamente, por ahí no había nada que hacer, y se alejó trotando, sintiendo la humedad en sus almohadillas quizá por primera vez, escuchando los cientos de sonidos de la noche libre.

Los gatos ven bien de noche, y su oído está muy preparado. Pero él no estaba habituado a esto. Antes era muy fácil, y sintió un vértigo al imaginarse el día a día, buscar comida, pelear por el terreno. Demasiados ruidos, demasiado frío, pero su orgullo felino le obligaba a seguir.

De pronto sintió que no estaba solo. Claro, en el campo nunca se está solo. Pero era una presencia semejante a él. Alastró las orejas y pudo escuchar pasos a ambos lados.

Dos machos, uno era grande y de pelo largo y marrón, de ojos penetrantes y despiadados. El otro era flaco pero fuerte, negro y blanco, y con una profunda cicatriz en el morro. Ambos mostraron sus dientes, y pudo oler sus alientos tórridos y húmedos. Había invadido su terreno.

Intentó no desatender ningún flanco, y tensó sus dedos para mostrar sus uñas. Erizó el lomo, quizá por primera vez. Pero también sintió algo nuevo, el miedo, como una angustia en el estómago, como un palpitar en sus sienes.

El macho grande atacó primero, impidiéndole reaccionar a tiempo. Sus patas flaquearon ante el enorme peso y ambos rodaron por el suelo, mientras el otro aprovechaba para saltar encima también, en una maraña de gruñidos y maullidos.

No podía derrumbarse. Desesperadamente se debatió y sintió cómo el grande se separaba de él, permitiéndole respirar con más libertad, mientras el flaco le clavaba sus uñas en los cuartos traseros con saña. Notó las uñas frías abrirse paso en su carne, y como un resorte lanzó sus pies hacia atrás. Su enemigo se desclavó desgarrándole la piel, pero sintió un fuerte golpe en la cabeza, fruto de otro ataque por el lado que no vigilaba.

Varios pares de uñas silbaron muy cerca de su cara, y muy dificultosamente logró salvar sus ojos. Se agazapó para ocupar el menor espacio posible y se catapultó hacia arriba para intentar escapar. El gato marrón se hizo a un lado asustado, pero el otro se mantuvo tenso esperando su caída y le regaló un mordisco en un costado.

Tras revolverse de nuevo consiguió despegarse de sus agresores y poner varios cuerpos por medio. Les mostró sus dientes, a lo que respondieron con el mismo gesto. Nadie se movía. En la lejanía, tras unos arbustos, vió rostros y orejas de hembras, y pudo sentir un olor dulzón a crías. Se volvió repentinamente y se alejó. Nadie le siguió.

Según bajaba la tensión, llegó el dolor de sus heridas. Bajo una gran piedra se sentó y comenzó a lamerlas. Sangraban mucho, pero aunque también eran nuevas para él, las sintió como un alivio porque había salvado su vida. Ya curarían. Volverá a salir la uña rota.

Mirando de nuevo atrás, aún podía ver la verja ya lejos, y algo más cerca, podía imaginar a los propietarios de aquel terreno, lamiéndose a su vez sus heridas, aunque no veía a ninguno.

Se sintió solo, pero aquello no duraría, pronto cubriría hembras y cazaría, porque de eso está hecha su carne. Y algún día expulsaría de su terreno a otros intrusos. Aún quedaban muchos sudores y mucho aprendizaje, un comienzo tardío pero inevitable. Necesitaba tiempo. Y comer, tenía hambre, ahora que estaba más tranquilo. Pero no esta noche. Estiró sus patas, luego su lomo, y durmió, y soñó con el torbellino de novedades que le esperaba.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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