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Un naufragio personal

La culpa del superviviente

Publicado en Pescando Palabras y Redes

Acababan de cumplirse tres meses desde el accidente cuando me dieron de alta. Listo para volver, decía el doctor, y casi curado del todo, decía el fisioterapeuta. Salvo por mi oído derecho inservible y el tener que usar un bastón para andar (lo que me daba cierto aire de dandy victoriano, solía bromear entonces) se me podía considerar un elemento recuperado. Ignorando el dolor, claro, pero eso también tenía solución, porque de nuevo las sustancias químicas volvían a ayudarme a hacerlo todo más llevadero. Así que era el momento de cerrar un asunto pendiente respecto a mi amigo Martín.

Mi amigo Martín ya no estaba, igual que su novia Valerie y el descerebrado de Jesús. Todos ellos murieron en el accidente, el mismo que ahora me hace arrastrarme como un viejo y estar hasta las cejas de calmantes. Hay varias cosas que se dijeron de aquello que no son ciertas y hay un puñado de sentimientos que voces en mi cabeza que tengo que silenciar. Jodido Martín.

Como sabes, porque salió en los periódicos, cuatro amigos, tres chicos y una chica, se habían estrellado con el coche yendo borrachos como cubas. El vehículo había invadido el carril contrario atravesando la mediana, arrastrando a un motorista (que se libró con solo heridas leves) y golpeándose contra un árbol para acabar hundiéndose en el Jarama, que aquel día iba cargado de agua (cosa rara).

Los testigos oculares (qué gracia me hace esa expresión) dicen que uno de los chicos, ensangrentado, había conseguido sacar a dos de sus compañeros del agua mientras se esperaba la llegada de ayuda. Lamentablemente ninguno de los dos, ni por supuesto el que se había quedado sumergido, había sobrevivido al accidente. Cuando salí a flote ya estaban allí las ambulancias y me desmayé a sus pies, aturdido por el ruido y las luces, no sin antes darme cuenta de que ya me recibían como a un héroe.

Más tarde conté que había sido Jesús el que conducía, y que pese a que le habíamos insistido en que no debía coger el coche tan borracho como iba, nos habíamos montado con él, irracionales y estúpidos. Después del brutal choque me había despertado mientras el habitáculo se llenaba rápidamente de agua y había sacado a los que podía hasta que me abandonaron las fuerzas. Pero eso no era verdad. Y eso solo lo puede saber quien hubiera conocido a Martín.

Martín era un triunfador. Habíamos crecido juntos desde niños y era extremadamente eficiente en todo lo que emprendía. Ambos compartíamos aficiones y estudios, pero mientras que para mí cualquier nueva actividad suponía un esfuerzo de dedicación y aprendizaje para conseguir un rendimiento diminuto, para él todo era fácil y me superaba ampliamente en todo lo que hacíamos. Yo le odiaba. Me comparaba con él a todas horas y sentía que todo el mundo hacía lo mismo. Hijo de la gran puta. Me sobrepasaba en todo sin ningún esfuerzo. Y por supuesto, como no podía ser de otra manera, ocurrió lo mismo cuando Valerie entró en nuestras vidas.

Ella vino de Francia a estudiar unos meses y desde el momento en que apareció en mi clase por primera vez me enamoré de ella. Nos hicimos amigos, y por un tiempo creí que ella iba a acabar sintiendo lo mismo por mí hasta que le presenté a Martín. Qué mala idea. En menos de una semana ellos estaban saliendo. Cada vez que íbamos por ahí a emborracharnos juntos para mí era una tortura. Qué fácil le resultaba la vida al muy hijo de puta.

Siendo como era Martín, cuando tuvimos el accidente no fui yo quien fue sacando uno a uno a los ocupantes del coche, sino él. Cuando desperté al volante (sí, al volante, el tarado de Jesús estaba durmiendo la mona en el asiento del acompañante y creo que nunca se despertó) estábamos completamente sumergidos. La borrachera se me pasó al instante y vi que Martín ya había sacado a Valerie y que volvía a por nosotros. Noté cómo agarraba a Jesús por las axilas y le sacaba por la ventanilla. Yo me quedé allí, bloqueado, aún sujetando el volante con ambas manos, notando en los ojos el roce del agua embarrada. Deseando morir, sinceramente. Poner fin a una vida de esfuerzos vanos y dejar que otros, los más aptos, sobrevivieran.

Pero Martín tenía que arreglarlo todo y volvió para sacarme. Cuando abrió la puerta sentí que tiraba de mí y le golpeé con todas mis fuerzas en la cara. Se quedó inmóvil de inmediato. Salí como pude y le dejé allí, flotando como un trapo. El resto, las ambulancias, los vítores, el desmayo, ya está contado y no hay nada más que añadir.

Así que mi primera visita a la salida del hospital fue a los padres de Martín. Me acogieron calurosos, triunfadores también ellos, en su enorme casa repleta de recuerdos del hijo perdido, el heredero del éxito, la vida truncada por la desgracia. Recordé la pocilga en la que había crecido yo, huérfano de madre y carente de padre, y la comparé con aquella mansión espaciosa y resplandeciente. Hijos de la gran puta.

-Necesito sincerarme -dije, aclarándome la garganta mientras jugueteaba con mi bastón de puto lisiado-. Ya no puedo callarme, hay una mentira que no puedo soportar ni un minuto más. Tengo que contarles algo sobre el accidente y sobre su hijo Martín.

Ellos, sentados frente a mí en un sofá, cogidos de la mano, me miraban con los ojos enrojecidos. Querían oír una última alabanza, un bálsamo para hacer más llevadera la pérdida, así que se acercaron levemente hacia mí, y tras respirar hondo, dije:

-Conducía él.

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