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Un naufragio personal

La persecución de un tal Johann

(Título original: The Pursuit of one Johann, aparecido por primera vez en la revista de esoterismo The Black Eye, número 134, de 1990)

Antes de relatar los pormenores de tan inusual investigación, quiero quitar de mis espaldas la totalidad del mérito de este trabajo; se trata de la labor de un equipo realmente extenso, cuya inestimable ayuda agradezco sobremanera. Sobre todo, quisiera nombrar a mis colaboradores Franz Otto Linbrock, en Zurich, a Philippe Battau, estudioso de historia de la música, y sobre todo, al en extrañas circunstancias desaparecido Stanislav Wladimirevich Kerenski, periodista de Pravda y gran amigo mío.

Tal vez en los últimos años ha asaltado nuestras almas un enfriamiento frente a la avalancha de noticias sobre masacres y carnicerías acaecidas en el mundo; este enfriamiento evitó que ciertos hechos ocurridos al sur de Polonia no trascendieran de ser otra noticia más de la edición nocturna de los informativos televisados. No puedo evitar transcribir el acontecimiento tal y como los diarios lo transmitieron. De TV5 Europe, tercera edición, día 14 de Julio:

"En la madrugada de ayer, en la periferia de la ciudad polaca de Radom, fueron descubiertos por miembros de la policía local los cuerpos sin vida de 25 personas, todas ellas sin identificar. Efectivos del cuerpo de bomberos fueron alertados por una gran columna de humo azul al tiempo que vecinos del inmueble donde más tarde se descubrieron los cuerpos avisaron al cuerpo de policía tras escuchar una serie de ráfagas de metralleta. El comisario encargado de la investigación del caso no ha querido hacer declaraciones hasta un mayor esclarecimiento de los hechos. Sin embargo, fuentes fidedignas nos informan de la posibilidad de una caza de brujas de algún movimiento comunista radical, presionado por la corriente de occidentalización del gobierno polaco."

El oscurantismo de la noticia y su afán desmitificador tan poco hábil fue la principal causa que me hizo recapacitar sobre el asunto. Al día siguiente, en los diarios de la mañana, la noticia aparecía tan o incluso más abstrusa: un diario calificó el hecho de «ajuste de cuentas»; ninguno de ellos coincidía en el número de muertes. Otro afirmaba que el acto había ocurrido a media tarde.

Ante esta disparidad de información, de inmediato esperé la llamada de mi amigo Kerenski, de Pravda, hecho que se produjo tan sólo hora y media después. Me llamó desde Polonia; por lo visto, se había trasladado allí nada más escuchar la noticia. Su mensaje, como siempre, cargado de misterio: me instaba a trasladarme inmediatamente a Radom en el primer vuelo que estuviese disponible.

No demoré mi viaje. Volé toda la noche hacia Varsovia, para de allí tomar el tren hasta Cracovia, donde él me esperaba. Una vez en el hotel, recibí un mensaje suyo: estaba de nuevo en Radom, pues había descubierto otro hecho extraño. El kafkiano Kerenski estaba de nuevo sobre otra pista sobrenatural, en caso contrario no podía explicarme tanto interés.

Una vez en Radom, pude encontrarle. Le ví inusualmente nervioso y alterado. Con su inestabilidad, me relató todo lo que había descubierto.

Según los vecinos, en aquel apartamento se celebraban periódicamente reuniones que uno de ellos calificó de sectarias; no obstante, nada podía afirmar al respecto, solamente el hecho de que la columna azul referida en los informativos fue emanada por algo cuyos restos calcinados fueron encontrados en el patio. Todos coincidían en que había cierto alboroto previo a las ráfagas de metralleta; una vecina afirma que siempre que se reunían se escuchaban gritos y un gran escándalo. Sin embargo, un hombre mayor, de unos 65 años, que en aquel momento se hallaba paseando por las inmediaciones, dijo que tras escuchar las ráfagas vió salir dos figuras de la casa; uno parecía eslavo, alto, rubio, de pelo largo; el otro era más bajo, moreno, con poco pelo, y parecía huir de allí forzado por el otro, pues gritaba en algún idioma desconocido algo que por el tono calificó de súplicas. El cadáver de este hombre fue hallado dos manzanas más al norte, muerto de un disparo en la sien. Kerenski dió mucha importancia a este hecho y a que no fuese relatado en las noticias; yo lo achaqué a la desinformación típica de los países comunistas, afirmación que a mi amigo no le gustó nada.

Acto seguido me llevó hasta la casa. Atravesamos una puerta de madera apolillada y bajando unas escaleras húmedas me condujo a la planta baja. El piso era todo una pieza; no había habitaciones, ni siquiera se ocultaba un retrete sucio y roto. Sobre el suelo, y con tiza, estaban dibujados las siluetas de los cadáveres. Dadas las grandes dimensiones de aquel sótano, había muchos dibujos en el suelo; a ojo, pude contar realmente muchos mas cuerpos que los relatados en los diarios. Algunos aparecían mutilados, ciertamente había varios en los que era difícil imaginar una forma humana. Pero sin conceder demasiada importancia a ésto, mi amigo me condujo a través de una pequeña puerta.

Nada más atravesarla, un fuerte olor a algo parecido a azufre golpeaba los sentidos; era el patio, de cemento, sucio de humedad y desperdicios, en cuyo centro había restos de una hoguera.

Según Kerenski, en aquel amasijo de cenizas azuladas estaba la clave de todo, pero aún no tenía ni idea de cual era. Siempre había sido un periodista movido por su instinto, realmente, pocas veces le ví equivocarse.

Yo sugerí, al observar la apariencia de aquellos restos, que lo quemado allí habían sido libros, o papeles, o algo formado por láminas finas. El asintió en silencio.

Tras una noche corta, volví temprano a las inmediaciones del inmueble, dejando a Kerenski en el hotel. Compré la escasa prensa que pude encontrar pero en ninguno de los ejemplares pude leer nada sobre el asunto; parecía olvidado, parecía que nunca había existido.

Al husmear por allí, alguien me tiró del abrigo. Era un chico desharrapado, sucio, delgado. En un polaco que apenas pude entender me ofrecía por unos pocos Zlotys llevarme con alguien que podía explicarme algo interesante. Sin creerle mucho, le convencí de pagarle después de comprobar si la noticia era realmente interesante. Corriendo delante de mí y parándose a esperarme de cuando en cuando, me condujo por unas callejuelas miserables hasta un portal. Allí, en la penumbra, acechando desde el umbral, había una anciana, vestida de negro, medio oculta por un gorro extraño que yo no había visto nunca. No muy decidida, me invitó a pasar.

Pese a mi escaso conocimiento del polaco, pude entenderla, aun cuando adornaba su historia con frases hechas y refranes de cuyo significado no tenía ni la mas remota idea. Me dijo que ella también vió correr a aquellas dos personas huyendo de la casa. Le pregunté que hacía ella a esas horas por allí, arriesgándome a una contestación fuera de tono. Pero sin variar su soniquete monótono me dijo que hace muchos años que no duerme; a veces sale por la noche porque le gusta el frío. Esta afirmación tan poco cabal me hizo dudar de su credibilidad; no obstante seguí escuchando.

Aquellas dos personas corrían, pero según ella no con mucha prisa, no parecía que estuviesen huyendo. Al contrario, más bien parecía que reían, que compartían algo secreto. Este relato era antagonista con el de aquel vecino que sostenía que el más bajo era casi arrastrado por el alto y con la realidad que mostraba un cadáver con un tiro en la sien. Pero la vieja insistió en algo que me sorprendió mucho; el bajo y calvo repetía casi incesantemente la palabra Yohan. Probablemente era la transcripción fonética de alguna palabra en un lenguaje lejano del polaco, pero que investigándolo podía conducirnos a un posible esclarecimiento de aquel oscuro asunto. Tras despedirme hallé en la puerta al chico y dejé deslizarse unas cuantas monedas hacia su mano.

A la llegada al hotel, descubrí que Stanislav se había marchado. Por la recepción me enteré que había recibido una llamada de Zurich; de inmediato comprendí que se trataba de Franz Otto Linbrock, editor de la revista Yesterday's sins y dado como Kerenski a la investigación de hechos poco usuales. Sin tardar me puse en contacto con él, saludándome con su habitual cortesía, y me relató con su voz grave un hecho extraño que había ocurrido en los Cárpatos Occidentales. Un autobús de línea había sido asaltado por un tipo con melena rubia armado con un Kalasnikov y tras asesinar a uno de los pasajeros había abierto su maletín y huído llevándose un libro que su víctima portaba. El finado, el súbdito rumano Andrej Borodescu, que según algunos viajeros conocía al asesino, era autor de varios tratados de filosofía y supuesto colaborador en el mesiánico proyecto de La Concepción Nueva, especie de manifiesto o enciclopedia sobre las ciencias humanas de gran polémica del que apenas se sabía nada. Pregunté a Linbrock sobre Kerenski; nada comentó en su conversación sobre sus inmediatas intenciones, pero conociéndole tan bien como yo, lo imaginó trasladándose de inmediato a los Cárpatos Occidentales. Yo comenté con él el desarrollo de mi investigación matutina y la consideró asaz interesante, añadiendo el en aquel mismo momento recordado comentario de uno de los pasajeros sobre el nombre de sonido alemán del asaltante.

Nada o casi nada supo especificarme Linbrock sobre el tratado antes nombrado; se trataba de una obra inconclusa que contaba en su redacción con ya varias generaciones de científicos y escritores, entre los que se contaban importantes miembros de la masonería, videntes, astrólogos, físicos, matemáticos, músicos, químicos, todos ellos sin aparente nexo de unión tanto física como intelectualmente. Sabido sólo por referencias de un comentario de Dennis Armcraft, La Concepción Nueva pretende establecer una serie de nuevas normas tanto de conducta y ética como de todo tipo de ciencia rompiendo los moldes clásicos e incluso la lógica tradicional.

Instado a conocer más sobre este manifiesto tan megalómano, me desplacé tan pronto como pude hasta la biblioteca nacional de Cracovia, famosa por su abundancia y riqueza en todo tipo de volúmenes. Allí pude encontrar no sin dificultad el libro de Dennis Armcraft A prologue to new knowledgments & wisdoms, pero nadie tenía noticia de La Concepción Nueva ni referencia alguna sobre documentación ni anotaciones.

El libro de Armcraft tenía un aspecto lamentable, con tapas en cartoné muy estropeadas, como si hubiesen estado sumergidas largo tiempo. Me sorprendió el hecho de que el volumen datase de 1956; pensé que tal vez tan enorme proyecto era ya una idea olvidada.

El libro se dividía en doce capítulos, de los cuales sólo el último estaba dedicado a La Concepción Nueva, pese a ser el más extenso. Según la idea que bosquejé tras la lectura del comentario, un grupo de eruditos se reunió a principios de siglo con el propósito de escribir una enciclopedia que abarcase todas las doctrinas y que diese un giro nuevo a todos los conceptos y todos los axiomas. El proyecto, en un principio honesto, se transformó en falaz con la entrada de un nuevo colaborador cuyo nombre se ha perdido: pretendía la escritura de unas nuevas reglas para la física, la química y la matemática, aún a pesar de que resultasen contradictorias con la realidad; intentó asimismo escribir de nuevo la historia de la política, del arte y de la literatura para moldearlo así a su antojo, añadiendo y quitando porciones del pasado para hacerlo más tolerable; se dice (aunque no está probado) que formó un vasto grupo de compositores para que reescribieran todas las obras musicales pasadas y hacerlas más al gusto del hombre contemporáneo. Nada se sabe de este personaje; su nombre, su procedencia, sus verdaderas intenciones, se han perdido tal vez lamentablemente, tal vez inevitablemente.

No pude evitar reflexionar sobre tan ambigua idea: escribir un nuevo tratado versado en todos los saberes humanos y transformarlos en mentiras agradables. Proyecto, cuando menos, hedonista y fútil; cuando más, intento pérfido de manejar el conocimiento. Realmente el proyecto tenía el sabor de los grandes movimientos de principio de siglo como el comunismo o el nazismo; nuevas doctrinas para regir un mundo en decadencia. Pero éstos pretendían crear un nuevo orden; la enciclopedia que nos ocupa no era más que un amasijo inútil de ideas que a nada conducían sino al caos y al desorden. Pensé en un posible origen anárquico o nihilista de aquella idea, pero no me pareció razonable, dado que sus demiurgos no eran jóvenes alienados, sino gentes con posición, con un bagaje cultural y económico importante.

No contento con lo descubierto, decidí averiguar más; mi mente era un incomprensible laberinto. No tenía nada, no había ni sólo hilo de conexión en todo aquello. Busqué todo lo referente al rumano Andrej Borodescu, y hallé, entre otros, un ensayo sobre Similitudes y Tautologías entre la doctrina cristiana y el pensamiento de Nietzsche, un ejemplar de su poema en octavas reales escrito originariamente en inglés Nowhere (correctamente traducido al español como Aquíahora), una edición ilustrada de Mstislav el apóstata y dos ejemplares casi idénticos de Wittgenstein y Raven: una Concepción Nueva del lenguaje. El primero me pareció de una limpieza casi pueril; el segundo dotado de una sensualidad existencialista y de una crueldad casi malvados, pero sólo brillante en unas pocas estrofas. No así el pseudotratado filosófico Mstislav el apóstata: en él hallé una similitud asombrosa con el extraño proyecto de la enciclopedia falsa. Narra la historia de un clérigo muy versado en autores griegos, especialmente en Platón. La fe cristiana y el amor a los clásicos lo invaden por igual; trata de hallar similitudes entre ambos, queriendo unir sus dos amores en uno sólo. Las descripciones de sus búsquedas son magistrales; cada párrafo es un pequeño tratado sobre cosmogonías y teorías del conocimiento. Pero todos sus intentos son vanos; no consigue unir su concepto de Dios con el concepto de Platón. En un sueño le es revelado el secreto: el amor platónico hacia Dios. En un frenesí pecador, pretende esconder en lo posible su amor a Jesús, convirtiéndose en un ser ruin y despreciable, asesina, se prostituye, vende enseres litúrgicos a cambio de contacto carnal. Todo es exterior: su mente sufre pues se comporta exactamente como un espejo a sus sentimientos. Mstislav no demuestra su amor a Dios, para así no alterar ese amor; es excomulgado y al final muere apaleado por sus en otro tiempo fieles parroquianos.

El libro, de apenas setenta páginas, es una pieza maestra de nihilismo y destrucción; los móviles de Mstislav son desconocidos por todo el mundo, en un momento hasta adultera sus pensamientos que según él Dios continuaba leyendo. Imaginé este concepto de fe como una de las doctrinas de la enciclopedia inconclusa, como la herejía del nuevo siglo.

Tras la lectura de este libro, y tal vez motivado por su misterio y por sus patéticas ocultaciones, descubrí en el título del otro lo que yo tanto ansiaba. El título, como ya dije, era Wittgenstein y Raven: una Concepción Nueva del lenguaje. Como en un juego de cajas chinas, o muñecas rusas si se prefiere, la Concepción Nueva aparecía oculta en una simple frase de un contingente libro. Por un instante creí hallar escondido tal vez un resumen o un índice de la malvada enciclopedia; pero más tarde pensé en una broma, en un juego de palabras absurdo, en otra falacia más.

La primera parte del libro era una simple apología de Wittgenstein; la segunda, un interesante ensayo sobre un tal Bartholomew Mortimer Raven, profesor de lingüística irlandés de mediados del XIX. Su obra consiste en un estudio sobre el posible enriquecimiento del lenguaje reduciendo el alfabeto a 13 caracteres. Raven asegura que en el futuro será un hecho que el alfabeto precisará de una abreviación; Borodescu relaciona esta afirmación con la informática. El en cierto modo enfermizo número 13 como número máximo de letras permite, con la suma del espacio en blanco, el punto y la coma, expresar cualquier carácter ortográfico con un número del 1 al 16, o del 0 al 15. Dado que sólo se precisan cuatro bits para almacenar un número del 0 al 15, el nuevo alfabeto permitiría la codificación de dos caracteres por cada byte (8 bits). Evidentemente, no se trata de la supresión de los fonemas, sino de una nueva forma de escritura. Raven propone utilizar una letra poco utilizada como sufijo o prefijo; Borodescu propone la h, dado que en varios lenguajes europeos no es sonora. Con este hecho despreció el inglés, del que era amplio conocedor. Tal vez por ello su nueva teoría no ha tenido éxito, o por la introducción de reglas caprichosas y arbitrarias, como el sustituir las vocales acentuadas por una duplicación de la vocal, o el añadir una h al final de la palabra si ésta termina en vocal, o el juntar todas aquellas palabras contiguas de menos de cuatro caracteres. En la última página, como apéndice, incluye una tabla de equivalencias de los caracteres normales y los del nuevo yrhyonhah, que es como se traduciría (casi diría codificaría) la palabra idioma, así como un programa en lenguaje C para la traducción de ficheros de texto.

Sin embargo, y pese al interés un tanto morboso que suscitan estas dos obras, no hallé apenas referencia alguna a La Concepción Nueva, o a su anónimo y perverso artífice, tan sólo el tono profético y soberbio de la última y cierto personaje que arrastra casi imperceptiblemente al protagonista hacia el abismo en Mstislav el apóstata. Qué nexo de unión pudo encontrar mi amigo Linbrock entre Andrej Borodescu y el oculto manifiesto era algo que no conseguía atisbar.

Fue hojeando el prólogo de Nowhere (ya dije que no se trata de la palabra nowhere, que significa en ningún sitio, sino de la yuxtaposición de dos palabras, Now y Here, que significan aquí y ahora) donde encontré la nueva bifurcación del camino de mi búsqueda: era del propio autor, y en uno de sus párrafos se ocultaba la frase «...como esa utópica y secular labor que hemos heredado de Hans Betwing, Dennis Louis Armcraft ó Alonso Valladares los visionarios de nuestro siglo...». Evidentemente, era una referencia directa al proyecto; en él enumeraba varios colaboradores, uno de ellos el autor de A prologue to new knowlegements & wisdoms. Quién podía mejor hablar de un proyecto que uno de sus artífices. Pero creo suponer que este libro no fue de agrado para sus compañeros, que tal vez lo calificasen de oportunista o de utilizar lucrativamente algo que entre ellos tenían como distintivo o secreto.

Busqué en vano algún título de los otros dos nombrados; nadie había oído mencionar nunca esos nombres. Recordé que los enciclopedistas del siglo XX no eran necesariamente escritores, y busqué referencias en un tomo del Larousse Dictionaire. Alonso Valladares fue un catedrático de latín de la Universidad de Salamanca que murió en 1922; me asustó el vertiginoso jump-back en la historia que se ejecutaba a medida que avanzaba en mi investigación. Tan sólo nombraba su gran erudición y su dominio del latín y las lenguas romances. También se cuentan su increíble memoria (se sabía La Guerra de las Galias con puntos y comas) y su habilidad para la papiroflexia. Fue autor hasta su muerte del editorial de la revista poética Pluma y Frío, así como del apartado de críticas literarias. No había ninguna referencia de Hans Betwing ni en el Larousse ni en otras enciclopedias que consulté.

Tras comer algo y resguardarme de la lluvia en una desconocida plaza de Cracovia, me planté en la hemeroteca tan pronto como pude. Casi obviamente nadie conocía allí esa publicación. Probablemente sería una revista local. Resolví viajar a España; no me quedó otra solución que despedirme a la francesa de mi amigo Kerenski, ya que a mi vuelta al hotel ni estaba ni había dejado mensaje alguno.

El viaje me dejó agotado, por lo que decidí abandonar la investigación hasta el día siguiente. A hora temprana visité la hemeroteca de Salamanca, donde tras una difícil búsqueda dí con tan sólo dos números de Pluma y Frío. Había un gran lapso temporal entre ambos: uno era de 1916 y otro de después de la Guerra Civil. El editorial del ejemplar de 1916 hablaba de cábala y esoterismo, lo cual me extraño en un erudito de la lengua de la antigua Roma; me pareció un párrafo realmente vacío de contenido e insignificante, impropio de un personaje con el valor de afrontar la difícil empresa objeto de mi investigación. Aquel número carecía de crítica literaria. Había perdido la pista.

Aunque nada parecía indicarlo, yo intuía que existía alguna relación entre el asesinato de la ciudad de Radom y la factura de La Concepción Nueva. Sólo la muerte de un supuesto colaborador de ésta última era la conexión; lo ilustraban el genocidio en una reunión secreta y el robo de un libro desconocido. Pero ni siquiera estaba seguro de que el asalto al autobús y el crimen en Polonia tuvieran móviles semejantes.

Casi en respuesta de mis palabras recibí una llamada de Kerenski: se oía fatal, pues me llamaba desde un pueblo de Polonia. Había recibido mi mensaje en el hotel de Radom sobre mi nueva localización, y me llamaba para comunicarme algo crucial: en la comisaría de policía un pasajero del autobús atacado había reconocido al asaltante en los archivos de fotografías. Se trataba de un tipo rubio, alto, de aspecto eslavo o nórdico, pero curiosamente de él sólo se conservaba una fotografía, pues el dossier con su historial se perdió en un incendio hacía varios meses. En vano había buscado en otras delegaciones de policía: sólo existía esa foto en la central de Varsovia. Según un agente especializado en terrorismo el delincuente responde al nombre de Johann, y según un detective de homicidios, se trata de un mercenario checoslovaco del que no se sabe nada. Yo le mencioné la similitud entre el nombre del asaltante del autobús y el que la anciana creyó oir en Radom. Ambos nos alegramos al cotejar nuestras averiguaciones, que ya se perfilaban en la dirección en que apuntó nuestra intuición.

Pero aún había que encontrar el motivo. Nada se sabía de la causa de aquella reunión clandestina, ni de la identidad de los cadáveres, ni de aquellas misteriosas cenizas azules, ni de la muerte del escritor. Kerenski planteó la posibilidad de que Borodescu hubiese estado en aquella reunión y consiguiera escapar, persiguiéndolo Johann hasta las montañas para asesinarlo. Posiblemente ese libro que cuentan robó el criminal a su víctima fuese la clave de aquella reunión: tal vez las cenizas azuladas del patio eran restos de libros, como yo en un principio sugerí. Pensé comentar a mi amigo mi investigación sobre La Concepción Nueva, pero recordé cómo tiempo atrás se burlara de mí cuando me dediqué a la búsqueda infructuosa del Necronomicon y del Orbis Tertius y, pensando en que Linbrock ya le hubiese hablado del tema en su conversación, opté por callarme.

Había una extraña frase en el editorial de Pluma y Frío que había dejado la huella de lo desconocido en mí. Como ya dije, el párrafo me pareció hueco, sin rumbo: pero pensé que esa deriva y esa inutilidad eran en cierto modo propios del proyecto que yo trataba de desenmascarar. La sentencia a la que aludo es ésta:

"No se pueden encomendar tareas de altura, como la realización de algo perdurable o admirable, a los bohemios; tomando como ejemplo a Nerón, no puede nadie fiarse de los músicos. Yo he tenido una clara experiencia en esto..."

Un tanto arbitrariamente comencé a atar cabos. Alonso Valladares, dada la fecha de su muerte y dado que La Concepción Nueva comenzó a bosquejarse a principio de siglo, era uno de sus primeros colaboradores. Se siente en el editorial previamente leído un rencor o desprecio hacia los músicos, y volviendo a aquel individuo desconocido que hizo aparición entre los enciclopedistas y al que debemos el carácter sofístico del tratado, se dice que formó un grupo de compositores musicales para rehacer la historia. Tal vez este personaje encontró un enemigo en el catedrático español, o bien una pugna de egos.

Nada más ser asaltado por esta idea, supe de inmediato qué hacer: visitar a mi amigo Philippe Battau, autor del lírico tratado de historia de la música Des sons aux étoiles, probablemente el mayor especialista contemporáneo en su género.

Nada más llegar a su inmensa casa de Limoges me ofreció Jerez, pues esa era según él la mejor forma de saludar a un amigo. Durante casi una hora le fuí relatando el desarrollo de mis investigaciones, hasta llegar a Hans Betwing. En ese momento me interrumpió: Hans Betwing era un músico que murió a principios de siglo y que pudo marcar un hito en la historia, pero su problema fué nacer demasiado pronto. Battau había escrito un estudio sobre él, traducido al español como Hans Betwing ó El Error de Innovar del que me regaló casi inmediatamente un ejemplar.

Los rasgos biográficos de Hans Betwing casi se han perdido. Se sabe que era austriaco, que nació hacia 1880, que su familia era proveniente de Bulgaria ó Hungría. Se especializó en el estudio del contrabajo, del que llegó a ser un auténtico virtuoso, escribiendo varias sonatas para dicho instrumento que requieren una preparación excelente por parte del intérprete. Siempre fue dado a la experimentación. En 1898 (¡con 18 años!) escribió a un conocido editor un pequeño estudio sobre el posible enriquecimiento de la orquesta sinfónica al suprimir las voces intermedias de la cuerda, violas y violoncelos; en 1903, estrenó su primera obra para orquesta en Viena, titulada Kindergrablieder (Canciones de las Tumbas de los Niños), poema sinfónico de tema macabro en el que por una ávida combinación de escalas cromáticas establece por primera vez en la historia la politonalidad; en 1909 compone Orpheus und Isolde para coro y orquesta bajo textos del propio autor, donde establece un nuevo arte de composición: asigna un número a cada nota de la escala cromática, combinándolas así mediante operaciones aritméticas (sus contemporáneos calificaron la obra de burla a los clásicos), método que llevó a último término en Variaciones Matemáticas (1911). Probablemente este método inspiró a Schomberg su descubrimiento de la música serial y el dodecafonismo.

Tanto atrevimiento experimental y la calificación de «demente sin futuro dado al ruido y a la cacofonía», llevaron a Hans Betwing al ostracismo. El compositor llegó a afirmar que «hay que sacrificar la belleza y la lírica para el hallazgo de nuevas perspectivas». Su soberbia le hizo desaparecer de la escena musical, para, según él, «dedicarse a escribir un vademécum del saber musical que sirva de guía a las nuevas generaciones» del que no se tiene ninguna noticia. Sólo reapareció hacia 1929, con el estreno de su Sinfonía del Saber Infinito, donde introduce varios instrumentos creados por él, como la Siringa Pancromática o el Aspid de Dos Puntas. La crítica calificó la nueva obra como «pandemónium sin rumbo ni pretensión» y los nuevos instrumentos como «objetos absurdos propios de un osado enfermo mental», osadía no tan descaminada cuando la Siringa Pancromática no sonaba nunca dos veces igual y el Aspid de Dos Puntas no emitía ningún sonido. Murió en 1932 de una congestión pulmonar.

La personalidad de Betwing parecía hecha a medida del proyecto de La Concepción Nueva: innovador, nihilista, soberbio, despreciador de las costumbres y los gustos establecidos. Ese «vademecum del saber musical» parece ser uno de los apartados de la nueva enciclopedia hecha de sofismas, la música, tradicional expresión de la belleza, transformada en ruido y desazón.

Poco tardé en recibir llamada de mi amigo Kerenski. Había profundizado en el estudio de Johann y había hallado unas extrañas coincidencias: pero el descubrimiento era muy extenso como para hablarlo por teléfono. Sin más tardar me despedí de mi amigo Philippe Battau llevándome el ejemplar de Hans Betwing ó El Error de Innovar que me había regalado.

Cuando en Varsovia me reuní con Stanislav le encontré bastante alterado. Tenía entre manos un vaso de Stolichnaya y su cabeza apenas emergía de un quintal de documentos esparcidos sin orden sobre la mesa. Algo realmente extraño había averiguado: en caso contrario no se mostraría así.

Hablando rápidamente como si temiese no poder contármelo por la amenaza de algo sobrenatural, comenzó a mostrarme documentos del seguimiento de Johann, tanto a través del espacio como del tiempo, dibujando una casi completa biografía en flash-back.

  • Meses antes del asesinato en Polonia, hay indicios de la colaboración de Johann en las Brigadas Rojas italianas. Dos documentos policiales y una fotocopia de un carnet de afiliación haciendo referencia a un tal Johannes il tedesco, junto a dos fotos de la misma época, que retratan exactamente al mismo hombre que Kerenski vió en el dossier polaco.
  • Una copia de un contrato de agosto de 1978 en una empresa de marketing y asesoría fiscal de Glasgow. Aparecen fotos del mismo hombre, esta vez con el pelo corto y vestido con traje. Aparece con el nombre de John Johanson y la nacionalidad inglesa.
  • Una foto fechada en 1966 de la llegada del crucero Mermaid, donde entre los pasajeros aparece semioculto un hombre con abrigo negro, pelo muy rubio y con rasgos faciales idénticos a Johann. También disponía de una lista de viajeros del Mermaid de la misma fecha, entre los que aparece como Giam-Battista Johannes.
  • Un programa datado de 1953 de una actuación de la Orquesta Sinfónica de Boston donde bajo la dirección de Sir Howard Miles interpretaron el concerto pour la main gauche de Ravel, donde el intérprete solista de piano es un tal Jean-Baptiste Johannes, de supuesta nacionalidad belga.
  • Un acta de defunción de una anciana dama alemana en 1946 firmada por el doctor Waldemar Johann, así como un expediente del Colegio de Médicos de Leipzig del mismo doctor con una foto de un joven rubio de cabeza casi rapada de rasgos idénticos a nuestro buscado.
  • Un carnet en lamentables condiciones de un antiguo miembro de la Gestapo donde, entre otras, aparece una foto de un hombre alto y con gorra de obrero en cuyo dorso aparece el nombre de Waldem Battiste Johannes. (La fecha es de 1938).
  • Un ejemplar de El Capital de Marx de 1920 con varias firmas al dorso, entre las que aparece una en que se puede leer casi sin esfuerzo Giam-Battista Johann.
  • Un catálogo de una exposición en París con fecha de 1904 que compendiaba a varios artistas noveles: entre los nombres aparece un tal Jan Bedrich Johannes y en uno de los daguerrotipos al dorso con dicho nombre al pie aparece un hombre de aspecto nórdico, vestido con levita negra, con los rasgos ya conocidos.
  • Un programa del estreno en 1898 de la obra La Chanson Opus 15 de un tal Jean-Pierre de Montierre, donde aparecen en la lista de intérpretes de la orquesta al piano Giam-Battista Johannes y en la sección de contrabajos Hans Betwing.

A medida que iba descubriendo más y más apelaciones de aquel personaje, mi nerviosismo se asemejaba cada vaz más al de Kerenski. ¿Nos hallábamos ante un cúmulo de casualidades casi malvadas ó habíamos descubierto realmente algo excepcional? No era posible bajo la lógica ortodoxa que un hombre joven en 1898 siguiese siéndolo en 1990. No quise seguir hojeando la cantidad ingente de papelotes que invadía la mesa: de un golpe de vista adiviné fechas de 1854 y hasta de 1786.

Por un momento traté de volver a la realidad. Cómo era posible aquello, no tenía la más remota idea. Lo cierto era que Stanislav probablemente había pasado sin dormir desde la última vez que tuve noticias suyas: su aspecto era deplorable. Pero todas aquellos informes no eran para menos.

Tratando de restar dramatismo al extraño enigma, le pregunté cómo había conseguido información de medios tan dispares. Kerenski me habló de la biblioteca de Leningrado, donde su reciente informatización permite la búsqueda de referencias de cualquier índole. No conocía yo, ni probablemente casi nadie, la existencia de tan ingente base de datos. Atribuí el desconocimiento del valioso logro al ya característico hermetismo ruso.

Ya en el restaurante, mi amigo totalmente absorto, me dediqué a atar cabos que exigían ser atados en mi cerebro. Cuál fue el motivo del asesinato de Borodescu en los Cárpatos escapaba probablemente a mi lógica; pero no podía evitar unir a Johann, o Johannes, o como se llamase aquel extraño ser, con La Concepción Nueva. Toda su historia, enlazada siempre con la vida artística e intelectual, parecía estar secretamente vinculada en mis ideas junto a la enciclopedia mendaz. Además -sentí un escalofrío- este personaje que vive a través de los siglos, bien podía haber sido el fundador, aquél del que se han perdido todos los datos...

De inmediato puse freno a mi imaginación. ¿Cómo un hombre como yo, hombre de Ciencias pese a mis incursiones en el mundo artístico, me estaba perdiendo en tal alucinación? Cierto es que siempre había gustado de las causas perdidas, de los misterios numinosos y de las escalas en tonos menores, pero esto era demasiado. No es posible que un hombre no envejezca a través de los siglos y que sea diferentes personajes con diversos conocimientos casi a un tiempo y en lugares alejados.

Pero la última referencia que leí era la que mas me intranquilizaba: en un mismo concierto, a finales del siglo pasado, un jovencísimo Hans Betwing (que yo calificaría como uno de los creadores de La Concepción Nueva o, al menos, como uno de sus más antiguos colaboradores) y un tal Giam-Battista Johannes, tan emparentado con el criminal internacional Johann... casi sentí el miedo por lo sobrenatural, que en otras ocasiones ya pasadas de mi vida había tenido a flor de piel causa de investigaciones poco normales. Esos tiempos ya habían pasado... ahora me dedicaba a aspectos quizá más materiales y más sencillos de la vida. De nuevo estaba embarcado en una locura, pero esta vez era de dimensiones casi panhumanísticas.

Dudando entre dejar a mi amigo Kerenski en aquel estado emocional o proseguir mis investigaciones, opté por lo segundo, quizá equivocadamente. Tal vez mi compañía hubiera evitado los hechos que se desencadenaron más tarde.

Embriagado de dudas y ansia de descubrir algo que me hiciese decantarme hacia la lógica terrenal ó el frenesí imaginativo, pero sin saber por dónde buscar o qué hacer, me dirigí a España. Quería visitar un oscuro recinto al que en mi época de juventud llamabamos La Biblioteca de Babel, dotado también de una gran base de datos, en cuya informatización tomé yo parte importante. Al cuidado de esta fuente no oficial de datos estaba Mikhaela Rooms, gran amiga mía desde la infancia y cuyo buen hacer había enriquecido de manera inconmensurable los recursos de aquella biblioteca.

Nada más verme me saludó con su cordialidad exquisita: no levantaba la voz ni en los momentos más extremos, costumbre quizá adquirida en incontables horas de silencios en las más prestigiosas bibliotecas del mundo. Casi sin quererlo me condujo a la gran sala de ordenadores y reconocí en uno de los monitores las pantallas de consultas de datos y de búsquedas que yo programé, con algunas modificaciones apenas apreciables. Mikhaela me recordó que aquello fue un buen trabajo: mis posteriores ocupaciones tan diferentes y los años transcurridos me convertían casi en un profano en aquella materia. Le comenté un tanto por encima la gran empresa que acometía, esos recientes descubrimientos a los que, como antaño, no se tomó totalmente en serio. Le dije que no sabía realmente por dónde continuar: ella me sugirió que buscásemos algún posible libro del que fuese autor algunos de los muchos nombres de mi perseguido.

No tuvimos mucha suerte hasta que buscamos algo referente a Giam-Battista Johannes. Apareció un pequeño librito de 1847, editado en Granada, autografiado por él al dorso; se llamaba Profecías para el siglo XX, era una poco hábil traducción del inglés, y el autor era un supuesto astrólogo de renombre en aquella época, según comentaba la sinopsis. Otra de las múltiples caras de la facetada personalidad de aquel ser casi sobrenatural; o bien, otra de las coincidencias que el perverso destino exponía ante mis ojos para perderme. ¿No estaría aderezando mis investigaciones con un condimento personal que me hacía averiguar lo que yo deseaba?

Pero aquél librito no estaba allí. Al observar que había sido retirado de la biblioteca por un lector, algo se pasó por mi cabeza; algo que de inmediato se materializó. El lector que ahora poseía el libro era un tal Johannson, lo cual me hizo excitarme y exteriorizar mis nervios. Mikhaela se asustó en cierto modo, recordándome como hacía yo que tal vez estuviera viendo fantasmas, que tal vez quisiese yo enlazar aquel nombre con mis averiguaciones de forma inconsciente. Algo aturdido, abandoné por aquel día mi trabajo, que de alguna forma me estaba consumiendo.

Ya más tranquilo, al día siguiente retomé mis investigaciones. Busqué referencias por otro lado: en un documento llamado Esa Mentira llamada Metáfora de un tal Graham Strauss se nombraba indirectamente la existencia de La Concepción Nueva. Hallé el siguiente párrafo:

"...de ésta forma llegamos a la más absoluta de las metáforas, un proyecto tal vez utópico del que me enorgullezco formar parte. Esa serie de sabios con una visión diferente del mundo que escribimos la nueva concepción del universo (Universe New Conception)..."

De nuevo un grupo de sabios escribiendo nuevas doctrinas. Graham Strauss hace en su libro Esa Mentira llamada Metáfora un estudio sobre la metáfora llevada a sus últimas consecuencias: allí donde la relación entre ambos términos se vuelve inapreciable. Uno de sus ejemplos es bastante claro: la palabra joven define algo de temprana edad; pero indirectamente tambien temperamental, alocado. Strauss propone olvidar la primera acepción y utilizar joven metafóricamente con la segunda: de la falacia surgen frases como El joven océano pacífico o con un disparo se rompió la juventud de la manifestación. Tal vez se puede intuir la intención de estas sentencias, pero el autor no niega, incluso fomenta, la recursividad en la metáfora; loco es sustituído por joven, que a su vez es sustituído por metamórfico y este término por crisaliforme. Evidentemente el hijo de una frase tratada con este imposible método se transforma en una mola informe. El célebre aforismo

 No hay nada nuevo bajo el sol

se transforma ineludiblemente en

 Guitarra azul sangra tus libres paisajes

por obra de metáforas indirectas, recursividad de comparativos y otras aberraciones creadas por Graham Strauss. Todo está permitido en la recursividad estilística: el último capítulo de Esa mentira llamada Metáfora trata el tema de la recursión hasta el infinito. En uno de sus párrafos finales afirma que todos los escritos significan lo mismo, que todo libro es una metáfora parcialmente desarrollada de un libro único, infinito, inefable. Hace incursiones en la teología y la metafísica afirmando que el mundo real es sólo una metáfora recursiva de un mundo más alto, más ajeno, más incomprensible, y que toda frase humana por superficial que sea es una alegoría de otra que dijo algún dios en otro umbral de concepción.

Tras perderme una ó dos veces en tales afirmaciones, releí algunas páginas que referían nombres propios. Uno de esos nombres era el del científico sueco Karl Simonsen. Se hablaba allí de un tratado de geometría espacial llamado Encuentros con el cuarto eje, cuyo fantasmagórico nombre anticipa un estudio sobre la introducción de un cuarto eje en la geometría tridimensional.

No me costó hallar un ejemplar: aquella biblioteca era probablemente una de las más dotadas en mi tiempo. Estaba encuadernado en cartoné y era aún más extenso que la obra anteriormente estudiada.

Simonsen plantea un reto a todos los matemáticos, físicos y geómetras: la generación de una nueva forma de universo con el único cambio de un elemento básico en los pilares de la ciencia. Toma como ejemplo un aventurado añadido a la matemática: el del número subcero (que él representa como un 0 subrayado) que entiende como la variación casi infinitesimal (en un cálculo arbitrario la define como algo cercano a 1.9x10-372648) que experimenta una cantidad cualquiera por el mero hecho de contemplarla, medirla o definirla (podría decirse que es una hipérbole del principio de incertidumbre de Heisemberg, aplicado a una ciencia exacta). Mediante la introducción de este número, recalcula ecuaciones, redefine axiomas y muestra un pandemónium de afirmaciones que él termina denominando la submatemática (una de sus características más notables es la posesión de 4 ejes en la medición espacial, hecho que da nombre al libro), instando además a todos sus colegas a profundizar en los temas en los que fueren expertos desarrollándolos por completo o ideando nuevos números que den a la ciencia «una nueva concepción» según afirma en el párrafo tercero de la página seiscientos veintitrés de la edición tercera (la que tengo en mis manos).

De una forma casi incomprensible, tuve dos ó tres días después la posibilidad de obtener el ejemplar de las Profecías para el siglo XX, devuelto por un misterioso personaje de larga melena rubia (que hábilmente sorteó nuestra inconsciente vigilancia). Desde el momento en que aquel atroz librito rozó mis manos, toda la estructura de los acontecimientos que yo creía estable se desmoronó en un acorde disonante.

Yo pensaba: si el lector que sacó de la Biblioteca de Babel el libro era (casi hubiera puesto la mano en el fuego) el tal Johann, sin duda había pretendido mantenerme oculto algo que me habría hecho ver la luz; pero, ¿Cuál era la razón de que hubiese vuelto? ¿Tal vez la supresión ó adulteración de alguna información...?

Las frases del libro (pese a la como ya dije nefasta traducción) eran contundentes y espartanas: aquellas hojas de papel amarillento narraban, uno por uno y en detalle, los pormenores de mi investigación: incluso para escribir este resumen he acudido a ellas para refrescar mi memoria sobre ciertos asuntos olvidados. Cómo describir mi sensación, mezcla de horror y de esa desazón que produce el saber que todos tus actos pretendidamente voluntarios están definidos de antemano. Nada me quedaba por hacer: tan sólo ir a las últimas páginas y descubrir el misterio.

Una hoja de papel, evidentemente una nota hecha apenas hacía unas horas, a modo de fe de erratas me explicaba una de las profecías. La frase mal comprendida

 Reunión y asesinato, ciudad al azar

no era más que una traducción errónea del inglés

 Meeting & murder, Radom city

por confusión de las palabras Radom y random (azar en inglés). Dos ó tres aclaraciones menos importantes sobre errores de traducción ilustraban una de las caras de la hoja: al dorso figuraba una lista escrita con letra muy pequeña y de rasgos perfectos. Su contenido era, ni más ni menos, una relación de todos los colaboradores directos e indirectos de La Concepción Nueva, encabezados por Giam-Battista Johannes como fundador, en cuyas líneas descubrí a todos y cada uno de los hombres ilustres investigados por mí y, estupefacto, entre los últimos, descubrí los nombres de Stanislav Wladimirevich Kerenski y el mío propio.

¿Cómo era posible aquel engaño? Me resultaba imposible dudar de mis compañero; y era evidente que yo no había tenido nada que ver. Algo estaba claro: Johann, por algún oscuro designio, había decidido destruir la labor que venía desempeñando durante siglo y medio. Aquella reunión en Radom fue convocada por él para la exterminación de todos los nuevos enciclopedistas y borrar de la faz del mundo la edición primera (codificada con el nuevo alfabeto de Raven y encriptada con el método de las metáforas comparativas de Graham Strauss) de La Concepción Nueva, editada en un papel azul al que hace referencia el demente demiurgo en su Profecías para el Siglo XX: «...papel de corta vida, volátil e inestable para dotar al nuevo saber de una tizna de provisionalidad...». Supongo que tratar de esclarecer la conducta de un ser tan lejano y tan cercano a un tiempo de la humanidad era un acto imposible ante el que había que tomar una postura agnóstica.

Ahora sé que soy el único de los creadores de La Concepción Nueva que permanece; nunca se supo más de Kerenski desde que lo dejé en el hotel. El mundo del periodismo lo lloró larga y penosamente; sólo ahora salen a la luz las actividades contraculturales a las que dedicó gran parte de su vida. Pero tal vez todo ésto no importe. Ahora, en mi unidad de enciclopedista, dudo si alguno de mis movimientos no ha sido previamente calculado por Johann; dudo si todo esto no ha sido más que una alucinación que él ha escrito en mi mente. O tal vez sea el único responsable de la enciclopedia falaz que nunca se ha escrito. El único responsable de una serie de nombres desconocidos, de libros alucinatorios y de una pesadilla giratoria donde los hombres destruyen la sabiduría de milenios. La cabeza de turco de una conspiración sin conspiradores ni causa.

-- Ángel Ortega (julio-noviembre 1990)

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Visitor comments

Anonymous
2010-08-27
genial esta historia y su secuela

Angel Ortega
2011-01-14
¡Gracias!