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Un naufragio personal

La Ruta

"Aquél ser se dividía en tres partes, unidas entre sí sólo por una especie de cintura de avispa..." -- C. S. Lewis, Perelandra

Clive alzó su mano de improviso y se quedó quieto, como si hubiese escuchado algo. Yo le imité, aunque no sentía otra cosa que el casi silencio que nos envolvía desde hacía días. Señaló con el dedo una gran grieta en la pared de roca, a la izquierda del desfiladero.

A un ritmo pausado, la Ruta se dirigía hacia la grieta. Era como me habían contado, una maraña caótica de tubos enroscados entre sí, palpitantes como el corazón de una gran bestia, y con ese aspecto nebuloso tan característico, como de algo sin terminar de definir.

A cada pulsación, parecía que se iba a desliar, pero de nuevo volvía a su apariencia inicial de nido de serpientes, de intestinos vaciados. Pese a su gran volumen aparente, había ganado mucho terreno en unos pocos segundos, haciéndome pensar que no se deslizaba sobre el suelo, ni flotando, sino que estaba ahí como sobreimpreso, como en una mala animación.

También experimenté la sensación de náusea y mareo de la que me habían hablado que siempre ocurría en presencia de la Ruta. Vinieron a mi memoria las pesadillas febriles de cuando era niño y cenaba demasiado, y creí ver entre mis recuerdos a la Ruta, cuando mi mente ardiente evolucionaba una y otra vez sobre la misma imagen, reiterativa, enmarañada.

Aquellos recuerdos de noches infantiles de miedo me recordaron el fragmento de un libro de Clive que escuché en la radio, cuando aún no le conocía, que me produjo un profundo terror. Porque la descripción de aquel ser tan imposible de recrear en la mente tenía la misma impronta que la Ruta, era algo improbable, que no se podía reconstruir con palabras, porque era algo más que el conjunto de sensaciones visuales y dolorosas que acarreaba.

Clive me miró como si lo comprendiera, y se sintió de algún modo satisfecho. El paseo había terminado; Yo ya había visto lo que tenía que ver, y él con su flema inglesa hizo notar que se hacía la hora de volver para cenar. En la puerta de la gran mansión nos esperaba su hermano, exhalando su misma calma infinita, consultando su reloj de bolsillo.

Ni durante la cena ni en los días posteriores se volvió a nombrar a la Ruta ni a nada de lo comentado durante el paseo. Había un pacto tácito para olvidarla y yo no lo iba a quebrantar. Pero la sensación de desasosiego y de miedo pueril que había sentido ante aquella visión y los recuerdos que de la niñez me había devuelto perduraron entre los frugales platos de comida, las copas de vino y las ingeniosas ocurrencias de Clive.

Cuando me retiré a dormir, mi mujer y mi hijo llevaban mucho tiempo durmiendo. Mi hijo, en la habitación contigua, roncaba ligeramente en una postura difícil; mi mujer guardaba un silencio absoluto. Al tumbarme sobre el lecho y sentir su calor, se disiparon todos los miedos como moscas espantadas de un manotazo. Posé mi mano sobre su nalga y me di cuenta de todo lo que en mi vida había cambiado.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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