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Un naufragio personal

Mica y piedra volcánica

Cuando encontré el trozo de mica, quedé sorprendido por sus vetas casi transparentes y en un principio hasta lo tomé por un trozo de hueso, quizá de dinosaurio o de algo aún más fascinante. Corrí hacia mi padre con el trozo de mica para preguntarle qué era aquello tan diferente.

- ¡Mira lo que he encontrado, papá!

- ¿Qué?

- ¡Esto!

- Es un trozo de mica.

- ¿De qué?

- De mica. Es un mineral. ¿Ves aquellas piedras de allí? Pues están todas hechas de este mineral y otros dos más.

- ¿Y es un hueso?

- No. Es como si fuera piedra.

- ¿Y quién la ha puesto ahí?

- Nadie. Está ahí desde mucho tiempo antes de que hubiera hombres, y quizá no había siquiera animales.

- ¿Y plantas?

- No sé. Igual tampoco.

- ¿Y me la puedo quedar?

- Coge un trozo más pequeño, que luego llenas la casa de trastos.

Fui corriendo a por otro más pequeño y enseguida lo vi. Estaba entre unos arbustos y, según lo recuerdo, parecía haberse desprendido de un montículo que había a mi izquierda.

Lo cogí. Y me invadió una sensación extraña: esta piedra estaba ahí desde el principio de los tiempos (o antes) y todos los millones de años transcurridos eran para que al final acabase en mis manos. Pensé si era un buen final para una piedra acabar en casa de un niño o si era algo denigrante o humillante para ella. Pero inmediatamente vi que para la mica eso no era acabar, sino un tránsito más. La piedra de mica vivirá mucho más que yo y que la gente a la que conozco o pudiera conocer.

Por eso comprendí que hasta una piedra ha de tomarse en serio porque es el resultado de un tiempo de trabajo infinito y que hasta las cosas más triviales del mundo como las piedras o los minutos merecen ser tomadas en consideración y tratadas como algo sagrado. Hasta llegué a pensar si alguno de mis átomos ha formado alguna vez parte de esta misma piedra, podría ser que todas las cosas que en el mundo nos fascinan lo hacen porque existió una vez un vínculo físico entre ellas y nosotros.

Hace menos de un mes mi hijo cogió una piedra volcánica y preguntó quién la había puesto allí; yo le di una respuesta parecida a la que mi padre me dio entonces y al ver la expresión de sorpresa pude imaginar una sensación como la que tuve yo en Guadarrama. Tal vez mi padre entonces supo lo que había pasado por mi cabeza, pero calló como lo he hecho yo, o quizá al crecer hay cosas que pierden el sentido y se convierten en simples piedras.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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