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Un naufragio personal

Nadir

Y llegó al borde del pozo. Apareció de forma súbita y con pocos artificios, casi decepcionante, después de tantos años de búsqueda. Su brocal era irregular y escarpado, como habiendo olvidado su origen no natural. Una compleja red de arbustos lo adornaba como una barba hirsuta, y los mecanismos cuya finalidad era incomprensible se extendían a ambos lados como en un osario herrumbroso. Olía a humedad y cieno, exhalando una peste añeja, una ponzoña patética en su inutilidad, con un inaudible bramido, respiración de algo abandonado y seco. Tanto tiempo, tanta muerte innecesaria, tanto dolor, y el pozo era esto. Entre las piedras agudas y las zarzas del fondo brillaba un charco de barro sucio que le envió un guiño como un aguijón en las entrañas.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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