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Un naufragio personal

O fin do mundo

"Este olor traerá muchas muertes, muchas... Pero lo peor es que se aceptarán como justas y santas." -- Fernando Martín Cámara, Viejo Metálico

La bruja tomó su tarot y, sin quitar la vista del cielo encapotado, fue extrayendo con calma de anciana los naipes de uno en uno. Los arcanos se sucedían de una forma nueva; en su larga vida de adivinadora, nunca se habían revelado en semejante combinación. Por supuesto. Cada carta que caía le confirmaba sus temores, carros, ruedas, colgados, estrellas y templanzas. La baraja fue diseñada para mostrar este terrible rostro, los chuscos dibujos tan centenarios parecían cambiar de forma como perdiendo la compostura, ahora que había llegado el gran mensaje que habían de dar. Apenas llegó el último arcano, la bruja los recogió todos y los devolvió a la cajita de marfil. Sus ojos viejos estaban cansados, y su voz parecía resistirse a salir. Pero el veredicto fue claro:

- O fin do mundo.

Anxo subía la cuesta trabajosamente, no en vano era la colina más alta del pueblo. A su izquierda había un pinar fresco y de olor penetrante; a su derecha una alta alambrada que separaba el camino vecinal de la urbanización. Subía trabajosamente cargado con demasiadas bolsas, y aunque el calor no era excesivo, era molesto.

Ya oscurecía, y a su izquierda casi le deslumbró la claridad de una habitación en la última casa de la urbanización. No pudo evitar mirar, y lo que vio le extrañó mucho: se distinguía claramente una cocina, con unos armarios blancos al fondo, y quizá unas escobas frente a él, y en el centro una figura que parecía inmóvil en un principio, pero que al instante temblaba perceptiblemente. Era como un hombre o mujer hecha de palo, su cara era un manojo de ramas secas, sus brazos eran haces de rastrojo envueltos en gasa sucia, su torso era una maraña de limo y cieno. No era un muñeco o un espantapájaros, pues lo que en un principio era una vibración se manifestó como una febril actividad, manejando sartenes y peroles, que hacían crujir sus débiles miembros bajo su peso.

Anxo no pudo evitar pararse a contemplar aquello. Qué podía ser, era imposible de adivinar. Después de intentar infructuosamente entender la escena, decidió recoger sus paquetes y reemprender la marcha. Anduvo hasta la cima de la colina, donde terminaba la urbanización, y allí torció a la izquierda, hacia el bosque. Pasó delante de la casa del belga, que parecía haber sido pintada de colores bermellón, pero imposible de afirmar dada la poca luz que ya había. Enfrente de él veía la cancela oxidada del hotel, y frente a ella el charco eterno. Veía en él reflejada la luna extrañamente deformada, como si tuviera tres cuernos, semejando un número tres mirando al este. Aún sobrecogido por la visión de la mujer de palo, y sugestionado por la oscuridad y el bosque murmurante, no se atrevió a apartar la vista del charco con la luna anómala, temiendo descubrir al mirar arriba que no era el agua la causante de la deformación.

Sentía miedo, claro que sí. No era extraño en él, sin embargo; aún volvían cada cierto tiempo las pesadillas de cuando niño, y en esas temporadas, no sabía si como causa o efecto, se asustaba de la oscuridad y de los sitios cerrados. Se quedó quieto con la vista clavada en el perverso reflejo, de pie en medio del camino.

Varios pájaros cayeron frente a él, algunos en el agua, difuminando en ondas lo que le mantenía allí clavado. Estaban muertos, y habían caído del cielo, pero entre ellos también había peces y una especie de roedores. De dónde venía todo aquello, se debería haber preguntado, pero no lo hizo. A su izquierda, detrás de él, cayeron algunas cosas más, que hicieron un ruido raro como el de un chapoteo, como si fueran unas bolsas de agua o unos bofes.

Con la cabeza inmóvil, esquivando la luna en el cielo y los restos animales en el suelo, empujó la cancela con demasiada fuerza, que estrelló contra el muro con un ruido ensordecedor. A grandes zancadas atravesó el jardín a través del césped, que se mostraba excesivamente pegajoso y blando, y entró por la puerta de atrás del hotel.

No había allí nadie, ni siquiera en recepción. Sí, sí había alguien, en el salón de la televisión había una mujer muy fea, con el pelo corto y gafas gruesas, con la mandíbula prominente, que parecía jugar a un solitario sin cartas. Lentamente extendía una mano, ora la otra, en el ademán de disponer los naipes como en un solitario o un tarot. Apresurado, Anxo fue hasta su habitación, dejó los paquetes y salió de nuevo. La mujer ya no estaba, pero los cuadros de la cafetería eran extrañamente deformes, y enseñaban paisajes desproporcionados.

Bajó por la escalera principal y salió al aparcamiento, donde algunos coches tenían encendidas la luz de dentro. En uno situado en la mitad se movía algo dentro; se acercó a mirar, era un perro, que se lanzaba de un lado a otro como desesperado, arañando los cristales, y sus patas dejaban rastros de sangre oscura.

Corrió hacia el pueblo, dos coches que bajaban de la montaña veloces hicieron sonar el claxon, muy juntos, casi chocándose. Al llegar a la iglesia giraron a la derecha y se perdieron de vista.

Por las calles no vio a nadie hasta que no pasó la tienda de ultramarinos. Allí varios ancianos hacían cola, aunque la tienda aparentemente estaba cerrada, con los cierres bajados. Discutían con sus voces quejumbrosas en un idioma que él no entendía. Quizá debía acercarse.

Anxo necesitaba ver algo normal, una discusión de vecinos sobre temas intrascendentes, un pedazo de cotidianeidad que le hiciera perder el miedo. Pero aquellos viejos distaban mucho de ser normales; sus rostros eran descarnados, y de dimensiones poco comunes. Algunos vestían túnicas oscuras, como grandes capas españolas, pero lo que ocultaban distaba mucho de ser cuerpos con miembros simétricos.

Medio jadeando, medio sollozando, bajó por la calle de los restaurantes, que estaban apagados como si fuese de madrugada, y llegó a la costa. Al ver el mar, en aquel estado tan indescriptible, tan temido, tan atroz, recordó sus pesadillas e intentó despertar; pero fue en vano. Siempre que se daba cuenta de que soñaba, se despertaba voluntariamente. No era un sueño.

Frente a él dos chicos se ayudaban mutuamente a automutilarse con conchas marinas; a su lado escuchó crujir una puerta de madera. De ella salió una mujer anciana, vieja y enjuta, pero cargada de realidad como lo que él deseaba encontrar. Era conocida como la bruja; en su mano derecha tenía un mazo de cartas del tarot. Anxo intentó hablar, pero no pudo articular palabra. La bruja tendió su mano como para ofrecer a Anxo los naipes, y cuando éste extendió su brazo, los tarots cayeron sobre el barro. Y como respuesta a su mirada interrogante, la bruja dijo:

- O fin do mundo.

El mundo se terminaba no como la apoteosis de algo solemne, sino como la degradación paulatina de una muerte cerebral, en que la realidad se va diluyendo para dar paso al delirio.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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