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Un naufragio personal

Paréntesis

La idea llegó a Luis Malo como quien apaga la luz. En sus manos se resistían los haces de cables, reacios a perder su postura tras tantos años de inmovilidad. Con sus tenazas sometía las venas de la electricidad del edificio, y de repente aquella idea, nueva para él, le provocó un ligero estremecimiento con si fuera un pequeño demonio en su estómago.

En el balcón del bolsillo de su camisa asomaba el bolígrafo que había perdido el vicepresidente. No haber devuelto aquel bolígrafo había sido, sin saberlo, el germen de aquella nueva idea que se había presentado ante él como una musa. El presidente y el vicepresidente se odiaban, todo el mundo lo sabía. Eran dos seres despreciables, cada uno a su manera.

Luis era un experto en la electricidad de la vieja casa, cada cable en aquellos muros había sido puesto por él, aunque sólo recordaba del trazado una pequeña parte. Habían envejecido juntos, y habían visto pasar a tanta gente. Con una lástima leve, cortó dos de los cables.

La luz de todo el edificio se vino abajo con un chasquido, seguida inmediatamente después por varias voces de sorpresa en las salas cercanas. En aquel piso no se veía absolutamente nada, no así en el superior, en que había luz diurna. Se caló bien sus guantes de amianto.

A oscuras subió las escaleras que tanto conocía, y casi al llegar al piso superior, escuchó al presidente y al vicepresidente discutir violentamente. El vicepresidente abandonó el despacho con un portazo y varias blasfemias. Cuando dobló el recodo, Luis entró en el despacho del presidente.

El presidente estaba de pie ante su mesa de madera, mirándole con gesto de perplejidad. Luis tomó el bolígrafo y lo blandió en su mano, con mucha calma. El presidente hablaba, no paraba de hablar, su boca filante se abría y se cerraba emitiendo un sonido monótono e insultante. Hacía calor, pero Luis estaba muy tranquilo.

El bolígrafo se clavó en el ojo del presidente hasta la mitad. Todo aquel cuerpo odioso se quedó inmóvil como una estatua, la boca abierta, desafiante aún, con su rictus impertinente. Ya no hablaba. Luis empujó con pequeños golpes de la palma el bolígrafo, que se iba hundiendo sin esfuerzo, haciendo brotar del ojo un líquido transparente que como lágrimas huía por aquel rostro de rasgos difusos. Luego se desplomó con un golpe seco, como de una silla que cae.

Salió sin prisa del despacho y bajó por las escaleras. Desde abajo, pudo oír al vicepresidente volver hacia el despacho del presidente, quizá para continuar la discusión. Antes de que se escuchase la puerta chirriar, Luis unió los cables y la luz con un chisporroteo alumbró de nuevo el piso inferior.

El resto fue como una pesadilla de carreras y gritos. Nadie le habló, nadie le preguntó, sólo un policía le planteó las cuestiones de rutina, qué había oído, qué había visto. Nada, estaba intentando hallar la causa del apagón.

Dos agentes se llevaron al vicepresidente, que declaraba su inocencia a gritos por el pasillo. La conmoción duró varios días, nadie esperaba una reacción así, todos hipócritamente lo sentían, aunque los menos cristianos reconocían que ambos se lo merecían. La opinión personal se convirtió en una especie de obsesión, y todos se preguntaban entre sí, para expiar los malos pensamientos que alguna vez habían sentido. Cuando preguntaban a Luis Malo qué sentía, se encogía de hombros y decía: «vendrán otros».

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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