triptico.com

Un naufragio personal

Penthalm

La primera vez que oí hablar de Penthalm fue en un sueño. Y no debería decir que lo oí, sino que pude ver las letras que componen su nombre. Ocho letras claramente diferenciadas.

También supe entonces que Penthalm era una ciudad, de algún modo notoria, pero poco más. El sueño se perdía como tantos sueños entre la bruma, y recordaba que había algo más, pero no qué. Ese nombre, en su representación escrita, rondó por mi cabeza largo tiempo, quizá meses.

Más tarde, fui escuchando referencias sobre Penthalm en comentarios de gente de todo tipo, comentarios siempre tangenciales, nunca directos. Gentes aparentemente superficiales, gentes desconocidas, panfletos manchados de pisadas, emisoras de radio nubladas de interferencias.

Ahora sé mucho sobre Penthalm. Sé sobre la gran polémica acerca de su pronunciación (siempre sajona; Pent-halm o Pen-thalm), sé sobre su idiosincrasia, sobre sus leyendas. En un transporte público escuché a dos acalorados contertulios discutir sobre si se debe o no hablar en público de Penthalm; en un cuento infantil se entreveía parte de su historia, aunque no se nombrase explícitamente.

Nadie ha estado en Penthalm, naturalmente, ni la ha visto, aunque un tipo me contó haber oído a un viejo mendigo que había recibido una carta de alguien de allí, y que había abandonado su vida anterior después de lo que en ella había leído. Hay siempre algo de fascinante y de sobrecogedor en cualquier cosa que se aprende sobre esta ciudad anómala, pero nunca es claro, y siempre está ornamentado con algún detalle inventado por el que te lo cuenta, como si con ello se formase un poco parte de la historia y se involucrase con los hechos.

Penthalm es una ciudad. Tiene varias características peculiares que la hacen diferente del resto de las ciudades. Una de ellas, que no está albergada en un país, ni en una isla, ni en un continente. Quizá este hecho es el más notable, o al menos el más sorprendente para algunos, pero pienso que insistir en demasía sobre él trivializa el resto de sus peculiaridades, en mi opinión mucho más importantes y trascendentes. Otro punto interesante es que es un ser vivo, de forma similar a ti o a mí, aunque no exactamente igual. Cada calle, cada casa, cada cloaca, es una parte indivisible de Penthalm, alcanzadas todas por sus invisibles tejidos nerviosos, todas sensibles, permeables a sensaciones. Si alguna de sus partes sufriera algún daño, Penthalm completa sufriría, modificando su forma imperceptiblemente para mitigar el dolor o corregir la falta. Algunos dicen que avanza por las llanuras, despacio, y que sólo los árboles se percatan de su movimiento, porque ellos crecen a una velocidad semejante y su vida transcurre lenta. Otros dicen que se extiende, pero yo no lo creo.

La historia de Penthalm no hace referencia a sus fundadores. Este es otro tema habitual de polémica, cuál es la razón de esta falta, si se han perdido sus nombres o si su fundación no dependió de nadie. Yo no sé qué pensar, en ciertos temas parece tan humana que estuviera hecha de carne, huesos y pelos, y en otras, se me antoja terriblemente ajena. Hay quien habla de una canción histórica, en que se nombra su nacimiento y se habla de sus padres, pero quizá es otro cuento apócrifo.

Los ciudadanos de Penthalm viven despreocupados y ajenos a todo esto. De hecho, creen que habitan una ciudad normal, Penthalm se encarga de crear la ilusión de que forman parte del resto de la humanidad. Nacen, viven, trabajan, e incluso cooperan en el desarrollo de su ciudad, como ciudadanos normales, sin incluso saber que son dichosos y poseedores de un bien tan inigualable como intangible.

Lo más importante es que ninguno de ellos sepa lo que ocurre. Me han dicho que si alguna vez alguno se enterase, toda la magia que alimenta a Penthalm se perdería y pasaría a formar parte de algún mapa, de alguna península, de alguna meseta. Alguien incluso argumenta que eso ya ha ocurrido y que Penthalm yace sin vida ya, como un enorme esqueleto, en alguna planicie, al lado de un posible río, habitado por personas que a modo de necrófagos horadan y fatigan sus calles inertes.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

Relacionados

Comentarios de los visitantes