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Un naufragio personal

Tambores

Ngengwa oyó tambores. El mensaje parecía claro: ceremonia nupcial con una extranjera. Cuando fue a repetirlo (él era el encargado de repetir los mensajes que llegaban del valle, encaramado a un picacho en el barranco, pues la pared rocosa no permitía que el sonido cruzara al otro lado) dudó; podía ser una boda con una extranjera, pero también podía ser un mensaje de amenaza de guerra, interpretado involuntariamente más rápido debido al nerviosismo. Pero no sólo eso; también podía ser una noticia sobre la visita de una tribu de más allá del páramo, tocada con un ritmo más entrecortado: cierto era que debido al incendio de días anteriores, el eco había cambiado y ya nada sonaba igual.

Ngengwa pudo interpretar el mensaje de otras tres o cuatro maneras distintas, hasta que se llamó al orden y transmitió los sonidos tal y como los había oído, modificándolos apenas perceptiblemente, añadiendo ese retintín sarcástico que tanto gustaba a su gente y que hacía que fuese él el elegido para repetir los mensajes que venían del valle durante tantos años consecutivos.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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