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Un naufragio personal

Terra Incognita I: La plaga

Mi despertar fue largo y fatigoso, y me sentía peor que el día anterior. La lluvia seguía cayendo con furia, y parecía de un color más amarillento que antes. Entre brumas vi a mis compañeros, aún durmientes, agazapados unos contra otros, como cachorros de perro. Alguno se desperezaba, entre ellos nuestro jefe.

- La lluvia ha cambiado - le dije, y tras mirarme, me ignoró. Si la tensión entre él y yo iba a mantenerse igual que los días anteriores, dudaba que pudiera soportarlo.

Se levantó, y mientras daba gritos a todo el mundo para que se levantara, estiró los brazos y echó la cabeza hacia atrás, abriendo la boca para dejar pasar la tibia lluvia hacia su garganta.

Con el cambio de la lluvia, el ruido de las gotas sobre mi casco era aún más insoportable que en los días anteriores. Estuve a punto de volver a pedir el relevo para que otro lo llevara puesto, pero sólo de pensar en un nuevo conflicto con mi jefe, sentí desfallecer. Alguien por detrás, al que no conocía, debió notar mi angustia y me comentó:

- No sé qué tiene contra ti, pero nunca te va a relevar de llevar el uniforme.

- Voy a volverme loco con este ruido - le contesté sin mirarle.

Reanudamos la marcha lenta y dolorosa bajo la lluvia, y dentro de mi traje sentía un calor insoportable, que unido al repiqueteo interminable me hacía sentir febril. Veía a todo el mundo con las cabezas empapadas de lluvia y les envidiaba.

Recorrimos el desfiladero hasta llegar a un pequeño barranco embarrado que nos tocó bajar, aproximadamente a la mitad de la jornada. Fue entonces cuando algunos empezaron a sentir los primeros síntomas.

- Me pica todo el cuerpo - en las manos y la cara aparecían rojeces como sabañones.

El jefe decidió ignorarlo y ordenó a todo el mundo bajar el barranco, pues en él estábamos demasiado expuestos. Hubo problemas para los que acarreaban el carro del material, pues las ruedas se clavaron en el fango y fue necesario que todos empujásemos para desatascarlo.

Cruzamos un bosque de árboles más altos y más rojizos de lo que hasta entonces habíamos visto y un pequeño riachuelo de un agua también más rojiza y más densa. Alguien escuchó en las copas de los árboles los mismos ruidos chirriantes a los que se refería el guía antes de morir, pero no pudimos ver nada. Otro se desmayó y el jefe ordenó acampar un tiempo para descansar. Yo me alejé un poco del improvisado campamento y me apoyé en el tronco de un árbol enorme que se torcía sobre mí y me resguardaba algo del infernal goteo. Aunque no desapareció del todo, me pareció recobrar una calma perdida hacía siglos. Cerré los ojos que me ardían y me sumí en un duermevela del que apenas recuerdo nada.

Cuando abrí los ojos vi que el color del cielo se había tornado más verdoso y algo más oscuro. Repentinamente pensé que habían levantado el campamento y se habían ido sin mí, pero al volverme vi a todos aún allí. Había una especie de febril actividad entre ellos, gritos y pasos apresurados por todas partes.

- ¿Qué pasa? - pregunté al doctor.

Me miró con ojos de terror.

- No sé, no sé, nunca había visto una cosa igual - y desapareció por mi derecha.

Entre la gente yendo y viniendo, había varias decenas de hombres tendidos en el suelo, retorciéndose. Me acerqué y vi lo que les ocurría. Tenían el cuerpo cubierto de unas llagas horribles, la cara, los brazos, todo. Algunas de las llagas parecían moverse; mirándolas más fijamente, podía verse como una especie de cabeza de gusano. Con el corazón en un puño, fui recorriendo las filas de enfermos, con su mal avanzado de diversas formas, algunos no se movían, sólo se apreciaba en ellos una especie de oleaje, como el viento cuando mece un campo de trigo, de tan agusanados como estaban. Algunos les secaban con trapos las heridas; otros especulaban si era la alimentación, si era un virus, si era algún insecto que no conocíamos.

Me dediqué a atender a uno de los ellos, que me pedía que le matase. Sus ojos eran apenas cuencas hirvientes de cosas blandas y móviles; sus manos temblaban como si corrieran lampreas por sus venas. El jefe había caído también presa de aquel mal horrible, por lo que la organización había desaparecido por completo. Unos se peleaban; un grupo de cuatro o cinco decidió irse. Lo cierto es que nadie parecía libre, de pronto escuchaba a alguien quejarse de picores y un cuarto de hora más tarde estaba en el suelo convulsionando y cubierto de sangre. Cuando el doctor se desplomó, el caos fue absoluto. Se iban corriendo, se suicidaban, mientras la lluvia incesante bañaba los cuerpos lacerados como si nada ocurriera.

Hacia el crepúsculo murió el último de mis compañeros entre dolores atroces. Unas horas antes, yo había comprendido lo que ocurría. Era la lluvia, esta extraña lluvia de color amarillento y de consistencia aceitosa. Mi particular infierno de tamborileo estruendoso me había salvado.

Me incorporé y mis rodillas se quejaron de haber estado tanto tiempo encogido. Miré a mi alrededor y el paisaje era un entramado de cadáveres retorcidos. Los primeros afectados apenas parecían cadáveres ordinarios sino masas esponjosas y dilatadas apenas antropomórficas, y habían sido abandonados ya por sus parásitos, probablemente por carecer de utilidad para ellos.

El carro con el instrumental, abandonado a su suerte, se había ido deslizando lentamente por el barro y aparecía medio sumergido en el riachuelo. Era absurdo intentar sacarlo de ahí, o incluso pretender seguir yo solo con la misión. Eché a andar hacia adelante acompañado del eterno golpeteo en mi cabeza y ya era casi noche cerrada cuando encontré varias masas esponjosas muy juntas entre sí, probablemente algunos de mis compañeros que habían pretendido huir de la condena. Miré hacia atrás y ya no veía el carro, el riachuelo o los muertos.

No deseaba pararme y casi a ciegas seguí manteniendo el mismo rumbo.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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