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Un naufragio personal

Terra Incognita II: Los seres lúdicos

- El juego consiste - dijo el ser de mirada penetrante - en lanzar esas piezas sobre el tablero. Según la cara sobre la que caigan, el símbolo pintado en ellas decidirá qué pieza has de mover.

- ¿Y eso es todo? ¿Dónde está el reto? ¿Sólo cuenta el azar?

Las criaturas se miraron entre ellas con duda, para al final mirarme todas a mí. Me sentía absolutamente aterrado por su aspecto, y aunque me hubieran mostrado sus intenciones pacíficas estaban muy lejos de inspirarme confianza.

- En este juego tienes que asumir las cosas tal como te vienen - dijo mi interlocutor al fin - No tienes que decidir nada. Sólo lanza tus piezas y mueve según te ordenen.

- Sólo lanza tus piezas - murmuré para mí, y tomé los tres poliedros.

Sentí un escalofrío. Las piezas estaban extrañamente calientes, y vibraban con un zumbido apenas audible, como si cada una de ellas tuviese dentro un moscardón enloquecido. El tacto era profundamente desagradable, así que las lancé con repugnancia sobre el tablero.

Con un sonido como de madera fueron rebotando hasta parar. Los dados anómalos mostraron un cono, un prisma trapezoidal y un cubo con agujeros triangulares en las caras. Algo en mi jugada hizo regocijarse a uno de ellos, o así interpreté el movimiento exagerado y repentino de sus muchos brazos.

Moví hacia adelante las piezas representadas en los dados, y mi ejército de palo se aproximó un poco a sus supuestos enemigos.

Así pasó mucho tiempo y apenas había ocurrido nada en el combate, y mientras mis compañeros de juego permanecían apasionados, yo me aburría mortalmente. No sabía cómo podía librarme de aquello, hasta que al fin dije:

- Tengo que irme - todos volvieron sus aparatosas cabezas hacia mí.

- Entonces debes dejar algo tuyo, si quieres abandonar el juego - dijo el que estaba a mi derecha, que no había hablado hasta entonces.

Mal asunto, pensé. ¿Qué puedo dejar? Lo único que tenía era la tosca escultura que me regalaron los habitantes del río. Abrí mi traje y apenas la mostré, la más alta de las criaturas me espetó:

- ¿Pretendes ofendernos con eso? Guárdatelo y vete para siempre.

La profunda voz de aquel ser me produjo un estremecimiento. No sabía cómo, pero les había ofendido profundamente, y no parecía interesante verlos enfurecidos. Me dí media vuelta confundido y avergonzado y desanduve los infinitos corredores de piedra húmeda hasta volver a ver la luminiscencia boreal sobre mi cabeza.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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