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Un naufragio personal

Terra Incognita III: Vergel

Llevaba, al parecer, varios meses cuando empezaron a curarse mis heridas. Puedo recordar de entonces retazos de imágenes, seres escrutándome, lluvias torrenciales y grandes transiciones de temperatura, pasando de un calor abrasador a un frío paralizante.

Lo primero que recuerdo con cierta nitidez eran unas inmensas frutas que colgaban sobre mi cabeza, de colores vivos, del verde esmeralda al rojo ladrillo, que rezumaban un líquido denso que parecía gustar mucho a los insectos, dadas las nubes de ellos que revoloteaban a su alrededor. Algunos pájaros también se sentían atraídos por los frutos, pero sólo parecía ser curiosidad lo que les motivaba a posarse sobre las ramas y olisquear, para marcharse inmediatamente después.

Recuerdo también haber tenido mucha sed cuando desperté. Este despertar fue gradual, y quizá formado por períodos de recaída, pues estos momentos de sed desesperante parecían alternarse con otros de mejora, en que casi deseaba levantarme, pese a resultarme completamente imposible.

Alguien cuidó de mí en el vergel. Como dije, recuerdo seres mirándome con sorpresa, pero apenas los recreo como sombras difusas; quisiera poder saber qué eran, al menos para saber con quién sentirme agradecido. No habría aguantado mucho en mi estado, y a ellos les pareció pertinente por alguna razón que yo no muriera. Sí podría afirmar casi sin dudarlo que eran varios, pero no estoy absolutamente seguro.

El día en que conseguí incorporarme era por la tarde. No era mi primer intento, desde luego, pero sí el definitivo. Sujetándome a un tronco sarmentoso que había estado siempre a mi derecha me puse en pie, mientras un dolor espantoso en las piernas, rodillas y espalda intentaba hacerme desistir. Al adoptar la posición erguida, miré a mi alrededor, intentando mover la cabeza lentamente para no perder el equilibrio; ante mí sólo había floresta, una maraña de árboles de muy diversas formas dispuestos de forma asimétrica. A mi izquierda había una grieta en el lecho de lo que tomé por las grandes raíces en las que había estado tumbado, pero que al asomarme descubrí no eran tales, sino unas gruesas ramas suspendidas a una altura que no pude determinar. Hacia abajo veía copas de árboles más bajos, ramas, nidos de pájaros y frutas, igual que hacia arriba. Era una interminable pila de árboles con las raíces en las copas de otros. En mi estado no pude adivinar en qué parte de esa serie de árboles estaba; no podía ver ni el suelo ni el cielo, aunque una luz fosforescente, ocasionada seguramente por la luz filtrándose a través de cientos de hojas de distintos colores, me permitía distinguir el día de la noche.

Junto a mí, y enclavado sobre las ramas que habían sido mi catre durante tanto tiempo, brotaba un árbol muy recto de proporciones gigantescas, de corteza dura y de tono grisáceo, con la lejana copa coronada por una serie de árboles retorcidos parecidos a encinas, que hacían confusa toda la techumbre de vegetación.

Salvo los pájaros y los insectos, no podía ver ninguna otra traza de vida animal. Quién me había llevado hasta allí y porqué, nunca lo supe. Cuando recibí el ataque de aquella horrible bestia, que me provoca sudores fríos cada vez que intento recordarlo, no había en derredor ningún bosque, y mucho menos un vergel como aquél. El transporte de mi cuerpo tan lejos y a aquella altura debía haber sido algo tremendamente trabajoso para cualquiera, por ágil y fuerte que fuera; sólo intentar imaginar la respuesta a estas preguntas tan impertinentes me provocaba náuseas.

Tenía hambre, pero también tenía que haber sido alimentado de alguna forma, y no con los frutos que colgaban sobre mí, pues no habían sido tocados durante mi convalecencia. No obstante, si alguien había decidido mantenerme vivo, era lógico que me hubiese ubicado en algún lugar donde darme de comer no implicara grandes viajes.

Caminando por la rama (que salvo las ocasionales grietas, podía haberme parecido suelo firme), llegué a una zona donde otras ramas, de marrones más oscuros, se cruzaban sobre mí. De algunos tallos menos leñosos que de ellas nacían colgaban una especie de albaricoques tan grandes como mi cabeza. Al verlos sentí la impresión de que me eran familiares; confié en que aquello fuese el recuerdo de haberlos comido durante mi cura y no sin gran esfuerzo arranqué uno de ellos. Tras pelarlo trabajosamente, lo probé; aunque era ácido y un poco agrio, me pareció dulce y jugoso y fui comiéndolo a trozos pequeños. De inmediato me sentí vigorizado, y tomando un pedazo y dejando el resto al pie de donde lo había tomado, seguí recorriendo la rama, pues mi intención no era en absoluto quedarme toda la vida colgado de las alturas.

La rama se fue estrechando hasta que tomó la anchura de unos seis o siete cuerpos humanos, en que pude ver dónde terminaba. A varios pies por debajo cruzaba otra rama, que parecía llevarme más hacia la izquierda y perderse en la espesura. Opté por seguirla, pero no en ese momento, pues los varios cientos de pasos que había dado me parecían varias jornadas de viaje. Retrocedí hasta donde no veía el vacío a ambos lados (no muy lejos) y apoyado en una pared arbórea me recosté.

Traté de ordenar mis ideas recordando las distintas etapas de mi viaje, por si alguna vez me veía obligado a contarlo. De algunas de ellas apenas podía recordar nada; otras en cambio estaban frescas en mi memoria. ¿Cuánto tiempo había pasado? Imposible saberlo. Sólo me sentía enormemente estúpido, como si todo lo malo que había ocurrido fuera culpa mía.

La noche me asaltó con una fiebre convulsiva y unos sueños cíclicos, en que me sentía sujeto precariamente por unas lianas pendido en el vacío, mecido sin piedad por un viento caliente y furioso. Estos sueños se sucedieron casi hasta el alba, en que envuelto en sudores fríos sentí que la calma me iba dominando.

El sol debía estar en el cenit cuando desperté, por cómo incidía la luz sobre los troncos que me rodeaban. Me sentía mucho peor que el día anterior (si es que había pasado sólo un día, que no estaba seguro), pero intenté seguir el plan que me había trazado, intentar alcanzar aquella rama que pasaba por debajo de mí varios metros más allá.

Me acerqué hasta allí y me pareció una hazaña mucho más heroica que la vez anterior. La rama parecía estar increíblemente lejos, y al contrario que las actuales, era bastante más redondeada, mostrándome una superficie peligrosamente curva, sobre todo para saltar sobre ella en el estado en que me encontraba. Pero de ninguna manera pensaba quedarme allí, y estaba realmente harto para ponerme a buscar un camino alternativo.

Me senté a horcajadas sobre la rama, y me apoyé entero sobre ella, reposando la cara, sintiendo rezumar la humedad. Poco a poco me fui girando hacia la izquierda y separando esa pierna de la rama intentando alcanzar la inferior. La mano derecha me fue doliendo cada vez más según iba volcando todo mi peso sobre ella. La rama inferior se acercaba centímetro a centímetro, pero cada vez dudaba más poder aguantarlo. Intenté sacar fuerzas de flaqueza y que mi mano aguantara, pero no las tenía. Tuve la sensación apremiante de que era mejor volver arriba; tenía que intentar recuperar mi posición anterior, ya no podía más.

Intenté con el pie derecho, clavándolo en el tronco, aliviar la presión de mi mano, que ya apenas sentía. Angustiado cambié de idea; si no podía volver a sentarme sobre la rama, no quedaba más remedio que jugármelo a una carta e intentar alcanzar la rama inferior. Todas estas dudas resultaron fatales.

Rozaba ya mi destino con la punta del pie izquierdo cuando mi brazo derecho falló. Me sentí como un peso muerto en el aire y vi pasar como una mancha borrosa mi rama deseada. Caía.

Quizá la adrenalina me hizo alcanzar una sensación de percepción muy superior a la que había tenido en mucho tiempo. Aún rápido, podía ver con claridad cómo cada una de las hojas quedaban más arriba, rodeado de crujidos de ramas rompiéndose y de graznidos de pájaros que huían despavoridos del estruendo. Sentí golpes por todas partes, casi simultáneos, pinchazos y latigazos.

El impacto final me llegó como ruido y no como dolor; éste llegó instantes después, probablemente cuando mi cuerpo se dio cuenta realmente de que era ahora cuando tenía que doler. Miré mis brazos y los vi cubiertos de sangre, y dos dedos de mi mano izquierda ya no estaban, aunque aún me parecía tenerlos. No podía moverme, y me sentía como ensartado en un colchón de clavos, hecho que confirmé, al ver que había caído boca arriba sobre una rama extraordinariamente rugosa, cubierta de unas púas como de medio centímetro de largas. Quizá consciente de la gravedad de la caída, primero me alegré por seguir vivo y después por no haber perdido la vista.

Pero segundos después me llegó la desesperación y lloré. Estuve llorando varios minutos, hasta que creo que perdí el conocimiento.

Ya despierto, después de otros agitados sueños febriles, decidí volver a luchar por la vida, o por lo que me quedara de ella. Repasando el estado de mi cuerpo como lo hace un capitán al estudiar su barco tras una terrible tormenta, descubrí que no podía mover la pierna derecha, aparte de la horrible comezón que sufría en la espalda por los pinchazos y de los dedos de la mano que había perdido. Me consolé pensando que al menos eran el meñique y el anular, que no se usaban demasiado, y que la herida parecía haberse cerrado, pese a lo traumático de haberlos perdido de cuajo.

Haciendo fuerza con mi pierna izquierda me desclavé del tronco, con el dolor de mil pirañas mordiéndome la carne. Ciertamente mi otra pierna no respondía, como si no fuese mía. Estaría rota, o algo peor. Arrastrándome llegué hasta otra rama, que parecía fundida a la primera, pero cuya superficie era mucho más lisa y menos dolorosa.

Decidí tomarme mi recuperación con calma, como quien nace y crece. Para mantener mi cabeza serena me propuse marcar los días y las noches transcurridos y cantar canciones todas las mañanas.

Mi pierna comenzó a poder moverse entre la noche del día dieciocho y la tarde del diecinueve. Al contrario de lo que me había ocurrido siempre, me parecía que contando los días pasaban más deprisa. Algunos pájaros con desfachatez se posaban delante de mí casi todas las tardes, me miraban y luego se miraban entre ellos, como esperando que alguno diera con la razón por la que yo estaba allí. Siempre eran los mismos, de colores amarillos y rojos, con picos colorados. Llegué a tomarles cariño y les echaba de menos en las tardes que no venían. Les puse un nombre a cada uno que ahora he olvidado, pues podía distinguirlos, tenían rasgos en sus caras, unos más regordetes, otros más serios, otros más inteligentes.

El vergel era honesto contigo si tú lo eras con él; podía ser muy injusto si pedías cosas que no te correspondían. Pero tenía presente que algún día solicitaría bajar y me sería concedido.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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