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Un naufragio personal

Terra Incognita IV: La canción

Se nos pidió un silencio absoluto. El sacerdote alzó sus brazos al cielo, y los Habitantes de las Brumas se retorcieron hasta casi desaparecer. Todos los espectadores fueron callando hasta que un silencio espacial invadió la estancia.

No podía ver a los músicos; quizá era esa su intención, permanecer anónimos y no tiznar la impresión que iba a dejarnos su música con la asociación de alguien interpretándola.

Comenzó desde la nada un zumbido profundo y muy grave, como un pedal de contrabajos con algo de burbujeo. No era un acorde, pero el sonido poseía muchos armónicos que le daban una gran presencia; fue creciendo entre nosotros muy despacio.

Sobre este sonido apareció, unas dos octavas más alto, un sonido como de instrumento de viento, con la brillantez de una flauta, que imitaba al unísono el pedal inicial, en un crescendo apreciable. De repente, abandonó su monotonía y dibujó una melodía ascendente, que con sorpresa mía fue repetida a modo de canon, pero con un matiz más piano, por otro sonido nasal como el de una cornamusa. El instrumento anterior, que tenía también algo de percusivo, saltaba y brincaba con una melodía que se repetía con algo de modificación como una especie de ostinato con un patrón muy largo, seguido inmediatamente por la cornamusa, que con su repetición daba la sensación de un eco amplísimo. De pronto surgió un acorde casi natural, con algo nuevo que no podía apreciar pero que me parecía muy lejanamente familiar. Este acorde fue creciendo también, de la misma forma en que habían hecho su aparición todos los instrumentos, y poco a poco fue invadiéndolo todo, encajando a la perfección con las melodías de la flauta y la cornamusa, e incluso modificándolos al descubrir que formaban una armonía diferente. El acorde cambiaba cada cinco o seis compases mientras que los otros instrumentos mantenían su persecución como en una especie de fuga, y los extraños contrabajos insistían en mantener su nota pedal. Y entre el clima lentamente creciente apareció una especie de trémolo, muy denso, que ascendía un tono o tono y medio a intervalos de tiempo no constantes, pero que también arrastraba la armonía de forma notoria. Cuando atrapó a los instrumentos melódicos en una especie de acorde imperfecto, estos empezaron a interpretar unos arpegios ascendentes, que añadían una ansiedad creciente al conjunto, vaticinando una explosión que al fin se produjo.

Como un trueno, comenzaron a batir un indescriptible conjunto de tambores y timbales, con sonidos desde metálicos a sordos, que dividieron la música anterior en tresillos, mutando absolutamente el ritmo y produciendo en el pecho una sensación indescriptible de alegría eufórica. El acorde seguía rotando cada cinco o seis compases, y ahora su timbre era parecido a cuerdas por algo más continuo y más brillante, y los contrabajos ya cambiaban su nota pedal cada cierto tiempo, y pese a ser un sonido tan grave las transiciones eran inmediatas, como si el sonido en sí mismo tuviera mucho ataque, más parecido ahora a un órgano que a los contrabajos mismos. Entre la percusión me parecía escuchar estampidos como olas contra los rompientes, sonidos de gotas cristalinas, y hasta una especie de ulular de viento como un gong de otro mundo.

Cuando el ritmo se hubo incrustado en nuestras almas, volvieron las cornamusas y las flautas (que desde el comienzo de la percusión habían permanecido en segundo plano), pero esta vez a tres voces, y mientras las flautas a tres sonaban casi como cantos humanos, las cornamusas resonaban como rugidos de animales, más graves que antes, quizá más sonoras. Ya no ejecutaban un ostinato sino que a modo de antífona hacían sonar, ora unas, ora las otras, unos fuertes acordes muy distintos al que hacía de base, y casi opuestos al pedal que ahora cambiaba en cada compás.

En medio del armónico estruendo empezaron a batir una especie de enormes campanas, increíblemente bellas y densas, que parecían ahogar cuanto sonido las rodeaba cuando percutían, y entraban en vibración con mis vísceras, produciéndome escalofríos cada vez que aparecían. El final, aunque se adivinaba cercano, llegó antes de lo que todos esperábamos. No hubo un fundido ni un acorde final: el sonido entero se desplomó como un cristal que se rompe. Sentí un vacío intenso, como el posterior al orgasmo. Mientras la música sonaba me había olvidado de mí mismo y de todo lo demás. Ahora, me parecía no poder ni saber vivir sin ella. Todas las criaturas que me rodeaban parecían sentir la misma desazón, todas inmóviles y silenciosas, y aunque no podía descifrar ni comprender los gestos de sus muy diferentes rostros, creo que deseaban morir, como yo mismo.

Aunque recuerdo muy bien todas y cada una de las modificaciones que hubo en la canción, no recuerdo ni vagamente siquiera cuánto duró la experiencia. Seguramente mucho; el color del cielo y las nubes eran muy distintos después, como si hubiera pasado mucho tiempo, o como si hasta ellos se hubiesen sentido maravillados y manifestaran así su admiración y respeto.

Los espectadores fueron retirándose lentamente, con resignación. Según se fue vaciando la estancia yo permanecí allí, para ver si podía ver a los músicos y a los instrumentos. Al verme inmóvil, el sacerdote me preguntó si esperaba algo más. Quiero ver a los músicos, le dije. Él me miró con condescendencia y se marchó. En vano esperé. Los músicos no aparecieron.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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