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Un naufragio personal

Tijeras

Siempre fuiste mi mejor amigo, Gregorio. El único que ha perdurado con el paso de los años. Echo la cabeza hacia atrás, y siempre te recuerdo cerca, ayudándome, protegiéndome de las piedras que los demás me tiraban cuando era niño. Y en el colegio. Mi madre te quería mucho, ¿sabes? Por eso siempre que te veía conmigo dejaba de llorar, pues pensaba que tu compañía iba a cambiarme, que harías de mí algo positivo. Y es que siempre dijo que yo confundía las cosas. Contigo aprendí a entenderlo todo, Gregorio. Tú me enseñaste a cuidar del jardín, a podar los rosales, a esperar pacientemente a que las semillas creciesen. Las rosas siempre me han agradecido lo que tú me enseñaste, siempre han crecido fuertes, cada año más brillantes y más grandes. Y con eso he visto que has hecho de mí algo positivo. Por eso te he hecho este regalo, para que veas que soy agradecido. Para que veas que soy un maestro de las tijeras. He hecho un buen trabajo contigo, amigo. Ahora ocupas todo el salón, extendido por el suelo como un manto de hierba, por la pared, como una enredadera. Aún está todo encharcado de esa savia roja y pegajosa que huele a herramientas oxidadas, pero pronto se absorberá, como cuando me quedaba dormido con la manguera regando el césped. El hueso era más duro que el palo de rosal. No ha sido fácil, te lo aseguro, pero no hay como el trabajo bien hecho.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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