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Un naufragio personal

Tres errores

Una vez, la vida se generó en el lugar erróneo. En vez de ocupar un germen o un embrión, fue a brotar entre unas piedras graníticas en la ladera de una gran montaña. El medio era verdaderamente hostil, pero la vida suple sus carencias con la tenacidad. Fueron pasando los años y el brote se fue ramificando por las minúsculas grietas, expandiéndose poco a poco horadando a sus anfitriones, coleccionando energía como un magma. Afuera estaban los elementos, las plantas, los animales y el hombre; dentro, la vida, tratando de enmendar su error. Y tanta presión no hay roca que la soporte. Una noche de frío la piedra cedió al empuje del agua helándose y se rajó, exponiendo el brote de vida y dejándolo escapar como una fuente. La vida se sintió expulsada como un vómito, y hasta produjo una pequeña llamarada cuando entró en combustión con el aire y se desvaneció para siempre.

Otra vez, Tomás acompañaba a Mar hasta el andén llevándole las maletas. Mar no quería irse, y Tomás lo sabía, y aunque él tampoco quería que ella se fuera, era lo bastante orgulloso para no decir nada. Subió el equipaje al vagón, mientras le recordaba lo obvio, llevas el billete, has traído lectura que el viaje es muy largo, llama cuando llegues. Se despiden con un beso breve cuando suena el silbato, pero cuando Tomás se sienta y empieza a percibir el movimiento, le parece que todo ha cambiado, mira por la ventanilla hacia el andén y ve personas despidiéndose, y aunque es la misma estación, tiene un aspecto ligeramente distinto, los objetos no tienen exactamente el mismo tamaño ni la misma ubicación y hasta el nombre en aquel letrero no le dice nada. Se da cuenta de que el calor del tren le reconforta y recuerda que ha madrugado mucho mientras le invade un dulce sopor, revisa su bolsa de mano y coge su libro, que leerá después de un sueñecito.

La tercera vez un hombre salió de su casa más pronto de lo habitual. En las calles mojadas relucía la luz de las farolas y no se oía absolutamente nada. En el cielo negro brillaba la luna llena, pero según la observó detenidamente, descubrió que no tenía sus manchas características. Brillaba como un agujero recortado en un telón cerrado, como si todo el universo fuera un teatro ridículo, el mundo los bastidores, y la gente los actores de una drama ruso largo y fatigoso.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

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