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Un naufragio personal

Un hombre justo

Año 2048. La noche se derrama por las esquinas roñosas de la ciudad, y el paisaje de cemento renegrido y metales retorcidos asoma entre la niebla de humos y polvo. La escoria de décadas se almacena por los callejones donde la maldad de una humanidad abandonada a su suerte se manifiesta en innumerables formas de abuso y dolor. Hace años que no llueve, y el sol apenas se intuye tras una capa casi perpetua de grises y negros. Esta ciudad no es nada especial; es como casi todas, hipertrofiada, agónica, surcada de subterráneos caóticos y cloacas impracticables.

Boris ya no dormita en su esquina, le ha despertado un resplandor al inicio del callejón. Pueden ser bandas o tropas, o algún vehículo, aunque hace mucho tiempo que no ve ninguno. Se cubre con su manta roída como un niño asustado, como convencido de que dentro de su lecho de basura está a salvo.

Gabriel camina lento, casi parece que no toca el suelo. Su aura resplandeciente ilumina el callejón y se sorprende de tanta inmundicia. El, que ha sido conocedor de mucho dolor y sufrimiento, no puede dejar de sobrecogerse. Mira las paredes desconchadas y siente el vacío espiritual que sólo él por su naturaleza puede apreciar. Entre los cartones ve a Boris; con paso solemne se le acerca.

Boris mira al sujeto que está frente a él. Realmente no puede creer lo que ve, esa figura alta y esbelta, como con luz propia, que le observa inmóvil. Junto a su catre hay restos de botellas y con mano trémula empuña un casco roto; el individuo luminoso alza una mano y Boris se siente más tranquilo.

Gabriel se acerca más a Boris y con sus sentidos terrenales aprecia su olor. Y Gabriel es tenaz y sabe su misión; transmite el mensaje con exactitud. El Señor no destruirá tu mundo si en él hay un hombre justo, le dice a Boris, y su voz resuena con un eco espectral. Boris empieza a entender con quién habla. Los ojos de iris dorado de Gabriel se le clavan en los suyos. Los cabellos rubios caen en ordenados bucles y todo en él es armonioso.

Gabriel pregunta si él es el hombre justo. Boris le mira, con la boca abierta, incapaz de articular ni un sonido. Insiste. Boris intuye fatiga en el rostro arcangélico de Gabriel, o quizá es un leve gesto de otra sensación que él no entiende. Toma, dice Gabriel, toma estas escrituras, y le tiende un papel amarillento lleno de unas figuras incomprensibles. Es escritura angélica, sé que los hombres no podéis entenderla, pero os servirá para salvaros. Boris, al fin, pregunta cómo. Qué puede hacer él, que no es nadie, que sólo es un grano en arena en el desierto. Nadie va a escucharme, insiste al arcángel, que sigue mostrando su imagen impasible. Servirá para salvaros, repite. El Señor no destruirá tu mundo si en él hay un hombre justo. Tú debes llevar este mensaje a los hombres.

Gabriel da media vuelta. Boris contempla sus manos azuladas por los hongos y siente un escalofrío. Gabriel teme; sabe que los hombres se han olvidado de Dios, y sabe que Dios también ha olvidado a los hombres. Todo esto es iniciativa suya, un intento desesperado por salvar a la humanidad en la que ya ni ella misma cree. Sabe que intercediendo así se enfrenta al señor, pero pese a todo siente que obra correctamente. Echa una última mirada a Boris; no vale con ser un hombre justo. Quizá no sirva de nada.

Boris ve un remolino de luz tragarse a Gabriel y desvanecerse desperdigando papeles y basura. En sus insensibles manos está el papel con el mensaje del ángel, que él debe hacer llegar a la humanidad entera. El nunca ha sido hombre de grandes entendederas, pero poco es necesario para ver que siquiera intentarlo es inútil. Primero tendría que comprender la organización de su mundo, conocer la ruta a seguir como mensajero divino; atravesar los peligros, vencer adversarios, con un papel garabateado de signos estúpidos y convencer a todos de que aquello era la única salvación. Se siente engañado; siente que aquello sólo ha sido una maniobra del arcángel para mantener limpia su conciencia, para no sentir que no ha hecho todo lo posible. Algo de iluminación celestial le debe haber quedado de su encuentro, pues comprende cosas que nunca antes había acaso imaginado. Que todo es una falacia, que nadie se ha preocupado de nosotros, que somos exactamente lo que hemos querido ser.

Boris arroja el papel con la salvación del mundo a una alcantarilla, donde se desliza por tuberías oxidadas y se empapa de aguas fecales. Tal vez sea mejor así.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero. Monstruos

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Visitor comments

Anonymous
2010-09-28
no es lo qu busco