triptico.com

Un naufragio personal

Un ictiosaurio varado

Por primera vez se aproximó a la costa, que tanto miedo ocasionaba a los suyos. Aunque su mente no era una mente racional, era la culminación de toda una rama evolutiva en que el instinto era tan complejo que le permitía partir de suposiciones y llegar a conclusiones. Era el último de su raza, probablemente, él sabía que su especie y otras muchas se habían descastado y habían desaparecido casi por completo. Y sabía por qué. Sus grandes avances en el conocimiento habían sido la causa de todo. Pero cómo haberlo evitado, cómo se puede evitar el fatal desenlace si millones de años de evolución te han llevado a él y demostrado que no hay otra alternativa.

Su instinto le advirtió que el fondo se le acercaba peligrosamente a medida que la distancia de la costa disminuía. De aquella peculiar forma podía sentir todas y cada una de aquellas agudas puntas de coral señalarle desde una distancia inalcanzable y advertirle que alejarse de alta mar era un asunto peligroso.

No tenía prisa. Tarde o temprano todo llega, y veía la tierra, las praderas más allá de la playa, los árboles, la vida terrestre, tan lejana a todo lo que él conocía. A su lado zumbó un gran pez, que se daba a la fuga tras haber vislumbrado su largo hocico erizado de pequeños dientes como cuchillos. Los peces eran diferentes, pensó. No conocen nada. Su instinto es primitivo y sólo responden a estímulos evidentes. Hizo un gesto breve lanzando su hocico hacia unas grandes medusas, simplemente para asustarlas, porque hacía varias semanas que no comía nada voluntariamente.

Con un movimiento calculado de su cola, lanzó su cuerpo fusiforme fuera del agua, como una flecha de varias toneladas, rasgando el aire y ahuyentando a las aves marinas más asadas, que ya se aventuraban a aquella distancia. También eran estúpidas. Eran descendientes de los seres de la tierra, pero no habían alcanzado el intrincado instinto de ellos y de los reptiles marinos. De alguna forma añoró ese desconocimiento al verlas volar despreocupadas como si existiera esperanza.

A medida que el fondo clareaba, el mar estaba mucho más tranquilo. Bandadas de pequeños peces como chispas rozaban sus costados pulidos y brillantes y se asustaban al verle, como siempre.

Pudo sentir de nuevo aquella sensación de vacío, ahora mucho más acentuada al verse cada vez más privado de espacio para moverse. Otra vez una náusea. Estaba traicionando a su cuerpo y éste así se lo hacía notar.

Volvió a sacar su gran cabeza del agua y dejó que la inercia lo arrastrase, mientras aspiraba una bocanada de aire, tan profundamente que casi sintió quemazón en sus pulmones lacerados. Allá arriba, el cielo era un atardecer rosa con nubes amarillas, triste como el más triste de los ocasos. Pero lo peor era aquel carácter conclusivo que siempre había tenido su vida, esa sensación claustrofóbica que provoca saber lo que iba a ocurrir.

En la playa reposaban los cuerpos inertes de muchos otros reptiles marinos, aunque no vio a ninguno de su especie. Volvió a su mente el hecho de ser el último, pues siempre ha de haber un último de cada especie y hacía muchos años que no había visto a ninguno de sus semejantes.

Su instinto volvió a hablarle como otro ser, como un interlocutor distante. Le habló del futuro, le habló de la creación del mundo, le habló de la finalidad de la vida. No pudo hacer oídos sordos, nunca pudo. Desde su infancia lo había escuchado haciéndole comprender el porqué de todo.

De varios potentes coletazos lanzó su cuerpo hacia la playa. Antes, mucho antes de tocar el fondo, sintió en su vientre la cercanía creciente de la arena. Cuando el manto de restos de conchas desgarró su piel ya sabía lo que iba a sentir. Con un estruendoso ruido, se embarrancó.

Fuera del medio que lo vio nacer, era un enorme pedazo de carne. Alimento para aves, peces, cangrejos, seres inferiores. Sus pulmones apenas resistían el peso opresivo de su mole. Su piel y sus ojos empezaron a demandar agua, pero su vida ya no tenía significado y aquel sufrimiento era un trámite necesario.

Mientras la vida le abandonaba, su instinto repasó de nuevo toda la enseñanza de millones de años. Por culpa de aquel instinto tan desarrollado, había llegado a comprender qué significado tiene la existencia de los seres, cuál es el motor de toda aquella farsa, cuál había sido el desarrollo desde el primer esbozo de la vida, porque no podía haber sido de otra manera. Y sabía que probablemente era el último ser sobre la tierra que comprendía todo aquello, y que ningún otro ser con mente capaz de razonar podía llegar apenas a intuirlo. Vio en un futuro no muy lejano aves y mamíferos ocupar su nicho, casi creyó ver grupos de aquellos nuevos inquilinos del planeta navegar en grandes cuerpos de madera y otros materiales, creyéndose absolutos conocedores de la verdad, pero ajenos completamente, e incapaces de comprender nada con sus mentes limitadas por la razón, y vio su fin, y el de las criaturas que los siguieron, y mucho más.

En la playa había un ictiosaurio varado, su silueta se recortaba contra el cielo ahora rojo sangre. Los animales de la costa lo recibieron como una bendición.

-- Ángel Ortega, Las Tijeras del Viajero

Relacionados

Comentarios de los visitantes