Ángel Ortega III

Un naufragio personal

The Triumph Of Death

I've assembled this using parts of old Ann Hell's music. Please enjoy it.

I wish the skeleton would bang the drums synchronized with the beats.

Burocracia obstructiva

En el mostrador no había nadie.

Franz se acercó hasta allí y apoyó su maletín sobre la superficie de mármol, quebrada por varias partes donde se acumulaba una suciedad entre amarilla y negra.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Franz se puso de puntillas para ver más allá del mostrador pero solo había una silla con la tapicería reventada, una mesita de madera con una máquina de escribir antigua a la que le faltaba el carro y un portón metálico con un ventanuco enrejado.

Franz recorrió el hall de nuevo, investigando el entorno. Por el suelo había papeles amarillentos escritos a mano con letra ilegible, recortes de periódico y pelusas como puños. También encontró un par de mierdas de gato y hojas secas.

En la pared del fondo había una lámina de corcho. Lo único que quedaba allí clavado eran algunas chinchetas, un calendario de diciembre de 1972 y la parte superior de un recorte de una revista con un artículo titulado «Conozca a su introvertido». Todo lo demás estaba tirado por el suelo.

La decadencia de aquel lugar era deprimente.

Un chirrido como del acople de un micrófono atronó en toda la estancia. Franz pensó que se le salía el corazón por la boca.

—¿Qué quiere? ¿Quién es? —dijo la voz de una vieja por algún sistema antiguo de megafonía.

Franz respiró hondo y trató de localizar el origen del sonido pero no pudo.

—Me llamo Franz Hauzman —gritó— y quiero visitar a un paciente.

—¿Cómo?

—Vengo a visitar a un paciente.

Se produjo una pausa y otro acople.

—¿Y quién querría hacer eso? —dijo al final la vieja.

—Soy Franz Hauzman.

—¿Tiene cita?

Franz dudó.

—No.

—Espere un momento.

La megafonía emitió otro chirrido ensordecedor seguido de un pitido de varios segundos. Franz se tapó los oídos.

La estancia se quedó en silencio durante unos instantes hasta que el portón metálico que había tras el mostrador empezó a crujir como si alguien manipulara una cerradura al otro lado. Finalmente se abrió y de ella salió una mujer muy arrugada vestida con bata blanca y una rara cofia torcida hacia un lado. Cerró la puerta sin mirarle siquiera; desapareció un momento detrás de un armario, como si buscara algo, y apareció de nuevo con un libro de registro al que limpió el polvo de un soplido. Tosió y se acercó a la silla estropeada que había frente al mostrador.

Franz también se acercó y poniendo ambas manos sobre su maletín dijo:

—Buenos días...

—Un momento, por favor —dijo la vieja, interrumpiéndole.

La vieja rebuscó debajo de unos papeles que había desparramados por allí y encontró un lápiz. Miró la punta, vio que estaba rota, dijo «joder» entre dientes y se agachó. Franz dejó de verla.

En su manipulación bajo el mostrador ella tiró del cable del teléfono de dial antiguo que había en una mesita supletoria y este se cayó al suelo. La mujer volvió a jurar, lo recogió con desdén y lo colocó de nuevo en la mesita, con el auricular descolgado.

—¿Necesita ayuda? —dijo Franz, sonriendo para sí.

La vieja murmuró algo ininteligible y surgió con un sacapuntas en la mano. Introdujo el lápiz y comenzó a girarlo.

—Disculpe —insistió Franz.

—Le he dicho que espere un momento —dijo la mujer casi escupiendo.

Sacó el lápiz, miró la punta, lo volvió a meter y siguió girando. Repitió la operación unas cuantas veces. Cuando la punta ya le satisfizo abrió el libro de registro. Empezó a buscar la hoja apropiada pasándolas de una en una.

Franz resopló.

—¿Tiene algún problema? —le dijo la vieja.

Franz alzó las manos como respuesta negativa.

Cuando llegó al lugar correcto del libro chupó la punta del lápiz.

—¿Qué día es hoy? —preguntó.

Franz se lo dijo y la mujer lo apuntó muy despacio.

—¿Cómo se llama?

—Franz Hauzman.

—¿Cómo se escribe eso?

—Pues... como suena —y le deletreó su nombre.

—Usted ya ha estado aquí, ¿verdad?

—Pues no. Es la primera vez.

—¿Sí? Pues vale —dijo la vieja con desdén como si no le creyera.

Escribió palabras y palabras con una lentitud exasperante.

—¿Y a quién viene a ver?

—Quiero ver a un paciente llamado Fabrizio.

—¿Fabrizio qué más?

—Pues... no lo sé —dijo Franz—. ¿Tienen a más de un paciente que se llame Fabrizio?

—Se cree usted muy listo, ¿verdad? —dijo la mujer, torciendo aún más el gesto.

—No, señora. No me interprete mal. Se llama Fabrizio, pero no sé qué más. Es italiano.

—Claro —dijo ella.

La mujer se levantó trabajosamente y se acercó a una caja de cartón que había en el suelo. La abrió despacio y empezó a sacar papeles atados con cuerdas y carpetas. Mientras tanto a Franz le comía la impaciencia.

—Escuche, señora, ¿es necesario todo este papeleo? Aquí no parece que... nada se cuide tanto.

La vieja dejó lo que estaba haciendo, se acercó con pasos lentos hacia él y, con el dedo índice tieso como un palo, le dijo:

—Verá, paleto. Llevo aquí desde que usted necesitaba pañales y no va a venir a decirme cómo debo hacer mi trabajo. Está claro que usted no tiene ni idea de cómo se lleva una institución como esta y cómo es completamente imprescindible que los papeles estén al día. Así que deje de molestarme y quédese ahí calladito.

Franz se rascó los ojos, obligándose a no saltar por encima del mostrador y estrangularla.

—Bien, señora. Discúlpeme. Haga lo que tenga que hacer.

La vieja se le quedó mirando con sus ojos acuosos durante un instante, como pensando qué más decir, y volviendo a enderezar su dedo le dijo:

—Pues claro que voy a hacer lo que tenga que hacer, cochino impertinente. No sé dónde le han enseñado a usted modales. Claro, se ve que usted no es de aquí.

Franz se mordió el labio y no dijo nada.

La mujer aún se quedó un rato allí con el dedo tieso. Aparentemente recordó lo que estaba haciendo y se acercó a la caja, en la que siguió rebuscando hasta que sacó una carpeta de cartón. Con su paso lento volvió a ponerse frente a él, se colocó las gafas que llevaba colgando por un cordón y empezó a pasar las hojas que había en la carpeta una a una, chupándose la yema del dedo con cada una.

Sacó una y se la puso delante de los ojos con las dos manos.

—Fabrizio Senzanome. ¿Es ese? —dijo, alzándose las gafas para mirarle.

—Sí, es ese —dijo Franz. No sabía si lo era o no pero había que ponerle fin a aquel calvario.

Cerró la carpeta, la colocó a un lado, buscó el lápiz, chupó la punta y empezó a escribir en la columna siguiente donde había puesto su nombre. Después se quedó pensativa.

—¿Fabrizio qué? —le preguntó.

—Fabrizio Vecchiaputana —contestó Franz.

La vieja colocó el lápiz para continuar, se quedó quieta y no escribió nada. Dejó el lápiz sobre el libro.

—Pase. Es en el piso de abajo del todo. Siga por ese pasillo. Hay un montacargas que no siempre funciona. Si no lo hace hay unas escaleras a la izquierda. La celda es la última a la derecha.

—¿Allí encontraré a algún médico?

—¿Algún médico? Será una broma, ¿verdad?

Franz resopló otra vez.

—Aunque quizá aún esté el doctor Zamora por ahí —dijo la anciana después de un instante—. No sé, hace mucho tiempo que no le veo.

—¿Puedo dejar este maletín aquí? —preguntó Franz.

—¿Qué es?

—Es... son muestras de material radiactivo.

—Pues claro que no, joven —dijo la vieja, agitando la mano—. Pero no lo puede meter dentro. Déjelo allí, detrás del sofá. Y está prohibido entrar con armas de fuego, botellas y tal y tal.

—No llevo nada de eso.

—Pues entre de una vez y déjeme en paz.

Franz dejó el maletín donde ella le dijo de forma que no se viera desde ninguna parte. Le echó una última mirada a la vieja, que estaba sacándose algo de entre los dientes con una larguísima uña del meñique.

Se acercó hasta la puerta que le había señalado. Estaba cerrada. Se volvió a decirle algo a la mujer pero esta accionó algún resorte que provocó un bocinazo acompañado de un crujido de mecanismos. La puerta se abrió sola soltando un soplido de aire con olor a cerrado.

El pasillo estaba completamente a oscuras. Franz aguantó un poco hasta acostumbrarse a la falta de luz, y ya empezaba a intuir la forma de las cosas cuando una hilera de tubos fluorescentes se encendieron cada uno a su ritmo y con su diferente melodía de zumbidos y chasquidos. Con la debida iluminación el pasillo mostraba unas paredes deslucidas, con los desconchones abultados por años de humedad sin corregir tan característicos del edificio, un suelo de linóleo lleno de baches y al fondo, como la vieja le había dicho, unas escaleras a la izquierda y el portón de un montacargas que denotaba haber estado pintado de azul y verde en distintas épocas de su existencia.

La puerta metálica se cerró detrás de él.

Se acercó al montacargas y pulsó el botón de llamada. Se oyó un golpe fuerte con reverberación seguido de un instante de silencio.

Cuando iba a pulsar otra vez escuchó quejarse a la estructura con diferentes temblores. Después el zumbido monótono de un motor eléctrico vetusto acompañado de traqueteos metálicos indicó que el ascensor ya acudía.

Todo en Monte Cadalso tenía la lentitud de los que han perdido la esperanza y solo les queda que la muerte llegue.

Más en Franz se arrepentirá de todo.

Why the Minimum Profit Text Editor is not part of Debian

Yesterday I received three different emails asking me why the Minimum Profit text editor is not included in the Debian linux distribution, a question most probably arised due to the recent release of Debian 10. One of the messages even mentioned that it was called mped there, so he must be a very long time user. Anyway, this is a briefing I gave to a user many years ago (2011):

"And regarding linux distrubutions, I know for sure that it's at least part of Gentoo, Puppy Linux and there is even a *BSD port. It also used to be part of Debian, but I had very bad luck there: someone picked it up and became its maintainer, for later forgetting about it and not following version updates. It happened that when the first stable distribution that became UTF-8-enabled by default (don't remember what was its name, maybe sarge), "Upstream" MP was already at its 5.x version, but Debian got still a 3.x, which had the very nasty habit of destroying UTF-8 files. I posted an RC bug regarding this, but it went released anyway, probably mangling every user file that tried it and most probably losing users. Later, the maintainer was considered as Missing-in-action and the package orphaned; another time later the QA equipment took control and updated it to the latest 5.x version, what made me happy for a time; but just on the verge of the release of current stable version the package was deleted with the message "few users; alternatives exist" and disappeared from their database. This last version is still what got migrated to Ubuntu, where it still exists, but probably unmaintained and forgotten."

Those "latest stable versions" of Minimum Profit and Debian I talked about in that paragraph were the ones back on 2011 (whichever they were). MP is no longer on Ubuntu and I don't know nor care if Gentoo or Puppy Linux even still exist (they were popular distributions those days).

Anyway, the Minimum Profit text editor is alive and well and having periodic updates. It's public domain software and can be built from source code for virtually any platform. Portable (i.e. no installation needed) binaries exist for MS Windows (32 or 64 bits, GUI or console versions). It's probably better that the text editor you are using now.

I also think that few users, alternatives exist is a reason can be given for the deletion of most of us.


MP: Not only for text-editing but also for pipe-turning.

Mi mente es un incendio

 Mi mente es un incendio
 brisas ardientes me laceran la piel
 por todas partes se agitan
 restos achicharrados
 que tal vez fueron anhelos o empeños
 El cieno en los torrentes resecos
 burbujea como un pez agonizante
 Hay llamas ventrudas
 que me queman el pelo
 y me llenan las entrañas de cenizas
 Los espectros del mundo real revolotean
 y me hablan, casi invisibles,
 con sus palabras de ánimo
 sinceras pero inútiles
 Sé que los amo y sé que me aman
 por eso cada diálogo me desgarra un poco más
 No hay hermosura en este cielo color sangre
 solo aflicción y paredes negras
 No hallo descanso
 Mi incendio ya no tiene combustible
 Allá donde miro hay una puerta
 es muy antigua y está llena de grietas
 A través de ellas veo la muerte,
 con su mueca y sus cuencas anhelantes
 Toco el cerrojo y está fresco
 Sé que mi única solución es abrirla
 y cruzarla y saltar al olvido

(jul 2018)

Trastorno depresivo persistente

Después de (casi) 51 años de sentirme como una mierda de forma continua, de llevar 10 en tratamiento psiquiátrico alternando fluoxetina, venlafaxina, desvenlafaxina, brintellix, litio, paroxetina, topiramato y otro montón de cosas que he olvidado y que no me han servido para nada, de sufrir el mono de desegancharme de todas ellas, de acudir mensualmente a un psiquiatra privado que me costaba una pasta pero que no me solucionó nada y de ser ignorado cada cuatro meses por el psiquiatra de la seguridad social ha tenido que venir otro médico a ponerle nombre a la mierda que me pasa.

Sí, todos coinciden en el término depresión, claro, pero no hay que ser muy listo para que saber que un tío cuyo único pensamiento es quitarse de en medio tiene que estar sufriendo algo de esto. Y dada la cantidad de variantes de transtornos del ánimo que existen decir que alguien está deprimido es casi tan preciso como decir que está malito.

El otro día el médico del reconocimiento médico obligatorio que la empresa me hace una vez al año (y cuya única obligación es certificar que no estoy muerto todavía por fuera y que soy apto para que me sigan encargando cosas) me hizo enumerarle (otra vez) todas las cosas que sentía y me dijo que eso tenía un nombre muy concreto: PDD, del inglés Persisten Depression Disorder, antes conocido como distimia, que viene del griego y significa «estado de ánimo anómalo». La característica principal es sentirse así al menos durante dos años seguidos (toda la vida es más que dos años) y no haber tenido jamás momentos de manía (es decir, sentirse súper-bien) o hipomanía (es decir, sentirse medio-bien).

Los síntomas del PDD son:

  • Trastornos alimentarios: inapetencia o ingesta compulsiva (en mi caso, lo segundo).
  • Trastornos del sueño: insomnio o hipersomnia (en mi caso, lo primero).
  • Sensación de déficit de energía vital (astenia), cansancio injustificado,
  • fatiga continua.
  • Trastornos de la memoria y la capacidad de concentración.
  • Baja autoestima, pesimismo.
  • sentimiento de incapacidad.
  • Dolor físico inespecífico sin una causa definida.
  • sentimiento de desesperanza.

Cuando dijo la palabra desesperanza casi se me saltan las lágrimas. El diccionario la define como «Estado de ánimo del que no tiene esperanza o la ha perdido». Es esa sensación de que, hagas lo que hagas, nada va a servir de nada. Hasta es el nombre de un puto bolero.

Los ignorantes creen que este pesimismo y esta sensación de futilidad ante el esfuerzo y las recompensas futuras forman parte de una especie de postura que yo tomo ante la vida de forma consciente. Como si yo viera la vida así porque quiero o porque no acepto mis derrotas «como un hombre» (lo he oído). Por mí os podéis ir a tomar por culo y decirle esto mismo a un enfermo de cáncer o de enfisema pulmonar o de Alzheimer, que están así porque les sale de los cojones y que lo que tienen que hacer es «cambiar el chip».

Pero, le dije al doctor, este es mi estado «normal». Cíclicamente tengo episodios aún más horribles en los que todo se agudiza y en los que el 99% de mis pensamientos son el suicidio. Llegué a tener hace unos años, durante un par de meses seguidos, la cabeza llena de una sola imagen: la pistola neumática de pistón cautivo de la película No es país para viejos aplicada sobre mi frente y pulsando el gatillo, así una, y otra, y otra, y otra vez, hasta llegar a no sentir nada.

Entonces me dijo que, a menudo, los enfermos de PDD atraviesan etapas de MDD, el trastorno depresivo mayor, en los que la falta de placer o esperanza, el desprecio a uno mismo y el desear morirte como único objetivo se convierten en agudísimos. Esta condición por la que los enfermos de PDD pasan cada cierto tiempo la conocen como double depression y es como cuando te sale el premio doble en las tragaperras o te toca la lotería y las quinielas el mismo día.

No sé si tener un nombre para lo que me tortura desde niño me sirve para algo. Ni siquiera es un nombre concreto: trastorno depresivo persistente suena como a una chufla de prisión permanente revisable. Es una prisión pero no es revisable y solo se cura con los pies por delante, que sería un solución deseable pero que nadie te deja aplicarte (¿si fuera un caballo cojo, me sacrificarían?).

Solo sé algunas cosas: que si hubieran nacido en Texas y hubiera tenido un arma en casa no habría llegado a conocer los ordenadores y que el paracetamol, recurso (engañosamente) accesible para los suicidas, contiene un emético que hace que lo vomites todo antes de que el daño sea permanente.

Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la febril mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa mientras la picadora gira y gira.

(2014/02/24)

En la ratonera

Aída Herrera empujó con todas sus fuerzas el armario ropero que había a la izquierda de la puerta de forma que cayera justo delante e impedir que esta se abriera. Al tocar el suelo las bisagras se desprendieron y un montón de trapos y papeles salieron despedidos hacia el exterior acompañados del estruendo de la madera al astillarse. Inmediatamente después escuchó una violenta embestida desde el otro lado que hizo estremecerse la improvisada barricada.

Corrió tropezándose con los objetos desparramados por el suelo hasta alcanzar el extremo opuesto de la habitación y se apoyó en la pared como intentando así alejarse lo más posible. Al otro lado se escuchaban más golpes fuertes y gritos desgarradores. La puerta volvió a temblar con una nueva sacudida. A su mente llegó el recuerdo escalofriante de que los ratones acorralados por un depredador matan y devoran a sus propias crías.

De pronto pasaron por su vista todos los compañeros muertos como en una exposición de diapositivas y sintió un encogimiento en el vientre. Ella también iba a morir allí de una forma horrible y nadie, probablemente, lo sabría nunca.

Más en Tríptico.

El peculiar oficio de Joaquín Salgueiro

El público estaba cada vez más enardecido. Era sorprendente ver a millonarios tan pudientes y tan flemáticos perder la compostura de aquella forma. Quizá no eran muchos pero el murmullo de conversaciones acaloradas y discusiones parecía provocado por mucha más gente. Y según se acercaba la hora el estruendo crecía y crecía. Casi todos eran de la ciudad y farfullaban en holandés pero también había gente hablando en inglés e incluso algún oriental.

Muchos habían apostado auténticas fortunas por él aquella noche. No en vano Joaquín Salgueiro era el que más sesiones había superado de todos cuantos rondaban por allí. Estaba sentado a la mesa, rígido e inmóvil como una estatua, esperando a su competidor que ya tardaba. Un humo espeso de puros, pipas y cigarrillos flotaba a la altura de las cabezas.

Al fin llegó un hombre muy delgado, enjuto, con barba de varios días y un cigarrillo en la comisura de los labios. El rumor creció hasta hacerse casi ensordecedor cuando el público le vio llegar. Estaba realmente nervioso.

Al sentarse dio un traspié con la silla. Joaquín le miró a los ojos: estaban hundidos y rodeados de ojeras casi azules. Cuatro mechones de pelo ralo y rubio le colgaban por la cara y al sentarse le sonrió mostrando unos dientes amarillos y descarnados. Parecía un yonqui o un borracho. Joaquín, sin embargo, prefería siempre acudir a los combates (así los llamaban algunos) limpio, aseado, afeitado y bien vestido. Ya tenía más de cuarenta años pero era coqueto como un adolescente y siempre pensaba que si esa era la noche en que había de morir tenía que ser con buena facha. Llevaba una chaqueta de cuero marrón, camisa azul oscuro y corbata negra. Su oponente iba en camiseta y pantalón vaquero y apestaba a sudor.

Las apuestas se sucedían a voces y un tipo siniestro las apuntaba en una pizarra con tiza. Ocho a uno, nueve a uno. Fajos de billetes y maletines cargados pasaban de mano en mano. Al fondo, en una mesa, dos mujeres con vestido de noche esnifaban cocaína y reían escandalosamente mientras su acompañante masculino (que doblaba a ambas en edad) observaba la evolución de las apuestas con nerviosismo. En la mesa a su izquierda otro tipo igual de viejo saboreaba un puro meneando su bigotito canoso al lado de un joven excesivamente guapo vestido de esmoquin.

El árbitro se acercó a la mesa y con un par de ladridos en holandés indicó el final de las apuestas. En un par de segundos el atronar de voces se convirtió en un silencio sepulcral.

El oponente de Joaquín tosió y el cigarro se le cayó de la boca. Sus consumidas mejillas estaban coloradas como las de un gorrino. Dijo algo pero Joaquín no le entendió.

El árbitro se situó entre los dos, metió la mano en el bolsillo interior de la americana y tras unos segundos sacó un revolver reluciente de cañón corto y de un precioso color gris metalizado con reflejos azules. El silencio se intensificó aún más.

Con la otra mano extrajo una bala del bolsillo izquierdo y la mostró al público con dos giros de cintura. Abrió la pistola con un chasquido e introdujo la bala. La cerró, la cargó y, apuntando hacia el techo, hizo girar con fuerza el tambor. Sus clics en deceleración retumbaron por toda la estancia. Después, con mucho cuidado, depositó el arma en el centro de la mesa.

El inglés sacó de su chaqueta vaquera un paquete de cigarrillos pero el árbitro le indicó con un gesto que no lo hiciera. Refunfuñó y se lo guardó. Extendió la mano hasta el revólver y la dejó encima de él varios segundos. Como llevaba menos tiempo el primer turno era para él. Soltó un eructo apenas audible pero que Joaquín pudo oler.

Algunos se echaban atrás en el momento decisivo. Joaquín se había encontrado con más de uno. Pero aquel negocio no era como una partida de parchís; una vez que se decide jugar ya no hay vuelta atrás. El que se achanta recibe aquello de lo que huye en manos de unos hábiles matones. Las reglas son férreas porque el asunto es complejo. Por ello ningún jugador recibe un duro hasta que no completa los diez combates. Aquel era el octavo combate para Joaquín y el segundo para el inglés. Uno puede desaparecer por un tiempo si necesita liberar la tensión: un eficaz aparato contable mantiene al día su dinero acumulado y el número de encuentros realizados.

Con mano temblorosa el inglés sopesó el arma murmurando algo inaudible. Lenta, muy lentamente, la acercó hasta su cabeza sin dejar de mirarla y la apoyó sobre su sien.

Más en Tríptico.