Ángel Ortega III

Un naufragio personal

On selecting text in the Minimum Profit Text Editor

As this is a question I have to answer periodically here are my final words on it.

The Minimum Profit Text Editor has three selection modes: "movement", "block" and "vertical".

The "movement" one is the way of selecting text that is implemented everywhere and is somewhat of a standard: by pressing the shift key and using any of the movement actions (left, right, word left, word right, up, down, page up, page down, beginning of line, end of line, beginning of document or end of document) or by left clicking and dragging with the mouse. Additionally, you can right-click and drag to extend the selection. Once the block is marked any movement key deselects it. Typing something replaces the selection. Hitting del or backspace erases the selected text. Though this mode is what new users expect, it works weakly on non-GUI interfaces because of lacking or defective support in the underlying libraries and systems.

The "block" selection mode is an older style one (and the first one that MP had): by pressing a key (f9 by default) you mark the beginning or end of the marked text. The selection survives any movement (indeed, it's the only way block selection can be done, by moving to another place and marking the other end) and you can extend the block above or below whenever you want. Replacing and erasing works as expected. Additionally, most operations like search, replace, etc. only apply to the marked text if there is one (this is very useful). The selection only disappears when copying, erasing, replacing, mouse-clicking or unmarking (by pressing the f8 key). This is the way I copy and paste; I never use the standard way (I know you don't care).

The "vertical" selection mode also works by marking the beginning or the end of the block, but the selection forms a square shape (x, y to x', y') instead of a line-flow one. By default it's done by hitting ctrl-b. The selection can also be extended repeatedly. As in "block" mode, marked text is disabled after copying or by pressing f8. I never use this option and never did (it was implemented by a fellow programmer).

I agree that the "movement", "block" and "vertical" terms are a sloppy way to describe the operations they do.

Camino sobre cuchillas

Camino sobre cuchillas
y la tierra es polvorienta y cáustica
los árboles secos delimitan
esta senda de vacío y hambre
y la muerte no llega

El cielo es severo
y es como una puerta cerrada
sus goznes están sellados
con un emplasto de lágrimas y cenizas
y la muerte no llega

Perdí mi alma en el bosque de espinas
y ahora soy solo la muda de piel de mí mismo
los carroñeros me ignoran
y clamo a la espuma de las nubes
y la muerte no llega

Dejo atrás fantasmas perdidos
la desidia y el abandono llenan sus cuencas
como yo tapan sus heridas con palabras vanas
pero la vida se perdió en lágrimas
y la muerte no llega

Este páramo es interminable y frío
hay puentes rotos y ciénagas
lo sobrevuela el arcángel distante
que arrancó mi razón con sus zarpas
y la muerte no llega

Enterré el miedo en una cuneta
y lancé los sueños a la acequia
esa corriente enferma que rebosa
en el mar eterno sin lluvia
y la muerte no llega

Hay laúdes y tambores pisoteados
y la muerte no llega
mis pies se deshicieron en el filo
y la muerte no llega
caminé sobre cuchillas
y nada queda de mi mismo
solo la desazón y la sed
porque nunca llega

Este páramo soy yo
vencido y desolado
yo rompí los puentes y envenené los pozos
y quizá entregué mi razón
al ángel abominable que oscurece la llanura
y ya no recuerdo nada
porque acaso me rendí hace tiempo
y solo soy un paria
arrastrado sobre cristales rotos
porque solo tengo una esperanza
un deseo, una fiebre,
un dolor, un proyecto,
que nunca llega.

(nov 2018)

Los números son chungos

Aunque he colaborado en desarrollar los procesos de cifrado y descifrado que hacen posible la comunicación con este monstruo tengo una idea muy socrática sobre el tema: es imposible saber nada sobre criptografía. Las matemáticas son demasiado complejas. Los números son demasiado chungos. Bueno: dejémoslo en que Bruce Schneier, los RSA y sobre todo Daniel J. Bernstein sí saben algo de criptografía, pero para el resto de los mortales es terreno vedado. Y peor que no saber es creer que sabes.


Hurley lo sabía bien.

Si eres programador puedes sucumbir a la tentación de crear tu propio algoritmo. Se dice que cualquier idiota puede inventar un algoritmo de cifrado que él mismo sea incapaz de reventar. No seas iluso. Simplemente no tienes los conocimientos necesarios. Los algoritmos «oficiales», incluso aquellos que ya han sido reventados entre risas, fueron diseñados por gente mucho más lista que tú que bien podrían ser de otro planeta.

Relacionado con lo anterior, tampoco caigas en la trampa de desarrollar tu propia implementación de los algoritmos conocidos. Así, sobre el papel, parecen fáciles; total, solo es un meneo de bits, sujétame la cerveza mientras lo hago. Además seguro que se te ocurre alguna optimización («¿Pa qué hace esto? ¡Si no hace falta!») e incluso alguna mejora («¡Ya que tengo aquí este otro número, voy a hacer un XOR con el resultado y todo será mucho más seguro!»). No estás capacitado. No entiendes lo que estás haciendo. Los números son demasiado chungos. La cagarás y luego vendrán los gritos y el rechinar de dientes.

Si tienes que almacenar passwords en una base de datos no creas que eres tan listo y te inventes algún truquillo, total, hago un hash y ya está. No, no está. Algún día habrá una fuga y toda la tropa se partirá la polla cuando vea tus ficheros y cómo guardas los datos. Es un problema resuelto. La librería de desarrollo que usas seguro que tiene una primitiva para eso y, si no la tiene, tírala a la basura y usa otra que sí la tenga.

Si solo eres usuario de la criptografía no lo tienes mucho mejor. No podrás inventar nada pero cagarla es muy fácil sobre todo con herramientas tan complejas como el PGP. Tarde o temprano reenviarás en claro el contenido de un mensaje cifrado a quien no debes y quedarás como un imbécil (o en los tribunales). Y parte del problema será que, como estás usando herramientas criptográficas, te sientes seguro y bajas la guardia.

Entonces, ¿todo está perdido? No, todo no. Si tienes que desarrollar usa los protocolos y los algoritmos que los listos recomiendan. Y no los implementes tú, cabezabolo: usa una librería que tenga lo último sin lastres de compatibilidad hacia atrás y que sea difícil usar mal. Es decir, usa libsodium.

Claro que no eres el único que se cree más listo que nadie: casi a diario se publican noticias de empresas que sacan al mercado productos milagrosos con algoritmos recién inventados y que van a cambiar la forma de percibir el mundo de la seguridad y la privacidad. Esta gente no lo hace por ingenuidad como tú: son estafadores y delincuentes. Bruce Schneier colecciona estas cosas en su web y se parte la caja llamándolas aceite de serpiente (que, como deberías saber, es un método más de «medicina» tradicional basado en cero evidencias científicas). Por cierto, su siguiente libro se va a llamar Click Here To Kill Everybody que es un título que yo había inventado primero.

The Triumph Of Death

I've assembled this using parts of old Ann Hell's music. Please enjoy it.

I wish the skeleton would bang the drums synchronized with the beats.

Burocracia obstructiva

En el mostrador no había nadie.

Franz se acercó hasta allí y apoyó su maletín sobre la superficie de mármol, quebrada por varias partes donde se acumulaba una suciedad entre amarilla y negra.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Franz se puso de puntillas para ver más allá del mostrador pero solo había una silla con la tapicería reventada, una mesita de madera con una máquina de escribir antigua a la que le faltaba el carro y un portón metálico con un ventanuco enrejado.

Franz recorrió el hall de nuevo, investigando el entorno. Por el suelo había papeles amarillentos escritos a mano con letra ilegible, recortes de periódico y pelusas como puños. También encontró un par de mierdas de gato y hojas secas.

En la pared del fondo había una lámina de corcho. Lo único que quedaba allí clavado eran algunas chinchetas, un calendario de diciembre de 1972 y la parte superior de un recorte de una revista con un artículo titulado «Conozca a su introvertido». Todo lo demás estaba tirado por el suelo.

La decadencia de aquel lugar era deprimente.

Un chirrido como del acople de un micrófono atronó en toda la estancia. Franz pensó que se le salía el corazón por la boca.

—¿Qué quiere? ¿Quién es? —dijo la voz de una vieja por algún sistema antiguo de megafonía.

Franz respiró hondo y trató de localizar el origen del sonido pero no pudo.

—Me llamo Franz Hauzman —gritó— y quiero visitar a un paciente.

—¿Cómo?

—Vengo a visitar a un paciente.

Se produjo una pausa y otro acople.

—¿Y quién querría hacer eso? —dijo al final la vieja.

—Soy Franz Hauzman.

—¿Tiene cita?

Franz dudó.

—No.

—Espere un momento.

La megafonía emitió otro chirrido ensordecedor seguido de un pitido de varios segundos. Franz se tapó los oídos.

La estancia se quedó en silencio durante unos instantes hasta que el portón metálico que había tras el mostrador empezó a crujir como si alguien manipulara una cerradura al otro lado. Finalmente se abrió y de ella salió una mujer muy arrugada vestida con bata blanca y una rara cofia torcida hacia un lado. Cerró la puerta sin mirarle siquiera; desapareció un momento detrás de un armario, como si buscara algo, y apareció de nuevo con un libro de registro al que limpió el polvo de un soplido. Tosió y se acercó a la silla estropeada que había frente al mostrador.

Franz también se acercó y poniendo ambas manos sobre su maletín dijo:

—Buenos días...

—Un momento, por favor —dijo la vieja, interrumpiéndole.

La vieja rebuscó debajo de unos papeles que había desparramados por allí y encontró un lápiz. Miró la punta, vio que estaba rota, dijo «joder» entre dientes y se agachó. Franz dejó de verla.

En su manipulación bajo el mostrador ella tiró del cable del teléfono de dial antiguo que había en una mesita supletoria y este se cayó al suelo. La mujer volvió a jurar, lo recogió con desdén y lo colocó de nuevo en la mesita, con el auricular descolgado.

—¿Necesita ayuda? —dijo Franz, sonriendo para sí.

La vieja murmuró algo ininteligible y surgió con un sacapuntas en la mano. Introdujo el lápiz y comenzó a girarlo.

—Disculpe —insistió Franz.

—Le he dicho que espere un momento —dijo la mujer casi escupiendo.

Sacó el lápiz, miró la punta, lo volvió a meter y siguió girando. Repitió la operación unas cuantas veces. Cuando la punta ya le satisfizo abrió el libro de registro. Empezó a buscar la hoja apropiada pasándolas de una en una.

Franz resopló.

—¿Tiene algún problema? —le dijo la vieja.

Franz alzó las manos como respuesta negativa.

Cuando llegó al lugar correcto del libro chupó la punta del lápiz.

—¿Qué día es hoy? —preguntó.

Franz se lo dijo y la mujer lo apuntó muy despacio.

—¿Cómo se llama?

—Franz Hauzman.

—¿Cómo se escribe eso?

—Pues... como suena —y le deletreó su nombre.

—Usted ya ha estado aquí, ¿verdad?

—Pues no. Es la primera vez.

—¿Sí? Pues vale —dijo la vieja con desdén como si no le creyera.

Escribió palabras y palabras con una lentitud exasperante.

—¿Y a quién viene a ver?

—Quiero ver a un paciente llamado Fabrizio.

—¿Fabrizio qué más?

—Pues... no lo sé —dijo Franz—. ¿Tienen a más de un paciente que se llame Fabrizio?

—Se cree usted muy listo, ¿verdad? —dijo la mujer, torciendo aún más el gesto.

—No, señora. No me interprete mal. Se llama Fabrizio, pero no sé qué más. Es italiano.

—Claro —dijo ella.

La mujer se levantó trabajosamente y se acercó a una caja de cartón que había en el suelo. La abrió despacio y empezó a sacar papeles atados con cuerdas y carpetas. Mientras tanto a Franz le comía la impaciencia.

—Escuche, señora, ¿es necesario todo este papeleo? Aquí no parece que... nada se cuide tanto.

La vieja dejó lo que estaba haciendo, se acercó con pasos lentos hacia él y, con el dedo índice tieso como un palo, le dijo:

—Verá, paleto. Llevo aquí desde que usted necesitaba pañales y no va a venir a decirme cómo debo hacer mi trabajo. Está claro que usted no tiene ni idea de cómo se lleva una institución como esta y cómo es completamente imprescindible que los papeles estén al día. Así que deje de molestarme y quédese ahí calladito.

Franz se rascó los ojos, obligándose a no saltar por encima del mostrador y estrangularla.

—Bien, señora. Discúlpeme. Haga lo que tenga que hacer.

La vieja se le quedó mirando con sus ojos acuosos durante un instante, como pensando qué más decir, y volviendo a enderezar su dedo le dijo:

—Pues claro que voy a hacer lo que tenga que hacer, cochino impertinente. No sé dónde le han enseñado a usted modales. Claro, se ve que usted no es de aquí.

Franz se mordió el labio y no dijo nada.

La mujer aún se quedó un rato allí con el dedo tieso. Aparentemente recordó lo que estaba haciendo y se acercó a la caja, en la que siguió rebuscando hasta que sacó una carpeta de cartón. Con su paso lento volvió a ponerse frente a él, se colocó las gafas que llevaba colgando por un cordón y empezó a pasar las hojas que había en la carpeta una a una, chupándose la yema del dedo con cada una.

Sacó una y se la puso delante de los ojos con las dos manos.

—Fabrizio Senzanome. ¿Es ese? —dijo, alzándose las gafas para mirarle.

—Sí, es ese —dijo Franz. No sabía si lo era o no pero había que ponerle fin a aquel calvario.

Cerró la carpeta, la colocó a un lado, buscó el lápiz, chupó la punta y empezó a escribir en la columna siguiente donde había puesto su nombre. Después se quedó pensativa.

—¿Fabrizio qué? —le preguntó.

—Fabrizio Vecchiaputana —contestó Franz.

La vieja colocó el lápiz para continuar, se quedó quieta y no escribió nada. Dejó el lápiz sobre el libro.

—Pase. Es en el piso de abajo del todo. Siga por ese pasillo. Hay un montacargas que no siempre funciona. Si no lo hace hay unas escaleras a la izquierda. La celda es la última a la derecha.

—¿Allí encontraré a algún médico?

—¿Algún médico? Será una broma, ¿verdad?

Franz resopló otra vez.

—Aunque quizá aún esté el doctor Zamora por ahí —dijo la anciana después de un instante—. No sé, hace mucho tiempo que no le veo.

—¿Puedo dejar este maletín aquí? —preguntó Franz.

—¿Qué es?

—Es... son muestras de material radiactivo.

—Pues claro que no, joven —dijo la vieja, agitando la mano—. Pero no lo puede meter dentro. Déjelo allí, detrás del sofá. Y está prohibido entrar con armas de fuego, botellas y tal y tal.

—No llevo nada de eso.

—Pues entre de una vez y déjeme en paz.

Franz dejó el maletín donde ella le dijo de forma que no se viera desde ninguna parte. Le echó una última mirada a la vieja, que estaba sacándose algo de entre los dientes con una larguísima uña del meñique.

Se acercó hasta la puerta que le había señalado. Estaba cerrada. Se volvió a decirle algo a la mujer pero esta accionó algún resorte que provocó un bocinazo acompañado de un crujido de mecanismos. La puerta se abrió sola soltando un soplido de aire con olor a cerrado.

El pasillo estaba completamente a oscuras. Franz aguantó un poco hasta acostumbrarse a la falta de luz, y ya empezaba a intuir la forma de las cosas cuando una hilera de tubos fluorescentes se encendieron cada uno a su ritmo y con su diferente melodía de zumbidos y chasquidos. Con la debida iluminación el pasillo mostraba unas paredes deslucidas, con los desconchones abultados por años de humedad sin corregir tan característicos del edificio, un suelo de linóleo lleno de baches y al fondo, como la vieja le había dicho, unas escaleras a la izquierda y el portón de un montacargas que denotaba haber estado pintado de azul y verde en distintas épocas de su existencia.

La puerta metálica se cerró detrás de él.

Se acercó al montacargas y pulsó el botón de llamada. Se oyó un golpe fuerte con reverberación seguido de un instante de silencio.

Cuando iba a pulsar otra vez escuchó quejarse a la estructura con diferentes temblores. Después el zumbido monótono de un motor eléctrico vetusto acompañado de traqueteos metálicos indicó que el ascensor ya acudía.

Todo en Monte Cadalso tenía la lentitud de los que han perdido la esperanza y solo les queda que la muerte llegue.

Más en Franz se arrepentirá de todo.

Why the Minimum Profit Text Editor is not part of Debian

Yesterday I received three different emails asking me why the Minimum Profit text editor is not included in the Debian linux distribution, a question most probably arised due to the recent release of Debian 10. One of the messages even mentioned that it was called mped there, so he must be a very long time user. Anyway, this is a briefing I gave to a user many years ago (2011):

"And regarding linux distrubutions, I know for sure that it's at least part of Gentoo, Puppy Linux and there is even a *BSD port. It also used to be part of Debian, but I had very bad luck there: someone picked it up and became its maintainer, for later forgetting about it and not following version updates. It happened that when the first stable distribution that became UTF-8-enabled by default (don't remember what was its name, maybe sarge), "Upstream" MP was already at its 5.x version, but Debian got still a 3.x, which had the very nasty habit of destroying UTF-8 files. I posted an RC bug regarding this, but it went released anyway, probably mangling every user file that tried it and most probably losing users. Later, the maintainer was considered as Missing-in-action and the package orphaned; another time later the QA equipment took control and updated it to the latest 5.x version, what made me happy for a time; but just on the verge of the release of current stable version the package was deleted with the message "few users; alternatives exist" and disappeared from their database. This last version is still what got migrated to Ubuntu, where it still exists, but probably unmaintained and forgotten."

Those "latest stable versions" of Minimum Profit and Debian I talked about in that paragraph were the ones back on 2011 (whichever they were). MP is no longer on Ubuntu and I don't know nor care if Gentoo or Puppy Linux even still exist (they were popular distributions those days).

Anyway, the Minimum Profit text editor is alive and well and having periodic updates. It's public domain software and can be built from source code for virtually any platform. Portable (i.e. no installation needed) binaries exist for MS Windows (32 or 64 bits, GUI or console versions). It's probably better that the text editor you are using now.

I also think that few users, alternatives exist is a reason can be given for the deletion of most of us.


MP: Not only for text-editing but also for pipe-turning.

Mi mente es un incendio

Mi mente es un incendio
brisas ardientes me laceran la piel
por todas partes se agitan
restos achicharrados
que tal vez fueron anhelos o empeños
El cieno en los torrentes resecos
burbujea como un pez agonizante
Hay llamas ventrudas
que me queman el pelo
y me llenan las entrañas de cenizas
Los espectros del mundo real revolotean
y me hablan, casi invisibles,
con sus palabras de ánimo
sinceras pero inútiles
Sé que los amo y sé que me aman
por eso cada diálogo me desgarra un poco más
No hay hermosura en este cielo color sangre
solo aflicción y paredes negras
No hallo descanso
Mi incendio ya no tiene combustible
Allá donde miro hay una puerta
es muy antigua y está llena de grietas
A través de ellas veo la muerte,
con su mueca y sus cuencas anhelantes
Toco el cerrojo y está fresco
Sé que mi única solución es abrirla
y cruzarla y saltar al olvido

(jul 2018)

Trastorno depresivo persistente

Después de (casi) 51 años de sentirme como una mierda de forma continua, de llevar 10 en tratamiento psiquiátrico alternando fluoxetina, venlafaxina, desvenlafaxina, brintellix, litio, paroxetina, topiramato y otro montón de cosas que he olvidado y que no me han servido para nada, de sufrir el mono de desegancharme de todas ellas, de acudir mensualmente a un psiquiatra privado que me costaba una pasta pero que no me solucionó nada y de ser ignorado cada cuatro meses por el psiquiatra de la seguridad social ha tenido que venir otro médico a ponerle nombre a la mierda que me pasa.

Sí, todos coinciden en el término depresión, claro, pero no hay que ser muy listo para que saber que un tío cuyo único pensamiento es quitarse de en medio tiene que estar sufriendo algo de esto. Y dada la cantidad de variantes de transtornos del ánimo que existen decir que alguien está deprimido es casi tan preciso como decir que está malito.

El otro día el médico del reconocimiento médico obligatorio que la empresa me hace una vez al año (y cuya única obligación es certificar que no estoy muerto todavía por fuera y que soy apto para que me sigan encargando cosas) me hizo enumerarle (otra vez) todas las cosas que sentía y me dijo que eso tenía un nombre muy concreto: PDD, del inglés Persisten Depression Disorder, antes conocido como distimia, que viene del griego y significa «estado de ánimo anómalo». La característica principal es sentirse así al menos durante dos años seguidos (toda la vida es más que dos años) y no haber tenido jamás momentos de manía (es decir, sentirse súper-bien) o hipomanía (es decir, sentirse medio-bien).

Los síntomas del PDD son:

  • Trastornos alimentarios: inapetencia o ingesta compulsiva (en mi caso, lo segundo).
  • Trastornos del sueño: insomnio o hipersomnia (en mi caso, lo primero).
  • Sensación de déficit de energía vital (astenia), cansancio injustificado,
  • fatiga continua.
  • Trastornos de la memoria y la capacidad de concentración.
  • Baja autoestima, pesimismo.
  • sentimiento de incapacidad.
  • Dolor físico inespecífico sin una causa definida.
  • sentimiento de desesperanza.

Cuando dijo la palabra desesperanza casi se me saltan las lágrimas. El diccionario la define como «Estado de ánimo del que no tiene esperanza o la ha perdido». Es esa sensación de que, hagas lo que hagas, nada va a servir de nada. Hasta es el nombre de un puto bolero.

Los ignorantes creen que este pesimismo y esta sensación de futilidad ante el esfuerzo y las recompensas futuras forman parte de una especie de postura que yo tomo ante la vida de forma consciente. Como si yo viera la vida así porque quiero o porque no acepto mis derrotas «como un hombre» (lo he oído). Por mí os podéis ir a tomar por culo y decirle esto mismo a un enfermo de cáncer o de enfisema pulmonar o de Alzheimer, que están así porque les sale de los cojones y que lo que tienen que hacer es «cambiar el chip».

Pero, le dije al doctor, este es mi estado «normal». Cíclicamente tengo episodios aún más horribles en los que todo se agudiza y en los que el 99% de mis pensamientos son el suicidio. Llegué a tener hace unos años, durante un par de meses seguidos, la cabeza llena de una sola imagen: la pistola neumática de pistón cautivo de la película No es país para viejos aplicada sobre mi frente y pulsando el gatillo, así una, y otra, y otra, y otra vez, hasta llegar a no sentir nada.

Entonces me dijo que, a menudo, los enfermos de PDD atraviesan etapas de MDD, el trastorno depresivo mayor, en los que la falta de placer o esperanza, el desprecio a uno mismo y el desear morirte como único objetivo se convierten en agudísimos. Esta condición por la que los enfermos de PDD pasan cada cierto tiempo la conocen como double depression y es como cuando te sale el premio doble en las tragaperras o te toca la lotería y las quinielas el mismo día.

No sé si tener un nombre para lo que me tortura desde niño me sirve para algo. Ni siquiera es un nombre concreto: trastorno depresivo persistente suena como a una chufla de prisión permanente revisable. Es una prisión pero no es revisable y solo se cura con los pies por delante, que sería un solución deseable pero que nadie te deja aplicarte (¿si fuera un caballo cojo, me sacrificarían?).

Solo sé algunas cosas: que si hubieran nacido en Texas y hubiera tenido un arma en casa no habría llegado a conocer los ordenadores y que el paracetamol, recurso (engañosamente) accesible para los suicidas, contiene un emético que hace que lo vomites todo antes de que el daño sea permanente.