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Un naufragio personal

Cuarenta y nueve meses

—Cariño, sabes que te adoro, pero la música que tienes es una mierda.

—Yo también te quiero, pedazo de cabrón.

—Sí, lo noto, el amor está en el aire.

Ruido de hojas secas.

—¿Qué haces? ¿Escuchando mis playlists?

—¿Escuchando? ¡No! Buscaba porno de bomberos en tu ordenador, pero me he encontrado con esto. ¿Elton John? ¿En serio? ¿Se puede ser más marica?

—Mmm... sí, se puede; por ejemplo, estando casado con un tío, como lo estás tú.

—Quizá tengas razón. Pero es que en cuanto te vi no me pude resistir.

—Lo sé. Cómo te comprendo.

Más ruido de hojas secas, un correteo de patitas y un ladrido lejano.

—¿Lo de Rocketman tiene un significado sexual?

—¿Qué?

—Sí, que si lo de rocket es por la polla.

—No lo sé. ¿Y por qué no estás escuchando, no sé, esa música clásica de viejo verde que tanto te gusta?

—Shostakovich no era un viejo verde. Al menos no al principio.

Una pausa. Crujidos. Silbidos del viento.

—¿Hola? —jadeos.

—¡Sí! ¡Hola! No pasa nada porque me dejes aquí tirado en silencio durante unos inquietantes minutos, ya sabes que mi tiempo no vale nada y que no tengo otro fin en la vida que esperarte.

—No te vas a creer lo que me ha pasado.

—¿Has descubierto que Elton John es un petardo?

—En lugar de tirarle la pelota a Enrietta le he tirado el teléfono móvil.

—¿Y lo ha cogido?

—No inmediatamente. Ahora la pantalla tiene una grieta. Ahora mismo una raya vertical recorre tu cara y pareces aún más triste de lo normal.

—¿Te lo puedes creer? Lo he sentido todo el tiempo. Al principio ha sido, no sé, como si volase; un vértigo, una leve náusea.

—¡Sí, Enrietta! Ahora voy.

—Después de la náusea, un golpe; y después, ese tenue olor a pescado del aliento de un perro mientras me mordía la cara.

—Eres un capullo. Ponte a Soplapóvich y déjame en paz.

—Espera; sí que hay algo más marica que oír a Elton John: tener una perra que se llama Enrietta.

—¿Hola? No oigo nada. CRAC CRAC CRAC. Creo que estoy perdiendo la cobertura.

—Ese CRAC CRAC CRAC lo has hecho con la boca.

—Qué desastre. Se han cruzado las líneas y se me ha colado un viejo triste dándome la chapa.

—Las líneas ya no se cruzan, cariño. Ahora todo es digital y eso.

—Espera, ¿has dicho antes porno de bomberos?

—No sé de qué me hablas.

—Yo creí que eras más de lucha canaria.

—No tardes.

—No.