Ángel Ortega III

Un naufragio personal

Mi mente es un incendio

Mi mente es un incendio
brisas ardientes me laceran la piel
por todas partes se agitan
restos achicharrados
que tal vez fueron anhelos o empeños
El cieno en los torrentes resecos
burbujea como un pez agonizante
Hay llamas ventrudas
que me queman el pelo
y me llenan las entrañas de cenizas
Los espectros del mundo real revolotean
y me hablan, casi invisibles,
con sus palabras de ánimo
sinceras pero inútiles
Sé que los amo y sé que me aman
por eso cada diálogo me desgarra un poco más
No hay hermosura en este cielo color sangre
solo aflicción y paredes negras
No hallo descanso
Mi incendio ya no tiene combustible
Allá donde miro hay una puerta
es muy antigua y está llena de grietas
A través de ellas veo la muerte,
con su mueca y sus cuencas anhelantes
Toco el cerrojo y está fresco
Sé que mi única solución es abrirla
y cruzarla y saltar al olvido

(jul 2018)

Trastorno depresivo persistente

Después de (casi) 51 años de sentirme como una mierda de forma continua, de llevar 10 en tratamiento psiquiátrico alternando fluoxetina, venlafaxina, desvenlafaxina, brintellix, litio, paroxetina, topiramato y otro montón de cosas que he olvidado y que no me han servido para nada, de sufrir el mono de desegancharme de todas ellas, de acudir mensualmente a un psiquiatra privado que me costaba una pasta pero que no me solucionó nada y de ser ignorado cada cuatro meses por el psiquiatra de la seguridad social ha tenido que venir otro médico a ponerle nombre a la mierda que me pasa.

Sí, todos coinciden en el término depresión, claro, pero no hay que ser muy listo para que saber que un tío cuyo único pensamiento es quitarse de en medio tiene que estar sufriendo algo de esto. Y dada la cantidad de variantes de transtornos del ánimo que existen decir que alguien está deprimido es casi tan preciso como decir que está malito.

El otro día el médico del reconocimiento médico obligatorio que la empresa me hace una vez al año (y cuya única obligación es certificar que no estoy muerto todavía por fuera y que soy apto para que me sigan encargando cosas) me hizo enumerarle (otra vez) todas las cosas que sentía y me dijo que eso tenía un nombre muy concreto: PDD, del inglés Persisten Depression Disorder, antes conocido como distimia, que viene del griego y significa «estado de ánimo anómalo». La característica principal es sentirse así al menos durante dos años seguidos (toda la vida es más que dos años) y no haber tenido jamás momentos de manía (es decir, sentirse súper-bien) o hipomanía (es decir, sentirse medio-bien).

Los síntomas del PDD son:

  • Trastornos alimentarios: inapetencia o ingesta compulsiva (en mi caso, lo segundo).
  • Trastornos del sueño: insomnio o hipersomnia (en mi caso, lo primero).
  • Sensación de déficit de energía vital (astenia), cansancio injustificado,
  • fatiga continua.
  • Trastornos de la memoria y la capacidad de concentración.
  • Baja autoestima, pesimismo.
  • sentimiento de incapacidad.
  • Dolor físico inespecífico sin una causa definida.
  • sentimiento de desesperanza.

Cuando dijo la palabra desesperanza casi se me saltan las lágrimas. El diccionario la define como «Estado de ánimo del que no tiene esperanza o la ha perdido». Es esa sensación de que, hagas lo que hagas, nada va a servir de nada. Hasta es el nombre de un puto bolero.

Los ignorantes creen que este pesimismo y esta sensación de futilidad ante el esfuerzo y las recompensas futuras forman parte de una especie de postura que yo tomo ante la vida de forma consciente. Como si yo viera la vida así porque quiero o porque no acepto mis derrotas «como un hombre» (lo he oído). Por mí os podéis ir a tomar por culo y decirle esto mismo a un enfermo de cáncer o de enfisema pulmonar o de Alzheimer, que están así porque les sale de los cojones y que lo que tienen que hacer es «cambiar el chip».

Pero, le dije al doctor, este es mi estado «normal». Cíclicamente tengo episodios aún más horribles en los que todo se agudiza y en los que el 99% de mis pensamientos son el suicidio. Llegué a tener hace unos años, durante un par de meses seguidos, la cabeza llena de una sola imagen: la pistola neumática de pistón cautivo de la película No es país para viejos aplicada sobre mi frente y pulsando el gatillo, así una, y otra, y otra, y otra vez, hasta llegar a no sentir nada.

Entonces me dijo que, a menudo, los enfermos de PDD atraviesan etapas de MDD, el trastorno depresivo mayor, en los que la falta de placer o esperanza, el desprecio a uno mismo y el desear morirte como único objetivo se convierten en agudísimos. Esta condición por la que los enfermos de PDD pasan cada cierto tiempo la conocen como double depression y es como cuando te sale el premio doble en las tragaperras o te toca la lotería y las quinielas el mismo día.

No sé si tener un nombre para lo que me tortura desde niño me sirve para algo. Ni siquiera es un nombre concreto: trastorno depresivo persistente suena como a una chufla de prisión permanente revisable. Es una prisión pero no es revisable y solo se cura con los pies por delante, que sería un solución deseable pero que nadie te deja aplicarte (¿si fuera un caballo cojo, me sacrificarían?).

Solo sé algunas cosas: que si hubieran nacido en Texas y hubiera tenido un arma en casa no habría llegado a conocer los ordenadores y que el paracetamol, recurso (engañosamente) accesible para los suicidas, contiene un emético que hace que lo vomites todo antes de que el daño sea permanente.

Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la febril mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa mientras la picadora gira y gira.

(2014/02/24)

En la ratonera

Aída Herrera empujó con todas sus fuerzas el armario ropero que había a la izquierda de la puerta de forma que cayera justo delante e impedir que esta se abriera. Al tocar el suelo las bisagras se desprendieron y un montón de trapos y papeles salieron despedidos hacia el exterior acompañados del estruendo de la madera al astillarse. Inmediatamente después escuchó una violenta embestida desde el otro lado que hizo estremecerse la improvisada barricada.

Corrió tropezándose con los objetos desparramados por el suelo hasta alcanzar el extremo opuesto de la habitación y se apoyó en la pared como intentando así alejarse lo más posible. Al otro lado se escuchaban más golpes fuertes y gritos desgarradores. La puerta volvió a temblar con una nueva sacudida. A su mente llegó el recuerdo escalofriante de que los ratones acorralados por un depredador matan y devoran a sus propias crías.

De pronto pasaron por su vista todos los compañeros muertos como en una exposición de diapositivas y sintió un encogimiento en el vientre. Ella también iba a morir allí de una forma horrible y nadie, probablemente, lo sabría nunca.

Más en Tríptico.

El peculiar oficio de Joaquín Salgueiro

El público estaba cada vez más enardecido. Era sorprendente ver a millonarios tan pudientes y tan flemáticos perder la compostura de aquella forma. Quizá no eran muchos pero el murmullo de conversaciones acaloradas y discusiones parecía provocado por mucha más gente. Y según se acercaba la hora el estruendo crecía y crecía. Casi todos eran de la ciudad y farfullaban en holandés pero también había gente hablando en inglés e incluso algún oriental.

Muchos habían apostado auténticas fortunas por él aquella noche. No en vano Joaquín Salgueiro era el que más sesiones había superado de todos cuantos rondaban por allí. Estaba sentado a la mesa, rígido e inmóvil como una estatua, esperando a su competidor que ya tardaba. Un humo espeso de puros, pipas y cigarrillos flotaba a la altura de las cabezas.

Al fin llegó un hombre muy delgado, enjuto, con barba de varios días y un cigarrillo en la comisura de los labios. El rumor creció hasta hacerse casi ensordecedor cuando el público le vio llegar. Estaba realmente nervioso.

Al sentarse dio un traspié con la silla. Joaquín le miró a los ojos: estaban hundidos y rodeados de ojeras casi azules. Cuatro mechones de pelo ralo y rubio le colgaban por la cara y al sentarse le sonrió mostrando unos dientes amarillos y descarnados. Parecía un yonqui o un borracho. Joaquín, sin embargo, prefería siempre acudir a los combates (así los llamaban algunos) limpio, aseado, afeitado y bien vestido. Ya tenía más de cuarenta años pero era coqueto como un adolescente y siempre pensaba que si esa era la noche en que había de morir tenía que ser con buena facha. Llevaba una chaqueta de cuero marrón, camisa azul oscuro y corbata negra. Su oponente iba en camiseta y pantalón vaquero y apestaba a sudor.

Las apuestas se sucedían a voces y un tipo siniestro las apuntaba en una pizarra con tiza. Ocho a uno, nueve a uno. Fajos de billetes y maletines cargados pasaban de mano en mano. Al fondo, en una mesa, dos mujeres con vestido de noche esnifaban cocaína y reían escandalosamente mientras su acompañante masculino (que doblaba a ambas en edad) observaba la evolución de las apuestas con nerviosismo. En la mesa a su izquierda otro tipo igual de viejo saboreaba un puro meneando su bigotito canoso al lado de un joven excesivamente guapo vestido de esmoquin.

El árbitro se acercó a la mesa y con un par de ladridos en holandés indicó el final de las apuestas. En un par de segundos el atronar de voces se convirtió en un silencio sepulcral.

El oponente de Joaquín tosió y el cigarro se le cayó de la boca. Sus consumidas mejillas estaban coloradas como las de un gorrino. Dijo algo pero Joaquín no le entendió.

El árbitro se situó entre los dos, metió la mano en el bolsillo interior de la americana y tras unos segundos sacó un revolver reluciente de cañón corto y de un precioso color gris metalizado con reflejos azules. El silencio se intensificó aún más.

Con la otra mano extrajo una bala del bolsillo izquierdo y la mostró al público con dos giros de cintura. Abrió la pistola con un chasquido e introdujo la bala. La cerró, la cargó y, apuntando hacia el techo, hizo girar con fuerza el tambor. Sus clics en deceleración retumbaron por toda la estancia. Después, con mucho cuidado, depositó el arma en el centro de la mesa.

El inglés sacó de su chaqueta vaquera un paquete de cigarrillos pero el árbitro le indicó con un gesto que no lo hiciera. Refunfuñó y se lo guardó. Extendió la mano hasta el revólver y la dejó encima de él varios segundos. Como llevaba menos tiempo el primer turno era para él. Soltó un eructo apenas audible pero que Joaquín pudo oler.

Algunos se echaban atrás en el momento decisivo. Joaquín se había encontrado con más de uno. Pero aquel negocio no era como una partida de parchís; una vez que se decide jugar ya no hay vuelta atrás. El que se achanta recibe aquello de lo que huye en manos de unos hábiles matones. Las reglas son férreas porque el asunto es complejo. Por ello ningún jugador recibe un duro hasta que no completa los diez combates. Aquel era el octavo combate para Joaquín y el segundo para el inglés. Uno puede desaparecer por un tiempo si necesita liberar la tensión: un eficaz aparato contable mantiene al día su dinero acumulado y el número de encuentros realizados.

Con mano temblorosa el inglés sopesó el arma murmurando algo inaudible. Lenta, muy lentamente, la acercó hasta su cabeza sin dejar de mirarla y la apoyó sobre su sien.

Más en Tríptico.

El tigre y el ratón

Catalina señaló hacia algo que había a la espalda de Isabel. Sobre una mesa de patas curvas había un tigre de madera de diseño oriental (cabezón, con ojos prominentes y bigotes como de dragón) y de aspecto realmente antiguo. Unas profundas grietas a lo largo de las vetas de la madera le daban un aspecto venerable.

—Vaya —dijo Isabel, y fijándose más detenidamente—. Oye, está hecho polvo. Mira, le falta hasta un dedo de la pata delantera.

Catalina guiñó los ojos para fijarse bien.

—¿Tú crees que los demás me ven como un tigre?

—Yo sí —dijo Isabel, con la boca llena de arroz.

—¿Por qué?

—No sé. Sí que tienes algo de tigre. Quizá los ojos, o las manos.

—Qué bobada.

—No.

—Y tú, ¿Qué dijiste la primera vez? ¿Qué animal?

—El ratón.

—¿El ratón? —se rió elegantemente— ¿Cómo puedes decir el ratón? ¿De verdad es el primer animal que se te pasó por la cabeza?

—Sí, es verdad. Dije el ratón.

—Vaya. Pues yo no te veo como un ratón ni como una rata.

—Bueno, no sé... aunque no te lo creas, yo...

—No empieces. Te quieres demasiado poco.

—Me quiero lo que me merezco. Nada más.

—Así no irás a ninguna parte —de repente su voz volvió a ser seria—. Cambia de actitud, Isabel.

—¿Cómo se hace eso? Toda la vida he sido así. Toda la puta vida me he sentido igual. Siempre he necesitado a alguien protegiéndome, diciéndome si esto o lo otro está bien o no está bien o es genial o es una puta mierda. Qué bonito es hablar como hablas, Catalina, y cómo te envidio, tú, tan segura, tan firme, siempre sabiendo qué es lo correcto.

—No lo creas. Yo no soy así.

—Sí lo creo.

—Te equivocas. Yo también tengo cosas malas que ocultar. Pero te las pienso enseñar, a su debido tiempo, pronto.

Isabel se trabó un poco mientras buscaba las palabras para continuar.

—Bien, sí... todo el mundo tiene cosas que ocultar. Pero yo siento que mis cosas que ocultar son siempre cosas de otro. No tengo nada mío, Catalina, yo no soy nada por mí misma, soy siempre el objetivo o la imagen o el reflejo o la sombra de alguien. Alguien que no siempre me quiere bien, que me zarandea cuando le da la gana y luego me deja tirada como una colilla. Estoy harta, Catalina, me encantaría poder romper con todo y poder decir adiós a Amalio y al Cirujano y a mis padres y a toda esta mierda y lanzarme sola a hacer lo que yo quiera, si es que algún día me entero de qué coño quiero. Estoy harta, de verdad, estoy harta de no ser nada. Bueno, al menos, como dice mi psicóloga, soy consciente de mi dependencia y eso es un buen paso.

—Te he dicho que te voy a ayudar y lo haré. Te lo juro.

Isabel dejó los cubiertos sobre el plato como si no quisiese más comida.

—No sé cómo lo puedes hacer, de verdad, Catalina.

—Lo vas a ver. Ven conmigo.

Catalina alzó el brazo y le hizo un gesto a la camarera para pedirle la cuenta. La camarera asintió, se dirigió hacia la caja registradora y se perdió de vista.

—¿Contigo? ¿A dónde? —dijo Isabel.

—Tú acompáñame.

No volvieron a cruzar ni una palabra hasta que llegó la cuenta y Catalina pagó en efectivo. Se levantaron de la mesa y, ya en el hall, Isabel señaló una pintura que representaba a un gran tigre blanco y sonrió. Catalina le devolvió la sonrisa.

Caminaron en silencio durante más de media hora hasta que fue noche cerrada. Los edificios ya escaseaban y se alternaban con algunas naves industriales. Catalina llevó a Isabel hasta la puerta de una de ellas: un cuchitril abandonado, desconchado y con las ventanas rotas. Le comentó que había sido una sastrería, que la había heredado de sus tíos, que de pequeña había jugado durante horas y horas con un pequeño carrito alto que tenía un tubo central lleno de perchas que irremediablemente se caían al suelo con gran estruendo. Ahora aquello estaba desierto; solo quedaban algunas máquinas que no se habían podido vender de puro viejas y una montaña de bobinas de madera y cartón cubiertas de polvo. Catalina invitó a Isabel a entrar (ella vaciló un instante) y cerró la puerta tras de sí. Los estertores y el dolor fueron muchos: afortunadamente no nos llevamos más allá ningún recuerdo de la agonía.

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Fragmento de la entrevista con el comisario Martínez del Río

—Déjeme que le sea sincero —el comisario se echa hacia atrás, se quita las gafas, mira a través de ellas guiñando los ojos, saca un pañuelo, echa el aliento sobre los cristales, los frota con el pañuelo, lo guarda, se cala de nuevo las gafas, se acomoda y me mira—. Déjeme que le sea sincero. Estoy harto de que lechuguinos como usted vengan aquí pavoneándose con ese traje y esa corbata negros, con esa camisa gris, esa cartera de ejecutivo y esos aires de niño de universidad cuando en realidad no tienen ni puta idea. Ni puta idea de lo que se cuece en un sitio como este, vienen dudando de la capacidad de mi gente con una prepotencia que da asco y me insultan con su presencia y sus gestos amariconados. Me da igual cuál sea el cochino departamento que le envía, me da igual lo que crea que pasa por aquí y me da igual si le gustan los tíos o qué. No sé qué información corre por sus pasillos perfumados pero al Cirujano solo se le vigilaba por la desaparición de tres chicos que presuntamente formaban parte de su secta. Por eso se encargaban del caso Pedro Ojeda y María Silvano ayudados por el desgraciado de Juárez. Le asigné el caso a Ojeda porque era el tío más inútil que ha parido madre y a la Silvano porque era una novata y no sabía dónde coño ponerla. Juárez, como es un tipo que mete la nariz en todas partes, se interesó por el tema y le vinculé a tiempo parcial para que me dejase en paz. Nada más. No sé qué le habrá contado Juárez de todo esto pero es una enorme mierda que me ha explotado en la cara sin tener nada que ver. ¿Cómo puede saber más sobre esto? No tengo ni la más remota idea. No lo intente con lo de Ojeda porque no hacía más que tocarse los cojones todo el rato, y Juárez igual, mucho ruido y pocas nueces. Si alguien estaba llevando la investigación era María Silvano. Me cago en la leche, el día antes de que pasara aquella mierda me estuvo enseñando lo que tenía y se lo estaba currando pero bien. Seguro que habría sido una buena poli si todo este embrollo no se hubiera liado de esta forma.

Se vuelve a quitar las gafas y se frota los ojos. Permanezco en silencio para que se tranquilice, y al final le digo:

—¿Tiene usted el material en el que trabajaba María Silvano?

Tarda en contestar y al final dice:

—No. Mire en su escritorio, esta es la llave. Ahí tiene todo, creo que incluso está la denuncia de las desapariciones.

—¿Cuál es?

—Allí al fondo, detrás de la columna —me lo señala a través de la mampara de cristal.

Recojo mis papeles y me levanto.

—Bien, siento haberle importunado. Buenos días.

No dice nada, me vuelvo y cuando estoy en el umbral de la puerta de su despacho me dice:

—No me interpretes mal, muchacho —ya no me trata de usted—. No sé si tienes algo que ver con asuntos internos o qué. Yo quería a estos chicos, yo quiero a mi gente. Ojeda era un cabrón pero ha sido compañero durante casi veinte años, y Juárez casi lo mismo. Habría esperado que Ojeda se jubilara con un barrigón como un tonel y que a Juárez se lo hubiesen cargado por meter las narices en algún putiferio o en alguna movida de drogas. Pero no de esta forma, eran gente que no merecía esta mierda —me sorprende por qué habla de Juárez como si estuviese muerto. Quizá estar encerrado donde está es casi como estar muerto para él—. A la chica casi no la conocía, pero estaba muy buena —pone una sonrisa estúpida, como si con esto buscase mi indulgencia o algo así. Al final cambia de tono—. De verdad que lo siento. No dé un mal informe de mí.

Me planteo volver a explicarle que yo no estoy allí para informar sobre él pero su presencia me fatiga y vuelvo a despedirme. Mientras cierro la puerta despacio una mujer de unos cuarenta años que tiene su mesa cerca de la puerta (igual es su secretaria) me dice:

—No es mala persona. Lo que pasa es que le tienen muy presionado. Lleva meses pidiendo más gente y de arriba denegándoselo y ahora pierde a tres. Y hace bien poco que mataron a otro y a un forense en el mismo día...

—¿Los conocía usted? ¿A los tres? —le pregunto con desgana.

—Claro. Ojeda y Juárez eran de toda la vida —todos han enterrado ya a Juárez, por lo que oigo— y la chica era un encanto. Algunas veces desayuné con ella y tenía una alegría y un entusiasmo que daba gusto. Claro, como llevaba tan poco tiempo...

—Claro... —le respondo. La conversación con el comisario me ha agriado el carácter y dado que ella no tiene aspecto de proporcionarme la información que busco me despido—. Gracias por todo. Estaré en el escritorio de María Silvano.

—Es aquel del fondo, detrás de la columna, donde la máquina del café.

—Ya lo sé, gracias.

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La historia de David

El padre de David había sido un hombre silencioso, no especialmente cariñoso ni divertido, que siempre trabajaba muchas horas y volvía muy tarde a casa. Pese a eso jamás había escatimado un rato de juego y de cosquillas justo antes de cenar, momento que para David había sido siempre mágico. También era disciplinado, consigo mismo y con los demás: aunque para ciertas cosas era flexible, había otras para las que era inamovible y férreo. Una de ellas era la de la hora de irse a dormir. Nada, nunca, jamás, bajo ningún concepto, en la cama más tarde de las nueve y media.

Los jueves por la noche ponían a las once y media lo que sus compañeros de clase llamaban «la serie del superhéroe». David nunca supo cómo se llamaba en realidad. Todos los viernes a primera hora de la mañana antes de entrar a clase su grupo de amigos, a los que sus padres sí dejaban quedarse por la noche a ver la serie, compartían entusiasmados los momentos más increíbles, hazañas valientes, persecuciones vibrantes, malvados aterradores, mujeres con poca ropa armadas hasta los dientes. Para David aquel momento del viernes suponía un conjunto de sensaciones contradictorias, ya que por una parte disfrutaba escuchando las confusas reseñas de sus amigos pero por otra se sentía desplazado por no poder gozar de primera mano de aquel espectáculo y un nubarrón de amargura y desprecio hacia su padre le fastidiaba el día.

Un jueves por la tarde, sin embargo, sonó el teléfono mientras terminaba sus deberes y su madre mantuvo una breve conversación con su padre, en la que dijo que iba a tener que quedarse hasta altas horas de la madrugada terminando un trabajo cuya entrega no podía esperar. Cuando David se enteró sintió algo de pena por saber que no iba a ver a su padre aquel día pero, casi inmediatamente, recordó que era jueves. Sabiendo que la insistencia en los horarios para irse a dormir eran cosa de su padre utilizó todas las artimañas que pudo para convencer a su madre de que le dejase quedarse a ver la serie del superhéroe. Su madre nunca había tenido mucha convicción acerca de nada y accedió después de un poco de presión con la única condición de que su padre no se enterara. David se sintió aún mejor que en el momento de recibir los regalos de navidad. Por fin podría conocer al superhéroe y se sentiría al fin integrado en la conversación mañanera.

Después de cenar se acomodó en el sofá ocupándolo casi todo, ya que su madre no se quedó con él sino que dedicó esa noche a planchar las cortinas. La espera resultaba eterna. Primero las noticias internacionales. Luego las reseñas del fútbol, interminable palabrería sobre este jugador y aquel entrenador y ese club y el otro campeonato. Un intermedio, con su colección de anuncios aburridos, entre los que no había ninguno de juguetes sino nada más que cosas de seguros, bancos, productos de limpieza y amenazas de la dirección general de tráfico. Luego, más noticias, un tostón sobre economía con un señor estirado hablando de cosas incomprensibles, algo sobre un crimen y un portavoz del servicio sanitario hablando sobre una herida inciso-contusa, otro intermedio con más anuncios, el informe del tiempo con sus anticiclones y sus ciclogénesis explosivas, unos avances sobre unas películas de amor que estrenarían pronto. Aquello era una auténtica tortura, la pesadez más insoportable, el tostón más soporífero que jamás había escuchado. Un par de veces sintió que se le cerraban los ojos por un tiempo indeterminado pero inmediatamente se espabilaba, irguiéndose un poco más en el respaldo.

Tras uno de estos microsueños descubrió que la serie había empezado. Sus ojos se abrieron como platos y el sopor desapareció completamente cuando todos sus sentidos se dedicaban a absorber la información que llegaba del televisor. El superhéroe, equipado con una armadura brillante que le hacía parecía un robot, surcaba el aire volando, dejando una estela de llamas. El antagonista, una especie de vampiro enjuto y con los ojos inyectados en sangre lanzaba a una hermosa mujer vestida con un velo medio transparente a una escarpada fosa, mientras su grito de horror se perdía en la interminable caída. Un monstruo híbrido, con seis patas como columnas y tres cabezas de león arrasaba un poblado indígena de chozas con techo de paja escupiendo fuego y aplastando a sus habitantes que huían despavoridos. Una sombra gigantesca, de contornos difusos, emitía desde una boca llena de dientes descolocados un chirrido desagradable mezcla de gruñido y canción de cuna tan aterrador que tuvo que taparse los oídos. Cada escena era aún más excesiva que la anterior y su mente se excitaba casi febril ante la sobredosis de estímulos y la falta de sueño. Pero cuando una falange de vehículos con cúpulas de cristal se preparaba para un enfrentamiento contra un batallón de navíos con velas como alas de murciélago la fatiga pudo con él y se quedó dormido, perdiéndose el desenlace.

A la mañana siguiente, aún embriagado por la experiencia anterior, se levantó como un misil dispuesto a compartir las escenas con sus amigos nada más llegar a clase. Había sido la mejor experiencia de su vida, exceptuando la sombra que daba aquel chillido tan horrible cuyo recuerdo hacía que se le pusieran los pelos de punta. Se vistió rápido y apenas desayunó, y cuando llegó al patio del colegio le extrañó la ausencia del habitual corrillo de amigos comentando el trepidante episodio que, por fin, había conseguido ver.

Cuando se encontró con Luis, su mejor amigo, le asaltó tirándole de la manga y le preguntó qué le había parecido el episodio del superhéroe de la noche anterior, dispuesto a aturdirle con sus comentarios. Pero Luis le dijo con fastidio que la noche anterior habían cancelado la emisión de la serie debido a que el debate político se había alargado demasiado.

David se quedó helado. Preguntó a algunos más y todos le dijeron lo mismo. Poco a poco fue entendiendo lo que había pasado: había soñado todas aquellas maravillas, todo había sido producto de su imaginación o del trozo de cerebro que se encargue de elaborar todas esas locuras que forman los sueños. Tras pasar unos momentos de confusión, aceptó la realidad y lo achacó a una de esas cosas extrañas que pasan en la vida.

Pero con el transcurso de los días el recuerdo de aquellas imágenes se fue disipando y solo quedaba el grito, ese ruido ensordecedor que pretendía ser humano sin conseguirlo y cada vez las noches eran más largas y el sueño más difícil de conciliar. Cuando por fin lograba dormir soñaba de nuevo con aquel alarido y se despertaba empapado en sudor. Así estuvo durante varios meses, cada noche peor que la anterior, hasta que en un duermevela inquieto dominado una vez más por el chillido le despertaron unos golpes en el pasillo y vio a unos enfermeros arrastrando una camilla con un cuerpo tendido seguidos por su madre con el rostro envuelto en lágrimas. Se levantó con un nudo en la garganta preguntando qué pasaba y ella solo pudo abrazarle y llorar en silencio mientras él veía alejarse a su padre tumbado inmóvil, con los ojos cerrados y la boca tapada por una mascarilla de oxígeno. Aquella noche en la que su padre había muerto el grito había sonado por última vez.

O eso había creído hasta que lo había vuelto a escuchar a través del walkie-talkie. Como cuando era niño y soñaba, solo que ahora, y despierto.

Más en Ruido en la tormenta.