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Un naufragio personal

El sueño de Sandra

1. El diario

"Aquí estoy otra vez intentando escribir mi diario. Esta vez debo tomármelo con más seriedad y escribirlo día tras día, ya que eso es bueno y sirve para acordarme de las cosas y de cuando las hice y así hacerme ordenada para que Sor Luisa no me castigue por tener los cuadernos sucios. Estoy escribiendo con la nueva pluma que me ha regalado Luis. Luis es el jardinero y es mi amigo. Hoy seguiré..."

Un diario...

Era al menos la quinta vez que Sandra empezaba a escribir su diario. Solía intentarlo siempre que se encontraba muy triste, tratando de hallar en él un escape o una ayuda. Pero sabía bien que aquello no progresaría, que quedaría reducido a uno o dos días. No es nada fácil escribir un diario, no siempre hay cosas agradables que contar. La última vez que lo intentó sería apenas tres meses atrás. Se asustó al pensarlo, pues cada vez era menor el intervalo de tiempo entre dos diarios que comenzaba. Eso significaba tristeza más a menudo.

Sandra cerró el cuaderno y suspiró, mirando hacia los árboles. Estaba en el patio del colegio, sentada en su banco favorito. Este se encontraba frío, helado, pues ya estaba adentrado el invierno, y se mostraba poco acogedor a un posible huésped. Era muy antiguo, de hierro forjado, y algunas cascarillas demostraban que tiempo atrás estuvo pintado de verde. Era orejudo, como Sor María, y desde lejos tenía el aspecto de un jarrón achatado. Para sentarse, un travesaño de madera apolillada se quejaba siempre que te levantabas. Tal vez por eso tenía Sandra tanto cariño a su banco. Era el único que se lamentaba de que ella se fuera.

El banco de Sandra gimió. Poco a poco, ella se fue alejando, con su cuaderno aplastado contra el pecho. Aún quedaban por allí hojas de árbol desde el otoño, y ella se divertía pisándolas y haciéndolas crujir mientras paseaba por el jardín. Se conocía los árboles de memoria; ella había estado allí desde que tenía conocimiento. Diez años recluída entre aquellos muros musgosos y antiguos coronados por lanzas de hierro oxidado. Era como si un ser sobrehumano y monstruoso hubiese colocado allí aquellas piedras y esperase detrás aletargado, tal vez a que a alguna de las niñas se le ocurriera escaparse. Sandra apenas sabía lo que había allí fuera; sólo una vez se asomó furtivamente con Isabel apilando algunas de las cajas de madera que hay detrás de las casetas de los perros. Sólo descubrieron una carretera que bordeaba el muro y se escapaba entre los árboles. Pero guardaron el secreto cautelosamente como si en ello les fuese la vida. Era divertido guardar secretos. Con Isabel solía jugar a guardar secretos. Todo fue antes de que Isabel muriese.

Inconscientemente había llegado hasta las casetas de los perros. Vacías, como siempre. Nunca hubo perros ahí. Sandra recordaba vagamente que hace mucho tiempo había pavos reales. Pero ya no había nada. Sólo un hedor a cerrado, a algo en descomposición.

Ante ella estaban las cajas de madera. Seis, como siempre, una de ellas con un lado roto, otra pintada de rojo. Todo como siempre. El tiempo parecía haberse estancado en aquel lugar. Hasta ella misma sólo en su forma exterior había cambiado. Su mente seguía añorando a Isabel como desde el primer día.

Lo recordaba como si fuera ayer. Isabel se había caído sobre una de las verjas de lanzas. Esa imagen era imborrable; gotas de sangre muy fluidas escurriéndose por los barrotes... Sandra cerró los ojos tratando de ahuyentar aquel pensamiento. También recordaba a Sor Luisa hablando con el padre de Isabel. Sandra siempre se había extrañado de que Isabel tuviese padres, ya que ella no los tenía. Siempre le habían contado que sus padres habían muerto en un accidente de coche cuando ella tenía apenas unos meses. Ellos murieron... ella sólo tenía una leve cicatriz. Como una rayita que cortaba horizontalmente las líneas de su mano derecha. Tan sólo eso demostraba que Sandra había tenido padres. Una rayita... el único recuerdo que tenía de ellos.

Si hubiese sabido escribir entonces, habría empezado un diario, como hizo cuando murió Isabel, como hizo tantas otras veces que se había sentido perdida. Otro diario que no llevaría más que unos miserables días.

2. El si bemol

En fila, como siempre, subieron las alumnas por las escaleras de mármol sucio y mate hacia el pasillo superior, las aulas de música. Lejanamente se escuchaba un piano, que interpretaba una pieza de forma terriblemente austera y carente de sentimientos. Era sin duda sor Leonor, la de las gafas, un ser frío e inexpresivo como pocos, que simplemente sacaba sonidos al piano. Algo mas cercano, se escuchaba otro piano. Era Sor Laura, que enseñaba a las pequeñas. Golpeaba el piano como si tuviese algo contra él; Sandra siempre había creído que Sor Laura vertía sobre el teclado todo el odio acumulado que debía llevar dentro. Había oído comentarios acerca de un novio que le abandonó de joven.

Así, rutinariamente, llegaron a la clase más oscura y fría de todo el piso. Allí estaba sor María, la de las orejas, con el estúpido soniquete de su voz explicando la tonalidad de Si Bemol. Sandra odiaba el Si Bemol, era imposible tocar la escala de Si Bemol sin equivocarse. Si Bemol, Si Bemol... no debería existir. Estaba mal inventada, como la muerte de los amigos.

En las clases de música Sandra se aburría soberanamente. Empezaba dibujando animales: perros, gatos... hasta que se le acababan. Entonces, se los inventaba: hacía mezclas de animales o simplemente creaba seres fabulosos. con muchas alas, muchas cabezas, muchas patas... luego, caballeros andantes a caballo, y siempre, siempre, una princesa. Una princesa, como en las ilustraciones de los cuentos: con sedas y tules. Una princesa triste, atrapada en las garras de un ser que ni siquiera ella comprendía. Una princesa a la expectativa.

¿Existirán caballeros andantes que rescaten princesas?

Sandra se maldecía por no conocer más el mundo exterior. Nadie explicaba nada: todo era nebuloso y extraño. Además, sentía una especie de atracción hacia los caballeros andantes que ella no podía comprender. Luis el jardinero le decía que era normal en una niña que sintiese atracción por los hombres, y las monjas esquivaban el tema. Todo era confuso.

Envuelta en arpegios de Si Bemol mayor, Sandra volvió a la realidad al sentir crujir las tablas del suelo. Miró a su lado y vió pasar, hacia la pizarra que había al lado del piano, a Charlotte, una repelente niña francesa que lo sabía todo. A una orden de sor María, la niña de Toulouse se sentó en la pequeña banqueta y con sus estilizados dedos fue dibujando rápidas escalas, impecables, perfectas. Mas tarde, cascadas de acordes...

- Y en Si Bemol... - pensó Sandra para sus adentros. Odiaba la incorruptible perfección de Charlotte, o mas bien, la envidiaba. Todo lo que hacía lo hacía bien, incluso muy bien; todo aquello que Sandra ansiaba ser era tirado por tierra por aquella niña rubia y alta. Muchas veces había intentado hacerse amiga de ella, deslumbrada por las cosas que hacía, pero otras tantas veces había sido rechazada. Charlotte vivía en su torre de marfil, de la que sólo bajaba para dar clase. Era difícil, inaccesible, como un arpegio de Si Bemol.

Sandra volvió la vista hacia la ventana. Llovía, y el cielo estaba grisáceo, todo cubierto de nubes oscuras y profundas. Las hojas de los árboles oscilaban rítmicamente, como en una especie de ritual primitivo que trascendiese todo lo real, y su movimiento parecía adaptarse a la simple melodía en Si Bemol menor que alguien hacía vomitar al desvencijado piano. Su voz era ronca y melancólica, como de anciano. Todo el mundo decía que la lluvia era triste; pero a Sandra no le parecía tal cosa. El cielo encapotado, el sol ausente, las gotas resbalando en sus pestañas, todo tenía un agradable sabor agridulce como a recuerdo remoto. Los árboles goteantes, el barro... algo tenían de atractivo, algo indescriptible, algo que en palabras no se podía explicar.

"Roaxem llegó de las lluvias..." Había asaltado su mente mientras estaba desprevenida. Todo sonaba lejano pero no ajeno... Roaxem... ese nombre... probablemente lo había escuchado en algún sueño y ahora, de repente, había vuelto a su conciencia. Roaxem, el que vino de las lluvias... ¿Qué era eso? ¿Qué diablos era eso? ¿Por qué sólo lo recordaba entre brumas?

De repente, como apareció, se fue. Aquel nebuloso pero denso recuerdo se había ido para no volver. Tan sólo unos segundos había tardado en inundar su entorno, pero ahora, había huído. Todo era real de nuevo: una aula, gente dentro... la frialdad de lo inevitable, la dureza de la realidad, la pastosa quietud de los movimientos vigiles. Sin embargo, algo le había arrebatado a aquella imagen viajera. Tan sólo cinco palabras: "Roaxem llegó de las lluvias..." algo había quedado de aquel instante de grandeza espiritual. Fue diferente a otras veces; ahora había robado unas palabras. Simplemente, unas palabras...

Sandra se maldijo. Su vida estaba incompleta, siempre lo había estado. Nada de lo que hacía era completo. Había veces que sentía que eso a lo que se dedicaba sería terminado bien; pero siempre el desengaño, siempre el error, siempre la torpeza en la última nota. Así era su vida, una serie de actos coronados por un error, que convertía todo en frustración; no podía ser como Charlotte, perfecta, inmaculada. Todas sus alegrías truncadas por la muerte de sus seres queridos, todos sus deseos cada vez más imposibles de ver realizados. Estaba mal inventada, mal concebida, como la escala de Si Bemol.

3. El visitante

Apenas le hicieron pasar, Antonio se sentó en un o de los numerosos sillones que había en la sala de espera. Estaba nervioso, pues eran muchos los recuerdos que le unían a aquel edificio oscuro y húmedo. Observó las partes bajas de las paredes: estaban corroídas por la humedad. El suelo era marrón oscuro, descascarillado por muchas partes, y soportaba gran cantidad de muebles antiguos, de una sobriedad típica en un edificio como aquél. Una mesa, sillones apolillados, sillas... todos extrañamente agresivos, inhóspitos, como rechazando un posible acercamiento.

Sobre la puerta del despacho de la monja secretaria colgaba un cuadro descolorido del papa. Apenas lo descubrió Antonio se sobresaltó al escuchar un descorrer de cerrojo. En la puerta apareció un rostro de mujer, de feminidad nula, que le invitaba a pasar.

-Buenas tardes -dijo- usted debe ser el señor Armillas.

-Sí, soy yo -dijo Antonio, con el sombrero en la mano, entrando lentamente en la estancia.

-Siéntese, por favor. -Ella le tendió una silla y él, temerosamente, se sentó.

-Gracias... -dijo, acomodando y estirando su abrigo.

-Bueno, según creo usted viene por lo de la adopción -la monja hojeó unos papeles- ah, sí, aquí está. Antonio Armillas...

-Sí, soy el padre de la niña que murió aquí hace unos años -dijo él, mirando al suelo.

-Ah, sí, Isabel Armillas... -la monja no quiso o no supo seguir.

-Verá... tanto mi mujer como yo resultamos muy afectados por la muerte de Isabel -hablaba gesticulando mucho con las manos- sobre todo mi mujer que, ¿sabe?, no quería que Isabel entrase en el internado -su nerviosismo era inocultable- y como ella no puede ya tener más hijos, pues... pues decidimos adoptar...

-Ya... -ella estaba afectada por el nerviosismo de Antonio- ¿y hay alguna razón de haber elegido a esa niña... -volvió a hojear papeles- ...Sandra?

-Pues sí... según creo, era amiga íntima de mi pequeña. Sandra ¿sabe? la quería mucho. Siempre me hablaba.. nos hablaba de ella en sus cartas... sus padres, me parece, murieron cuando era pequeña...

-Sí... según dice aquí, ha estado pagando el colegio un pariente lejano, de Austria, cero... pero nunca ha venido a verla. No ha tenido nunca visita.

-Ah... -Antonio miró en derredor- hábleme de la niña... me gustaría ir sabiendo como es...

-Lo siento mucho, pero yo sólo me encargo de la administración y no conozco a las niñas. Si lo desea, puedo mandar llamar a alguna de las madres que le dan clase para que hable con ellas...

-Sí... si es tan amable...

-Por supuesto -se levantó- tardo un minuto... -y se fue por una puerta que había detrás de ellos.

Antonio casi temblaba. Era una dura decisión, un paso muy difícil. La niña podía no aceptarles, y eso supondría tal vez para Carmen una recaída irreversible en la depresión... se estremecía sólo de pensarlo, la quería demasiado para dejarla enloquecer. Sandra, Sandra... si eran tan amigas, tal vez serían parecidas en talante. Pero en unos años se cambia mucho, y más a esa edad... diez años.

Se escuchó un crujido.

-Hola, soy Sor Luisa -dijo una voz ronca- soy la profesora de Lenguaje.

Antonio se volvió y vio una inmensa mole vestida de negro. Se levantó de la silla, sujetando su sombrero con ambas manos.

-Usted quiere saber cómo es Sandra...

-Sí, claro... madre... hermana... -no sabía que diablos decir.

-Verá -Sor Luisa se mordió el labio inferior- no se puede decir que sea una niña aplicada. Se nota que no pone de su parte para aprender. Se trata de una chica lista, ¿sabe?, pero es una soñadora incorregible y no pone atención en lo que hace. Le distrae el vuelo de una mosca.

A Antonio todo eso le daba igual.

-Pero... ¿Cómo es?... quiero decir... su forma de ser.

-Ah, eso -dijo, con un ligero tono de desaprobación propio de una persona desentendida de esos temas- es ligeramente introvertida, pero se relaciona con sus compañeras. Yo creo que su único problema es que vive en la luna.

Se escuchó un chirrido en la puerta, y apareció Sor María, con sus enormes orejas. Sor Luisa la presentó como la profesora de música de Sandra.

-Pues Sandra es una niña muy buena -dijo- nunca la he visto regañar con nadie. Eso sí, se distrae...

-Con el vuelo de una mosca... -dijo Antonio, recordando las palabras de Sor Luisa.

-Sí... -sonrió mostrando unos dientes separados- lamentablemente, no tiene oído para la música. Pero es porque no se fija, creo yo.

-Es por culpa de los cuentos -dijo Sor Luisa- tiene la cabeza llena de dragones...

Antonio frunció el ceño en un gesto de duda.

-Sí, dragones. Verá, le enseñaré algo.

Se dirigió a un estante con antiguos cuadernos y carpetas. Cogió uno tras buscarlo un instante y lo mostró a Antonio.

-Es uno de sus cuadernos de lenguaje -dijo- cuando los llenan, los vamos guardando para ver sus progresos. Y vea, vea en qué se entretiene la niña mientras yo explico la lección... -hojeó hasta que pareció encontrar una página en especial- vea.

La obesa mano le tendió el cuaderno. Allí había, dibujado entre renglones, algo muy complicado que en un principio no pudo entender. Concentrado en aquella extraña forma, no pudo advertir que las monjas se sonreían al ver su cara de duda. Era verdaderamente algo raro... de repente, como un rayo de luz, comprendió perfectamente el dibujo. Era un ser extraño, reptiliano, con muchas cabezas y dos protuberancias traseras en forma de alas, perfectamente sombreado, recargado de líneas, que la hacían asemejarse a un grabado. En una de sus numerosas zarpas, una diminuta princesa, de la que resaltaban unos ojos grandes como platos. Ante él, a un lado, un guerrero, ataviado con una extraña armadura, se ocultaba entre las palabras que flotaban en el ambiente. Todo esto sin mezclarse con el texto.

-Pero... pero esta chica es una artista -exclamó.

-No debe fomentar eso -repuso Sor Luisa- distrae por completo su atención. Ahora que va a cuidarla, procure quitarle la manía de los dibujitos...

-Oh, sí... por supuesto... -dijo Antonio, volviendo a la realidad y a la formalidad.

Sor Luisa tomó de las manos de él el cuaderno y lo devolvió a su antiguo lugar.

-Me imagino que tarde o temprano deberá hablar con ella- dijo Sor María- ¿no cree?

-S... Sí, por supuesto. -respondió.

-Bueno, pues acompáñeme -dijo Sor María- Ahora tienen clase de matemáticas. La haré llamar.

Antonio siguió a la monja a través de pasillos oscuros y húmedos. Fue recordando amargamente su primera visita a aquel en cierto modo abominable lugar, llevaba de la mano a una muñequita de tres años. En su interior se reprochaba haber llevado a Isabel a aquél asqueroso lugar. en aquél entonces lo hizo por su aprendizaje... pero Isabel ya no existía. Sólo quedaba allí como recuerdo de su paso una amiga, una amiga inseparable, que él había decidido rescatar. Una amiga, pensaba, esperando encontrar tal vez una proyección de sus hija perdida en una niña que no conocía.

4. Exterior...

Se escucharon unos golpes en la puerta. Un instante después ésta se abrió y se pudo ver la cara de Sor María, o mejor dicho, sus orejas. Dijo algo a Sor Pilar, la de matemáticas, que sacó a Sandra de su distracción. Era referido a ella.

Dos o tres días atrás Sor Luisa le había hablado del asunto de la adopción. Ella no entendió nada. Estaba completamente confusa y desorientada. Nunca había tenido padres, pero ahora... ahora era diferente, padres... de golpe y porrazo. Además, los padres de Isabel, precisamente ellos. Todos esos días los había vivido como en un sueño, todo era tan extraño, tan nuevo... ahora iba a conocer el mundo exterior. Cuántas veces había soñado con eso: moverse libremente por el exterior, ver todas esas cosas de que hablan los libros. Incontables veces había rogado a Quien La Escuchase que le proporcionara unos padres, pero ahora le asustaba la idea, tal vez... Ya era tarde para dudas; había llegado el momento.

Sor Pilar, dijo su nombre, y a Sandra le pareció que sonaba con un eco especial. Ella se puso en pié, estirándose la falda con timidez. Todas las alumnas la miraban. En su nerviosismo tiró al suelo los libros. Rápida pero indecisamente, los recogió y amontonó de mala manera otra vez sobre la mesa. En el umbral de la puerta pudo distinguir a dos personas; una era Sor María, y la otra... no podía distinguirla bien.

A pasos lentos e inseguros, se dirigió hacia la puerta, Sor María y la otra persona comentaban algo. A Sandra le temblaban las piernas. ¿Qué debía hacer...? Las normas de conducta se le habían olvidado.

La puerta se abrió del todo entonces. Ante ella había un hombre delgado, con un abrigo plegado en la mano, un sombrero, que la miraba fijamente con expresión de sorpresa. Era el mismo hombre que vió años antes hablando con Sor Luisa, cuando lo de la muerte de Isabel. Estaba nervioso, muy nervioso. Entonces sonrió, tratando de mostrarse acogedor, protector, paternal.

-¿Tú eres Sandra?

-S... Sí -dijo ella. Apenas se escuchó su voz. Todo era extraño y tenso, la voz le temblaba...

-Yo soy... -No supo seguir. ¿Tu nuevo padre? ¿Tu padre? ¿O simplemente Antonio?

-Ya, ya lo sabe... -Respondió Sor María, salvando la situación. El la miró en muestra de agradecimiento.- Sandra, ha llegado el momento de irte.

El momento de irte... el momento de irte... no podía ser verdad.

-¿No vas a despedirte de tus compañeras?

Sandra se volvió y contempló varias decenas de rostros expectantes. En el fondo las quería. Al fin y al cabo, se habían portado bien con ella. Lo habían pasado bien juntas. Fue observándolas una a una, muy rápidamente; todas tenían expresión de sorpresa, de no dar crédito a sus ojos. Ahí quedaban, dentro. Ella se iba.

Esbozó una sonrisa y se despidió con un adiós casi inaudible a causa de sus nervios. La clase repitió a coro; algunas agitaron sus manos.

Casi sin darse cuenta, se cerró la puerta. Sandra se estremeció. Estaba sola ante el futuro, fuera de su ambiente. ¿Qué debía hacer? Deseaba que todo fuese un mal sueño.

Alguien cerró la puerta del coche. Ahora estaban completamente solos.

-¿Te gusta el campo? -Dijo Antonio, tratando de entablar conversación con la niña.

-No lo sé. No he estado nunca...

-¿Cómo es posible? Pues ya verás. Seguro que te gusta. Allí tenemos Carmen y yo una casa. Carmen es mi mujer, o sea, tu madre...

-Carmen... -dijo ella.

-Te gustará, seguro. Eh... ¿Te gusta el chocolate?

-S...sí, mucho...

-Pues ella hace un chocolate para chuparse los dedos. Te... ¿te habló Isabel de nosotros?

Isabel... ¿Qué diría Isabel si viese aquella situación? ¡Dios mío! Le estaba robando los padres...

-Sandra, ¿Me oyes? ¿Cómo te gusta que te llame, Sandra o Alejandra? Porque ya eres una mujer... ¡Je, je! ¿No?

Ella sonrió en respuesta. Tragó saliva y respondió que le daba igual, Sandra, Alejandra, como él quisiese.

-Dime, ¿Te contó algo Isabel de nosotros?

-No sé... sí... les, os quería mucho- ¿Debía tutearles?

Antonio se quedó callado, pensativo. Lo más terrible sería el encuentro con su mujer. Rogaba a Dios para que no volviese a caer en la horrible depresión de la que había salido hacía apenas unos meses. Carmen deseaba a esa niña como a lo que más. Si la defraudaba... bueno, a él sí le había gustado. Era una niña muy mona, muy modosita.

Antonio la miró. Ella le estaba observando con unos ojos enormes, de color marrón muy claro, casi color crema. Estaba verdaderamente muy nerviosa, tal vez tanto como él, pues jugueteaba atolondradamente con sus dedos. El sonrió; ella le devolvió la sonrisa y desvió sus grandes ojos hacia el frente.

Así, envueltos en conversaciones sin fundamento, llegaron a la casa. Una verja, de hierro forjado, con lanzas, como la que...

La puerta enrejada se abrió. El coche avanzó por un sinuoso camino, hasta que paró frente al chalet.

Bajaron del coche. Sandra miraba asombrada todo su entorno. Era... demasiado nuevo. Ya conocía el exterior. El exterior que tantas veces había imaginado. Ya conocía a un padre que era suyo.

Por allí correteaba un perro. Era orejudo, como Sor María, muy gracioso. Le siguió con la vista hasta que desapareció tras unos setos.

5. Carmen

Antonio hizo sonar el claxon del coche para avisar de su llegada. Invitó a Sandra a entrar primero y dar una sorpresa a su nueva madre. A Sandra no le gustó demasiado la idea, pero hizo como si le entusiasmase. Entró rápido en la casa, encontrándola casi a oscuras. En la penumbra pudo ver una escalera que subía al primer piso; a su izquierda, una puerta doble abierta, que mostraba un salón cuyos rasgos se perdían en la oscuridad.

Poco a poco, fue acomodándose a la falta de luz, y decidió subir por las escaleras. Los peldaños, de madera antigua, crujían como el banco que había en el jardín de la escuela. Ya formaba parte del pasado; apenas unas horas le separaban de él, pero ya era terriblemente remoto.

Llegó arriba. Desde la cima, miró atrás; era impresionante. La luz que entraba por la puerta cegadoramente se iba difuminando y perdiendo al chocar con las duras aristas de los añejos muebles; el polvo en suspensión que tropezaba con estos rayos devolvía un destello minúsculo, como un insecto diminuto. Aquella escena le pareció extrañamente familiar.

Poco a poco, fue adentrándose. No quería pensar si le gustaba o no. Al final, una habitación, con las persianas casi bajadas. Allí, en la oscuridad, una cama pequeña, que sin duda era las suya. Era increíble. Era la casa de Isabel, que ahora era suya.

Pudo escuchar movimiento detrás suyo. Se volvió, y vió una alta figura, con un vestido largo, muy largo; unos cabellos negros, muy abundantes, se ondulaban alrededor de un rostro afilado, de ojos grandes y negros.

Era una mujer guapa, tal vez algo estropeada como consecuencia de haber sufrido mucho. Su cara era joven, pero mostraba unas ojeras mal disimuladas, y tal vez arrugas.

La bien contorneada boca esbozó una sonrisa.

-¿Sandra...?

6. ¿Sandra...?

Ante ella había una niña, menuda, sobrecogida, sus diez años envueltos en un vestido rojo. Tenía el pelo castaño claro, como los ojos, muy grandes y de expresión curiosa. Sus labios, finos, parecían estar pintados, pero no era más que una ilusión producida por el contraste de su pálida piel.

Cruzó las manos en su espalda y entrecerrando tímidamente los ojos, respondió:

-Sí, soy yo...

Carmen creyó estar soñando. Por fin había llegado el momento. Esa niña era justo lo que ella necesitaba. Tenía que verter sobre alguien su protección de madre, su frustrada vocación de madre, cortada primero por el internado y luego por la muerte de su hija. Se estremeció al recordar sus sufrimiento... aquella tarde, la última tarde de cordura, aquella llamada telefónica... aún no había superado su aversión a los teléfonos.

Aún sin confiar del todo, volvió a decir:

-¿Eres tú...?

Sandra se fue acercando poco a poco, abriendo una sonrisa. Carmen no pudo contener la emoción.

-¡Ven, preciosa, ven, dame un abrazo!

Sandra sintió el fuerte apretón, sin salir de su asombro. Aquella mujer, su nueva madre, sollozaba, probablemente de emoción. Poco a poco, sus rostros se encontraron; unos ojos tremendamente profundos y negros aparecieron humedecidos. Las lágrimas, grandes y pesadas, fluyeron y gotearon de su afilada cara, yendo a caer sobre Sandra.

Lágrimas ajenas en sus mejilla... sintió que estaba sirviendo de consuelo a alguien; alguien era feliz a su lado. No podía entender por qué, pero sintió que estaba haciendo algo positivo. Tuvo ganas de entregarse a los sentimientos, y llorar de alegría, pero no pudo. Sandra ya no lloraba. Lloró una vez hacía años, cuando todo fue adverso, y desde entonces su subconsciente se propuso no volver a llorar más.

No lloraba... pero sentía en su interior algo que no sabía explicar. Alguien la quería, alguien vibraba en su presencia.

-Ven -dijo Carmen, secándose con la mano las lágrimas- voy a enseñarte la casa...

Lentamente, como en un sueño, fueron de un lado a otro, viendo salas, habitaciones, que no se acababan nunca. A ellos se unió Antonio, y los tres fueron viendo todas las estancias de la casa.

Luego, el jardín... las caseta de los perros, muy parecida a la que había en el internado. Todo transcurría muy despacio. Sandra se dió cuenta de que toda su vida había necesitado protección.

Una noche, durante la cena, meses después, los padres de Sandra hablaban sobre algo que Sandra no conseguía entender. Al rato, puedo saber que hablaban sobre el tipo que había venido pagando su colegio todos estos años. Sandra intervino.

-Es el tío GB -dijo.

Antonio frunció el ceño. Carmen enarcó las cejas. Ambos la miraron.

-¿Quién? -dijo al fin Antonio.

-El tío GB... -respondió, limpiándose la boca.

-¿GB? ¿Qué es eso, un nombre?

-Ah, no... -dijo- son las iniciales de su nombre. En sus cartas me decía que su nombre era demasiado complicado para una española -se encogió de hombros.

-Es Austriaco, según me dijeron en el colegio -dijo Antonio dirigiéndose a Carmen.

-No, qué va. Es checoslovaco -corrigió Sandra- Y sabe muchos idiomas: sabe italiano, inglés, alemán... y no sé cuántos más.

Antonio estaba muy interesado en el tema.

-Pero, ¿Es tío tuyo?

-No, no... pero él quería que le llamase tío.

-Sin embargo, no compareció cuando pedí la adopción... es muy raro.

Carmen preguntó:

¿Cómo se llama? ¿cuál es su nombre... entero?

No sé... no me acuerdo... es un nombre italiano, según decía. Su madre era italiana. Gi... Sí, algo así... Giam-Battista...

Sus padres se sorprendieron. Era muy extraño: se habían quedado mudos de estupor. Se miraron, Carmen se llevó a las manos a la cabeza. Al fin, se atrevió a preguntar:

-¿Giam-Battista... qué?

-Mm... ¿cómo era? ¡Sí! Johannes.

Como si ya lo esperasen, ambos volvieron a quedarse mudos. Sandra no comprendía nada; parecía que le conocían... Preguntó, y preguntó, pero no logró sacarles ya nada. Enfadados por tanta pregunta, la mandaron a acostar.

Sandra estaba enfadadísima. Giam-Battista Johannes... ¿quién era? ¡Diablos, sólo era el tío GB! ¿Por qué tanto misterio? Se sintió engañada por todos, todo el mundo le ocultaba algo. Primero las monjas, luego sus padres... ¿Qué era lo que pasaba?

Sólo Isabel le había sido completamente sincera. Tal vez lo fue porque era exactamente de su misma condición.

Estaba harta de tanto misterio. Ella lo único que quería era ser feliz.

Giam-Battista Johannes...

Giam-Battista Johannes...

Poco a poco, con ese extraño nombre pululando por su mente, Sandra fue perdiendo la conciencia hasta dormirse.

7. La mosca

Una tarde oscura y gris Sandra estaba en su habitación, tal vez leyendo, o algo así. Una extraña luz neblinosa y melancólica entraba por la ventana rodeando los objetos y difuminando sus bordes. Los abetos del jardín no se movían; reinaba fuera la misteriosa quietud del frío intenso. El fondo de la alcoba estaba sumergido en la penumbra, engullendo los muebles en su estática majestuosidad.

De repente, un zumbido llegó de la oscuridad. Giró erráticamente por toda la estancia hasta que localizó de dónde provenía la luz. Voló con toda rapidez hacia allí hasta que un golpe seco indicó que había topado con el cristal.

Sandra pensó que era extraño ver una mosca en pleno invierno. Se distrajo observando las extrañas piruetas que el insecto describía que siempre terminaban en un choque contra las ventanas. Era cierto -pensó para sí- se distraía con el vuelo de una mosca.

Poco a poco, el monótono zumbido terminado en un golpe comenzó a tornarse pesado para acabar haciéndose insoportable. Una vez que sobrevolaba su cabeza Sandra agitó la mano con desagrado con la extraña suerte de alcanzarla en pleno vuelo. Casi planeando, el insecto fue cayendo con un zumbido cada vez más grave hasta que rodó por el suelo.

Sandra se sonrió por la extraña casualidad y se levantó para contemplar a la mosca. Le costó trabajo encontrarla en la oscuridad, parecía esconderse, no existir, pero de hecho estaba allí.

Al fin la encontró. Reptaba por el suelo con varias de sus patas quebradas, a las que arrastraba pesadamente. Una de las translúcidas alas aparecía doblada.

Sandra se sorprendió del daño que había hecho en un sólo movimiento. Se sintió invadida de ese extraño sentimiento humano mezcla de crueldad y prepotencia; sólo un leve trazo de misericordia le recorría el cuerpo.

Sintió que su único deber era cortar el sufrimiento de aquél desmembrado ser. Ante ella se arrastraba moribundo, casi parecía implorar una ayuda que ella no podía proporcionarle. Así, ¿Cuánto tiempo podía durar? ¿Horas?

Pero, ¿Y si no la hubiese atacado? Tal vez habría vivido días. Se estremeció al pensar el lapso de tiempo que separaba la vida de la muerte en una imperceptible mosca. Vivir, morir,... era casi lo mismo, volar erráticamente, chocar con una realidad que no vemos. Vivir unos días, ¿Valía la pena? También pensó en que tal vez un gran ser, longevo, ajeno, veía su vida como ahora ella veía la de la mosca.

Sandra se extrañó de tener pensamientos tan raros.

8. David

David era el hijo de los vecinos de al lado. Sandra no podía recordar el día en que le conoció; parecía que siempre había estado ahí, a su lado. Tenía algo especial que hacía sentir atracción hacia él.

Uno de los primeros recuerdos que de él tenía era cuando apenas sin conocerse él le regaló una vaca tallada en madera, que había tardado meses en hacer. No había pasado tanto tiempo, tan sólo unos meses, pero ya parecía conocerle desde siempre.

Sobre su mesilla descansaba aquel animal de madera. Sandra pasaba horas contemplándolo, no tanto a la figura en sí como a lo que significaba. Era muy dura, como de pino, y uno de los cuernos era ligeramente más largo que el otro.

Solían volver juntos del colegio. El estaba en otra clase,y la esperaba todos los días a la puerta a que saliese. A ella se le iluminaban los ojos y a él se le dibujaba la sonrisa que tanto llenaba a Sandra. Lentamente, por la carretera, caminaban charlando, comentando cosas, mirándose a los ojos. Luego, por la tarde, cuando el cielo era gris y plomizo, se sentaban en una cerca que había delante de los prados que daban a la sierra y hablaban horas y horas, hasta que Carmen iba a buscarla cuando el sol se había ocultado hacía tiempo. Entonces se despedían con una profunda mirada hasta el día siguiente.

Por la noche, Sandra solía reflexionar sobre las cosas que David le había dicho durante el día. Pasaba un tiempo increíble recordando sus palabras, lo cual le llenaba de un extraño placer.

Ella no entendía del todo qué era lo que sentía. Había oído hablar de cosas como aquella, pero no alcanzaba a verlo todo claro. Lo cierto era que lo único que anhelaba era volverle a ver.

David había nacido en la ciudad, y su padre iba allí todos los días a trabajar. Llegaba de noche, muy cansado, en un coche enorme y plateado, americano, según decía David. El padre era un hombre muy amable, y algunos sábados les llevaba a la ciudad, al cine, o a comer a algún restaurante caro. Luego paseaban por los bulevares ellos dos delante, y su padre detrás, con paso firme. Según le habían contado, había ayudado mucho a Carmen cuando tuvo su crisis.

David tenía un perro, que pasaba casi más tiempo en la finca de Sandra que en su propia casa. Era aquél que vió cuando llegó por primera vez. Se llamaba Eulalio, pero David le llamaba Ula, nombre al que solía responder. Sólo la madre de David le llamaba Eulalio, y nunca le hacía caso.

Ula era increíblemente nervioso. Corría sin parar de un lado a otro, husmeando y olisqueándolo todo, persiguiendo a los pájaros y ocultándose entre los setos. Era blandito, mullido, y Sandra siempre había pensado que la piel era dos o tres tallas más grande de lo que debía ser. Parecía ir en camisón. También su lengua era descomunal; desde lejos parecía estar comiéndose un enorme trozo de jamón cuando ésta colgaba fuera de la boca.

La mayor diversión de Ula era esconder cosas. Siempre que encontraba algo que llamaba su atención se lo llevaba a las praderas y allí se deleitaba en enterrarlo cuidadosamente. En casa de Sandra desaparecían las cucharas hasta que se descubrió que era él quien se las llevaba.

Siempre que iban a pasear al campo el perro correteaba a su alrededor, avanzando deprisa y luego desandando el camino hasta alcanzarles. Otras veces, cuando ellos se sentaban a hablar, Ula bostezaba y se tendía cuan largo era sobre la hierba. Allí dormitaba completamente ajeno a sus conversaciones.

Un día que hacía un sol inusual y un calor sofocante, David dijo a Sandra que se iba a ir una semana con sus padres. Aquella misma tarde vió partir el coche brillante por un polvoriento camino, David despidiéndose con la mano desde la ventanilla de atrás.

Fue una semana horrible, larguísima. Una repugnante espera. Sandra sentía que le habían robado algo vital. Pasaba largas noches sin dormir, con un nudo en la garganta, repitiéndose a sí misma "no llorar". Por el día ocultaba perfectamente su desesperación cuando no estaba sola. Cuando no había nadie delante se sentaba en la cerca a contemplar la sierra.

Siete días después volvió a verle. Exactamente igual, con su brillante sonrisa, con su arrolladora personalidad. Tras unos árboles, en el campo, bajo un cielo melancólicamente nuboso, no pudo soportarlo más; le abrazó con fuerza y lloró desconsoladamente. Lágrimas muy fluidas caían sobre la hierba. Y él la consolaba con palabras dulces y palmaditas en la espalda. Sandra había llorado, no lo había sabido aguantar. Debía ser algo muy importante lo que sentía. Debía ser lo más importante.

David prometió no abandonarla nunca más. Sandra notó que abrazada a él, pegada a él, era completamente feliz. No necesitaba nada más: absolutamente nada más. Es que no había nada más, sólo ellos dos. Tan sólo ellos dos.

9. El principio del fin

El último día fue un día feliz. Era sábado. Sandra y David caminaban por el campo, entre los bosques, hablando de muchas cosas. Ula destrozaba una hoja de periódico que habría encontrado en el suelo con furia, entre pequeños gruñidos. Corría alrededor de ellos tropezando con las raíces de los árboles moviendo el rabo desesperadamente.

Se sentaron a la húmeda sombra de un enorme árbol, sobre una piedra. David le contaba cosas increíbles, y Sandra se maravillaba de que él supiese tantas historias.

Hubo un largo silencio. Se miraron, como deseando hacer algo, aunque sin saber exactamente el qué.

A Sandra le habían contado sus compañeras más libertinas que a su ver les habían contado los mayores que cuando un chico y una chica se quieren, hacen cosas que, aunque estén prohibidas por la iglesia y por los padres, producen mucho placer. Incluso le habían dicho cómo se hacían, pero no había terminado de entenderlo. En el internado todo aquello no existía. En realidad existía, pero estaba ignorado, proscrito, ahogado... le pareció una reacción como las de las avestruces, esconder la cabeza, ocultar algo inocultable.

Sandra sentía el demonio de la perversidad en su interior. Tenía ganas de hacer algo ignominioso, de saltarse las normas... pero todos sus pensamientos se disiparon al oir un crujido en los matorrales que había delante de ellos.

En una fracción de segundo creyó que sería Ula, pero en seguida comprendió que aquél ruido era producido por algo mucho más grande. Sintió miedo y arrepentimiento por sus innobles pensamientos, era como un castigo a su osadía. Instintivamente se abrazó a David buscando protección.

Con un crujido mayor el matorral saltó por el aire y de él surgió a una velocidad de vértigo un horrible ser, de cabeza enorme, cubierto de pelo hirsuto y grasiento, que babeaba por su negro hocico mientras gruñía cavernosamente. Se lanzó hacia ellos y cada un o saltó hacia un lado: aquel espantoso animal siguió recto, como perseguido por algo invisible.

-¡Es un jabalí...!- Gritó David mientras rodaba por el suelo.

Sandra se puso en pié. Volvió su cabeza hacia el lugar de donde había surgido la fiera. Casi inmediatamente escuchó un sonoro estampido y sintió un latigazo en todo el cuerpo. Las piernas no respondían y cayó al suelo. Era como si una mano le apretase la cabeza, y sintió como algo húmedo y cálido se escurría por su cara. Todos los sonidos eran lejanos, como con eco, y todo transcurría horriblemente lento. A duras penas entendió que algo horrible había sucedido. Trató de hablar, pero sintió como un nudo en la garganta que apenas le dejaba respirar, y todo el cuerpo lo notaba como en un prolongado escalofrío. Mientras veía entre brumas a un hombre vestido de cazador y con una escopeta humeante correr hacia ella todo fue girando, y girando, y girando...

Sintió que la llevaban en brazos, muy deprisa. La lengua tropezaba entre sus dientes, como si no formase parte de sí misma. Algo interno iba golpeando su cabeza. Era... como si un ser vivo caminase dentro de su cerebro, mordiendo sus oídos, sus ojos... de nuevo quiso gritar, pero sólo el esfuerzo por intentarlo la hizo caer como en un abismo negro, muy negro...

Entre brumas vió una enorme claridad que la cegaba, como si quemase sus ojos. Sus manos estaban horriblemente húmedas, e inseguramente pudo entender que estaba en posición horizontal. Algo entraba en su boca, algo blando y largo, que se movía... mientras en la lejanía escuchó voces que pertenecían sin duda a dos personajes embozados, vestidos de blanco: se nos muere, maldita sea, se nos muere...

Sandra se sentía como dentro de una caja, como rodeada de cuerdas, y notaba que su mano, no sabía exactamente cual, temblaba descontrolada. Algunos recuerdos agolpaban su mente como en los sueños, aleatoriamente y sin rumbo fijo. Creyó estar aún en el internado...

Su mente se transportó a una visión que tuvo en el colegio... aquella visión a la que robó tan sólo unas palabras... una visión que en su mente febril se transformó en un sueño.

10. Roaxem llegó de las lluvias...

Sobre el paraje se extendía una etérea cortina de lluvia. Caía al suelo con silenciosa quietud. A ambos lados del camino burbujeaban los charcos de agua oscura, como único vestigio de la movilidad en el paisaje. Las gotas parecían hilos brillantes que se elevaban hasta las nubes, frágiles, cristalinos, transparentes. Todo envuelto en neblina, que parecía hacerse más densa hacia los bosques que se extendían a ambos lados del sendero, oscuros, amenazadores, testigos mudos de huidizas sombras errabundas por sus laberintos de madera añeja. Olía a fermento y a húmedo, a frío y a soledad. El camino era un barrizal pastoso y blando, por el que las diminutas corrientes rasgaban líneas quebradas, buscando como con vida propia algún insondable objetivo. Toda la cúpula del cielo aparecía difuminada en manchas grises formando extraños dibujos que fluían pesadamente. No había horizonte. Más allá de los árboles parecía no haber nada. Parecía que la misma materia empezaba allí. El tiempo no debía avanzar. No avanzaba. Todo era igual que antes, igual que siempre.

Allí, desdibujada entre la fina malla de hilos transparentes, se veía una figura encapuchada que lentamente se acercaba. Muy lentamente. Casi sin avanzar.

Era Roaxem.

Poco a poco, casi imperceptiblemente, las líneas de lluvia fueron desapareciendo. Al fin, Roaxem se percató. Miró hacia arriba, el ceño fruncido. La bóveda estelar aparecía teñida de una luminosidad lechosa y ya no caían gotas. Se quitó la capucha y continuó su marcha. Era la marcha de la frustración.

Roaxem estaba preso de una horrible maldición, tal vez la peor.

El cieno burbujeaba al ser pisado por sus cansados pies. Sólo le alentó ver que el camino terminaba en un poblado de casas de madera, envuelto en neblina.

Roaxem se quitó la mochila y se sentó en una roca. La mochila estaba asquerosamente cubierta de mugre. Desató los apelmazados cordones y hurgó entre sus cosas. Probablemente cargaba con muchas cosas inútiles, pensó.

Palpó algo frío, duro. Lo tomó en su puño y lo puso ante su vista. Era un pedazo de cristal de roca, tallado formando unas facetas irregulares. Su interior estaba coloreado de una sustancia verdosa que fluctuaba extrañamente, formando estelas iridescentes que desaparecían de forma inmediata. La sombra que proyectaba aquella piedra cambiaba casi imperceptiblemente en el extraño vaivén de aquel fluído. No parecía de su mundo. Tal vez no lo era.

Aquel misterioso trozo de cristal era el origen de toda su desgracia. Probablemente hacía cientos de años que Roaxem vagaba por los caminos por culpa de aquella maldita roca, siempre errando, siempre... Una vez más, deseo destrozarla contra el suelo, pero era inútil. Ya le había ocurrido otras veces, la piedra no se rompía, ni siquiera se rayaba. Siempre había sido como él la veía ahora. Probablemente no había cambiado desde el principio de los tiempos. ¿Cuántas desesperadas manos la habrían poseído?

En la mochila también había una botella, verde, translúcida, que dejaba ver en su interior un líquido espeso y pegajoso. La sacó fuera; el líquido osciló visiblemente.

Aquello era lo único que le quedaba en el mundo. Elgrod, su amigo Elgrod... volvió a sentir la sensación de vivir en una pesadilla.

Los recuerdos del pasado le asaltaban de nuevo.

Otro amigo suyo le regaló la piedra... en realidad, no se la regaló. El la tomó para salvarlo de la maldición. El poseedor de la piedra estaba condenado a la infelicidad, a errar por el mundo sin posibilidad de ser feliz, sin tener siquiera la amarga salida de la muerte. El poseedor de la piedra no moría nunca. Sólo había una posibilidad de librarse de la horrible maldición; pero la solución era aún más horrible. Había que regalar la piedra a alguien a quien apreciase de verdad, a un amigo, al que cedería la terrible carga de la infelicidad hasta que a su vez regalase la piedra a otro amigo. Era espantoso.

Mucho tiempo atrás, el anterior poseedor del cristal de roca, en su horrible desesperación, se arrojó a la ardiente garganta de un volcán. Su cuerpo quedó reducido a un encogido trozo de carbón. Pero no había muerto. Allí, en el interior de aquella materia carbonizada, latía aún un alma consciente, atrapada sin posibilidad de escapar. Roaxem leyó en algunas cartas de su amigo el horrendo problema, y comprendió que si él no hacía algo, su amigo quedaría atrapado para siempre en su cuerpo de roca negra. Podía recordarlo perfectamente. La casa de su amigo... la búsqueda de la piedra... en un cajón, oculto entre unos paños, aquel horrible objeto cristalino, caleidoscópico. Roaxem conocía lo que le iba a ocurrir en adelante. Pero sujetó con ambas manos la fría superficie de la roca. Entonces poco a poco, sintió que su amigo había quedado liberado, pues una horrible sensación de vacío y desesperanza le llenaba el espíritu. Era la infelicidad de la piedra maldita. Ahora era él el poseedor.

Haciendo un terrible esfuerzo, volvió a la realidad. Todo aquello ocurrió centenares de años antes. Ahora vagaba buscando algún amigo al que regalar la piedra... pero ya no le quedaban amigos.

En realidad, sí le quedaba un amigo: Elgrod. Era su mejor amigo. Roaxem volvió a mirar la botella. La agitó, y el líquido forma pequeñas olas que al instante desaparecieron. Ahí estaba su amigo.

Un siglo antes, ellos dos planearon engañar a la piedra. Fue un buen plan, pero nadie puede engañarla. El horrible castigo fue convertir a Elgrod en líquido. En algún lugar de aquel líquido denso y aceitoso había una mente torturada por la incomunicación. Aislada del mundo exterior, sin ver, oir ni sentir nada, sin fatigarse, sólo pensando, pensando, pensando... tratando de encontrar resolución a un problema irresoluble. Roaxem se estremeció al pensar a qué grado de locura habría llegado Elgrod tras cien años de tan espantoso exilio.

Atormentado, guardó rápidamente la piedra y la botella en la mochila, la cerró y se la colgó a la espalda. Entonces emprendió el camino hacia aquel pueblo en que terminaba el sendero.

Era, sin duda, siniestro. Todo estaba envuelto en la densa bruma de los pueblos portuarios. Ya se había ocultado el sol, y sombras esquivas se dibujaban entre los asimétricos muros de piedras musgosas. Las casas de madera se recortaban sobre la luna llena mostrando sus gárgolas y veletas como espectros acechantes esperando la orden de atacar. Las ventanas eran todas de vidrios oscuros, formando una superficie de rombos de la que emanaba una luz difusa, semejando los ojos facetados de algún ser desconocido. Fue bajando lentamente por una escalinata de piedras milenarias, húmedas, a cuyos costados se adosaban pequeñas paredes de mampostería. Sobre éstas había plantas resecas y sarmentosas que albergaban en su interior extraños crujidos y que extendían sus quebradizas garras cubiertas de hojas grises por los ajados ladrillos. Roaxem se sobrecogió al ver en la oscuridad los brillos producidos por los ojos de algún gato al llegar al centro de la calle. Era estrecha, angustiosamente estrecha y angulosa, y las casas parecían inclinarse para observarle desde sus oscuras buhardillas, y para escuchar mejor sus pasos que resonaban con un eco cavernoso desde el empedrado suelo. Un carro, unos toneles... y sobresaliendo entre las agujas de los tejados más altos, el chapitel de una ruinosa catedral, que parecía ser tan solo una prolongación del reflejo de la luna sobre el mar, extrañamente estático y amenazador. Temblando de frío y miedo, Roaxem fue caminando a lo largo de la calle. No se escuchaba ni un sonido.

Tras pasar al lado de un montón de paja que hedía a fermento y a húmedo, llegó a una encrucijada. Era como una pequeña plaza, en cuyo centro había un extraño túmulo de piedra, coronado por una efigie de un ser sombrío y amenazador, cuya silueta recordaba vagamente a la de un hombre, pero que distaba mucho de serlo. Fue bordeando el misterioso monumento, y mientras lo observaba tropezó con una botella vacía que había en el suelo y que rodó descontrolada por toda la plaza con un sonido hueco y profundo, Roaxem se quedó paralizado hasta que el último eco se extinguió.

En toda su larga vida de peregrino infeliz jamás se había encontrado tan asustado. Aquel pueblo parecía sacado de las mismas entrañas del infierno. Y como corroborando sus temores, sus erráticos pasos le llevaron hasta la catedral.

Las negras torres parecían elevarse hasta el infinito. Convergían en algún punto fuera del espacio y parecían curvarse hacia fuera. A la luz de una trémula linterna, en cuyo interior ardía una extraña hierba que Roaxem pudo oler, se podían observar unos bajorrelieves de formas siniestras, cuya apariencia cambiaba en el cadencioso oscilar de la lámpara.

Se podía sentir el calor de la llama aflorar entre el frío intenso. Roaxem quiso acercarse a calentarse, pero aquel edificio misterioso le producía un miedo que no sabía describir. Se estremeció al imaginar la clase de ritos que allí se producían.

Caminó al pie del muro de la iglesia hasta que encontró la entrada de otra calle. Irregular, angulosa y en cuesta, como la anterior, pero aún más estrecha. De unas ventanas bajas emanaba una espectral luz amarillo pálido que alumbraba unas sogas gruesas, cubiertas de humedad y salitre. Uno de los extremos estaba sujeto a una pequeña ancla, oxidada y cubierta de parásitos marinos y el otro estaba siendo roído por unas ratas que huyeron despavoridas al verle, ocultándose tras unas cajas.

En el estático silencio que se podía masticar, el graznido de algún ave marina sobresaltó a Roaxem, que se volvió rápidamente, pudiendo ver por encima de los tejados los escuálidos mástiles de un barco, que se balanceaban armoniosamente. Aguzando el oído, pudo escuchar el crujido de la apolillada madera quejarse al tropezar con la piedra del muelle.

La brisa marina apestaba a pescado en putrefacción, ese olor grasiento y pegajoso que exhala el mar después de una tormenta. Roaxem imaginó la informe masa de peces lívidos flotando a los costados del barco, chocando con la madera y el puerto. También creyó ver la muerte volar sobre su cabeza, como blandiendo su negruzca guadaña sobre el pueblo pero ignorándole a él, el único que quería morir.

Cuando despertó, estaba tumbado sobre una escalera, frente al muelle. A su alrededor había una frenética actividad: hombres de todo tipo iban y venían, transportando cajas de pescado, cargando en los barcos, negociando... Sí, sin duda era el mismo puerto que vió anoche... pero todo estaba cambiado, ya nada era siniestro. El sol casi cegaba. Se volvió, y pudo contemplar el pueblo, hirviendo de gente, brillando, ofreciendo hospitalidad. Roaxem estaba desorientado, pues era el mismo pueblo que anoche cruzó, pero sin ninguno de los rasgos diabólicos que sintió. Aquello se acercaba a una alucinación. Su torturada mente comenzaba a fallar...

Sin pensarlo más, se incorporó y fue internándose en el pueblo. En el camino se encontró con mucha gente, marineros enjutos en su mayoría, que le miraban con curiosidad por su extraño atuendo. Pero entre ellos pudo ver bajar a una mujer, que le pareció preciosa pese a su aparente desaliño. Llevaba una enorme tinaja y debía dirigirse a una fuente que había al final de la calle. En su eterna tristeza Roaxem sintió brillar un ápice de esperanza, pero que fue inmediatamente borrado por la realidad, por el horrible hecho que planteaba el llegar a apreciar a alguien. ¿Y si no podía resistirlo y le regalaba la piedra...?

Mientras su imaginación tejía todo ésto, ella llegó a la fuente y tras llenar el cántaro, fue subiendo por la empinada calle. A mitad de camino, dejó la tinaja en el suelo y resopló de cansancio. Casi sin darse cuenta, Roaxem se encontró a sí mismo preguntándole si quería ayuda.

Ella, observándole con unos ojos tímidos y profundamente enormes, susurró unas palabras de agradecimiento.

El tomó la tinaja. Era extraordinariamente pesada; sintió que pese a su inmortalidad su cuerpo envejecía. Pero debía cogerla y transportarla sin hacer notar su fatiga.

¡Diablos, no! Su mente se debatía entre la duda terrible. Sentir aprecio o amor por alguien era peligroso... pensó en Elgrod y su encierro en un cuerpo líquido... la piedra, la maldita piedra... pero él necesitaba alguien... alguien en quien confiar.

Llegaron ante una casa. Era de madera casi negra, con cristales amarillos, que tenía en el frontispicio unos caracteres extraños pintados en rojo que Roaxem no pudo entender. Pasaron dentro y observándolo todo pudo ver que se trataba de algo así como una posada.

Ella le pidió que dejase la tinaja en una habitación contigua al salón en que se encontraban. Roaxem entró allí, pudiendo ver al fuego un enorme caldero de metal abollado, en cuyo interior hervían alimentos muy condimentados que llenaban el ambiente de un extraño y fuerte olor. En todas las paredes había colgados todo tipo de enseres metálicos de cocina y baldas a rebosar de pequeños botes y frascos de especias.

-¿Esto es la cocina? -dijo él, dejando el cántaro sobre la mesa.

-Sí... -respondió ella- mi madre se encarga de ella. Mi padre es el que dirige toda la hostería... yo sólo ayudo... -sonrió tímidamente, mostrando unos dientes uniformes y blancos. Uno de ellos tenía una ligera mella, lo que hacía aún más ingenuamente bella.

Roaxem sintió que se agobiaba. El fuerte olor a especias se le pegaba a la nariz. Era un raro olor acre que había olido hace poco tiempo, pero lo recordaba lejano y desagradable, como si su subconsciente lo ocultase.

Salieron de allí. Su situación era tensa. Ninguno de los dos sabía qué decir. Al final, ella rompió el silencio:

-Así que, ¡He!... -volvió a sonreir tímidamente- si necesita donde dormir esta noche, pues... hablo con mi padre, y que le busque una habitación...

-Te lo agradecería mucho... -dijo él. Descubrió que le costaba trabajo continuar una conversación, debido a su largo aislamiento.

Tras pedirle que esperase, ella se fue. Mientras, Roaxem fue observando el mobiliario. Estaba todo lleno de candiles, que brillaban con una llama azul que teñía toda la estancia de un ambiente exótico. De aquellas lámparas también emanaba aquel agobiante olor... de repente recordó dónde lo había olido por primera vez. Había sido la noche anterior, en aquel candil que colgaba en una de las paredes de la iglesia. A su mente llegaron extraños y remotos recuerdos, confusos como venidos de un sueño febril... poco a poco, todo fue girando... los objetos se curvaban... el suelo se movía...

Roaxem abrió los ojos. Lo veía todo nublado. Estaba horizontal, y le dolía horriblemente la cabeza. La boca le sabía amarga. Entonces descubrió que había estado dormido mucho tiempo.

El último recuerdo era aquel extraño olor. Estaba en una cama, con las sábanas enredadas en su cuerpo. A la izquierda había una mesilla apolillada y llena de desconchones. Sobre ella estaba la vaca de madera que había tallado David y, un poco más al borde, una botella verde con un líquido espeso.

Roaxem, sin moverse mucho, se extrañó de que Elgrod estuviese allí. El no lo había sacado de la mochila.

Dolorido, se incorporó. Dando traspiés fue observando la habitación en que estaba. El techo era muy alto, casi se perdía en la penumbra. Las paredes eran sillares fríos y húmedos. El suelo estaba formado por baldosas blancas y negras, pero no de la forma tradicional alternada, sino que formaban figuras que, en su estado de resaca, Roaxem no acertó a comprender en un principio.

Al rato se percató de que formaban letras, y pese a que a cada paso sentía retumbar su cabeza, fue caminando a lo largo de aquel inmenso texto tratando de entenderlo. Tras intentarlo varias veces, al final pudo leer:

 BIENVENIDO A LAS HABITACIONES DE LA LOCURA

Estaba soñando, desde luego. Aquello tenía la lógica de los sueños, era disparatado, y él se sentía mareado como en un sueño febril. Pero todo era demasiado nítido. Para él se perdían las barreras de la realidad. ¿Qué era el sueño, y qué era la realidad, si todo, al fin y al cabo, ocurría? Si sueño precede a realidad, y realidad a sueño, ¿Qué fue primero? ¿Vivía en la realidad y a veces soñaba, o vivía en un sueño que a veces rozaba el mundo real?

Tratando de ordenar sus ideas, se acercó de nuevo a la cama y cogió su mochila, guardando en ella a Elgrod. Se la colgó y sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia una puerta irregular que había en una pared.

Costosamente, la abrió. Chirrió como si llevase evos sin ser abierta.

Ante él se abría una estancia de plata hexagonal. Sus paredes estaban cubiertas de extraños dibujos de formas humanas. Miró al techo con dificultad y, tras sentir un pequeño mareo, pudo ver unos caracteres toscamente trazados en el yeso. Decían:

 SIGUE LA CLAVE DEL ACORDE EN UNO DE LOS EXTREMOS DE LA VARIABLE.

 PREPÁRATE PARA EL VIAJE A LA REALIDAD.

Roaxem sintió que la primera frase no iba con él, pero que la segunda formaba parte de su futuro. Sabía que iba a hacer un viaje. Probablemente aquellos túneles y habitaciones servían para varias rutas, pues aparte de los dos mensajes, había dos puertas diferentes.

Se dirigió a la que le pareció más conveniente y la cruzó. Se encontró en una habitación redonda. Una frente a otra enviaban su luz unas ventanas rojizas. Parecía estar en un torreón cilíndrico, y que ambas ventanas daban a lugares diferentes. Las paredes estaban decoradas con una florida selva pintada de colores chillones. Ante él había una puerta, y sobre ella, reposaba un amplio tablón con otro texto. Este decía algo aparentemente sin sentido:

 ODACIFINGIS US SARIRBUCSED Y SEVER LA OTSE EEL

Roaxem sintió un mareo al leerlo. Era algo extraño, incomprensible, pero él presentía que podía comprenderlo. Tras largos días de cavilaciones, Roaxem descifró el enigma. Era: "Lee esto al revés y descubrirás su significado".

Roaxem se extrañó. Para descifrar el mensaje, bastaba con leerlo al revés. Pero una vez leído al revés, de lo único que te informaba era de cómo descifrarlo. Era espantoso: un mensaje que sólo era entendido por quien ya sabía su significado. Un círculo vicioso...

Tal vez aquel mensaje se descifraba a sí mismo. O no: tal vez ese mensaje, una vez descifrado, te daba la clave para entenderlo, es decir, había que leer al revés el mensaje descifrado, dando como resultado el texto original, que a su vez había de ser descifrado de nuevo... sí, un círculo vicioso...

Roaxem experimentó una horrible sensación de vértigo. La selva pintada se fue difuminando hasta desaparecer. Sintió caer en un enorme agujero, o subir por un túnel hacia el cielo...

Se encontró de pronto en una habitación fría, decorada con muebles feos y deslucidos, en la que había un ambiente sólido y estático que apestaba a realidad. Sentada en un sillón, frente a él, había una silueta oculta en la penumbra.

-Acércate- ordenó una voz cavernosa.

Roaxem, pese a forzar la vista, no lograba ver quién le hablaba. Fue dando pasos lentos casi involuntarios hacia aquella figura en la oscuridad.

-Sí, venga, sin miedo...

La silueta se incorporó, dejándose ver saliendo de la negrura. Iba vestido como un romántico, su aspecto era completamente el de un hombre del siglo XIX. Una levita negra, muy limpia, ocultaba un cuerpo alto y fuerte, dejando ver una camisa de una blancura inmaculada. Tenía el pelo rubio, peinado con desorden calculado, bastante largo. Su cara era de facciones perfectas, una mandíbula recia, unos ojos hipnotizadores, espantosamente negros, escrutadores, que observaban desde la inmensidad de la sabiduría eterna. Era la expresión de experiencia, de la inmortalidad... Roaxem sabía perfectamente quién era aquel cautivador ser. Era Giam-Battista Johannes, el que dicta los sueños, el modela cada noche en las mentes humanas las incomprensibles imágenes que inútilmente han tratado de descifrar los sabios del mundo real. Giam-Battista Johannes, el verdadero amo del mundo, el conocedor de todas las ambiciones y los secretos humanos.

-Roaxem... -dijo, con voz grave, de ultratumba- has viajado... estás en el mundo real. Eres afortunado: muy pocos personajes de los sueños pueden decir que hayan viajado... vas a quedar libre de tu maldición. Yo he querido que así sea.

El escritor de los sueños se agachó hacia la mochila de Roaxem. Hurgó un rato entre los objetos que allí había hasta que extrajo con una mano la botella de vidrio verde y con la otra la piedra maldita.

-Aquí, en el mundo real, hay una persona a la que debes regalar la piedra -quitó el tapón de la botella que contenía a Elgrod e introdujo el cristal de roca, que se hundió en el líquido espeso trabajosamente- se llama Sandra. Debes entregarle esta botella con la roca de la infelicidad y con tu amigo. Ella es ahora feliz, pero su destino dice lo contrario. Se ha rebelado contra el destino. Y eso, tú lo sabes, no se puede hacer... -agitó la botella para llamar su atención sobre ella. El líquido denso se estremeció- toma, cógela.

Roaxem, tembloroso, agarró la botella con ambas manos. En su interior tintineaba la horrible piedra.

-¡Vamos, date prisa! -Gritó Johannes- ¡No tienes todo el tiempo del mundo! Ella se está yendo del mundo real -dijo, alzando sus pobladas y bien perfiladas cejas- Si no se la entregas en mano, no habrá servido para nada.

Johannes se volvió hacia un piano negro y brillante que había tras él y con dedos ágiles y seguros comenzó a interpretar una melodía en Si Bemol.

-¡Vamos! -volvió a gritar.

Roaxem, dubitativo, se acercó a la puerta. Contempló sus vestiduras rotas y sucias y las comparó con la impecable levita del hacedor de sueños. Después, resignado, cruzó el umbral.

11. El fin

Unos segundos antes de que todo acabase, Sandra volvió a la consciencia. Presa de un horrendo calor y de una comezón en todo el cuerpo, trató de gritar, pero tan sólo se pudo oir un quejido seco y ahogado. Un horrible escalofrío del dolor recorrió sus espina dorsal convulsionando salvajemente todos sus miembros y haciendo sonar los hierros de la camilla, y después,... nada. El gorjeo del osciloscopio se convirtió en un pitido monótono y contínuo.

El doctor miró a sus ayudantes con expresión resignada. Miró al suelo, y luego a sus manos, enfundadas en guantes de plástico. Alguien cerró los párpados de Sandra, ocultando para siempre sus enorme ojos color crema. Poco a poco se fueron apagando los instrumentos de sondeo. Nadie dijo nada. El ambiente apestaba a antiséptico y a fracaso.

Lentamente, el doctor fue acercándose a una de las enfermeras. Tan sólo la mirada comunicó el trágico desenlace. Ella, aclarándose la garganta, susurró:

-Esa niña, ¿Se llamaba Sandra?

-S.. sí, creo que sí... -murmuró el doctor.

-Ha venido un tipo andrajoso y sucio diciendo que tenía que entregar ésto a Sandra. Yo creo que ha sido un error.

En su mano había una botella de color verde llena de un líquido denso y pegajoso. En su interior brillaba algo parecido a una piedra. Sí, pensó el doctor, probablemente había sido un error.

-- Ángel Ortega (13 enero - 15 febrero 1987)

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