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Un naufragio personal

Ángel Ortega III

El peculiar oficio de Joaquín Salgueiro

El público estaba cada vez más enardecido. Era sorprendente ver a millonarios tan pudientes y tan flemáticos perder la compostura de aquella forma. Quizá no eran muchos pero el murmullo de conversaciones acaloradas y discusiones parecía provocado por mucha más gente. Y según se acercaba la hora el estruendo crecía y crecía. Casi todos eran de la ciudad y farfullaban en holandés pero también había gente hablando en inglés e incluso algún oriental.

Muchos habían apostado auténticas fortunas por él aquella noche. No en vano Joaquín Salgueiro era el que más sesiones había superado de todos cuantos rondaban por allí. Estaba sentado a la mesa, rígido e inmóvil como una estatua, esperando a su competidor que ya tardaba. Un humo espeso de puros, pipas y cigarrillos flotaba a la altura de las cabezas.

Al fin llegó un hombre muy delgado, enjuto, con barba de varios días y un cigarrillo en la comisura de los labios. El rumor creció hasta hacerse casi ensordecedor cuando el público le vio llegar. Estaba realmente nervioso.

Al sentarse dio un traspié con la silla. Joaquín le miró a los ojos: estaban hundidos y rodeados de ojeras casi azules. Cuatro mechones de pelo ralo y rubio le colgaban por la cara y al sentarse le sonrió mostrando unos dientes amarillos y descarnados. Parecía un yonqui o un borracho. Joaquín, sin embargo, prefería siempre acudir a los combates (así los llamaban algunos) limpio, aseado, afeitado y bien vestido. Ya tenía más de cuarenta años pero era coqueto como un adolescente y siempre pensaba que si esa era la noche en que había de morir tenía que ser con buena facha. Llevaba una chaqueta de cuero marrón, camisa azul oscuro y corbata negra. Su oponente iba en camiseta y pantalón vaquero y apestaba a sudor.

Las apuestas se sucedían a voces y un tipo siniestro las apuntaba en una pizarra con tiza. Ocho a uno, nueve a uno. Fajos de billetes y maletines cargados pasaban de mano en mano. Al fondo, en una mesa, dos mujeres con vestido de noche esnifaban cocaína y reían escandalosamente mientras su acompañante masculino (que doblaba a ambas en edad) observaba la evolución de las apuestas con nerviosismo. En la mesa a su izquierda otro tipo igual de viejo saboreaba un puro meneando su bigotito canoso al lado de un joven excesivamente guapo vestido de esmoquin.

El árbitro se acercó a la mesa y con un par de ladridos en holandés indicó el final de las apuestas. En un par de segundos el atronar de voces se convirtió en un silencio sepulcral.

El oponente de Joaquín tosió y el cigarro se le cayó de la boca. Sus consumidas mejillas estaban coloradas como las de un gorrino. Dijo algo pero Joaquín no le entendió.

El árbitro se situó entre los dos, metió la mano en el bolsillo interior de la americana y tras unos segundos sacó un revolver reluciente de cañón corto y de un precioso color gris metalizado con reflejos azules. El silencio se intensificó aún más.

Con la otra mano extrajo una bala del bolsillo izquierdo y la mostró al público con dos giros de cintura. Abrió la pistola con un chasquido e introdujo la bala. La cerró, la cargó y, apuntando hacia el techo, hizo girar con fuerza el tambor. Sus clics en deceleración retumbaron por toda la estancia. Después, con mucho cuidado, depositó el arma en el centro de la mesa.

El inglés sacó de su chaqueta vaquera un paquete de cigarrillos pero el árbitro le indicó con un gesto que no lo hiciera. Refunfuñó y se lo guardó. Extendió la mano hasta el revólver y la dejó encima de él varios segundos. Como llevaba menos tiempo el primer turno era para él. Soltó un eructo apenas audible pero que Joaquín pudo oler.

Algunos se echaban atrás en el momento decisivo. Joaquín se había encontrado con más de uno. Pero aquel negocio no era como una partida de parchís; una vez que se decide jugar ya no hay vuelta atrás. El que se achanta recibe aquello de lo que huye en manos de unos hábiles matones. Las reglas son férreas porque el asunto es complejo. Por ello ningún jugador recibe un duro hasta que no completa los diez combates. Aquel era el octavo combate para Joaquín y el segundo para el inglés. Uno puede desaparecer por un tiempo si necesita liberar la tensión: un eficaz aparato contable mantiene al día su dinero acumulado y el número de encuentros realizados.

Con mano temblorosa el inglés sopesó el arma murmurando algo inaudible. Lenta, muy lentamente, la acercó hasta su cabeza sin dejar de mirarla y la apoyó sobre su sien.

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