triptico.com

Un naufragio personal

2014-07-24

La carta del prisionero

Vuelvo al blog literario Pescando Palabras y Redes con un nuevo relato, La carta del prisionero, que es también un poco un acertijo.

Gracias, amigas.

2014-05-07

Disk partitions and UDF formatting on MS Windows

Partition manager

Open cmd.exe and run

 diskmgmt.msc

Formatting a disk as UDF

 format x: /fs:UDF

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2014-03-31

La culpa del superviviente

En Pescando Palabras y Redes han vuelto a publicar un cuento mío, en este caso La culpa del superviviente.

De nuevo, gracias a Pily y Montse.

2014-03-18

La mitad de la verdad

Mi cuento La mitad de la verdad ha sido publicado en Pescando Palabras y Redes.

Mil gracias a Pily Barba y Montse Rius por la oportunidad.

2014-03-06

Una espina en la garganta

Abby Norman:

[...]

"Yet there is this new voice in your head, and even though it says horrible and scary things to you, it is the calmest and sweetest voice you’ve ever heard. Somehow, this voice you know you should be afraid of gives you comfort. “It can all be over right now”, it offers you, “it’ll only hurt for a second”. You argue with this voice because you know you should."

"But my family needs me. My friends will miss me, right? “No, no. They won’t. You are a burden to them. They are frustrated with you because you’re not getting any better. You drag everyone down, you see. They will miss you a little bit, but mostly they will be relieved. You should absolutely leave this world, it will be the best way for you to help them, to help the whole of humanity in fact.”"

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2014-02-24

Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte: por qué jamás has conseguido publicar un libro, por qué tu música no llega a nadie, por qué ni siquiera los comentarios que aportas en algunos blogs pasan la aprobación de los moderadores. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la enfebrecida mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa mientras la picadora gira y gira.

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2014-01-23

Antichthon Universalis

This is a debriefing of the story I lived regarding this encrypted, bizarrely illustrated document. There is still not much information on the Internet about it, and I think it will remain this way for a long time as it's clearer each day that some power is not interested on it being available to the public.

It all started with this email:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Tue, 23 Mar 2010 16:24:45 +0600
 Subject: A new strange, encrypted document
 Hi, Angelo. This is Pavel. So long.
 You know <deleted>, my friend who works as a semiotic professr in Salamance,
 close to where you leave. He talked the other day about a document an
 anonymous source has sent him that is written in some kind of encrypted
 form using some strange symbols and shit. I asked him to show it to me
 and it's pretty strange. Its also full of phantastic drawings that i think
 you'll like much.
 They have been taking a look at it, but couldn't find a quick way of
 decyphering it.
 I thought you'll liek to take a look at it so I'll attach some scannings
 they have done to it. Do your email provider accept big pictures?
 Ah my friend wants his name undisclosed, his job is too serious for
 this crap ;-)
 Best regards,
 Pav

This is an example of Pavel's way; he disappears for months or even years without a word, and suddenly reappears from the void with some strange finding or story, either borderline believable or just batshit crazy.

I wrote a quick reply confirming that big attachments in my email are okay, waited for more news but real life got in the middle and I forgot about the full thing for several months.

And then I received this note from him:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Tue, 6 Jul 2010 12:17:10 +0600
 Subject: Re: Av: A new strange, encrypted document
 Hey weirdo, how are you?
 Didn't forget, just got busy.
 May I send you some really big images from the crypto? <deleted> told
 me to warn you that the mistery it's probably some forged joke like
 Codex Serahinianus or something like that (don't know what it is), but
 that you probably know.
 I have seen the doc and it's crazy, is somewhat of a bestiary or atlas or
 something like that. It also has machines and planetary systems.
 I've given the domcument a name: Antichthon Universalis :-D
 Just wanted you to write some stuff on your blog or web page ot whatever
 you have so that people get involved.
 Regards,
 Pavel

I answered that yes, I know what the Codex Seraphinianus is, that I'll write about his document here and that big attachments on my email are (still) fine. So, after a while, I wrote this entry on July 29:

"My friend Pavel Kolsinki has told me about a newly found document, called Antichthon Universalis, written in a strange, unknown language or code, with glyphs similar to those in the Rohonc Codex or other traditional cryptos. It also contains some very bizarre illustrations about plants, animals and what look like very symbolic maps.

"For what he tells me, I think it's more like a Codex Seraphinianus than a Voynich manuscript, but let's see. I'm looking forward to seeing some scannings he's about to send me.

I wasn't sure of what he meant with "getting involved", but I wrote it anyway, adding an arbitrary reference to the Rohonc Codex, which I imagined related (and later proved right).

Then finally a mail arrived in August (no subject nor body content, in pure Pavel style), containing some crappy scannings of some drawings and characters.

My initial impression was mixed. Regarding the symbols, I thought that they looked like the ideograms of far east scriptings, but later I wasn't so sure. The pictures were raw and not very well done, but they were interesting because of the motives: hybrid animals, plants with eyes, wooden machines with anotations.

So I wrote another entry, on August 4:

"Pavel has sent to me some scans of Antichthon Universalis, the recently found encrypted text, and it's a rather curious document. The drawings are certainly strange and hard to understand, but what I find more surprising is the scripting:

"All text is equally separated, glyph by glyph, as if it was a Chinese or Japanese text. I'm not sure if it's meant to be read horizontally or vertically.

"Pavel is in contact with an old friend of him that is a linguistic scholar and had just sent him the book to have a more experienced opinion on it. It's certainly not a known script; some letters resemble Alchemical symbols, others seem deformations of the Enochian alphabet.

"I'm busy these days so I had not time to dive into it yet; as soon as I have more information, I'll publish it here.

It wasn't true that I was busy; I was about to start my holiday trip, so I uploaded the entry, packed my luggage and took my flight.

When I returned I found my inbox flooded with messages from Pavel:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Fri, 06 Aug 2010 01:03:16 +0600
 Subject: More on A.U.
 Angel I have news.
 I convinced <deleted> to publish the Antichthon document; he only says
 that he doesn't want to know a word nor be envolved. Well fuck him :-)
 Ive ben thinking on publishing the book, selling it and reserving the
 money to pay for investigation. What do you think?
 Ah I don't know a fucking word on publishing and, as you have some
 experience in self-publishing, I thought you can do it. Become the
 editor, as they say.
 Opinions?
 Bye,
 Pav

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Fri, 06 Aug 2010 03:20:48 +0600
 Subject: earth to Angel
 Hey Ange looking forward for your response.
 By,
 Pavel

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Sat, 7 Aug 2010 12:06:07 +0600
 Subject: SOB
 Hey lil wanker where are you?
 Pavel

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Sat, 07 Aug 2010 14:46:05 +0600
 Subject: Re: SOB
 Angel you fucker plz answer me.
 P.

and

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Sat, 07 Aug 2010 23:03:02 +0600
 Subject: Re: Re: SOB
 I'm fed up of you Im gonna break your legs HAHAHA LOL
 As you are probably fucking some sheep wherever you are, I undestand you
 are busy rite now so I'm gonna find a published on my own.
 See ya
 Pablo

I inferred from the stream of messages that he was somewhat nervous and that he, probably, have forgotten about me and started searching for help elsewhere.

Anyway, I published this new entry on Aug the 9th assuming that I was doomed to become the editor:

"It seems that Pavel has gotten permission from the source to reproduce Antichthon Universalis. He is searching for publishers like crazy, but I'm afraid they won't find the document as interesting as he does (provided that he can find anybody not on holidays these days).

"He says he doesn't have the technical knowledge to do it; maybe I'll help him. Who knows, it's not impossible that I even become the editor...

"There are still no words from the language teacher on the subject.

"On my part, I've finished taking a look at the book itself. I'm almost sure it's a forgery like the Oera Linda, but funny to look at anyway.

Couldn't resist mentioning the Oera Linda, sorry.

Back on September I had news from him:

 From: Pavel Kolsinski <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Thu, 2 Sep 2010 11:12:19 +0600
 Subject: All praise the editor
 Hi Angel welcome back to earth.
 I read what you wrote in your shitty blog and found that you decided
 to become the editor. Congrats!
 I saw you mentioned some Opera Linda crap that I dont understand but
 I'm glad to see this project going on.
 I'll send you the complete manuscript ASAP so you can start giving it
 form or whatever you have to do to send it to the publisher.
 Dovidenia,
 Pavel

So this is how I became Antichthon Universalis' editor. I got the full document, wrote a foreword to it and elaborated some statistics on symbol usage. It was a funny project and I was motivated enough to have it fully formated in a couple of days. I sent it to an online publisher that I don't want to mention (our relation ended up very badly), announced its availability and finally received the first copy on paper:

The finish was not optimal, so I asked for a second copy highlighting the defects and finally got a decent copy.

The following months were much less hectic; Pavel disappeared, as always, but the book was selling well. He used the money to pay some investigators found using his awkward acquiatances and contacts. His efforts reached somewhat far away, but interest seemed to languish and finally was lost.

One night Pavel called me on the phone and asked me to scan and publish some sample pages on my blog because a researcher needed them right now; I did it, and my web site received a DOS (Denial Of Service) attack some hours later (probably related, but cannot be sure). There was again some respawn of interest and I received a bunch of emails from people trying to decypher the text, but with no luck. Silence on the topic returned.

Then finally I received the following message:

 From: Kolsinski, Pavel J. <pavel.kolsinski@gmail.com>
 Date: Mon, 13 Jun 2011 16:14:16 +0900
 Subject: STOP IT
 Hi Angel this is Pavel. I'm a bit worried.
 My life has been threatened. These weeks have been worrisome as I seem
 to have stepped on some toes making public the Antichthon Universalis
 document. I've received threatening messages from people I don't know.
 The police have been here doing questions. A friend of mine lost her
 life on an accident on a bus I was meant to catch.
 Please finish the selling of the book; I'm not into risking my life
 because of all this shit anymore. Won't spend another buck in
 sponsoring the decyphering. I give up.
 You may call me a chicken but I'm really frightened.
 Yours,
 Pav

Understandably, I was worried about him. I tried to call him on the phone, but couldn't reach him. He didn't reply to my emails. I tried calling mutual friends, the hotels where he used to drop by, but to no avail. I hadn't news from him since then. I don't know where he is.

I stopped selling the book, but decided to publish it freely. You can download the full Antichthon Universalis document by clicking below:

Any additional information about Pavel, the cypher system of the document, its origin or whatever related to this issue is welcome; please email me if you know anything to clarify this mistery.

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2014-01-13

El delirio en el umbral

"Carecían de sexo. Se reproducían por fisión y adquirían un extraño personaje. Pero, mientras, algo más que de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto que en el Instituto Essex, decía: Diario y notas recogidas entre los ríos arrastraban muchos cadáveres de los que en algún momento de su hija, y lo que tocaban, y la luna y las galeras negras, si es que llegó a sus monturas y a unos ochocientos kilómetros al este, en un mundo onírico pertenecían a la aparición del hombre..."

Así empieza El delirio en el umbral, una rareza por entregas escrita por Howard P. Markov al estilo stream of consciousness en la que retuerce la gramática tradicional con una técnica no muy lejana al Rayuela de Cortázar o a algunas obras de Saramago, con algo del surrealismo del Joyce de Finnegan's Wake.

La lectura no es fácil, no solo debido a su peculiar estilo libre sino a la gran cantidad de personajes, localizaciones y tramas que se superponen. El género es indudablemente una mezcla de horror cósmico y existencialismo, pero a veces divaga hacia otros temas como el misterio, la investigación y el romanticismo introspectivo.

A veces se encuentran párrafos de pura poesía:

"Supongo que lo único que Willett había percibido aquella luz híbrida e incierta, la cara oriental de la distancia."

Hay también retazos del más puro horror surrealista heredero de las prosas de Rimbaud:

"Luego, al acercarme descubrí que estaban colgadas detrás de él; pero el recinto era igual a la horda de pesadilla de una ciencia y la burla del averno. Era el individuo silencioso que había publicado en 1681; la espantosa realidad y dónde comienza la historia posterior del planeta: los espíritus sucesores de la parte inferior de la bestia, recordando las leyendas de los viejos tiempos estaba flanqueada por unos instantes se oyó el tintineo estremecido de unas pocas hebras amarillentas en su posesión, pero sabían que eso correspondía exclusivamente al estudio del nuevo y sorprendente carta."

Otras veces se pierde en delirantes aliteraciones:

"-Alégrame verle, caballero… apenas se atreven a levantar cabeza de un mes de julio tuvo lugar en agosto. West y yo me había despertado; que todo lo olvidado ha desaparecido y se deslizaban, y unos hogares con más belleza sobre los romanos perdieran la Galia a manos de ella… ella habría un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía verdaderamente terrible, un Guía que había más al sur de la chimenea, con un número considerable de tiendas, así que me abandonaban las fuerzas, más aún los había llevado, y me figuro que usted describía."

También se pueden encontrar secciones con reminiscencias homoeróticas (que de nuevo recuerdan a Rimbaud o Verlaine):

"A un joven de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azules sin parentesco alguno con los pálidos vapores sobre las Maravillas de la rutina me salvó de la región de los humanos."

La lectura de cada capítulo es una experiencia única cercana al sueño o la pesadilla. No en vano el autor la denomina una onirovela.

H. P. Markov ha estado publicando una entrada cada día desde el 25 de diciembre de 2013.

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2013-11-10

Manifesto: 0€ en monedas de cobre

En aquel tiempo la gente coleccionaba discos porque eran piezas únicas. Era muy difícil conseguir algo que no estuviese de moda en el momento y no había ningún canal sencillo para encontrar cosas viejas como no fuera bucear en las tiendas de compra-venta confiando en tu suerte o viajar a Londres para ir a comprarlas a HMV o a Virgin, que pocos nos podíamos permitir.

Por razones irrelevantes me había juntado con dos copias del disco Manifesto de Roxy Music. Una me la había regalado mi hermana; la otra, ni idea. No era un disco especialmente interesante (al menos para mí, que del grupo me gustaban los trabajos posteriores).

Una noche me presentaron al amigo de una amiga de un amigo en el Libertad 8 durante unas veladas de lectura de poesía. Se llamaba Joaquín, era bastante mayor que yo y era un apasionado del arte pop de los 70. Según él tenía una de las colecciones más increíbles de discos de vinilo de todo Madrid (lo de «discos de vinilo» es algo que se dice ahora, entonces eran simplemente discos o cassettes), especialmente de un grupo que yo no conocía que se llamaba Mannheim Steamroller. Me estuvo dando la tabarra sobre las maravillas de la banda durante toda la noche, copa tras copa, hasta que el resto de amigos se fueron yendo y yo me quedé con él. Cerramos el Libertad y fuimos a otro sitio cercano donde la conversación fue parecida hasta que mencioné a Roxy Music.

Él andaba buscando como loco el disco que yo tenía repetido.

Se lo comenté y le dije que le regalaría una de mis copias; él, completamente apasionado, me dijo que de ninguna manera, que era un objeto muy valioso y que esa transacción merecía ser pagada con justicia. Yo insistí pero fue inútil; convinimos en que me pagaría diez mil pesetas por él.

Nos despedimos y nos retiramos tras intercambiar nuestros teléfonos. Al día siguiente me llamó por la mañana a primera hora, cuando yo aún andaba con la cabeza como un bombo y la boca con sabor a extintor de incendios como diría Larry. Me costó reconocerle y recordar de qué iba todo aquello; según él teníamos que vernos como fuera y hacer efectivo el intercambio.

Yo le estuve dando largas durante varios días, entre otras cosas porque tenía planes más interesantes. Me llamó todos los días durante una semana hasta que dejó de hacerlo.

Unas semanas después, otro sábado por la mañana buscando algo que escuchar me encontré con los gemelos Manifesto en mi escasa colección de música. Me acordé de Joaquín y de su interés en comprarme uno de ellos y decidí llamarle; lo intenté varias veces, pero no conseguí hablar con él porque su número no me daba tono. También me había dejado su dirección, así que decidí que qué mejor forma de joder un sábado poco prometedor que darme un paseo hasta el barrio de Aluche con el disco en una de esas bolsas de plástico cuadradas que ya no existen a ver si daba con él.

Así lo hice; me presenté en su casa, llamé al portero automático y me presenté. La voz al otro lado titubeó, pero acabó abriéndome la puerta. Subí y me estaba esperando en el rellano de la escalera.

Estaba demacrado como si estuviera enfermo, con ojeras hasta los pies, barba de varios días y un botellín de Mahou en la mano. Me dio la sensación de que estaba incluso más calvo de lo que recordaba. No obstante, con notable esfuerzo, se mostró efusivo y me invitó a pasar.

Tenía toda la casa revuelta, ropa de cama en el sofá del salón, cortezas de queso y migas de pan por el suelo y un comedero de perro embarrado de galletitas en una esquina. Todos los signos indicaban que era un mal momento; pregunté si debía volver otro día pero él me insistió en que todo estaba bien.

Había discos por todas partes. En el salón todas las paredes menos la del sofá estaban cubiertas por estanterías baratas a reventar; discos en la cocina, discos en el baño, discos por los pasillos apilados en el suelo. No entré en el dormitorio, pero seguro que estaba igual.

Me ofreció una cerveza y se disculpó por no tener algo con qué acompañarla. Me estuvo enseñando su colección horas y horas. El ambiente estaba tan cargado que le pregunté dos veces si abríamos la ventana para ventilar un poco aquello; él no pareció oírme de lo entusiasmado que estaba.

Tenía palmos y palmos de discos de Mannheim Steamroller. Muchos de ellos conservaban aún el envoltorio de plástico sin abrir. Me dijo que eran joyas y que yo debía escuchar al grupo en alguna ocasión, pero que no iba a ponerme ninguno de los suyos para no degradar el vinilo.

Como se me hacía largo le interrumpí y le entregué el disco de Roxy Music. Él lo cogió con mucho cuidado, lo sacó de la funda, le quitó el polvo con la manga. Después de contemplarlo un tiempo me dijo que lo sentía en el alma pero que no tenía las diez mil pesetas que me había prometido; yo le contesté que daba igual, que desde el primer momento había pensado en regalárselo y que eso iba a hacer. De nuevo se negó, usando exactamente las mismas frases que aquella noche, una y otra vez. Finalmente, me dijo que esperara; entró en el dormitorio y volvió al rato con una bolsa de plástico.

No tenía dinero, me repitió, pero a cambio del disco me daría un puñado de monedas de Alfonso XII de 1877 que había heredado de su abuelo. Yo me negué. Él insistió. Así estuvimos un buen rato hasta que claudiqué y las acepté.

El disco tuvimos que escucharlo entero. Como ya he dicho, a mí me parecía aburrido, pero él disfrutó un montón. Decidí irme; a la salida volví a fijarme en el comedero con el emplasto de galletas de pienso y me di cuenta de que no había visto ningún perro en toda la mañana, pero creí mejor no preguntar. Finalmente nos despedimos. No volví a verle.

Unos años más tarde, en una tienda de coleccionistas, vi un disco completamente negro de Mannheim Steamroller y, recordando a Joaquín, me lo compré, movido por la curiosidad. No me gustó nada. Sólo lo he escuchado una vez. Si lo quieres, es tuyo.

Y finalmente el otro día cogí las monedas de Joaquín que he ido arrastrando conmigo de casa en casa y de vida en vida y me acerqué a las tiendas de numismática de la Plaza Mayor para ver si las podía vender. Allí me dijeron que aquellas monedas no valían nada. Para jugar al mus, si acaso. Que si estuviesen en mejor estado, o si fuesen de las que hubo en la misma época pero hechas de plata, quizá. Las mías son de cobre. Podría fundirlas y hacerme un cable.

La vida es cambiar cosas que no valen nada por otras que tampoco valen nada.

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2013-11-02

Existir (1986)

Este comic lo dibujé en mis ratos libres en 1986. Las 8 primeras páginas aparecieron por entregas en el fanzine «El Horla» que se publicó en Moratalaz (Madrid) en 1988 hasta que se canceló por falta de fondos.

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2013-10-28

Lunar Landings

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía un niño que se llamaba Jaime. Bueno, quizá debería empezar de otra forma.

Cuando era pequeño, dos bloques más arriba de mi casa vivía una chica, tres o cuatro años mayor que yo. Tenía esa piel que parece de nácar de las pelirrojas, unos ojos grandes y expresivos y una pequeña cicatriz en la mejilla derecha en forma de media luna. Su pelo no era exactamente rojo, pero a veces lo parecía. En verano llevaba unos pantalones vaqueros con las perneras cortadas. Es lo que mejor recuerdo: yo jugaba con mis amigos y a veces contemplaba cómo se le marcaban los tendones de sus gemelos según se alejaba y perdía la noción del tiempo. Entonces sabía su nombre pero ya se me ha olvidado. Esta chica tenía un hermano pequeño que se llamaba Jaime. Ahora sí.

Era un chaval bajito, con gafas, al que siempre recuerdo con pantalones cortos y unos zapatos marrones descoloridos. Siempre parecía que tenía el pelo apelmazado, sorbía por la nariz sin parar como si fuera un tic nervioso y el aliento le olía a café con leche. Nunca le hice mucho caso, pero los matones del barrio sí; era el objetivo típico de las burlas y de esas pequeñas palizas infantiles que conllevan poca sangre pero mucha humillación. Un hijoputa al que llamaban Chispita (más tarde, cuando todo se volvió mucho más chungo, pasaron a llamarle El Chino) y que vivía en el primer piso de mi edificio le tenía especial manía y unas cuantas veces le vi quitarle las gafas o la cartera y torearle hasta hacerle llorar para luego empujarle al barro o a los arbustos.

No crucé ni una palabra con Jaime hasta que él me encontró un día en la exposición de un concurso de dibujo que se celebró en el colegio que había enfrente de mi portal. Yo me había presentado y como siempre había hecho el ridículo con una de mis bobadas llenas de monstruos, naves espaciales y robots. Pero el tal Jaime se quedó embobado conmigo; le gustó tanto mi dibujo que se me pegó toda la tarde. Que yo era genial, que le tenía que hacer uno igual, que por qué no le enseñaba a hacer cosas como aquellas. Yo le soporté estoicamente porque desde el primer momento le vi como una forma de estar más cerca de su hermana. Así empiezan estas cosas.

Me lo encontraba todos los días a la vuelta del colegio porque me estaba esperando. A veces realmente me fastidiaba porque me estropeaba los planes de quedar con mis verdaderos amigos; otras le aguantaba porque mi insaciable ego me hacía quedarme pegado a sus adulaciones.

Una tarde que llovía mucho, sentados en mi portal mientras mis amigos charlaban, él no dejaba de interrumpirme con cosas que yo ni escuchaba. Ellos le ignoraban como si se tratara de mi amigo imaginario y yo me lo perdía casi todo aturdido por su palabreo interminable y su eterno aliento de café con leche. Y cuando decidí hacerle caso me dijo que él tenía una cosa interesantísima que a mí me iba a encantar.

La tenía en el armario de su habitación. Mentiría si aquello no captó mi interés, pero en lo que realmente pensaba era en entrar en su casa y quizá cruzarme con su hermana. Le dije que por qué no me lo enseñaba ahora mismo; él se puso en pie de un salto y echó a andar, tirándome de la manga. Yo le seguí y mis amigos siguieron a lo suyo, como si en realidad el amigo imaginario hubiera sido yo.

Echamos a correr bajo la lluvia y fuimos a su casa. Nos abrió la puerta su madre y me presentó como su mejor amigo; yo me había conmovido alguna vez cuando los cabrones del barrio le zurraban, pero esa vez sentí verdadera lástima. Ella fue muy cortés, nos sentó en la mesa de la cocina y nos puso casi inmediatamente un plato de galletas. A mí me sirvió, sin preguntarme, un vaso de leche, y a su hijo un tazón enorme de algo marrón. Mi madre no me dejaba tomar café (yo tenía ocho años) y Jaime debía ser algo más pequeño que yo, pero en esa casa las reglas eran diferentes. Jaime tampoco mencionó nunca que le gustara especialmente el café con leche aunque lo tomara para merendar.

La madre de Jaime me estuvo bombardeando con preguntas sobre el cole, sobre mis padres, sobre mi hermana. Yo respondí con educación, empezando a aburrirme y a pensar que quizá no había sido una buena idea.

Finalmente, Jaime me llevó a su habitación para mostrarme aquello tan interesante que iba a cambiar mi vida. Cruzamos el pasillo y dejamos atrás una puerta cerrada: de ella salía una voz femenina cantando a voz en grito «Mamá dame cien pesetas, porque a América me voy». Era su hermana, por supuesto; oírla cantar aquello fue decepcionante, pero al recordar su imagen decidí ser indulgente y perdonárselo. Jaime me metió a empujones en su habitación y cerró la puerta.

A la vida real no le gusta mucho el melodrama y la puerta del armario, que debería haber estado cerrada para incrementar el suspense, estaba abierta de par en par, mostrando el misterio en toda su crudeza. Qué te parece, me preguntó. Busqué con la mirada algún hallazgo excepcional.

En lugar de eso, vi que en la parte interior de la puerta había un póster pegado con cinta adhesiva. En la parte de arriba ponía, en letras mayúsculas enormes y blancas, «LUNAR LANDINGS». Más abajo había dibujos de módulos lunares, cohetes y astronautas con escafandras opacas, formando varios grupos. Un diagrama de líneas curvas y flechas unían unas figuras con otras, rematadas por párrafos en inglés.

Yo me quedé mirándolo sin mucho interés, mientras él hablaba a toda prisa sobre el póster, que alguien le había traído de una visita a una base de la mismísima NASA. Balbuceó párrafos y párrafos sobre las misiones lunares, sobre el Apolo este y el Saturn aquel. Recordé entonces que aquello de los alunizajes era algo de lo que a veces hablaba, en aquellas conversaciones que eran soliloquios cuando me acompañaba desde el autocar hasta casi la puerta de casa y que yo estoicamente ignoraba. Repitió una y otra vez los nombres de las naves y de los astronautas que habían pisado la luna (yo hasta aquel momento pensaba que sólo se había pisado la luna una vez, la de Armstrong, Aldrin y el otro, pero no, había más), las fechas, las bases de lanzamiento. Una y otra vez.

Después de hacerme partícipe de su más preciado tesoro, me contó que lo único que le faltaba para ser completamente feliz era que yo le hiciera un dibujo del módulo lunar. Usó esas mismas palabras: completamente feliz. Yo sentí lástima de nuevo y casi me olvidé del fastidio que suponía tirar la tarde de aquella manera.

Me llevó a su escritorio y, casi obligándome, me acercó todos los utensilios necesarios. Yo me senté, dispuesto a que aquello acabara lo antes posible, y le dibujé el módulo lunar, copiándolo directamente del póster del armario, pero haciendo que ocupara el folio entero. Mientras, él se sorbía los mocos y me echaba su desagradable aliento por encima de mi hombro, y más de una vez le clavé el codo para alejarlo.

Cuando pensé que aquello no podía ser peor, casi con el dibujo terminado, entró su hermana en la habitación. No llevaba sus pantalones vaqueros cortados, sino unos pantalones de deporte, pero igualmente cortos. Nos miró y nos llamó niñatos; yo no supe qué decir, pero Jaime ignoró el insulto y le enseñó la maravilla que estaba yo dibujando. Ella se inclinó sobre el papel para mirarlo; me puso el cuello a la altura de los ojos y me tocó involuntariamente la mano con el muslo. Me quedé hipnotizado contemplando su cuello lleno de casi imperceptibles pecas, maravillado de su olor a jabón y del calor de su pierna sobre mis dedos. Entonces se incorporó, se puso en jarras y soltó una parrafada que me resultó profundamente hiriente: que menuda tontería, que éramos unos niños de teta y sólo nos faltaba el chupete y que a ver si madurábamos de una vez.

Como vino se marchó; cerró la puerta de su cuarto de un portazo y yo me quedé herido de muerte. Jaime me tiraba de la manga para que terminara el dibujo. Él estaba acostumbrado a las humillaciones, pero yo no. Terminé las cuatro líneas que faltaban a regañadientes y me fui, diciendo que tenía deberes.

En aquellos días las heridas del alma curaban pronto y pasé página; de pronto ella ya no me parecía tan interesante, sólo una impertinente estúpida que no se merecía mi atención y desapareció para siempre de mi vida. Mientras, el otoño dio paso al invierno y los días se hicieron más odiosos, pero Jaime no dejó de esperarme en la calle ni una sola vez.

En la víspera de las vacaciones de navidad el colegio de enfrente convocó una fiesta que Jaime dijo trataba sobre «cosas maravillosas». La gente podía ir allí, llevar algo que para ellos fuera importante y hablar de ello y al final habría un premio y tarta y alguna otra celebración más. Me estuvo dando el latazo durante días para que yo hiciera un dibujo, el más increíble que fuera capaz, y lo llevara; él llevaría su póster de alunizajes. Para que me dejara en paz, accedí.

Me presenté aquel día en la fiesta con un dibujo que tenía hecho hacía meses con la única intención de pasar el rato y comer tarta. Nadie me hizo ningún caso, como era de esperar, pero bajé dignamente del estrado con un pequeño aplauso. Jaime subió y aburrió al personal con su póster y su verborrea y hasta algunos chicos mayores se burlaron de él. La fiesta siguió y el premio lo ganó un tal Guillermo, que era primo de un compañero mío de clase y que llevó a su mascota, un conejo blanco con las orejas caídas y una mancha negra en el lomo en forma de cruz. Guillermo era divertido y el conejo era una pasada porque se dejaba coger y comía granos de maíz de tu mano. Jaime me dijo que se tenía que ir y que si me iba con él, pero yo no le hice caso porque me lo estaba pasando genial.

A la salida casi era de noche y llovía muchísimo; dos viejas estaban hablando a gritos con una señora a la que había visto antes repartiendo cocacolas en el colegio. Ella se me acercó y me dijo que al niño que había estado conmigo le habían pegado unos macarras. Yo le dije que no sabía nada, y como la señora se volvió a seguir hablando con alguien más, eché a correr porque me estaba empapando.

Un poco más adelante vi, enganchado a uno de los matorrales, un trozo empapado y rasgado del póster de Jaime. La primera y las tres últimas letras del título faltaban, mientras que las demás reflejaban la luz con fiereza como si fueran la luna misma. Los goterones de la lluvia repiqueteaban en la cartulina, tan debilitada por la humedad que casi se desmoronaba. Otros trozos estaban esparcidos por el suelo. El centro del diagrama, con el módulo y los astronautas, no estaba por ninguna parte. Con el corazón encogido corrí a casa.

A la mañana siguiente, último día de clase, vi según pasaba camino del colegio que el trozo del póster seguía allí. Se había quedado reseco y envolvía el arbusto tenso como la piel de un tambor. El día siguió con el ambiente anómalo de las navidades inminentes, con clases cortas y descontroladas, villancicos hasta la náusea y obras de teatro en el salón de actos. De vez en cuando la imagen del póster destrozado me volvía a la mente y el estómago me daba pinchazos. A la vuelta del colegio Jaime no me estaba esperando y nunca más volvió a hacerlo.

Las vacaciones de navidad llegaron con esa intensidad que tenían aquellos días. El regalo de reyes lo acaparó todo, me di un empacho de familia, vi a mis amigos demasiado poco. Llegó el año nuevo.

El siete de enero volví al cole y en el arbusto aún quedaban restos de cartulina, pegados como una telaraña o como la costra de baba de algún alienígena. La momia del póster de Jaime estuvo allí muchos meses, cada vez más consumida, hasta que desapareció o dejé de mirar.

Un día me dijeron que Jaime y su familia se habían mudado de casa.

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2013-10-20

Saltar de un incendio

David Foster Wallace:

"The so-called ‘psychotically depressed’ person who tries to kill herself doesn’t do so out of quote ‘hopelessness’ or any abstract conviction that life’s assets and debits do not square. And surely not because death seems suddenly appealing. The person in whom Its invisible agony reaches a certain unendurable level will kill herself the same way a trapped person will eventually jump from the window of a burning high-rise. Make no mistake about people who leap from burning windows. Their terror of falling from a great height is still just as great as it would be for you or me standing speculatively at the same window just checking out the view; i.e. the fear of falling remains a constant. The variable here is the other terror, the fire’s flames: when the flames get close enough, falling to death becomes the slightly less terrible of two terrors. It’s not desiring the fall; it’s terror of the flames. And yet nobody down on the sidewalk, looking up and yelling ‘Don’t!’ and ‘Hang on!’, can understand the jump. Not really. You’d have to have personally been trapped and felt flames to really understand a terror way beyond falling."

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