Hace un porrón de años, siendo yo adolescente, andaba borracho perdido por ahí cuando perdí a mis amigotes. No di con ellos, pero encontré a un grupo de tres chicas que me contaron que se iban a la Verbena de San Isidro y me pegué a ellas. Eran simpáticas y andaban celebrando algo que no recuerdo pero con lo que me sentí terriblemente identificado. Creo que eran algo menores que yo y con tendencia a pegar gritos como locas por cualquier cosa, pero eran chicas y tenían dos litros de cerveza, así que cumplían todos los requisitos que entonces tenía para mí un grupo perfecto.
Cuando llegamos a la verbena allí había una feria, con caballitos, tómbolas y noria, lleno hasta los topes de familias, de música machacona y de ese olor asqueroso a gallinejas y entresijos que me ponía malo. También había un Tren de la Bruja.
El Tren de la Bruja era una atracción que creo que ya ha desaparecido, porque hace muchos años que no la he vuelto a ver. Era muy simple: sólo un trenecito para niños con una trayectoria circular que atravesaba el mismo túnel una y otra vez. Alrededor de éste solía haber un personaje vestido de bruja estrafalaria que gritaba a los niños, les asustaba y les daba con una escoba. Y eso era todo. Había una cola enorme de niños esperando recibir lo suyo.
Entonces yo solté una de mis boutades:
-El trabajo perfecto es ser La Bruja en el Tren de la Bruja: te pasas el día pegando escobazos a niños y encima te pagan.
Una de las chicas, que se llamaba Mercedes (la única de la que recuerdo el nombre), me rió la gracia con estruendo. El resto de las chicas le hicieron coro un instante después y ya me convertí en el macho alfa del grupo, si es que no lo había sido hasta entonces.
Con mi ego henchido como un pavo, se me ocurrió que era una pena que gracias como esas se perdieran en el infinito. Así que, con la lucidez que dan algunas borracheras, mi cerebro empezó a maquinar un sistema para perpetuar frases cortas, que la gente las leyera y las puntuara. Yo ya había tenido contacto con los ordenadores entonces, pero los que yo conocía no tenían ningún método de almacenamiento permanente que no fueran cassettes y aquello era engorroso e impracticable, con lo cual mi invención se desarrolló en un ámbito puramente analógico.
Imaginé un tablón de anuncios de esos de corcho, colgado en el pasillo en algún lugar concurrido como el instituto, el club del barrio o el bareto, en el que se podían colgar un máximo de 10 trozos de papel de un tamaño dado (pequeño, como para que cupiese una frase o un párrafo corto). Cualquiera que leyera aquellas frases podía cambiar dos de ellas de orden si una le parecía más divertida que la otra, de forma que lo que más gustaba se iba moviendo hacia arriba y lo que menos hacia abajo. Si querías contribuir algo al panel, lo escribías en un papel de tamaño apropiado, movías todos los mensajes que ya estuvieran clavados al corcho una posición para abajo y tirabas el último.
Estaba pensando en qué era más justo, si intercambiar cualquier par de papeles o sólo los adyacentes cuando Mercedes me cogió de la mano y me pidió que subiera a la noria con ella (las cestas eran solo para dos personas; por eso me acuerdo de su nombre y no de los de las demás chicas). El mundo real me reclamó y no volví a pensar en ello. La noche duró mucho y no acabó bien, pero eso es otra historia.
Ahora que lo pienso con detenimiento, más que a Twitter, mi corcho de los chistes malos se parece más a sistemas como Reddit o Hacker News. Pero qué más da.
En estos días de jolgorio y exceso seguro que escucharás a algún carca decir algo como esto:
"Cómo se ha desvirtuado la Navidad, antes era una fiesta religiosa y ahora todo son comilonas y gastos"
Pues no, todo lo contrario. Durante la dominación romana, el 25 de diciembre se celebraban las Saturnales, unos días después del solsticio de invierno, para regocijarse del retorno del «Sol Invictus», el Sol que sale de su letargo y empieza a hacer que los días sean más largos. Era costumbre hacer grandes comilonas, fiestas y orgías, regalos a los niños e incluso se daba tiempo libre extra a los esclavos. Por lo visto, el origen es aún más antiguo, ya que incluso en el antiguo Egipto se celebraba el 25 una fiesta a Osiris (también relacionado con el Sol). No fue hasta el siglo III que el papa de turno cambió la fecha de nacimiento de Jesús (que nunca había sido motivo de celebración) desde la primavera en la que parece que nació hasta el 25 de diciembre para tratar de absorber una fiesta pagana que se resistía a desaparecer.
Así que en estos días bebe, folla, come, grita y ríe, que el verdadero y único hacedor de vida, el Sol, renace. Que estos advenedizos cristianos no te roben lo que te pertenece, hijo de la Tierra.
El proceso creativo es un ciclo. Cuando no estás dentro de él, eres libre. Cuando estás atrapado, es un descenso en barrena.
Estas son sus fases:
Hoy, hablando en una lista de correo electrónico sobre Stanislaw Lem, me he acordado de esta historia.
Cuando estaba haciendo el servicio militar en Valladolid yo tenía una novieta que se llamaba Rosa. En realidad no era ni siquiera eso: sólo estuve con ella tres veces. La primera me entró en un bar y nos enrollamos sin apenas mediar palabra; la segunda nos volvimos a encontrar en el mismo bar, insistí e insistí para repetir el besuqueo y magreo del encuentro anterior hasta que al final, no sé si convencida o hastiada, accedió (yo era inasequible al desaliento entonces). Esa vez hablamos algo más porque la acompañé a casa. Me enteré de su nombre, de sus gustos musicales y de que tenía un hermano haciendo la mili en Madrid (hurra por esa organización del ejército español). Hablando de libros le comenté que me gustaban Borges y Kafka, y ella me dijo que, siendo así, me iba a regalar un libro que no se había terminado pero que a mí me iba a gustar. Así que quedamos al día siguiente.
El libro era «Memorias encontradas en una bañera», de Stanislaw Lem. Yo ya había leído las historias de Ijon Tichy y otros libros como «Congreso de futurología» y «La investigación», y era un autor que me gustaba. Aquel libro, sin embargo, era nuevo para mí. Ella me lo dio y se fue porque tenía prisa, guardándose sin apego un papel en el que yo le había escrito mi nombre y dirección por si me quería escribir y volvernos a ver.
Al día siguiente tuve que trasladarme con todas mis cosas al cuartel de artillería de Medina del Campo con el comandante Villanueva, para el que estaba haciendo un programa para mantener los inventarios de las maniobras. Allí estuve tres días trabajando de sol a sol, retocando mi programa porque a veces cascaba y metiendo datos sobre tanques, materiales y lanzacohetes Teruel. Aparte de lo coñazo del trabajo, cada vez que me tenía que ir a dormir a la batería (siempre más tarde del toque de retreta), tenía que pelearme con el imaginaria para que me dejase pasar, y eso a pesar de tener una autorización expresa del comandante para poder llegar más tarde de la hora.
Aquellos días fueron intensos y no recuerdo mucho de ellos; en parte fueron fructíferos porque allí confirmé que el ejército español no solo arrestaba a soldados, sino también a animales o cosas, como Jeeps o burros. Yo ya había oído algo de eso (sin creérmelo demasiado) cuando era recluta y me dijeron que las duchas de mi compañía estaban arrestadas porque se había suicidado un tío en ellas; esa era la explicación a por qué había que cruzar en calzoncillos quinientos metros entre la nieve de diciembre en El Ferral de Bernesga (León) para ir a ducharnos a la compañía de al lado.
El último día que estuve en Medina del Campo el comandante Villanueva se despidió de mí a primera hora y se volvió en coche; yo tenía que terminar mi trabajo y volverme por mi cuenta a Valladolid. Acabé antes de lo esperado, pero cuando me fui a hacer el petate descubrí que algún hijo de puta me había abierto la taquilla y me había robado el libro (que ni siquiera había empezado), mil quinientas pelas que tenía para volver, un par de calcetines sin estrenar y una copia que me había agenciado de la llave del bar de mi cuartel.
Cuántas veces le he deseado a aquel cabrón que le aprovechasen mi libro y mi pasta (que la llave del bar no le serviría de nada, a tantos kilómetros de distancia). Aquello me complicó la vida enormemente, y tardé casi otro día en conseguir volver a mi cuartel, después de andar rogando, rellenando papeles y hablando con mil y un burócratas de uniforme para conseguir los medios para salir de allí.
A Rosa no la volví a ver (aunque me escribió; por eso sé sus dos apellidos). El libro lo he visto varias veces en las librerías, pero nunca me lo he comprado. He preferido dejarlo así.
Lo que voy a contar aquí no es nuevo, pero es un ejemplo más de cómo funcionan las cosas.
A la gente le encanta una cosa llamada Spotify. Parece ser un servicio que sirve streaming de música a móviles y ordenadores, en el que el oyente paga una cuota y los músicos reciben un royalty infinitesimal (de 0,00029 dólares) por cada vez que uno de sus temas es escuchado por alguien. Yo era músico, mi grupo era Ann Hell y tengo por ahí un montón de música muriéndose de asco, alguna en http://archive.org y el resto recopilada en el torrent Ann Hell - Ad Nauseam (1991-2001) (que no sé si sigue funcionando). No pretendo sacar dinero de este material, sólo quizá que alguien más lo escuche y me diga que le ha gustado, y como no conozco en detalle el servicio que Spotify proporciona (no estaba dispuesto a instalarme su software para comprobarlo), entré en su página web para ver si tienen alguna sección de música gratuita a la que mandarles toda mi basura. Entre su documentación encontré alguna orientada a los artistas, pero siempre se aludía a artistas «en activo», es decir, con casa discográfica, y dispuestos a recibir las jugosas regalías que ellos conceden, nada acerca de música libre o gratis.
Dado que hay un email de contacto, me lanzo a escribirles:
Date: Wed, 30 Nov 2011 23:19:04 +0100 From: Angel Ortega <angel@triptico.com> To: content@spotify.com Subject: Questions from an artist Hi. My name is Angel Ortega and have the rights for the songs of the band Ann Hell (I was the only composer and main interpreter), that operated between 1991 to 2001. The band had a distributor in Spain (where I live) that no longer exists, so I haven't any obligation with anybody. Being the author, I released years ago under a Creative Commons license all Ann Hell music. A large set of these tunes can be downloaded from archive.org for free. I'm interested in knowing if these set of albums can be distributed via Spotify. I don't want any money. I've read your help pages, but wasn't able to discern if you distribute free music in Spotify or not. I also don't care if you distribute my songs with a charge to your users, that is your prerrogative and I would sign an authorisation to you to do it if you need something like that. As I say, I don't care about money, just want to give some use to that work and get my music heard by more people. I guess that, given that I won't perceive a buck, I don't need what you call an "aggregator" nor a contract, but please correct me if I'm wrong. I'll appreciate an answer from you, either positive or negative. Thanks for your time, Angel Ortega
En ella les cuento quién soy, que tengo una pila de música convirtiéndose en compost y les pregunto si ellos distribuyen música de forma gratuita. Además, añado que yo no quiero cobrar ni un duro, que si ellos quieren cobrar a sus usuarios cada vez que alguien oye algo mío a mí no me parece mal, y que incluso les firmaría una autorización para hacerlo oficial. Según su documentación ellos no hacen tratos directamente con los músicos, sino que lo hacen a través de «agregadores», que son el equivalente a una firma discográfica tradicional; ya que yo no quiero gestionar dinero, les pregunto si de verdad necesito un intermediario. En definitiva: «tomad mi música, ponedla en vuestros servidores y si sacáis algo, para vosotros».
Un día después me escribe un tipo muy majo diciéndome lo siguiente:
Date: Thu, 1 Dec 2011 15:55:34 +0100 From: Jacob Deshayes <jacob@spotify.com> To: Angel Ortega <angel@triptico.com> Hi Angel, Thanks for your mail. We are really glad to hear that you are interested in getting your music onto Spotify. Getting independent artists music onto Spotify is important to us so we work on various solutions to assist artists, however we have no way of uploading content without handing out revenues - content gets uploaded by our partners (labels and aggregators) through automatic feeds and there are no way for us to manually upload music ourselves. The current solution we offer indie artists is to make their deliveries through [deleted miscellaneous distributor names]. They are artist-aggregators, and we highly recommend you to use them to get your music onto Spotify. With them you can create a standard agreement and upload your music onto Spotify as well as deliver your music to other digital services such as 7digital, iTunes and Amazon. So if you want to join Spotify as soon as possible please go to one of the following sites: [deleted URLs] Best regards, Jacob Spotify Content Team
Amablemente me aclara que ellos no tienen forma de distribuir música sin gestionar beneficios y que todo lo hacen a través de estos intermediarios, sugiriéndome algunos con sus correspondientes URLs.
Así que sigo los enlaces uno a uno. En ellos descubro que no son sitios a los que les mandas tu mierda y ellos evalúan si te aceptan o no (al modo de las discográficas tradicionales o las editoriales de libros), sino que aceptan todo: eso sí, cobrando pasta al músico. Los precios varían, pero oscilan entre 20 dólares por cada tema independiente que subas y 50 por álbumes completos. Por supuesto, no te aseguran ningún tipo de promoción, sino simplemente que «tu música aparecerá en Spotify», seguramente enterrada entre otro millón y medio de autores y piezas.
El círculo solo se completa con una simple operación matemática: calcula cuántas veces se tiene que oír tu canción (recuerda, con una recompensa de 0,00029 dólares por escucha) para cubrir el gasto de 20 dólares por subirla a tu «agregador». Porque a partir de esa cifra, el resto es lo que el artista gana por su trabajo. Ya no investigué más; este tipo de sitios no te suelen pagar hasta que no has llegado a un umbral que suele ser de 100 dólares. Calcula, como otro ejercicio mental, cuántas veces se tienen que oír tus canciones para acumular 100 dólares y recibir algo de dinero.
Así que cortésmente le respondo:
Date: Thu, 1 Dec 2011 16:36:03 +0100 From: Angel Ortega <angel@triptico.com> To: Jacob Deshayes <jacob@spotify.com> Thank you very much for your quick response. I've taken a look at those aggregators you suggested and all of them ask me for money. I want to distribute my music for free, but *paying* for it is far beyond what I planned. Thanks for your time and good luck. Best regards, Angel Ortega
Y cierro el tema. No tengo claro si he aprendido algo de esto o no.
Yo antes criticaba a los que cogían el coche para ir al supermercado aunque les quedase a pocos metros, acusándoles de despilfarradores e incívicos. Ahora aparco encima de la acera, pegado a la puerta, bloqueando el paso para que sólo yo pueda entrar y salir del coche. Han cambiado muchas cosas desde el apocalipsis zombi.
He podado esto.
Ahora coincide más con lo que en realidad soy.
Las secciones de Software, Ann Hell, Documents y demás siguen estando, pero ya no se referenciarán desde aquí.
Ya no publicaré noticias sobre nuevas versiones de mis programas.
Triptico.com se queda como lo que en realidad es y fue siempre, otra inane página personal llena de detalles innecesarios.
Es un poco como soltar lastre.
Este tío aterrador es Víctor. Hace algo más de veinte años no era tan aterrador porque pesaba dos kilos doscientos gramos y era el ejemplar de ser humano más pequeño que yo había visto hasta entonces.
A veces recuerdo cuando él era niño y se le abrían los ojos como platos al ver su sopa, y recuerdo su olor tan dulce al salir del baño que siempre me sorprendía. Recuerdo su risa descontrolada cuando yo le perseguía y le hacía cosquillas en la piscina, y luego salíamos y nos tomábamos un helado. También recuerdo la relación entre su abuelo y él, que era un amor recíproco tan profundo que es inútil expresarlo con palabras.
Es una de las personas más honradas que conozco. Cuando su madre y yo nos divorciamos la directora del colegio nos convocó a los tres para que hablásemos de por qué sus notas habían bajado tanto. Él, pese a poderse aprovechar de la situación más fácil del mundo para escurrir el bulto y echarle la culpa a los demás, nos dijo a todos que sus notas no habían bajado debido al divorcio, sino porque él mismo se había confiado y había estudiado menos. Esto no lo hace cualquiera.
A veces se me encoge el corazón viendo a este tío enorme. Y me acuerdo de cuando era tan pequeño que casi cabía en una mano. Ese niño ya no está, y de algún modo le echo de menos, pero le ha sustituido un hombre íntegro. Y sé que no es obra mía, porque yo no le llego a la suela de los zapatos, sino que él ha forjado su propia personalidad.
Me siento agradecido de que él sea mi hijo.
Hace muchos años, cuando todavía vivía en Madrid, me pasó una cosa curiosa. Llegué una tarde a casa hecho polvo después de un día horrible, con los pies y la cabeza como si me fuesen a estallar. Era otra de esas veces en las que todo parece una encrucijada, en las que el esfuerzo no recompensa, en las que no hay guión ni planificación sino solo una huida hacia adelante. No había nadie más en casa. En el salón me quité los zapatos y me tumbé en el sofá. Y así, mirándome los dedos desnudos de los pies, me quedé dormido.
Nada de esto sería curioso si no fuera porque soñé que estaba tumbado en el sofá, mirándome los dedos de los pies, exactamente en la misma posición en la que estaba en el mundo real. Vi que por el pasillo entraba mi gata Vodka sin dejar de mirarme con esa cara de perdonarte la vida que ponen a veces los gatos. Se me acercó y saltó al brazo del sofá donde tenía apoyados los pies y se sentó allí, mirándome, como si estuviera en un púlpito. Entonces comenzó a hablar. En un tono sereno, con una voz firme y femenina de contralto, me regañaba; su discurso fue breve pero bien articulado y me di cuenta de que tenía razón en todo lo que me decía y me sentí culpable.
De repente, me desperté. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que había estado soñando. Aún sobresaltado por la regañina me fijé en que Vodka, como acaba de experimentar un instante antes, llegaba por el pasillo mirándome, se me acercaba y se paraba delante del brazo del sofá. Empecé a inquietarme, aún bajo el influjo del sueño y sintiéndome como un niño al que han pillado después de hacer algo malo. Vodka saltó sobre el brazo del sillón y me miró. Pero en lugar de empezar a hablar, me mordió el dedo gordo del pie derecho, que era su forma de decir que estaba ocupando un espacio que era suyo. Retiré el pie y ella se tumbó y me ignoró.
Entonces me percaté de que hasta ese momento había recordado las palabras exactas que Vodka me había dicho en el sueño, pero ya no; estaban borradas. Hice un esfuerzo por recuperarlas, pero fue inútil.
Y así, con la sensación de haber perdido un mensaje importantísimo, pasaron los años y me olvidé del asunto hasta que una vez, en una conversación banal con mi jefe sobre política o las ventas o algún cliente moroso él dijo:
-Haz lo que tienes que hacer. Solo tú puedes hacerlo.
El corazón me dio un vuelco porque recordé como en un fogonazo que esa era exactamente la misma frase que Vodka me dijo en sueños unos años antes.
Me evadí con la fugaz sensación de haber recuperado un tesoro perdido; pero no tardé en darme cuenta de que aquello era una gilipollez, el clásico mensaje vacío de algún gurú cutre o de algún haiku zen que no es más que una obviedad disfrazada de pensamiento profundo.
Así que me quedé decepcionado y perdido una vez más. Han pasado otros tantos años desde aquello. De cuando en cuando, ya que solo yo puedo hacerlo, intento hacer lo que tengo que hacer.
Pero nunca parece ser suficiente.
Hace un tiempo mi chica y yo fuimos después de cenar al pub irlandés del barrio, en el que ponían cervezas de barril muy ricas. Aunque aquel sitio estaba normalmente lleno de gente (sobre todo a aquella hora), ese día había solo un par de parejas y un grupo al fondo. Detrás de nosotros se asomó por la puerta una pareja joven, la chica miró a su alrededor y dijo:
-Paso, hay mazo de poca peña.
Si escuchas una frase tan retorcida y surrealista y la entiendes es que el idioma es realmente flexible.
Unos mueren y parece que han revolucionado el mundo de la informática, cuando han hecho poco más que vender cosas relucientes; otros, sin embargo, mueren habiendo revolucionado el mundo de la informática y ni siquiera salen en las noticias.
Es un mundo extraño.
Hoy me he cargado definitivamente mi página más visitada, Las Eras Geológicas. Probablemente se llevaba el 25% de todo el tráfico que me llegaba desde Google y desde algunas granjas de links para adolescentes vagos. Mi «público» estaba formado por analfabetos funcionales que la usaban para copiarla en exámenes y trabajos escolares. Y viendo el tipo de faltas de ortografía que cometían, parece que se trataba de palurdos de Argentina y el sur de América (sin olvidar a los tarugos de mi propio país, por supuesto, que también habrá alguno).
Será divertido ver qué bajón pegan las estadísticas del servidor web. También será divertido ver cómo de bien siguen los estándares los lugares que me enlazan, ya que estoy devolviendo un error HTTP 410 Gone, que significa «esto ya no está aquí, lo he borrado aposta y no volverá a estar; bórrame de tus enlaces». Seguro que sigo recibiendo visitas hasta después de morirme.
Otra página relacionada, Reptilia, también ha sido purgada. No era tan popular, pero seguro que también estará copiada y pegada en los de trabajos del colegio de unos cuantos cientos de tuercebotas de todo el mundo.
Así que: a cascarla, nenes.