Ángel
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[...]
Bran escuchó una especie de chirridos que llegaban desde la calle.
Avanzó despacio mirando a todas partes con cautela; cuando pasó junto al farol tuvo la sensación de que el frío era más intenso. El efecto de la niebla en la luz era extraño; parecía una masa casi tangible con el aspecto de una lámina de aceite flotando sobre el agua.
Los ruidos se hicieron más claros y más agudos.
Entonces, casi al lado de la siguiente farola, encontró la fuente: los chillidos procedían de unos bultos sin forma definida del tamaño de puños que parecían vibrar ligeramente, rodeados de una mancha oscura en el pavimento.
Era un grupo de ratas. Todas ellas estaban aplastadas, pero no como si hubieran sido atropelladas, sino como si alguien o algo las hubiese machacado a propósito. Algunas conservaban aún la cabeza, otras el rabo y las patas traseras, y otras eran prácticamente una lámina de apenas un dedo de grosor. De sus cuerpos destrozados asomaban las pequeñas puntas de hueso de costillas y vértebras, afiladas y partidas, y también órganos irreconocibles y resecos de color pardo. Todos los cuerpos reposaban sobre lo que parecía ser una gran mancha de sangre totalmente seca. Una gruesa capa de arena fina y polvo lo cubría todo, como si aquella pequeña masacre hubiera ocurrido mucho tiempo atrás.
Pero lo más inquietante de todo era que aún estaban vivas.
Aquellas en la que los cráneos no habían sido convertidos en pulpa aún eran capaces de moverse: eran ellas las que emitían los chillidos que habían llevado a Bran hasta allí. Sus pequeñas cabecitas sin ojos se agitaban lo poco que podían, boqueando como peces en tierra, accionando sus descoyuntadas mandíbulas. Las patas que aún estaban enteras hacían temblar sus minúsculas garras. Incluso aquellas que estaban totalmente aplastadas se agitaban perceptiblemente.
Era una masa de carne doliente, carroña viva.
Bran sintió una tristeza muy profunda al ver aquello y movida por la piedad empezó a aplastar aún más aquellos pequeños miembros en movimiento con la punta de sus botas. Los huesos y la piel reseca se desmenuzaron sin dificultad. Pisoteó y pisoteó, presa de una especie de frenesí motivado por la confusión y la tensión nerviosa, hasta que tuvo que parar para recuperar el aliento.
Observó con detalle el montón de carne macilenta y triturada. Al instante volvió a sentir aquella leve vibración de la vida, unos leves temblores, un murmullo apenas audible por encima de sus propios jadeos.
Sintió que estaba a punto de volverse loca, o que quizá eso ya había ocurrido. Su mente se negaba a aceptar lo que sus sentidos le comunicaban: aquellos pobres animales no morían por muy destrozados que estuvieran sus cuerpos.