Ángel
@angel@triptico.com
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Mi personalidad es depresiva, así que vivo en una permanente zozobra. A veces es una desazón difusa y sorda, y a veces es como un huracán desaforado y destructor.
Pero a veces, como en este instante, no es así. Estoy sentado en la terraza de un bar; acaba de salir el sol después de más de un mes de lluvia y techo de plomo. Frente a mí, dándome la espalda, se ha sentado un tipo de mi edad con un Beagle joven; este pide comida a su dueño y a la mesa de al lado, alternativamente, y es adorablemente impreciso en sus movimientos. Al otro lado hay dos chicas jóvenes tomando café con leche con un hombre viejo y calvo, de sonrisa sospechosa y aspecto siniestro; al contrario de lo que puede parecer, esto añade magia al instante, los tres ríen a carcajadas y qué puedo yo colegir de lo que está pasando ahí. No puedo escuchar lo que dicen, porque en mis auriculares suena una música electrónica densa y cálida que me recuerda al viaje de juventud a Ibiza que nunca hice. He leído sobre una escritora antigua y sus dificultades y me siento a un tiempo cómplice y culpable. Acabo de terminar mi segundo tercio de cerveza, y estoy experimentado ese fugaz instante de euforia alcohólica (que en mis novelas he descrito más de una vez como apenas más largo que un orgasmo) que tan difícil es de alcanzar como de retener (si este texto parece una apología de las sustancias modificadoras del comportamiento, es porque lo es), y ahora mi alma se siente en paz con un universo que no me da tregua.
Así que apenas me muevo, cierro los ojos, la luz me calienta los párpados, en mis oídos suena el mar y una percusión repetitiva que me acuna y el perrillo se sienta y me mira y sopla un poquito la brisa. Permanezco inmóvil porque sé que esto es efímero y frágil como un diente de león y volverá la oscuridad, está ahí mismo, pero ahora no, espera un poco, déjame saborear este momento irrepetible.