triptico.com

Un naufragio personal

Blog

Un personaje llamado Ambrose Bierce

Hay un tipo peculiar llamado Ambrose Bierce (el anterior no es un enlace a su blog personal, sino a un sitio web que recopila sus trabajos). A no ser que seas aficionado a la literatura estadounidense de la segunda mitad del XIX, quizá solo lo conozcas por referencias de otros autores o por una de sus obras más emblemáticas, el Diccionario del Diablo, un auténtico derroche de sarcasmo y mala hostia.

Si te gustan las historias macabras y de terror, muchos de los patrones han sido inventados por él. El final inesperado, que en estos días parece imprescindible en el género, fue cosa suya; el recurso «¡Hostias, estaba muerto desde el principio de la historia!» también se le ocurrió a él primero. Y escribió piezas surrealistas de horror cósmico que fueron el abono para lo que luego elaboraron Lovecraft y sus compinches: sitios y personajes chungos como Carcosa, Hastur, Hali... salieron de su coco primero.

Pero no voy a hablar aquí de sus logros literarios, sino de puro cotilleo.


Me llamo Ambrose Bierce, escribo de puta madre y soy mucho más guapo que tú.

Ambrose Bierce nació en los Estados Unidos en 1842. Vivió en una cabaña en medio del campo con sus padres y trece hermanos: Abigail, Amelia, Ann, Addison, Aurelius, Augustus, Almeda, Andrew, Albert, Ambrose, Arthur, Adelia, and Aurelia (el que llevaba lo de los nombres por allí debía tener algún transtorno obsesivo-compulsivo).

Se hizo adulto en plena Guerra de Secesión Americana y se alistó por el bando unionista. Se pasó casi media vida dando tiros y viendo heridas y horrores y eso se nota en las historias que cuenta.

Ya licenciado del ejército encontró curro de periodista y se hizo algo conocido por sus columnas mordaces y cargadas de retranca. Sus mejores momentos ocurrieron bajo las órdenes de un tal William Randolph Hearst en su periódico The San Francisco Examiner. Durante aquellos días se había descubierto un escándalo de corrupción: Las compañías ferroviarias Union Pacific y Southern Pacific, deudoras de un préstamo astronómico de 130 millones de dólares de entonces al estado, untaron a un mequetrefe del congreso para aprobar la condonación de esa deuda. Hearst encargó a Bierce dar el latazo con este tema, cosa que él hizo de forma magistral con sus habilidades especiales de mosca cojonera. Tanto cabreó al presidente de las ferroviarias que este, en mitad de las escaleras del Capitolio, estalló y le preguntó a voces cuál era su precio. Bierce le soltó:

"My price is one hundred thirty million dollars. If, when you are ready to pay, I happen to be out of town, you may hand it over to my friend, the Treasurer of the United States"

que es algo así como

"Mi precio son ciento treinta millones de dólares. Cuando estés listo para pagar, si resulta que no estoy en la ciudad, se lo puedes dejar a mi amigo, el Tesorero (Ministro de Hacienda) de los Estados Unidos"

En otros casos estuvo involucrado en polémicas misteriosas. En 1900 mataron a un gobernador de Kentucky llamado William Goebel; fue una muerte turbia sobre la que Bierce escribió un poema que contenía esta estrofa:

 The bullet that pierced Goebel's breast
 Can not be found in all the West;
 Good reason, it is speeding here
 To stretch McKinley on his bier.

En ella sospecha sobre los orígenes y causas de ese asesinato y dice que la bala que perforó el pecho de Goebel vuela hacia el féretro de McKinley; un año después, en 1901, alguien mató al presidente William McKinley de un disparo. Bierce fue acusado de incitación al crimen e incluso de estar involucrado en ello; nadie pudo probar nada.

Su mente ágil detectaba a los aduladores y no tenía piedad: el crítico William Dean Howells dijo que «El señor Bierce está entre nuestros tres mejores escritores». Bierce, cuando escuchó esto, añadió: «Estoy seguro de que el señor Howells es los otros dos».

El apoteosis del personaje Ambrose Bierce ocurrió cuando tenía 71 años. En lugar de sentarse a ver avanzar las obras del barrio o a hablar de los perdidos valores de las nuevas generaciones, él cruzó la frontera de México hasta Ciudad Juárez para unirse al ejército de Pancho Villa. Todo esto es un misterio; no se sabe qué buscaba allí ni cuáles eran sus intenciones. Y eso fue todo. Desapareció y no se supo más de él.

Siendo como era, ha sido personaje de un montón de obras literarias. Hay una especialmente famosa llamada Gringo Viejo, que es un decepcionante libro de Carlos Fuentes del que también hay película, igualmente decepcionante pese a que Bierce está representado por Gregory Peck. También aparece en otras obras de Ray Bradbury, Robert Heinlein y hasta en Abierto hasta el amanecer 3: La hija del verdugo.

Afortunadamente, su obra literaria es suficientemente antigua como para haber precedido al sabotaje de las leyes de propiedad intelectual perpetrado por el mundo Disney y otras sabandijas, así que todos sus relatos son dominio público. Si puedes, léelo en inglés; su vocabulario y gramática es simple y se entiende muy bien.

Cosas que hay que leer de Ambrose Bierce:

Estos fueron los hechos comunicados al medium Bayrolles.

No tengáis vuestras cosas en La Nube, versión abril 2019

Otro ejemplo más: Microsoft se baja del negocio de la venta de libros porque de repente ya no le gusta o no le resulta rentable o lo que sea. Consecuencia: cierra el chiringuito y todo el que haya comprado sus libros en Microsoft Store se queda sin ellos (porque, en realidad, nunca los ha tenido, solo era un espejismo en forma de permiso cutre). Eso sí, te devuelven el dinero de lo que hayas comprado; porque eso es lo que tú eres para ellos, saldo en una cuenta.

Aunque Microsoft es especialmente nefasto (en esto y en muchas otras cosas), todos son iguales. No tengáis vuestras cosas en La Nube. Cualquier día se le tuerce un huevo al CEO de turno y te quedas sin nada. Y, como siempre digo, mucho menos vuestras propias creaciones.

Chicas tristes en los bares

Aunque lo parezca, no voy a contar otra historia de mi juventud borrachuza y golfante; no, hoy toca hablar de pintura.

Cuando el corazón y la cabeza están rotas, no queda otro recurso que sentarse en un bar y rumiar tu tristeza. Y aunque creas que estás sola, no siempre es así; a veces hay un pintor que te está mirando y plasma ese momento lamentable para que nadie lo olvide. Eso hizo Edgar Degas con esta chica:


Si este no es un mal momento para un retrato, no sé cuál será.

Esta cosa tan deprimente se llama El ajenjo o, más apropiadamente, Los bebedores de absenta. La cara de ella lo dice todo: «todavía siento algo, así que me tomaré otra copa». El pájaro que está sentado a su lado no tiene mejor aspecto. El cuadro es tan bueno que hace que en tus entrañas surja la sensación de haber estado ahí y haberlo presenciado, e incluso de haber llevado ese sombrero ridículo y esa especie de vestido de cuello alto que te pica en la barba. Quienes niegan la evidencia llaman a este cuadro Dans un Café. Yo también tomaré otra copa.

Édouard Manet cazó a esta pobre en otro momento:


¿Si salto desde el Pont Neuf al río, sentiré algo?

El cuadro se llama Ciruela en Brandy porque parece que eso es lo que tiene en la copa. Por alguna razón aún no la ha tocado, pero observando su expresión ya se ha bebido alguna que otra cosa, si mi experiencia en bares sirve de algo. Ni siquiera ha encendido el cigarrillo, quizá porque es tan desgraciada que ha echado a perder su última cerilla y pedirle fuego al soplagaitas de la mesa de al lado desencadenaría acontecimientos mucho más lúgubres. En su cara se nota que ha tenido momentos mejores pero que, unas cuantas copas más adelante, sin duda llegará lo mejor. En la Wikipedia dicen que es una prostituta. Yo qué sé, a mí no me lo parece. Quizá está intentando recordar si ha aparcado en un prohibido.

Pero el maestro en pintar a gente triste castigándose el hígado en los bares es Edward Hopper. Es una noche jodida la de esta chica:


Este carajillo tiene muy poca chispa.

Es cierto que todo lo que pinta Hopper es glamuroso, o quizá es la moda de los años veinte estadounidenses, mucho menos andrajosa que esa especie de estercolero que parecía la Francia de la bohemia. Lo cierto es que la chica aún no parece borracha pero triste, ay, está muy triste. A saber qué pasa por su cabeza. Igual había perdido todo en la bolsa o se estaba dando cuenta de que un tipo que se llamará Paul Auster escribirá novelas aburridísimas sobre esa misma mesa.

Pero volvamos a Francia, a una pintura de Van Gogh que OH DIOS MÍO QUÉ ES ESTO:


Estoy hecha de la misma materia que tus pesadillas.

Ya sabemos que Van Gogh estaba jodidillo de la cabeza. Lo que no sabemos es si la deformidad de la chica de la imagen era real, un figmento de la sifilítica imaginación del pintor o simplemente la consecuencia de estar borracho como una cuba. Hay una suculenta jarra de cerveza sobre la mesa para aquellos valientes que se atrevan a acercarse. El cuadro se llama Agostina Segatori sentada en el café de la Pandereta y por lo visto ella era la dueña del local. Lo que sabemos seguro es que estaba triste. O furiosa. O alguna otra sensación desagradable motivada por ese pelo imposible y esa cara tan pre-cubista. Si te sientas junto a ella quizá no te arranque las entrañas.

Y como cinco chicas tristes al borde de la cogorza ya son muchas chicas, os voy a presentar a la última:


Estoy haciendo como que no conozco al artista.

La ha pintado mi amigo Fernando Cámara, que además de todas las cosas que hace también pinta. El cuadro se llama El silencio de Ingrid por no sé qué referencia a Ingrid Thulin e Ingmar Bergman o no sé qué chorradas. Qué sabrá él. Lo cierto es que es una chica triste que bebe alcoholazo en tazas de café para disimular y, como se aprecia claramente, se arrepiente, se arrepiente mucho, de eso, y de tantas otras cosas que ha dicho y ha hecho, y de otras muchas que no hizo o que debió haber dicho y no dijo.

Pelis y series vistas en 2019 (4)

Carretera perdida (Lost Highway)
No caeré en la trampa de intentar contar de qué trata una película de David Lynch. Esta la he visto decenas de veces y siempre le saco algo. No es de las mejores, pero sale Patricia Arquette y un Mercedes-Benz de 1500 CV de los años 80 («Ahora es cuando la grandiosidad mecánica, 1500 caballos, se nota»). La música, a diferencia de lo habitual en Lynch, no es un refrito de deliciosas antiguallas cincuenteras sino que se arrima a lo industrial con cosas de Trent Reznor, Rammstein, Smashing Pumpkins y David Bowie. Incluso sale Marilyn Manson en un video porno in-universe. Tras intentarlo en Blue Velvet y fallar, aquí consiguió que apareciera la canción a la sirena.
Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups)
Es una de mis películas preferidas. Si me preguntas qué le encuentro, no sé decirlo. Hay una levedad, una tristeza, una sordidez sin exageraciones. Quizá es el pobre Antoine Doinel metido en esa jaula tan triste y tan minúscula en la comisaría, o cómo llora cuando se lo llevan en el coche celular. O esa rebeldía tan estúpida como ingenua, que les obliga a él y a su amigo del alma René a robar algo tan absurdo como una máquina de escribir para luego tener que devolverla por no saber qué hacer con ella. Y esa búsqueda del mar. No soy el único que le ve algo a esta historia sin antagonistas ni trama; preguntad, por ejemplo, a Luis Eduardo Aute, porque él la recuerda bien.
After Life
Ricky Gervais es un tío que ha perdido a su mujer y dice que está deprimido; eso sirve de excusa para ser un borde y soltarle largas peroratas a todo el mundo y para demostrar que los guionistas no tienen ni puta idea de cómo funciona el dolor de la pérdida ni la depresión. Está lleno de chistes gastados y rancios vistos mil veces, como los vídeos en los que su mujer le recuerda desde el más allá que tiene que dar de comer a la perra y sacar la basura porque es un completo inútil que no sabe hacer nada (no sé, quizá sea verdad en los tíos británicos y eso les hace gracia), un psiquiatra o psicólogo gilipollas integral que está twitteando en medio de las sesiones, una compañera que debe ser retrasada que le pregunta por cosas religiosas una y otra vez y que el Ricky aprovecha para soltarle charlas llenas de suficiencia y humillarla una y otra vez, una amistad repentina e inverosímil con yonkis y putas con corazón de oro... En fin. Quizá lo más delirante es dónde trabaja: un diario de pueblo que se distribuye gratis y que da curro a seis o siete personas que no hacen nada pero que les permite tener una casa a cada uno (no sé, quizá eso existe de verdad y explica por qué la economía británica está a punto de colapsarse o lo del Brexit o YO QUÉ SÉ). Ya había decidido que ese era el último capítulo que veía cuando de repente el Ricky se vuelve comprensivo y se reconcilia con todo el mundo mientras varios personajes le dicen varias veces que es una buena persona y que les hace reír, dos cosas que no se han visto en la pantalla ni una sola vez. La serie acaba así. Y pensar que aún me quedan capítulos de Bojack Horseman por ver mientras estoy perdiendo el tiempo con esta mierda.
Ash vs Evil Dead
30 años después de los horrores de Posesión infernal, Terroríficamente muertos y El ejército de las tinieblas, Ash (Bruce Campbell) sigue siendo un capullo y, en una noche de colocón, le lee a un ligue un pasaje del Necronomicon Ex Mortes (que, por alguna razón, aún guarda). Por supuesto, se vuelve a abrir un portal por donde entra el mal, los poseídos, etc. La serie es tan gore, tan tonta y tan divertida como las películas originales (de momento solo he visto la primera temporada). Bruce Campbell sigue partiendo la pana y Lucy Lawless también.
300 y 300 el origen de un imperio
Como quería ver la segunda volví a ver la primera para refrescar la memoria. Como todo el mundo sabe, 300 es casi un viñeta-por-fotograma del cómic de Frank Miller, y eso es tan bueno como malo según lo mires. La segunda es parecida y por lo visto también está inspirada en un cómic, que yo ni siquiera había oído nombrar. Esta segunda parte, que es precuela, cuela y postcuela, no aporta mucho más, es menos estilizada que la primera y bastante menos pretenciosa. Dado que todo es muy de tebeo se podía pensar que no hay ni un gramo de rigor, pero no: la protagonista femenina protagonizada por Eva Green, Artemisia, que parece un personaje de empoderamiento femenino metido con calzador, existió de verdad; aunque no fue una niña perdida, sí era la reina de Halicarnaso, sí luchó a favor de Persia contra el resto de las ciudad-estado griegas y sí era una gran estratega naval que el mismísimo Jerjes admiraba y tenía en cuenta. Se estuvo partiendo los morros en persona con sus 5 barcos en las batallas de Artemisio y Salamina y los griegos se cagaban en las sandalias con solo saber que andaba por allí.
La librería
Una película llena de británicos que trata sobre lo rastreros que son los británicos, que es algo que nunca está de más recordar. Una viuda decidida se empeña en montar una librería en un pueblecito de mierda en el que nadie lee y tropieza con todos los caciques y vagos locales que le hacen la vida imposible. Tiene unas cuantas cosas rematadamente absurdas, como hacer un pedido de 250 ejemplares de Lolita para venderlo en su tienda (aquí en España, y ya en el siglo XXI, es imposible vender 250 ejemplares de nada en un sitio que no sea la capital de un autor que no sea Pérez-Reverte, pregunta si no a un librero). Los actores son todos británicos y hacen muy bien su trabajo de comportarse como británicos. El foreshadowing de la estufa de parafina es demasiado evidente. Está dirigida con competencia por Isabel Coixet, que no es británica.
Love Death and Robots
Es una antología de cortos de animación que descubrí por casualidad en Netflix y que supuestamente trata de tres de las cosas que más nos gustan en el mundo. Visualmente están todos muy bien, algunos incluso impresionantes. Narrativamente, bastante menos; los guiones son pueriles y los diálogos muchas veces sonrojantes. En mi opinión, el valle inquietante sigue siendo un problema en cuanto aparece una cara humana y me corta todo el rollo. La verdad es que apenas recuerdo nada de ninguna de las historias.

Related

Los muchos nombres de Georgia

No me refiero a esa Georgia que estaba en la mente de Hoagy Carmichael y Stuart Gorrell cuando compusieron la canción que dio a conocer Ray Charles; una Georgia que, al contrario de lo que muchos creen, no es el estado norteamericano de Georgia, por mucho que este la haya tomado como himno. Esa Georgia, la Georgia en mi mente, era la hermana de Hoagy.

Yo hablo hoy de un país remoto, encajado en el hueco de tierra entre el Mar Negro y el Mar Caspio y al que probablemente yo no viaje nunca. Por aquí lo llamamos Georgia; ha tenido y tiene muchos otros nombres.

La tradición cristiana dice de forma prosaica y aburrida que el nombre viene de lo muy querido que era San Jorge entre los ciudadanos de la zona. Ahora ya nadie cree eso; los Persas antiguos llamaban a aquellas gentes gurğān, que proviene de la raíz gurğ y que significa lobo. De hecho, toda la zona alrededor del Caspio era conocida como Gorgan (tierra de lobos) y se muestra en el mapa de Fra Mauro, elaborado en Venecia y referencia cartográfica de las tierras de Oriente durante siglos, como Gorgania.

La Grecia antigua tenía dos nombres para esa tierra: a la occidental la llamaban Cólquide y a la oriental, para hacerlo todo más confuso, Iberia, que nada tiene ver con la península ibérica ni con los iberos ni, por supuesto, con esa otra Iberia ni con la suite de Albéniz. También era Iberia un enorme trozo administrativo del Imperio Bizantino que incluía estas tierras de lobos.

Los griegos también llamaban a la zona Hircania o Hyrcania (Ὑρκανία), esta vez tomando el nombre de un documento de tiempos de Darío I el Grande llamado la Inscripción de Behistún. En ese documento se la llama Verkâna, una palabra que contiene la raíz muy antigua Verkā, relacionada con el avéstico vəhrkō, el guilakí Verk o el sánscrito Vŗka (वृक). Todas ellas significan lobo.

El nombre de Georgia en el idioma local se latiniza como Sakartvelo, que significa, literalmente, «tierra de Kartvelianos». Kartli es el nombre de la zona central de Georgia y coincide, más o menos, con la Iberia que he mencionado más arriba. Aunque es decepcionante, el nombre no tiene nada que ver con los lobos, sino con un tipo llamado Kartlos.

Por si todo esto fuera poco, el idioma georgiano tiene un alfabeto propio, hermoso y diferente a todo. Georgia, en georgiano, se escribe საქართველო y ellos son los ქართველები. La capital, Tiflis o Tblisi, se escribe თბილისი. El poema épico local, llamado El caballero de la piel de tigre, es el ვეფხისტყაოსანი. El vepkhi del título es ahora literalmente la palabra para tigre, pero antes se usaba para describir algo menos concreto, siempre algún tipo de bestia feroz, por qué no un lobo.

El lobo ha dejado su nombre en esta tierra montañosa y de bosques oscuros. Sus vástagos son temidos, porque ella es madre de monstruos.

Song to the Siren

Alrededor de 1986, David Lynch estaba enamorado de muchas cosas, entre ellas de una canción.

Su película Blue Velvet podía haber sido muy diferente. Por ejemplo, Lynch había pensado desde el principio en Michael Ironside para hacer de Frank Booth; sin menospreciar el trabajo psicópata de Dennis Hopper, la película bien podría haber sido otra. También si se hubiera seleccionado a Molly Ringwald para hacer de Sandy y eso sí me cuesta imaginarlo.

Tim Buckley compuso Song to the Siren en 1969 o 1970. Es un tema folk melancólico con una letra un tanto extraña que suena así y, bueno, está bien, pero no mucho más. No fue hasta 1983 en que This Mortal Coil retomó la idea y la hizo suya. This Mortal Coil no era realmente un grupo, sino un revoltijo formado por lo mejorcito que tenía entonces la discográfica británica 4AD, es decir, gente como Colourbox, Dead Can Dance, Howard Devoto y Cocteau Twins. Dos integrantes de este último grupo, Robin Guthrie y Liz Fraser, retomaron el tema de Tim Buckley, lo convirtieron en una especie de tema ambiental y algo hipnótico y lo hicieron famoso. Lo has oído mil veces:

De esta maravilla estábamos enamorados David Lynch y yo. David la quería para su película, en concreto para la escena de amor entre Jeoffrey Beaumont y Sandy; pero el mundo de las cesiones de derechos en un laberinto infernal donde las cosas no se solucionan ni siquiera lanzándoles grandes cantidades de pasta, que él, por otra parte, tampoco tenía. Pero tenía otra cosa: un genio llamado Angelo Badalamenti al que se le pueden pedir deseos. David fue y le dijo, mira, tío, tengo esta canción que no me saco de la cabeza y que quiero poner como sea, pero, tú, es imposible; escúchala y hazme algo en la misma línea.

Si le dices eso a cualquier músico mediocre puede volver semanas después con una mierda hecha cambiado de orden los acordes; sin embargo, si se lo dices a un genio, vuelve unos días después con esta maravilla:

Se quedó con el tono algo litúrgico y la atmósfera sensual y a la vez surrealista y creó algo completamente diferente. Tampoco lo hizo solo: le acompañó en aquello otra gran creadora, Julee Cruise, con una voz prodigiosa y un estilo peculiar, parecido al de Fraser pero solo en lo superficial.

Y así David Lynch sustituyó algo genial por algo genial. No cejó en su empeño, por otra parte; unos años después consiguió meterla en Carretera perdida, supongo que por sus cojones, aunque ya no era lo mismo ni tiene el mismo efecto.

Del tema Song of the Siren han hecho versión propia decenas de artistas, entre ellos Sinead O'Connor, Brian Ferry, Robert Plant, los Chemical Brothers, Sally Oldfield y hasta George Michael (no es cachondeo). Pero entre todas ellas hay una con un valor especial a la que vuelve la guitarra de Robin Guthrie y en la que canta un autor injustamente infravalorado, Brendan Perry, voz masculina de Dead Can Dance, que convierte en oro todo lo que toca y que también fue integrante junto a Guthrie de los This Mortal Coil. Esta es su versión:

Y así penan quienes oyen cantar a las sirenas, o aún peor, quienes renuncian a escucharlas. Franz Kafka nos lo contó así:

"[...] Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

"En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

"Ulises (por expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

"Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises."

Al relato lo llamó El silencio de las sirenas.

Pelis y series vistas en 2019 (3)

Justo lo que pone en la lata.

Inherent Vice
Un coñazo pretencioso ambientado en los 70, protagonizado por un detective porrero buscando a una chica entre hippies, drogas y polis duros. La ambientación está bien y la plantilla de actores también, pero no hay nada dentro. Está basada en un libro de Thomas Pynchon y quizá ese es el problema.
Casi famosos
Otra historia ambientada en los 70, esta vez en el mundo de los grupos de rock y entrando en detalle en el fenómeno groupie. La película está bien, pero me parece demasiado descafeniada (el rollo que rodea a estas fans extremas tiene que ser mucho más sórdido) y además que un chaval de 15 años desconocido se convierta de la noche a la mañana en periodista de la revista Rolling Stone es simplemente estúpido.
Mad Max III (más allá de la cúpula del trueno)
Esta la recordaba bastante floja y, tú, lo es mucho más. Nada parece hecho en serio; los enemigos, que eran peligrosísimos en las pelis anteriores (y en la posterior), aquí son ridículos y todo parece una parodia. La parte final, que replica la persecución del camión de Mad Max II, es lo mismo pero sobre raíles y sin garra, y todo es tan tonto que el malo les persigue en una dresina. La música tiene demasiado saxo. Aunque ahora que lo analizo un poco quizá es una parodia intencionada.
Sin City (A Dame To Kill For)
Inexplicablemente, no sabía que esta película existía hasta hace unos días. Siempre me gustaron los cómics excesivos de Frank Miller y la primera Sin City es muy fiel a ellos, así que esta peli la tenía que ver. Es exactamente lo que te esperas. Además sale Eva Green y Josh Brolin se confirma como la mandíbula de América.
Giro al infierno (U Turn)
Sean Penn estrella su mala jeta en un pueblo de mierda del oeste americano al rompérsele su Ford Mustang de mediados de 1964. Allí todo el mundo es un hijo de la gran puta: el mecánico, un tío que parece medio retrasado, le putea con la reparación del coche; Jenny Farlopa, un bombonazo que es medio india, intenta mangonearle; Nick Nolte, su marido, es un viejo cabrón que está medio chiflado y que tiene un montón de dinero que todo el mundo codicia; el sheriff, un tío que parece majo, también tiene sus propios planes. También salen Joaquín Phoenix y Claire Danes como un par de tarados jóvenes que le complican la vida al protagonista. Sean Penn le debe un montón de pasta a un mafioso y, como aparte de un desalmado también es un pringao, pierde todo lo que tiene en un atraco absurdo. Está bien. Es probable que ya la hubiera visto. El director no es Tarantino sino Oliver Stone. Pese a eso, la película no parece tener ningún mensaje político ni descubrir ninguna conspiración, o eso creo.
Misery
Hay dos enfermeras cañeras; una es Ratched, y la otra es Wilkes. La que nos putea aquí es la segunda. La película está basada en una de las grandes novelas de Stephen King y sigue casi paso a paso lo que él cuenta. Visualmente es un poco un telefilme y James Caan no aporta mucho, pero Cathy Bates es lo más grande. Ya sabéis de qué trata: un escritor, famoso por escribir noveluchas que le encantan a todo el mundo, tiene la puta mala suerte de estrellarse con su Ford Mustang y ser rescatado por su fan número 1, que además es una jodida psicópata y que se tomará regulín el que su personaje preferido muera en el último libro, que (precisamente) acaba de publicarse. Luego viene lo del madero, los tobillos, el mazo, etc. Si alguna vez he de ser torturado cruelmente por mi fan número 1, por favor, que sea Cathy Bates.


El proceso creativo.

Related

Pelis y series vistas en 2019 (2)

Justo lo que pone en la lata.

The Dark
Una chifladura. Un asesino en serie se tropieza con una asesina en serie. Las víctimas, pese a estar horriblemente torturadas, no tienen tampoco demasiado problema en matar. No está mal. Pese a haber desaparecido unos años atrás, la chica tiene unas heridas demasiado frescas y horribles para no haber muerto entonces desangrada o de una septicemia. El final es desconcertante, pero no he pensado mucho en ello.
Polar
Inspirado por un cómic, y se nota. Todo es excesivo y colorista hasta el ridículo, pero bueno, así es el espectáculo. Mads Mikkelsen está cañón. Para pasar el rato si no le das demasiadas vueltas.
IO
Una especie de catástrofe ecológica indefinida ha hecho que la humanidad se exilie en masa a una colonia orbital en Io, el satélite de Júpiter (¿Por qué ahí? ¿Qué necesidad hay de alejarse de una fuente de energía como la del Sol?). Una chica investiga algo difuso relacionado con esa supuesta atmósfera irrespirable (que, por alguna razón, sí es respirable unos kilómetros más arriba en un monte). Luego la humanidad decide irse a Próxima Centauri, que por lo visto tiene un planeta «terraformable». Nada tiene sentido en esta tontería de historia. Además, es aburrida como ver secar pintura. Por alguna razón, en un mundo de viajes interplanetarios, la protagonista usa pantallas con fondo negro y letras verdes y guarda la información en casetes.
I Kill Giants
Yo pensé que sería una fantasía chorra llena de monstruos y resulta que trata de una chiquilla que tiene jodida la cabeza. Es un poco obvia en muchas cosas pero me resultó tierna y bien llevada. Sin alharacas, pero una sorpresa.
Life
Una sonda de Marte vuelve con unas muestras que son recogidas y analizadas en la Estación Espacial Internacional. Como era de esperar, las muestras incluyen un organismo resistente y agresivo y los personajes se comportan como si no hubieran visto Alien. Pese a haber visto esto mil veces, no está mal porque está bien narrada y las situaciones inquietantes están bien hechas.
TAU
Elon Musk tiene que entregar un proyecto de inteligencia artificial en unos plazos imposibles. El prototipo es una especie de HAL9000 un poco flojo y necesita para completarse, como era de esperar, hacer experimentos con seres humanos a base de implantarles cosas electrónicas en la nuca y putearles. Elon Musk será muy listo pero un poco torpe juzgando a la gente y secuestra a la Action Girl más dura y luchadora de esa cloaca futurista en la que transcurre la peli, con lo que llegar a tiempo a la entrega se le hace bastante cuesta arriba. Hacia el final ella hace eso que todos hemos pensado que haríamos para saltarnos una cerradura biométrica. Todo lo que pasa ya lo has visto, pero aunque hay unas cuantas tonterías, no insulta demasiado a la inteligencia y se pasa el rato.
Tránsito (Stay)
Una memez con psiquiatras, tipos que se quieren suicidar y una realidad que se va trastocando porque nada es lo que parece, es decir, una Escalera de Jacob pero llena de cabos sueltos e inconsistencias. Como toda película de los 2000 incluye un mini-clip innecesario del Angel de Massive Attack. Ni siquiera Naomi Watts la salva.
John Wick (1 y 2)
Keanu Reeves es un jubilado triste que ha perdido a su mujer y que solo halla consuelo en su Ford Mustang del 69 y en su perrillo. Pero el hijo caprichoso de un mafioso ruso le roba el coche y mata al perrillo. Keanu Reeves antes de la jubilación era el asesino más letal y despiadado del universo y por tanto su venganza es terrible y dura toda la peli. Además de tiros, hostias y pepinazos bien coreografiados hay un par de ideas curiosas como esa cadena de hoteles para hampones donde está prohibido matarse y que entre el lumpen se hagan los pagos en monedas de oro. La segunda peli es más de lo mismo y destrozan el Mustang (aunque, según John Leguizamo, tiene arreglo). Van a estrenar la tercera y, tal como quedó la cosa, todos los delincuentes de la galaxia van a ir a por él.
Hemlock Grove
Es un sitio remoto de Pensilvania donde todo es muy raro. Los ricos del pueblo son: Famke Jannsen, la viuda consorte, que es una tía súper-tóxica que podría ser una abominación; Pennywise, su hijo, que está en el instituto, es un pervertido de la hostia y tiene un Jaguar XK 150 Descapotable de 1957 con ruedas de radios y todo; la hija y hermana de estos dos, una gigantona que no habla, que tiene siempre las manos vendadas y que se tapa un ojo con el pelo porque lo tiene amorfo y enorme como el del Vengador Tóxico; y el cuñado, que siempre está de mala hostia pese a que se lo monta con Famke Jannsen (o quizá debido a) y que es probablemente el padre real de la monstrua. También hay un chaval que todo el mundo piensa que es un hombre lobo, un rascacielos gigantesco en medio de la nada y un policía que salía en Galáctica y que no se pispa de ná. Todo es jodidamente enfermizo y chungo porque Eli Roth está detrás de la dirección y la producción. Llevo pocos episodios pero de momento me gusta, aunque tiene la pinta de ser como Perdidos, que van a empezar a encadenar misterios y chifladuras sin intención de resolver nada.
Nineteen Eighty-Four
Sí, 1984, la película de 1984 sobre el libro 1984. La veo más o menos una vez cada década y envejece bien: la sordidez, la miseria, la destrucción de la mente del individuo por el colectivo como una bota aplastando la cara de un hombre; todo es enormemente fiel al libro, con los pequeños cambios estéticos y estructurales necesarios para que la historia se pueda narrar en cine. Solo la estética púbica de Julia delata que la peli está filmada en otra época. Oceanía está en guerra con Estasia. Oceanía siempre ha estado en guerra con Estasia.
La ley de la calle (Rumble Fish)
Otra revisita a una de mis pelis de la adolescencia. El chico de la moto es el rey, pero ha desaparecido por un tiempo. Todo el mundo le admira y le respeta, en especial Rusty James, su hermano pequeño, que echa de menos un mundo de bandas callejeras y de darse de hostias en los callejones que en realidad no ha vivido y que no significa nada. El chico de la moto vuelve, más perdido que nunca. Dennis Hopper está borracho. En su momento esta historia me gustó mucho pero ahora se ha quedado algo simple y vacía. La fotografía en blanco y negro es fascinante y Mickey Rourke, Matt Dillon y Diane Lane no puede ser más bellos. Yo tampoco percibo bien los colores.

Related

Opportunity

Marte, el único planeta conocido habitado exclusivamente por robots, es un sitio de mierda con montañas gigantes y tormentas de arena que duran meses. Después de medio año de infructuosos intentos de comunicación, sus creadores han dado por muerto a Opportunity, el marciano de adopción más longevo de la historia. Fue para estar 3 meses y aguantó 14 años. Es un hijoputa muy duro y ha pasado por montones de cosas: pese a todo, sepultado por vete tú a saber cuánta arena, seguro que sigue ahí, esperando pacientemente a que el viento despeje sus células fotovoltaicas para volver a recorrer las polvorientas dunas.

Enfermos y luchadores

Por favor, abandonad la analogía absurda de la enfermedad como algo contra lo que se lucha. Los enfermos, en especial si se trata de cáncer o de trastornos mentales, no estamos en un enfrentamiento cara a cara. No hay un enemigo al que combatir ni al que hacer frente. No hay tácticas a seguir, no hay estrategias, no hay tropas hostiles con posibles puntos débiles. Si hay que usar metáforas bélicas nos parecemos más a una desarmada población civil sufriendo un bombardeo. Solo que sin avisos, sin sirenas, sin refugios antiaéreos. Caen los proyectiles y no los ves ni los oyes, solo sientes las laceraciones y las heridas que no cierran. Y cuando oyes a alguien que no entiende nada decir que el optimismo cura, sientes el impulso de responder, pero sabes que te enfangarías en una discusión estúpida y simulas una sonrisa mientras te imaginas al mutilado esperando a que su brazo vuelva a salir a base de ser positivo y tener fe.

Basta ya. No estamos luchando. Estamos siendo fusilados, atados de pies y manos, sordos y ciegos. Solo nos queda esperar a que cese el fuego o a que todo acabe de una vez.

Related

Pelis y series vistas en 2019

Justo lo que pone en la lata.

Un lugar tranquilo (A Quiet Place)
Un tostón sobre una amenaza que ha asolado la tierra en forma de algo que solo mata cuando te escucha. Son bichos tremendamente eficientes (lo oyen todo; hasta los pasos de un grupo de mapaches) y salen de la nada en cuestión de segundos. El protagonista probablemente no ronca porque habría muerto tras los títulos. Aburrida. ¿Por qué, tratando de lo que trata, en España tradujeron «quiet» por «tranquilo»?
Bojack Horseman
Muy divertida, estoy enganchado (a principios de febrero aún voy por la segunda temporada). Es una historia sobre la depresión y la falta de motivación intercalada con chistes de animales pero contada sin dramas y sin demasiado existencialismo. Me siento tan identificado con Bojack como con Hank Moody, el protagonista de «Californication», y eso que yo no he tenido éxito en absoluto. Recomendable si conoces el mundo del cine, la depresión y los animales.
The Good Place
Está muy bien. El argumento es delirante; habla de una especie de paraíso con una protagonista que no debería estar ahí y un «director» bastante moña interpretado por Ted Danson que ha mejorado una barbaridad desde que eran joven. De momento voy por la segunda temporada y cuando empieza a repetirse da giros interesantes.
La gran belleza (La grande bellezza)
Tengo una relación amor/odio con esta película, que he visto como cuatro veces. Visualmente es asombrosa. El protagonista es otro Hank Moody o Bojack Horseman que tuvo éxito en la juventud y ahora está totalmente pasado de rosca. Sin embargo, el personaje no avanza de forma satisfactoria y se limita a ir de fiesta en fiesta. Se cachondea bastante del mundo artístico y de las performances de arte contemporáneo y eso se agradece. El actor es lo mejor. Sale Fanny Ardant unos segundos y Roma sigue siendo muy bonita.
Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas)
La he visto decenas de veces; el delirante libro de Hunter S. Thompson hecho delirante película por Terry Gilliam (quién si no). Lo peor, como en todas sus pelis, es Johnny Depp, pero Benicio del Toro como Gonzo está muy logrado. Lo rompen todo, hasta un Cadillac maravilloso, y se lo meten todo, hasta no sé qué glándula humana que les pone como motos. Si te gusta el mundo de las drogas, de la falta de horizontes y de las idas de olla es tu libro / película.
El gran Lebowski (The Big Lebowski)
La he visto cientos de veces y ya tocaba una revisita. Ya sabes lo que es. Si no te gusta, no te gusta. Si te gusta, es lo mejor. No puedo estar conduciendo, cuidando del maletín y hablando por teléfono con la punta de la polla.
Bad Times at the El Royale
Una tarantinada en la que los personajes, a cual más peculiar, tropiezan unos con otros en un hotel en el quinto coño que tuvo tiempos mejores. Me gustó. Sale Jeff Bridges de cura y a Chris Hemsworth le debe molestar la camiseta porque no se la pone ni un instante (nada que objetar).
Mad Max Fury Road
La tercera o cuarta vez que la veo. Si quieres hacer una película de acción, analiza esto hasta el más mínimo detalle. Sin grandes complicaciones de guión. Solo acción, sin parar, impecablemente filmada. La trama narra la complicada relación entre los motores V8 y el combustible mientras un montón de gente salta, explota, sangra, conduce y se comporta como gente. Todo es crudo, absurdo y extremadamente bello: las máquinas de guerra hechas con los restos de una civilización perdida, Tom Hardy, los chicos guerreros, Charlize Theron, Tom Hardy, las esposas, Immortan Joe (a su manera), el camino polvoriento, el Interceptor V8 Pursuit Special, Tom Hardy, el mutante con su guitarra lanzallamas. Me apeteció volver a verla después de que un tal wyomingnot hiciera algo necesario: publicar en Youtube una remezcla de Wild Boys de Duran Duran con imágenes de esta película.
Mad Max 2 (el guerrero de la carretera)
Hacía muchos años que no la veía y se hizo necesario repetirla después de ver Fury Road. Es también una película de acción acojonante, sin grandes complicaciones, solo motores, mierda, violencia, punkis crestados ochenteros y la ira de Humungus. Siempre ha sido una de mis películas favoritas y he comprobado que lo sigue siendo. Mel Gibson sale guapo, salvaje e impenetrable. También recordé por qué estaba enamorado de esa mujer que en los títulos aparece lacónicamente como «Warrior Woman». Solo estoy aquí por la gasolina.
Blood Drive
Una serie cutre en un futuro odioso donde hay una carrera de coches que funcionan con sangre humana. En serio. Más que eso: los motores son máquinas infernales con dientes y todo el interior está lleno de trozos de carne. Los protagonistas son un policía guaperas que anda un poco perdido y un pibón que quiere sacar a su hermana de un psiquiátrico. Hay un maestro de ceremonias que es una especie de Marc Almond pasado de vueltas. Todo es muy sangriento y muy, muy loco. Los genitales de la gente desnuda están censurados con rectángulos negros y eso por alguna razón me hace mucha gracia. Es una serie muy divertida si te gustan estos excesos (en febrero aún no he terminado la primera temporada).
A ciegas (Bird Box)
Sí, la de Sandra Bullock con las vendas. En realidad es la misma película que «Un lugar tranquilo», solo que no pueden mirar en lugar de no hacer ruido. No obstante, esta es mucho mejor porque está narrada con más ganas, las situaciones son más inquietantes y los personajes son menos imbéciles.
En la boca del miedo (In The Mouth Of Madness)
Visionado número 1000. La mejor aproximación al universo Lovecraft que yo haya visto en cine, pero no solo eso, porque los toques de serie B de John Carpenter la hacen aún mejor. Es una película cojonuda. Si no te gusta o los efectos te parecen cutres, pues que te den porque no tienes ni puta idea. Solo por la escena de los dos tomando café al lado de la ventana mientras se acerca el tarado con el hacha merece la pena verla. ¿Lees a Sutter Cane?
Au revoir les enfants
No la había vuelto a ver desde los ochenta o los noventa. Sigue siendo hermosa y los niños son adorables. Puede ser algo lenta, pero es la gracia. Pese a saber lo que pasa estás todo el rato inquieto porque esperas que alguno de los curas sea un pederasta o alguno de los compañeros sea un abusón y aquí solo los alemanes son malos. Y ni siquiera todos.
Velvet Buzzsaw
No me explico como esta basura ha pasado los filtros necesarios para que alguien se gaste el dinero (que no será poco). Es un fallo en todos los aspectos. Una mierda como una pianola. Pero como la vi con los colegas, pasé un gran rato.
La niebla de Stephen King
Una de las peores películas del género. Los diálogos son de risa, las situaciones son estúpidas, los actores malísimos y los efectos CGI cutrones a tope. Pero, ay, de repente se suben al vetusto Land Cruiser con el depósito casi vacío, se meten entre la niebla, empieza a sonar The Host Of The Seraphim de Dead Can Dance, se quedan tirados entre las patas de un descomunal vástago de Cthulhu y se desencadena el final más aterrador, nihilista y deprimente que te puedes esperar.
Alien Covenant
¿Por qué siguen haciendo estas mierdas? El universo de Alien ya está tan desvirtuado que es irreconocible. Esta película es un puto coñazo. La estructura es la misma puñetera estructura de todas estas precuelas / secuelas de mierda. Salen unos nuevos aliens, paliduchos y sin gracia. Ni siquiera los xenomorfos titulares están bien hechos y son ya como una parodia. Y, en serio, ¿qué coño les pasa a los creadores con los robots de los cojones? No nos interesan a nadie ni sus problemas paternales ni el quienes somos y de dónde venimos. Queremos situaciones agobiantes torpemente resueltas, pasillos plagados de sirenas y vapor y cacerías de bichos.

Related

Hedy Lamarr

Cada cierto tiempo se menciona en las redes sociales a esta actriz e inventora y se dice que creó el WiFi o el Bluetooth o alguna otra cosa tan imprecisa como incorrecta.

El sistema que inventó junto al compositor George Antheil era una mejora para el control de torpedos teledirigidos. En aquellos días la conexión se efectuaba en una frecuencia fija, lo que hacía fácil interceptarla o inhibirla; con el sistema que ellos inventaron, conocido como salto de frecuencia o «espectro ensanchado», esta no es fija sino que salta en periodos regulares entre una serie predefinida de 88 frecuencias. Esta serie de frecuencias, codificada en algo parecido al tambor de una caja de música, solo la saben el torpedo y el control remoto, pudiendo tener una diferente para cada par proyectil/control, haciendo las interferencias inviables. Y aunque no era práctico y nunca se usó (era un sistema mecánico), la idea sí se aplicó después en forma electrónica en la telefonía celular y otros sistemas de comunicación inalámbrica. Ella no tenía formación académica; todos sus inventos (este salto de frecuencia, mejoras en coordinación de semáforos, ideas sobre la aerodinámica en aviónica, hasta una pastilla efervescente de sabores) eran fruto de su curiosidad y de su interés por las cosas.

Debía tener un coco increíble. Un beso de mi parte, Frau Hedwig Eva Maria Kiesler.

Y también, cómo olvidarnos, protagonizó en 1933 el primer orgasmo femenino en la historia del cine, con pitillo de después incluído:

Bands that made my 2018

Litronas

—Ortega, ¿usted bebe?

Me sobresalté. Estaba absorto decidiendo cómo normalizar de una maldita vez la base de datos de maniobras y equipo militar porque la disposición en aquel momento era un auténtico desastre.

Me puse en pie y me cuadré. Siempre he tenido problemas con la autoridad; en aquellos días trataba de ocultarlos sobreactuando.

—¿Disculpe, mi comandante?

—Que si usted bebe.

Tony, de espaldas al comandante Villanueva, me miró y sonrió, sin dejar de manipular hábilmente la máquina de escribir IBM eléctrica, un trasto enorme y negro como una pianola.

—Eh... —dije—. No, mi comandante. Bueno, ocasionalmente.

El comandante Villanueva era un hombre serio, bajito y calvo, con un espeso bigote. Siempre nos trató con corrección y sin esa cercanía fingida tan antipática que mostraban otros. Trabajaba de forma silenciosa y rellenaba papeles día tras día con una estilográfica dorada y unas gafitas de presbicia. Solía ser de los primeros en llegar al cuartel; leía el ABC durante un cuarto de hora como mucho y se ponía a hacer sin pausa lo que fuera que hacía hasta que se acababa la jornada.

Se me quedó mirando un instante.

—¿Quiere decir, en bodas y celebraciones?

Tony se rió, evitando por poco que el comandante lo notase.

—Pues, sí, más o menos, mi comandante —dije.

—Un poco de vino en ciertos momentos está bien —me dijo, mientras volvía a su trabajo—. Pero no haga como sus compañeros, todo el día con las litronas.

No entendí a qué se refería. Tony se levantó, cogió unos papeles y salió del despacho.

Mi amigo no podía contener la risa porque yo no solo bebía en bodas y celebraciones.

—El alcohol es mal compañero —me dijo—. Usted es una persona sana, Ortega. Trabaja bien, sabe lo que hace y no se despista. Intente no beber otro vino que no sea el de la misa.

Yo no sabía qué añadir. Aquel hombre de un mundo tan lejano al mío me apreciaba, no solo por sacar adelante el trabajo pendiente (le gustaban mis correcciones al desastre informático que aquella pantalla curva y ámbar mostraba); era un sentimiento algo paternalista y trasnochado, pero no por eso menos sincero.

—Gracias, mi comandante —dije al fin.

Miró el reloj.

—Haga usted un descanso. Y si ve a su compañero, dígale que se lo tome también, porque tengo que salir a un recado y no les voy a necesitar durante un rato.

—A sus órdenes, mi comandante.

Salí del despacho y emprendí camino al patio, donde solíamos descansar sin hacer mucho más que charlar sentados en un banco de piedra. Me crucé por los pasillos con el Teniente Coronel, con el comandante Guzmán y con el teniente Cuéllar y los saludos obligados hicieron largo el camino.

Era más de mediodía. Mis compañeros de reemplazo con puesto de conductores, esperando a que algún mando les reclamase para un traslado externo, charlaban y reían en voz alta. Alguien les había llevado un botellín de cerveza para cada uno.

—No te hemos dejado ninguno —me dijo Fidel. Su enorme mano casi cubría el envase de vidrio marrón, que aún contenía un centímetro de líquido y espuma.

—No importa —dije.

Así que aquellas eran las litronas a las que se refería el comandante Villanueva. Tuve una sensación extraña, mezcla de ternura y sonrojo.

Related

Fachadas traseras

Cuando era niño vivía en el final del mundo. Quizá no exactamente, pero sí era el final de Madrid, en el extremo mismo de Moratalaz. Detrás de mi casa ya no había nada más que una escombrera, un barranco, y una extensión ilimitada de campos de hierbajos secos, hormigueros y cardos altos como personas adultas. Bajando el desmonte estaban los restos de las antiguas vías del tren de Arganda (el de la canción infantil, que pita más que anda) de las que apenas quedaban unas cuantas traviesas rotas. Yo solía jugar por allí con mis amigos, en tardes interminables de peleas a pedradas, de bajadas arrastraculo sentados sobre cartones viejos y, en los momentos más sesudos, incluso de cartografiar el campo conocido hasta las instalaciones del Canal de Isabel II que había mucho más allá de donde nos dejaban ir. En esos campos creí morir por primera vez, pero eso es algo que contaré otro día.

Los edificios en los que yo vivía eran grandes y altos. Estaban construidos con esa arquitectura de la expansión franquista de finales de los sesenta, feos como su puta madre, repetidos en bloques idénticos hasta la náusea por calles laberínticas en las que era fácil perderse si no eras un indígena. Por delante había jardincitos minúsculos pero por detrás no hacían concesión ninguna al horror urbano más despiadado y carente de alma.

Los bloques tenían patios traseros con una puerta de chapa oxidada bordeada de remaches, con un tirador hecho con un vástago de hierro soldado a puñetazos y una pequeña reja en la parte superior como una celda carcelaria. Agresivas. Desafiantes. Llenas de misterios para el niño que yo era. Cada una a su modo.

Habitualmente estaban plagadas de unos rectangulitos de papel adhesivo, cada uno de un color, no más grandes que mi dedo pulgar de entonces. Tardé en entender qué significaban; flechas azules, rayas naranjas, círculos rojos. Todo un lenguaje de signos incomprensible para mí. Imaginé mil cosas, pero ya no recuerdo cuáles. Las pegaban allí los vendedores puerta a puerta para comunicarse quién sabe qué, portero hostil, vieja que te abre sin preguntar, perro peligroso.

También estaban llenas de pintadas. Casi todas incomprensibles, pero sin ese rollo pseudo-artístico de los graffitti que aparecieron más tarde. Una celebraba la revolución turca, otra hablaba de las peras de Maribel, otras (muchas) eran bocetos de pollas no anatómicamente correctas. Algunas, menos de las esperadas, reclamaban libertades y muertes merecidas de dictadores hijos de puta. Una era especialmente críptica: ELVIS ES JULA. Así, en mayúsculas perfectamente tipografiadas. Creía entender la palabra del centro, pero el mensaje me resultaba completamente insondable.

Pero lo que resultaba más misterioso para mí de aquellas fachadas traseras era una ventana.

Medía menos de medio metro de alto. Estaba a la altura del suelo, en uno de los bloques del fondo, que por alguna razón no era exactamente igual a los demás. La ventana era como el lucernario de un sótano, algo extraño porque el resto de los bloques no tenían planta baja. Tenía unas rejas verticales roñosas y cubiertas de pegotes de pintura que protegían un cristal traslúcido rajado en las esquinas. El interior lo tapaban unas cortinillas mugrientas con dibujos geométricos que en algún momento quizá habían sido blancas pero que ahora eran amarillentas con lamparones marrones. Un amigo mío, propenso a lo teatral, decía que eran «más antiguas que el mundo».

Cada vez que la veía sentía una mezcla de miedo, inquietud y tristeza, como si fuese el acceso a un mundo de aflicción insoportable que te contaminase con solo acercarte. Repetidas veces soñé con ella: en mis sueños no era inmutable y cerrada, sino abierta y oscura, y yo me asomaba y veía un abismo enorme, con desniveles grises e incompletos, repleta de cañerías y tubos como raíces de árboles viejos, el mundo de desolación que imaginaba despierto pero materializado y amplificado.

Esa ventana y el horror asociado a ella formó parte de mi infancia durante mucho tiempo. Otras temporadas no ejercía sobre mí su influjo maligno: cuántas veces pusimos petardos de pela en las cacas de los perros allí mismo y jugamos a carreras de chapas en la arena que había un poco más allá y ni siquiera fui consciente de que la ventana seguía ahí. Ahora que lo pienso entiendo que el abismo me observaba separando apenas un poco la rancia tela, pero yo estaba ahí, ignorante, riendo a carcajadas o inventando tonterías.

Un día, inesperadamente, pasé al lado de la ventana y estaba abierta. No del todo, porque tenía las bisagras en la parte superior y solo oscilaba hacia dentro unos centímetros, pero para mí fue como si una barrera que había supuesto infranqueable se hubiera derrumbado. Me quedé helado. Iba solo, cosa rara, porque durante la infancia en los años setenta siempre estabas rodeado de amigos; ese día, sin embargo, no había nadie conmigo. Mis pesadillas me asaltaron y se sucedieron una tras otra como las viñetas de un tebeo. El terror me paralizaba, pero también me llamaba. Las cortinillas parecían algo diferentes y se mecían levemente por el viento. Sonaba algo.

Por supuesto, acudí, y me arrodillé. Casi me sorprendí al descubrir que el abismo de cloacas y el laberinto de tuberías no estaba allí; el interior, en penumbra, dejaba entrever una caja de cartón deformada, unas botellas sin etiqueta, algo grande al fondo como un camastro o una mesa baja. Olía a bodega, ese olor húmedo y pegajoso que también seduce un poco. Ya más cerca, comprendí que lo que se escuchaba era música. Totalmente diferente a lo que yo había oído nunca. Lenta, siniestra, amenazadora, que me encogía el corazón y me impedía salir corriendo. Si aquello hubiera sido el canto de sirena de un depredador aún seguiría allí.

Pero unos ruidos más mundanos al fondo de la estancia, voces y ruido de cubertería, me recordaron que debía alejarme disparado de allí y eso hice.

Mi relación con la ventana acabó ahí. Quizá haber visto lo que había detrás de los visillos rompió el hechizo, o me hice mayor, o una mezcla de ambas cosas. Lo cierto es que volví a pasar por allí delante un millón de veces y, como tantos otros componentes del paisaje, se convirtió en decorado de la escena y desapareció de mi vista para siempre.

A veces pienso en la música que escuché aquel día y casi la recuerdo.

Related

Una espina en la garganta

Abby Norman:

[...]

"Yet there is this new voice in your head, and even though it says horrible and scary things to you, it is the calmest and sweetest voice you’ve ever heard. Somehow, this voice you know you should be afraid of gives you comfort. “It can all be over right now”, it offers you, “it’ll only hurt for a second”. You argue with this voice because you know you should."

"But my family needs me. My friends will miss me, right? “No, no. They won’t. You are a burden to them. They are frustrated with you because you’re not getting any better. You drag everyone down, you see. They will miss you a little bit, but mostly they will be relieved. You should absolutely leave this world, it will be the best way for you to help them, to help the whole of humanity in fact.”"

Related

Se te escapó el autobús

Es una buena pregunta. Para responderla hay que remontarse a cuando eras niño, una tarde de primavera, a la salida del colegio.

Te quedaste rezagado jugando con los escombros mientras la gente se subía al autobús. Tu clase había terminado a la hora prevista pero por alguna razón los mayores (que siempre se sentaban en la última fila y que a ti te daban cierto miedo) se estaban retrasando. Así que, como niño que eras, decidiste que era divertido reunir unos cuantos ladrillos y trozos de cemento y hacer una pequeña construcción, que si recuerdas, quedó muy bien (un ladrillo tenía un trozo de metal casi recto que pusiste a modo de bandera).

Un brote de responsabilidad rompió tu concentración. Miraste al autobús, lo sentiste demasiado lejos, e inmediatamente oíste el ruido de la puerta al cerrarse. Ese ruido está clavado en tu memoria. No tienes claro de si es un falso recuerdo porque el autobús debería tener puertas hidráulicas que suenan chuff y no blam al cerrarse, pero qué más da, lo mismo era el ruido de la sangre agolpándose en tu cabeza.

El autobús emprendió la marcha y el pánico se apoderó de ti. Echaste a correr, porque eso sí lo recuerdas bien, construías cosas en la escombrera para matar el tiempo pero lo que de verdad querías era llegar a casa y jugar con tus verdaderos juguetes.

Los niños corren menos que los autobuses, pero tú estuviste a la altura: el autobús se incorporó al tráfico y tú le seguiste, al principio por la acera, pero en seguida por la mitad de la calzada, sin perderlo de vista. Ya llorabas con sollozos y lágrimas, sin saber que eso te hacía desperdiciar recursos que deberías haber empleado en mover tus piernas y llenar tus pulmones de aire, pero estabas bloqueado, un bloqueo poco racional, porque si hubieras vuelto al colegio solo habría bastado con ir a secretaría, contar lo que había pasado y desde allí habrían llamado a alguien que te fuera a buscar.

Pero no, tú tenías que alcanzar el autobús, llamar al portón a puñetazos y que te abrieran, para sentarte fatigado en la primera fila y llegar a casa con el aliento recuperado como si nunca hubiera ocurrido.

Claro que eso no ocurrió. Corriste a apenas unos metros del autobús a lo largo de la calle Encomienda de Palacios, pero cuando el autobús giró a la derecha para subir la cuesta, todo se te fue haciendo más difícil. Un par de coches te pitaron. El autobús fue ganando terreno y casi lo perdías de vista. El corazón te bombeaba en las sienes y los pulmones te ardían. Un semáforo detuvo al vehículo y te permitió recuperar la distancia y en la plaza de Pablo Garnica casi lo alcanzaste: golpeaste la chapa trasera dos veces sin resultado e incluso llegaste a meter el dedo meñique de la mano izquierda en la rejilla de ventilación, con la lógica infantil de que con eso detendrías la marcha o te conseguirías encaramar a la máquina.

El autobús resopló (qué bien recuerdas eso) e hizo la curva de la glorieta mientras escuchabas bocinazos detrás de ti. Tu meñique despellejado y dolorido perdió agarre y fuiste viendo poco a poco cómo volvías a perder.

A la altura del cruce más allá de la relojería seguías corriendo por la mitad de la calzada. Los sollozos te ahogaban y no podías respirar. Las lágrimas distorsionaban tu visión. Tu cerebro estaba totalmente colapsado. Y pese a que ya no alcanzarías nunca el autobús y a que estabas ya muy cerca de tu casa no dejaste de correr.

El resto está difuso en tu cabeza. Crees recordar al autobús estacionado en tu parada, tu madre discutiendo con la cuidadora, gente señalándote y mencionando cómo un niño había venido corriendo detrás del autobús escolar entre el tráfico. Un torbellino mental agitado por el torrente de adrenalina o la presión sanguínea o la falta de oxígeno.

Por supuesto que recuerdas todo esto. Y siempre que algún vecino lo mencionaba lo hacía comparándolo con aquella otra historia mucho más siniestra y que también recuerdas del niño que había sido atropellado por un autobús en la calle Camino de los Vinateros. El conductor no se había dado cuenta y había conducido por medio barrio con el niño encajado en el guardabarros de la rueda trasera derecha. Sí, aquel relato horrible había recorrido las calles de Moratalaz durante meses y era imposible olvidarlo cada vez que te fijabas en el poco espacio que había entre la doble rueda trasera y el guardabarros. Era como un molino hecho de caucho, como una picadora de carne en movimiento.

Y volviendo a tu pregunta. La respuesta es complicada y seguramente pensarás que me he ido por las ramas. Y es que no hay una única razón a por qué no dejas huella en ninguna parte. Tú mismo has llegado a conclusiones dolorosas que lo explican en parte, como tu falta de talento, tu escasez de contactos o simplemente la mala suerte.

Pero hay una opción que has contemplado en secreto y que no llegas a tomar en serio del todo. Es disparatada pero explicaría tu fracaso perfectamente. Y es que las dos historias del autobús sean en realidad la misma historia. Por eso desde la infancia tu memoria es débil y tienes lagunas de meses o años. Al contrario de lo que todo el mundo afirma, para ti el tiempo parece que no pasa, hoy ya debería ser jueves pero sin embargo aún es martes, y los meses se alargan semanas y semanas y las estaciones duran años. Por eso nada parece seguir las reglas de la lógica, triunfan obras artísticas que no aguantan ni el más mínimo análisis, la economía se colapsa y la gente no tiene qué comer pero no hay revoluciones, la mentira se apodera de todo y a nadie parece importarle. Como si estas cosas estuvieran pasando dentro de la febril mente de un niño que no entiende nada y que solo quiere llegar a su casa mientras la picadora gira y gira.

Related

Manifesto: 0€ en monedas de cobre

En aquel tiempo la gente coleccionaba discos porque eran piezas únicas. Era muy difícil conseguir algo que no estuviese de moda en el momento y no había ningún canal sencillo para encontrar cosas viejas como no fuera bucear en las tiendas de compra-venta confiando en tu suerte o viajar a Londres para ir a comprarlas a HMV o a Virgin, que pocos nos podíamos permitir.

Por razones irrelevantes me había juntado con dos copias del disco Manifesto de Roxy Music. Una me la había regalado mi hermana; la otra, ni idea. No era un disco especialmente interesante (al menos para mí, que del grupo me gustaban los trabajos posteriores).

Una noche me presentaron al amigo de una amiga de un amigo en el Libertad 8 durante unas veladas de lectura de poesía. Se llamaba Joaquín, era bastante mayor que yo y era un apasionado del arte pop de los 70. Según él tenía una de las colecciones más increíbles de discos de vinilo de todo Madrid (lo de «discos de vinilo» es algo que se dice ahora, entonces eran simplemente discos o cassettes), especialmente de un grupo que yo no conocía que se llamaba Mannheim Steamroller. Me estuvo dando la tabarra sobre las maravillas de la banda durante toda la noche, copa tras copa, hasta que el resto de amigos se fueron yendo y yo me quedé con él. Cerramos el Libertad y fuimos a otro sitio cercano donde la conversación fue parecida hasta que mencioné a Roxy Music.

Él andaba buscando como loco el disco que yo tenía repetido.

Se lo comenté y le dije que le regalaría una de mis copias; él, completamente apasionado, me dijo que de ninguna manera, que era un objeto muy valioso y que esa transacción merecía ser pagada con justicia. Yo insistí pero fue inútil; convinimos en que me pagaría diez mil pesetas por él.

Nos despedimos y nos retiramos tras intercambiar nuestros teléfonos. Al día siguiente me llamó por la mañana a primera hora, cuando yo aún andaba con la cabeza como un bombo y la boca con sabor a extintor de incendios como diría Larry. Me costó reconocerle y recordar de qué iba todo aquello; según él teníamos que vernos como fuera y hacer efectivo el intercambio.

Yo le estuve dando largas durante varios días, entre otras cosas porque tenía planes más interesantes. Me llamó todos los días durante una semana hasta que dejó de hacerlo.

Unas semanas después, otro sábado por la mañana buscando algo que escuchar me encontré con los gemelos Manifesto en mi escasa colección de música. Me acordé de Joaquín y de su interés en comprarme uno de ellos y decidí llamarle; lo intenté varias veces, pero no conseguí hablar con él porque su número no me daba tono. También me había dejado su dirección, así que decidí que qué mejor forma de joder un sábado poco prometedor que darme un paseo hasta el barrio de Aluche con el disco en una de esas bolsas de plástico cuadradas que ya no existen a ver si daba con él.

Así lo hice; me presenté en su casa, llamé al portero automático y me presenté. La voz al otro lado titubeó, pero acabó abriéndome la puerta. Subí y me estaba esperando en el rellano de la escalera.

Estaba demacrado como si estuviera enfermo, con ojeras hasta los pies, barba de varios días y un botellín de Mahou en la mano. Me dio la sensación de que estaba incluso más calvo de lo que recordaba. No obstante, con notable esfuerzo, se mostró efusivo y me invitó a pasar.

Tenía toda la casa revuelta, ropa de cama en el sofá del salón, cortezas de queso y migas de pan por el suelo y un comedero de perro embarrado de galletitas en una esquina. Todos los signos indicaban que era un mal momento; pregunté si debía volver otro día pero él me insistió en que todo estaba bien.

Había discos por todas partes. En el salón todas las paredes menos la del sofá estaban cubiertas por estanterías baratas a reventar; discos en la cocina, discos en el baño, discos por los pasillos apilados en el suelo. No entré en el dormitorio, pero seguro que estaba igual.

Me ofreció una cerveza y se disculpó por no tener algo con qué acompañarla. Me estuvo enseñando su colección horas y horas. El ambiente estaba tan cargado que le pregunté dos veces si abríamos la ventana para ventilar un poco aquello; él no pareció oírme de lo entusiasmado que estaba.

Tenía palmos y palmos de discos de Mannheim Steamroller. Muchos de ellos conservaban aún el envoltorio de plástico sin abrir. Me dijo que eran joyas y que yo debía escuchar al grupo en alguna ocasión, pero que no iba a ponerme ninguno de los suyos para no degradar el vinilo.

Como se me hacía largo le interrumpí y le entregué el disco de Roxy Music. Él lo cogió con mucho cuidado, lo sacó de la funda, le quitó el polvo con la manga. Después de contemplarlo un tiempo me dijo que lo sentía en el alma pero que no tenía las diez mil pesetas que me había prometido; yo le contesté que daba igual, que desde el primer momento había pensado en regalárselo y que eso iba a hacer. De nuevo se negó, usando exactamente las mismas frases que aquella noche, una y otra vez. Finalmente, me dijo que esperara; entró en el dormitorio y volvió al rato con una bolsa de plástico.

No tenía dinero, me repitió, pero a cambio del disco me daría un puñado de monedas de Alfonso XII de 1877 que había heredado de su abuelo. Yo me negué. Él insistió. Así estuvimos un buen rato hasta que claudiqué y las acepté.

El disco tuvimos que escucharlo entero. Como ya he dicho, a mí me parecía aburrido, pero él disfrutó un montón. Decidí irme; a la salida volví a fijarme en el comedero con el emplasto de galletas de pienso y me di cuenta de que no había visto ningún perro en toda la mañana, pero creí mejor no preguntar. Finalmente nos despedimos. No volví a verle.

Unos años más tarde, en una tienda de coleccionistas, vi un disco completamente negro de Mannheim Steamroller y, recordando a Joaquín, me lo compré, movido por la curiosidad. No me gustó nada. Sólo lo he escuchado una vez. Si lo quieres, es tuyo.

Y finalmente el otro día cogí las monedas de Joaquín que he ido arrastrando conmigo de casa en casa y de vida en vida y me acerqué a las tiendas de numismática de la Plaza Mayor para ver si las podía vender. Allí me dijeron que aquellas monedas no valían nada. Para jugar al mus, si acaso. Que si estuviesen en mejor estado, o si fuesen de las que hubo en la misma época pero hechas de plata, quizá. Las mías son de cobre. Podría fundirlas y hacerme un cable.

La vida es cambiar cosas que no valen nada por otras que tampoco valen nada.

Related

Saltar de un incendio

David Foster Wallace:

"The so-called ‘psychotically depressed’ person who tries to kill herself doesn’t do so out of quote ‘hopelessness’ or any abstract conviction that life’s assets and debits do not square. And surely not because death seems suddenly appealing. The person in whom Its invisible agony reaches a certain unendurable level will kill herself the same way a trapped person will eventually jump from the window of a burning high-rise. Make no mistake about people who leap from burning windows. Their terror of falling from a great height is still just as great as it would be for you or me standing speculatively at the same window just checking out the view; i.e. the fear of falling remains a constant. The variable here is the other terror, the fire’s flames: when the flames get close enough, falling to death becomes the slightly less terrible of two terrors. It’s not desiring the fall; it’s terror of the flames. And yet nobody down on the sidewalk, looking up and yelling ‘Don’t!’ and ‘Hang on!’, can understand the jump. Not really. You’d have to have personally been trapped and felt flames to really understand a terror way beyond falling."

Related

Mediocridad

A veces imagino que se pudiera trazar una gráfica que uniera la mediocridad de todas las personas del mundo, como una enorme tela de araña. En el centro de esa red de líneas, como punto máximo de la mediocridad del mundo, estaría yo.

Pero solo es una mentira que me cuento a mí mismo, para consolar mi mente lacerada. Ese centro de la mediocridad sería extraordinario, sería notable. Pero ese no soy yo. Ni siquiera soy espectacularmente mediocre. Solo soy mediocremente mediocre.

Related